En un bar de Salta, el 13 de febrero de 2026, se produjo un encuentro inesperado entre Fernando Pequeño Ragone, nieto del gobernador desaparecido Miguel Ragone, y la escritora Raquel Espinosa. Lo que comenzó como una conversación sobre un proyecto literario se transformó en algo más profundo: el descubrimiento de cómo un hecho traumático de 1976 —cuando la policía irrumpió en la finca familiar de Raquel buscando información sobre el secuestro— se convirtió en el puente que los conecta cincuenta años después.
Por Fernando Pequeño Ragone, asistido con NotebookLM y Claude IA
La mañana del 13 de febrero de 2026 me encontré con Raquel
Espinosa en el Bar Alta Región de Salta, sin imaginar que ese encuentro sería
uno de esos momentos que la vida te regala cuando menos lo esperas. Yo había
llegado con mi agenda habitual: documentos, proyectos de memoria, la urgencia
de los cincuenta años del golpe empujándome a seguir armando el rompecabezas de
mi abuelo Miguel Ragone. Pero Raquel llegó con algo que no esperaba: una
herida.
Cuando me contó sobre aquella noche de 1976, cuando tenía
dieciséis años y la policía irrumpió en la finca de Los Álamos buscando —o
simulando buscar— información sobre el secuestro de mi abuelo, sentí algo que
no puedo explicar del todo. Era como si el tiempo se plegara sobre sí mismo.
Allí estaba ella, una adolescente aterrada en la oscuridad de una finca, su
padre enfrentando a los uniformados, el miedo infiltrándose en cada rincón de
esa casa. Y aquí estábamos nosotros, cincuenta años después, en un bar de
Salta, intentando que ese terror no haya sido en vano.
Me impactó profundamente su sensibilidad. No hablaba como
académica ni como testigo distante. Hablaba desde el cuerpo, desde el recuerdo
que todavía le pesa. Raquel no eligió a Ragone por un interés intelectual
abstracto; lo eligió porque aquella noche la policía lo convirtió en parte de
su biografía, lo metió a la fuerza en su historia personal. Y ahora, décadas
después, ella quiere transformar ese miedo en literatura, en ficción que repare
lo que el silencio rompió.
Lo que más me sorprendió fue descubrir cómo un hecho
traumático de su vida se convertía en el puente que nos ponía en sintonía en el
presente. Yo cargo con el duelo de un abuelo que nunca conocí, con la
responsabilidad de mantener viva una memoria que muchos quisieran enterrar.
Pero Raquel carga con algo distinto y complementario: el recuerdo de lo que el
terror hizo con las familias comunes, con los que "no hablaban de
política", con los que vivían en fincas alejadas y que de pronto se vieron
arrastrados al horror de la dictadura.
Nuestras memorias se encontraron ese día en el Bar Alta
Región como dos ríos que confluyen. Ella trae la memoria del miedo campesino,
del silencio impuesto a las familias rurales; yo traigo la memoria del
liderazgo truncado, de la búsqueda incansable de justicia. Y juntos, sin
haberlo planeado del todo, estamos construyendo algo nuevo: una memoria que ya
no es solo mía ni solo suya, sino que se vuelve colectiva, compartida, viva.
Intento recuperar ahora el sentido trascendente de ese
pequeño encuentro en el bar porque creo que allí se gestó algo importante. No
fue solo una conversación sobre un proyecto literario o sobre mis archivos
documentales. Fue el momento en que entendí que la memoria de mi abuelo
necesita salir de los tribunales, de los sitios oficiales, de los discursos
políticos, y entrar en la ficción, en la imaginación, en el arte. Raquel me
mostró que hay otro camino para mantener vivo a Miguel Ragone: convertirlo en
personaje, en narración, en símbolo que trascienda los datos del juicio.
Maffía también sostiene que lo personal es el fundamento de la subjetividad política. Cuando le conté a Raquel sobre mi blog personal, sobre cómo he ido documentando no solo los hechos históricos sino también mis propias reflexiones, mis dudas, mis angustias en este proceso de construcción de memoria, ella entendió inmediatamente que esa intimidad no es un desvío sino el centro mismo del trabajo político. No podemos construir memoria colectiva si no partimos de reconocer nuestras propias heridas, nuestros propios vínculos subjetivos con el pasado.
Le ofrecí todo mi ecosistema digital —los documentales, las
entrevistas, los registros del juicio— porque entendí que ella puede hacer con
eso algo que yo no puedo: transformarlo en una novela que llegue a lugares
donde mis documentos nunca llegarán. Y a ella le pedí que fuera lectora crítica
de mi próximo libro sobre el 2006, sobre la justicia transicional, sobre mi
experiencia política. Es un pacto extraño y hermoso: yo le doy las fuentes para
que ella cree ficción; ella me ayuda a pulir mi realidad para que se vuelva
legible.
Pienso en ese encuentro como un punto de partida para cosas
trascendentes porque intuyo que allí se sembró algo. La novela que Raquel
escribirá sobre mi abuelo —aunque omita su nombre, aunque lo llame simplemente
"el” "— será una forma de reparación que ningún juicio puede dar.
Será la posibilidad de que alguien que nunca oyó hablar de Miguel Ragone se
encuentre con él en las páginas de un libro, lo sienta humano, lo imagine en
sus últimas horas, lo llore como merece ser llorado.
Y al mismo tiempo, ese encuentro me enseñó algo sobre mí
mismo. Durante años he trabajado la memoria de mi abuelo desde la militancia,
desde la asociación, desde los sitios históricos y las placas conmemorativas.
Pero ese día con Raquel entendí que también necesito permitir que otros hagan
su propia memoria de Ragone, que lo habiten desde sus propias heridas, desde
sus propios recuerdos. La memoria no puede ser un patrimonio exclusivo de la
familia; debe ser un bien común, un territorio abierto donde cada uno pueda
encontrar su propio vínculo con el pasado.
Hay algo profundamente esperanzador en que, cincuenta años
después del golpe, una mujer que fue aterrada por la policía en una finca de
Los Álamos y el nieto del gobernador desaparecido se sienten juntos en un bar y
decidan, simplemente, no dejar que el olvido gane. Que decidan, cada uno desde
su lugar, seguir construyendo sentido sobre ese pasado que todavía nos habita.
El Bar Alta Región se convirtió esa mañana en un pequeño laboratorio de futuro. Un lugar donde la literatura y la política, la intimidad y la historia, el trauma personal y el duelo colectivo se encontraron para imaginar nuevas formas de hacer memoria. Y yo salí de allí convencido de que este encuentro, aparentemente pequeño, es en realidad el inicio de algo mucho más grande: una forma nueva de mantener vivo a Miguel Ragone, no solo como víctima de la dictadura, sino como inspiración para seguir imaginando y construyendo otros mundos posibles.
Porque al final, eso es lo que mi abuelo intentó hacer en
sus pocos meses de gobierno: imaginar y construir otra Salta, otra Argentina. Y
si Raquel y yo, cada uno desde nuestro oficio, logramos mantener viva esa
capacidad de imaginar otros futuros, entonces ese encuentro en el bar habrá
sido verdaderamente fundacional.


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