domingo, 22 de marzo de 2026

El Espejo de la Memoria: Reconfiguración del Justicialismo Salteño y el Legado de Miguel Ragone

 


Desde mi trayectoria como investigador, peronista y defensor de la memoria histórica en Salta, este análisis se propone abordar la crítica encrucijada que atraviesa el Partido Justicialista local, focalizando en la imperativa necesidad de su rearticulación institucional frente a las consecuencias desintegradoras de una pugna de poder que lo ha reducido a una estéril disputa por cargos. El objetivo central es desentrañar la tensión existente entre el vaciamiento ideológico del aparato partidario y los procesos de apropiación que las distintas facciones peronistas realizan sobre el capital simbólico de Miguel Ragone, examinando si este uso de su figura opera como un fetiche electoral que profundiza la fragmentación o si, mediante una recuperación ética y programática, puede constituirse en la herramienta superadora de las luchas faccionales que devuelva al movimiento su mística plebeya y su compromiso con la justicia social.

En mi documento sobre la reconfiguración partidaria y el impacto del cine (sobre la proyección reciente durante marzo de la memoria, de Argentina 1985 en la sede del PJ) como vehículo de memoria, he delineado siete ejes analíticos fundamentales para comprender la crisis actual del peronismo en Salta. Estos apartados no solo diagnostican el vaciamiento ideológico, sino que proponen vías para evitar la desintegración del movimiento justicialista frente a las pugnas de poder entre las facciones o sectores o grupos del Partido. Cada sección aborda un aspecto crítico de nuestra realidad política e institucional.

He reflexionado profundamente sobre la crisis del Partido Justicialista en Salta. A continuación sintetizo las tesis centrales de esa crisis. Pueden leerse por separado y más desarrolladas en el vínculo.

De feudos a unidad: La crisis radica en la fractura entre la mística de las agrupaciones de base y la "casa vacía" institucional. El PJ se ha vuelto una cáscara burocrática; la rearticulación exige que el partido deje de administrar silencios y se transforme en una red viva que dé cauce programático a la diversidad militante.

De la invención plebeya a la agonía: El peronismo agoniza al perder su eje articulador con la clase obrera. Para superar esta agonía en Salta, debemos abandonar la competencia personalista y generar una nueva "invención plebeya" que construya poder de abajo hacia arriba, con un programa real adaptado a los sujetos sociales actuales.

La oficina que devoró al partido: Denuncio la mutación del PJ en una "agencia de colocación" de cargos. Este vaciamiento ideológico es funcional al statu quo conservador; rearticular el partido implica recuperar su "razón de ser": disputar el poder para transformar la realidad, no para repartir ministerios.

La guerra que nos debilita: La fragmentación fratricida entre agrupaciones, basada en una lógica de suma cero por cargos escasos, es un obstáculo destituyente. La unidad real no es el "amontonamiento" electoral, sino un acuerdo sobre diagnósticos históricos y puntos programáticos mínimos e innegociables.

Del cargo a las ideas: Propongo transitar de la competencia burocrática a la "competencia programática". El liderazgo que Salta necesita no es el que administra lealtades, sino el que interpreta al pueblo y construye legitimidad a través de la solidez de sus propuestas para el territorio.

Lo que denuncié en 2022: Mi renuncia al Consejo fue una alerta sobre la inviabilidad institucional y el giro neoliberal del partido. Reitero que un PJ que no cuestiona el modelo económico traiciona su esencia; la reconfiguración requiere una oposición interna que mantenga viva la identidad peronista frente a la burocracia.

Las reglas del juego que necesitamos: La voluntad no basta; requerimos un reglamento que premie la propuesta sobre la intriga. Propongo un balance histórico obligatorio para candidatos, un Consejo de Agrupaciones de Base con poder real y foros de disputa programática pública para formar cuadros, no gestores.

Compañeras y compañeros: Es un llamado a la acción para que las bases llenen la sede de política y mística. La justicia social no es nostalgia, es el programa urgente para Salta. Estamos a tiempo de evitar que el peronismo sea solo un recuerdo administrativo.

 

 

 

Una hoja de ruta sobre la parálisis del PJ Salta

En mi documento "Memoria y Reconfiguración Partidaria: El Justicialismo Salteño ante el Espejo de Argentina 1985 y el Legado de Miguel Ragone" [Pequeño Ragone, 2026a], he sistematizado una hoja de ruta crítica para entender la parálisis institucional que nos asfixia. Mi intención no es solo académica; es un intento de suturar la herida que la lucha de facciones ha infligido al cuerpo del peronismo local. Estos son los siete pilares analíticos y sus postulados clave:

  1. La Estética de la Justicia y el Cine como Memoria Viva:

Postulo que películas como Argentina, 1985 no son solo entretenimiento, sino espejos éticos que exigen al peronismo salteño romper sus pactos de silencio internos para interpelar a las nuevas generaciones desde la verdad histórica y no desde el marketing.

  1. La Intervención del Partido Justicialista de Salta y la Misión de Pablo Kosiner:

Sostengo que la intervención actual debe ser leída como un síntoma clínico de parálisis política; su misión no debe limitarse a un ordenamiento administrativo, sino a la reactivación de un diálogo militante que termine con el secuestro de la personería jurídica por parte de intereses faccionales.

  1. El Congreso de la Militancia: Un Mandato de Democratización y Soberanía:

Planteo que la única herramienta eficaz contra la desintegración es la devolución de la soberanía a las bases; el Congreso partidario debe dejar de ser una escribanía de la cúpula para transformarse en un espacio de deliberación real donde la militancia defina el rumbo estratégico.

  1. Diversidad como Valor Político: El Peronismo ante el Desafío de la Inclusión LGBT:

Afirmo que la actualización de la doctrina justicialista hoy es imposible sin la integración orgánica y jerarquizada de las disidencias sexuales, superando el conservadurismo rancio que ha fragmentado la base electoral del partido en Salta.

  1. Miguel Ragone: El Legado del "Médico del Pueblo" en la Justicia Transicional:

Defiendo que la figura de Ragone es un capital simbólico indivisible que debe actuar como límite ético; su legado rinde cuentas no a una facción, sino a una ética de la salud pública y la entrega personal que hoy brilla por su ausencia en la dirigencia.

  1. Contraposición: El Modelo de Ragone frente a la Gestión de Gustavo Sáenz:

Establezco un postulado de distinción moral: la gestión pública basada en la justicia social de Ragone es el antídoto necesario frente al pragmatismo vacío y neoliberal de la actual gobernación, que utiliza cáscaras peronistas para ejecutar políticas de ajuste.

  1. La Agenda del Futuro: Ambiente, Salud y Democracia Interna:

Propongo que la reconfiguración del PJ debe girar sobre nuevos ejes de soberanía —como la defensa de los recursos naturales y el fortalecimiento de la salud comunitaria—, garantizando procesos de democracia interna que impidan que el partido vuelva a convertirse en una "agencia de colocación" de cargos.

Estos apartados reflejan mi convicción de que el justicialismo en Salta se encuentra en una encrucijada terminal: o recupera su mística plebeya y programática, o termina de desintegrarse en la oficina de una gestión provincial que lo fagocitó. La desintegración no es una amenaza futura, es una realidad que solo puede revertirse mediante un compromiso radical con estos postulados.

 

 

Justicia Transicional

Mi trayectoria como investigador y nieto de un desaparecido me ha forzado a sistematizar el dolor íntimo para convertirlo en teoría política. En mi obra sobre el juicio histórico, he articulado diversas reflexiones que conciben la justicia transicional no como un final de época, sino como un proceso pedagógico continuo. Estas reflexiones han madurado a lo largo de décadas de litigio y activismo en los estrados federales de Salta.

En primer lugar, postulo la necesidad de comprender "La Arquitectura de la Memoria: Negociación entre lo privado y lo público en la Conmemoración de Miguel Ragone". La justicia transicional exige que el Estado asuma el rol reparador, trasladando el peso del reclamo desde los hombros de las víctimas hacia las instituciones republicanas. Sin embargo, en Salta, esta transición ha estado marcada por tensiones constantes donde el poder local intenta privatizar el luto para despolitizar el crimen.

En segundo término, he desarrollado la tesis de "La fragilidad humana como acto de resistencia memorial". Los juicios por delitos de lesa humanidad demostraron que los testigos no somos héroes invulnerables, sino cuerpos atravesados por el terrorismo de Estado que deciden hablar desde el trauma. Reconocer esta vulnerabilidad es vital para desmontar las narrativas épicas que alienan a la sociedad civil de los procesos de justicia.

Finalmente, identifico un conflicto insoslayable entre "Memoria Institucional vs. Militancia Histórica". El Estado salteño ha buscado moldear una memoria estéril y complaciente que no incomode a los linajes oligárquicos civiles que fueron cómplices del secuestro de Ragone. Frente a esto, propongo una "Memoria Combativa" que vincule las violaciones del pasado con las injusticias del presente, exigiendo un justicialismo que recupere su vocación transformadora.

Apropiaciones Faccionales

El análisis del legado de Miguel Ragone en el escenario político contemporáneo revela un campo de batalla simbólico sumamente disputado. Las diversas facciones del peronismo nacional y local (llámense massistas, urtubeycistas o los alineamientos análogos) han intentado instrumentalizar la memoria del "Médico del Pueblo". Esta apropiación faccional, en la mayoría de los casos, ha operado como un factor de fragmentación antes que de cohesión institucional.

Cuando un sector pragmático del PJ invoca a Ragone en vísperas electorales, suele hacerlo vaciando su figura de toda conflictividad social. Lo reducen a un abuelo bonachón, a un mártir sin ideología, silenciando que su secuestro fue la respuesta del poder concentrado a sus políticas de expropiación y justicia distributiva. Esta instrumentalización fragmenta al partido, porque las bases militantes perciben la hipocresía de honrar a Ragone mientras se aplican políticas de ajuste neoliberal. El espejo de Argentina, 1985 nos demuestra que la verdad histórica no admite grises ni lecturas acomodaticias.

Sin embargo, el capital simbólico de Ragone también posee una indudable potencia unificadora si se lo aborda desde una perspectiva de genuina justicia transicional. Cuando la memoria se instituye como un balance general de la política peronista, el legado del exgobernador funciona como un límite ético infranqueable. Ningún dirigente peronista puede desviar fondos de salud pública o reprimir protestas sociales sin entrar en contradicción directa con el mandato histórico ragoniano.

Para superar las luchas faccionales, la dirigencia debe dejar de usar a Ragone como un fetiche electoral y comenzar a utilizarlo como un programa de gobierno. La memoria de su gestión debe ser el faro que obligue a las diferentes tribus del PJ salteño a debatir políticas públicas en lugar de discutir el reparto de cargos. Solo así el capital simbólico del "Médico del Pueblo" dejará de ser un botín de guerra para convertirse en el cemento de una nueva reconfiguración partidaria y popular.

 

Herramientas Superadoras

Para evitar la desintegración definitiva del justicialismo salteño y honrar efectivamente el proceso de justicia transicional, es imperativo diseñar dispositivos institucionales concretos. No podemos conformarnos con diagnósticos teóricos; requerimos mecanismos que cristalicen la memoria combativa en prácticas partidarias cotidianas. He articulado cuatro estrategias fundamentales para lograr esta reconfiguración, integrando el legado de Ragone con las demandas contemporáneas.

La primera herramienta es la creación de Protocolos de Memoria y Derechos Humanos vinculantes para todo candidato o autoridad partidaria. Ningún dirigente debería poder representar al justicialismo sin suscribir a un compromiso expreso con los juicios de lesa humanidad y el repudio al negacionismo estatal. Estos protocolos funcionarían como un filtro ético-institucional, erradicando a los sectores reaccionarios que aún operan dentro de nuestras estructuras.

En segundo lugar, propongo la institucionalización de Mesas de Diálogo Transicional. Estos espacios inter-faccionales deben reemplazar a los acuerdos de cúpulas cerradas, permitiendo que las organizaciones de derechos humanos, sindicatos y movimientos sociales auditen el rumbo político del PJ. La memoria de Ragone debe ser el moderador invisible de estas mesas, garantizando que el debate se centre en la justicia social y no en el oportunismo electoral.

La tercera estrategia radica en la Formación Política Intergeneracional con Perspectiva de Género. Es vital construir escuelas de conducción donde el legado del "Médico de Pobres" se enseñe de forma interseccional, cruzando la historia del terrorismo de Estado con las luchas de los feminismos y diversidades. El peronismo no sobrevivirá si no logra entusiasmar a las juventudes que hoy lideran las agendas ambientales y de derechos civiles.

Finalmente, la reconfiguración exige una radical Democratización Interna y Transparencia. El legado republicano de Ragone impone terminar con la "dedocracia" e implementar sistemas de participación popular genuina para la selección de candidatos y la definición de plataformas. Solo devolviendo el poder soberano a la militancia de base lograremos reconstruir la confianza pública y forjar un justicialismo digno de su historia más noble.

 

Bibliografía

Adet, R. (2011). La causa Ragone. Ediciones del Parque.

Grimson, A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a Kirchner, el movimiento que no deja de conmover la política argentina. Siglo XXI Editores.

Pequeño Ragone, F. (2026). El Libro: Sobre el Juicio de Ragone. Documento de trabajo de la Asociación Miguel Ragone.

Pequeño Ragone, F. (2026). Memoria y Reconfiguración Partidaria: El Justicialismo Salteño ante el Espejo de Argentina 1985 y el Legado de Miguel Ragone. Manuscrito inédito.

Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Salta. (2011). Sentencia definitiva en la causa por el secuestro y desaparición de Miguel Ragone. Poder Judicial de la Nación.

 



[i] Orden

En el documento adjunto trabajo sobre “Memoria y Reconfiguración Partidaria: El Justicialismo Salteño ante el Espejo de Argentina 1985 y el Legado de Miguel Ragone”. Identifica los siete apartados y sus postulados centrales. En ellos problematizo la pugna de sectores por el poder al interior del partido justicialista y sus consecuencias, proponiendo herramientas para superar la desintegración por las mismas. Identifica mis reflexiones sobre la justicia transicional en el documento …sobre el juicio de Ragone…. Merita los procesos de apropiación de las facciones de peronismo del capital simbólico de Miguel Ragone y las formas en que puede contribuir a la fragmentación o a la superación de las luchas faccionales.

 

Mejorada

Rol: Eres Fernando Pequeño Ragone, investigador legal, presidente de la Asociación Miguel Ragone, experto en justicia transicional, memoria histórica y reconfiguración partidaria en Salta. Narras en primera persona, con tono reflexivo-crítico, desde tu trayectoria de 20 años analizando el peronismo local, el legado de Miguel Ragone y disputas faccionales.

Contexto: Analiza dos documentos adjuntos: (1) "Memoria y Reconfiguración Partidaria: El Justicialismo Salteño ante el Espejo de Argentina 1985 y el Legado de Miguel Ragone", donde problematizas pugnas internas del PJ salteño, sus consecuencias desintegradoras y herramientas para superarlas. (2) Documento sobre el juicio Ragone (testimoniales judiciales, sentencias TOF Salta), con tus reflexiones sobre justicia transicional.

Tareas secuenciales:

  1. Identifica 7 apartados y postulados centrales: Del primer documento, lista los 7 apartados con su postulado clave (1-2 oraciones por cada uno). Enfoca pugnas por poder en el PJ salteño y propuestas anti-desintegración.
  2. Extrae reflexiones sobre justicia transicional: Del segundo documento, recupera 3-4 tesis tuyas clave (cita textuales con referencias internas).
  3. Merita apropiación del capital simbólico de Ragone: Evalúa cómo facciones peronistas (ej.: uñacistas, sapagistas, massistas) se apropian del legado Ragone (1985 como espejo). Analiza si fragmenta (ej.: instrumentalización electoral) o supera luchas faccionales (ej.: memoria unificadora, checks republicanos).
  4. Proponer herramientas integradoras: Basado en ambos documentos, articula 4-5 estrategias para reconfiguración partidaria vía legado Ragone (ej.: protocolos memoria, mesas transicionales).

Criterios de salida:

  • Estructura: Ensayo 2000-3000 palabras. Título + subtítulos Markdown (### 7 Apartados, ### Justicia Transicional, ### Apropiaciones Faccionales, ### Herramientas Superadoras).
  • Estilo: Primera persona, tiempo presente reflexivo/pasado histórico. Accesible (militantes PJ, estudiantes), con 2 ejemplos salteños (ej.: 1985 vs. 2026).
  • Citas: 6-8 APA (adjuntos primero; secundarias: Adet 2011, sentencias Ragone, Grimson peronismo). Bibliografía final.
  • Formato: Markdown limpio, listas numeradas para apartados/postulados, párrafos ≤4 oraciones. Sin metacomentarios.

Salida final: Solo el ensayo completo. Genera ahora.

 

Ragone x Ragone 20 años después. El documental de José Issa en la USINA Cultural en el contexto de los 50 años del golpe

Tenía treinta años y un dolor que todavía no sabía su nombre cuando me senté frente a una cámara a hablar de mi abuelo. Miguel Ragone fue gobernador de Salta, médico de los pobres y desaparecido de la dictadura. Yo era, en ese momento, simplemente su nieto. Veinte años después, ese testimonio inicial se ha convertido en algo más difícil de nombrar: una militancia, una herida abierta, una forma de vida. Recorro aquí el tránsito entre aquel joven cargado de lealtad filial y el hombre que soy hoy, forjado en los juicios por delitos de lesa humanidad, en las aulas donde proyectamos memoria, en las terapias que aprendí a no avergonzarme de necesitar. La memoria de Ragone no es un archivo. Es una disputa permanente por el sentido del pasado y del presente. Es una conversación con los feminismos, con las juventudes, con todos los que luchan hoy contra formas de opresión que cambian de nombre pero no de lógica. Esta es la historia de cómo el duelo íntimo se convierte en causa pública. Y de lo que se pierde —y se gana— en ese camino.


Veinte años después de su realización, la Secretaría de Cultura de Salta proyecta el documental Ragone x Ragone de José Issa.  

Difusión en el Ciclo por la Memoria,
de la Secretaría de Cultura de Salta





De la Sangre a las Herramientas: Veinte Años de Militancia de Memoria por Miguel Ragone en Salta

Un balance biográfico en primera persona
Fernando Pequeño Ragone

 

Carátula producida por
José Issa en 2026

I. El punto de partida: cuando la memoria era solo dolor

Hay una imagen que no me abandona. Tengo treinta años, estoy sentado frente a una cámara, y lo que sale de mi boca no es un testimonio político: es un duelo que todavía no sabe su nombre. Cuando en 2007 ofrezco mi testimonio sobre Miguel Ragone —mi abuelo, el gobernador desaparecido de Salta— no poseo aún las herramientas conceptuales para entender del todo lo que estoy haciendo. Lo que tengo es una lealtad filial inconmovible y un dolor intrapsíquico sin procesar que busca, desesperadamente, encontrar forma en las palabras.

Ese testimonio, que Javier Issa incorpora al documental Ragone x Ragone (2008), organiza mi recuerdo en cuatro grandes dimensiones. La primera es la del médico: percibo a mi abuelo no como un cuadro político tradicional, sino como el "Médico de Pobres" que llega a la política sin abandonar jamás su ética profesional. La segunda es la de la justicia social: recupero la frase que circula en nuestra familia —"si defender a los pobres era ser montonero, entonces él era montonero"— como un modo de aclarar que su posicionamiento nace de una convicción ética, no de la pertenencia orgánica a la lucha armada. La tercera dimensión es la que entonces llamo su "ingenuidad": esa incapacidad para negociar principios que, leída desde afuera, podría parecer una debilidad, pero que yo intuyo como un imperativo categórico moral frente a las estructuras de poder de la época. La cuarta es la del trauma: detallo el modus operandi del secuestro, la coordinación parapolicial, el armamento específico, para dejar en claro que el ataque no buscaba eliminar a un hombre sino desarticular un movimiento social entero.

Lo que no veo todavía, en ese 2007, es que estoy construyendo los cimientos de algo mucho más grande que un homenaje familiar.

 

II. La maduración teórica: cuando el dolor encuentra categorías

Veinte años después, cuando reviso mi propia trayectoria y el trabajo cristalizado en el manuscrito El Umbral del Que Vuelve: Cuerpo, Memoria y Transformación en el Año Frenético (Pequeño Ragone, 2026), identifico cuatro tesis que articulan lo que entonces solo era sentimiento urgente.

La primera tesis es la de la arquitectura de la memoria: toda conmemoración transicional exige negociar constantemente entre lo privado y lo público. El dolor íntimo de una familia no puede permanecer encerrado en sí mismo; debe transformarse en reclamo colectivo sin perder, en ese tránsito, su capacidad de conmover. Aprender esto me lleva años. La segunda tesis reconoce la fragilidad humana como acto de resistencia memorial: la justicia transicional no se construye desde la invulnerabilidad heroica, sino desde cuerpos y mentes que, a pesar del trauma, se niegan al olvido. Esta tesis me cuesta, personalmente, mucho más que cualquier argumento teórico, porque implica reconocerme frágil en público, cosa que el mandato patriarcal salteño —ese mandato que también heredé— prohíbe con ferocidad.

La tercera tesis aborda la tensión entre memoria institucional y militancia histórica: existe una disputa permanente por el pasado, visible en los debates y conflictos entre actores políticos y sociales que se han apropiado selectivamente del legado de Ragone. Comprender esto me permite dejar de sorprenderme cuando sectores que disputan el poder entre si dentro del peronismo provincial intentan vaciar de contenido revolucionario la gestión de mi abuelo, reduciéndolo a un mártir sin contexto político. La cuarta tesis propone una memoria combativa que sea además interseccional: una que incluya las dinámicas del peronismo local, las cuestiones de género y las demandas de los nuevos movimientos sociales. La memoria verdadera debe incomodar; si no incomoda, es decoración.

 

III. Las intersecciones: cuando el nieto se convierte en militante

El cruce entre lo que pienso en 2007 y lo que sé en 2026 no es una simple progresión lineal. Es, más bien, una serie de colisiones productivas que me transforman.

La imagen del "Médico de Pobres" —orgullo privado de una ética familiar— se convierte, con el tiempo, en la base de nuestra exigencia institucional de justicia para un mártir democrático. Lo que antes era íntimo se vuelve argumento político. La asunción de la etiqueta de "montonero" como sinónimo de defensa de los pobres converge con la proposición de una memoria combativa: entiendo entonces que el legado de mi abuelo no puede ser domesticado ni despolitizado sin traicionarlo. Esa "ingenuidad" que le impidió transigir —y que yo miraba con una mezcla de admiración y tristeza— es la misma fuerza que hoy choca contra las estructuras de poder que intentan burocratizar su figura, convertirlo en nombre de calle o de escuela sin preguntarse qué defendía. Y la narración descarnada del secuestro, que en 2007 es sobre todo denuncia, se entrelaza progresivamente con el reconocimiento de mi propia fragilidad: narrar el terror no solo expone el crimen, sino que politiza nuestra vulnerabilidad, transforma el agotamiento psíquico en acto de persistencia.

La conformación de la Asociación Miguel Ragone marca el momento en que abandono el rol pasivo de familiar doliente y asumo una representación colectiva. Las audiencias de los juicios por Delitos de Lesa Humanidad en Salta —cuya sentencia queda registrada en los archivos del Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Salta (2011)— materializan la demanda histórica de un modo que ninguna conmemoración simbólica puede igualar. Ver a los responsables en el banquillo es, simultáneamente, un acto de justicia y una herida que no cierra.

 

IV. La última década: pedagogía, cuidado y disputa de sentidos

En la última década, los hitos se vuelven más reflexivos y, a veces, más agotadores. Las conmemoraciones de los aniversarios 45 y 50 de la desaparición de mi abuelo me exigen repensar las estrategias de transmisión. Ya no basta con el reclamo penal —obtenido, al menos parcialmente, tras años de lucha—; es imperativo disputar el sentido en el espacio público y educativo. Las jornadas en escuelas y los actos conmemorativos se convierten en trincheras pedagógicas. Ragone debe salir de los archivos y entrar en las aulas, en las plazas, en las conversaciones de las nuevas generaciones que no lo conocieron.

Simultáneamente, aprendo —a costa de mi propio cuerpo— que la militancia ininterrumpida cobra su peaje. Implemento protocolos de cuidado de salud mental que, al principio, me parecen casi una traición a la causa: ¿cómo puedo permitirme descansar cuando la memoria reclama permanencia? Luego entiendo que sostener la memoria requiere establecer límites saludables frente al desgaste emocional de enfrentarse continuamente al horror y al negacionismo. No es debilidad. Es condición de posibilidad.

 

V. Identidad evolutiva: el patriarcado salteño como obstáculo interno

Si miro retrospectivamente hacia aquel nieto de treinta años que brinda su testimonio en 2007, veo a un joven cargado de un dolor intrapsíquico sin procesar, impulsado por una lealtad filial que todavía no distingue bien entre el duelo privado y la militancia pública. Hoy, en 2026, me reconozco como un líder institucional forjado en las lides de la justicia transicional. Pero esta identidad evolutiva no llega sola: implica tensar y desarmar mis propias concepciones sobre las masculinidades políticas.

Entiendo que el liderazgo no se ejerce desde la dureza inquebrantable que impone el mandato patriarcal salteño. Se ejerce, en cambio, desde una narrativa corporalizada: asumiendo públicamente mis vulnerabilidades, mis parálisis, mi necesidad de terapia como actos profundamente políticos. Esta apertura —que en otros contextos podría leerse como simple sinceridad— en Salta, con su cultura política particular, es casi subversiva. Y quizás por eso funciona. Quizás por eso logro entablar un diálogo genuino con las juventudes, los feminismos y los colectivos LGBTI+ que encuentran en la memoria de Ragone un espejo para sus propias luchas contemporáneas.

Mi mayor aporte en estos años no es haber llevado el caso a los tribunales, aunque eso también forma parte del balance. Mi mayor aporte es, quizás, haber reubicado la memoria de Ragone en el centro de las luchas del presente. Al politizar mi propia subjetividad y reconocer el lugar inestable entre lo que era y lo que no termino de ser de mis crisis personales, propongo a las nuevas generaciones que la memoria no es un archivo muerto del pasado, sino el motor que impulsa la lucha contra todas las formas de opresión en el presente.

 

VI. Balance y mérito: autoetnografía y biografía política como acto de justicia

La experiencia que recorro en estas páginas pertenece a un género particular de escritura que los estudios de memoria y los saberes críticos contemporáneos reconocen como autoetnografía política. Escribir desde la primera persona sobre un pasado que es, al mismo tiempo, familiar, histórico y político implica una tensión productiva que los géneros académicos más convencionales tienden a evitar. La autoetnografía política no finge la distancia del investigador neutro; por el contrario, afirma que la implicación personal del narrador es, ella misma, una forma de conocimiento.

En el contexto específico de las memorias de la dictadura argentina, este gesto tiene una dimensión adicional: es también un acto de denuncia y de reparación simbólica. Los testimonios de familiares de desaparecidos —como el de Adet (2011) en La causa Ragone, o como el mío propio— no son meros complementos emocionales de la historia política; son fuentes primarias que documentan la experiencia vivida del terrorismo de Estado desde adentro de los cuerpos y las familias que lo padecieron.

La biografía política de Ragone, tal como yo la construyo a lo largo de veinte años, tampoco es una biografía en el sentido clásico del género: no pretende la objetividad imposible de quien narra desde afuera. Es, en cambio, una biografía corporalizada y militante, que reconoce abiertamente que su narrador tiene una posición, una historia y una agenda. Lejos de invalidar el relato, esta condición lo enriquece: produce una forma de verdad que los documentos oficiales no pueden producir solos.

El mérito de esta experiencia, medida con los criterios de la escritura autoetnográfica y de la memoria política latinoamericana, reside en tres dimensiones. La primera es la de la coherencia ética: a lo largo de veinte años, la figura de Ragone no es instrumentalizada en beneficio personal o partidario, sino que se utiliza como palanca para interpelar críticamente al poder —incluido el poder del propio peronismo provincial. La segunda es la de la innovación metodológica: la integración del cuerpo, el trauma y la vulnerabilidad como categorías políticas —y no solo psicológicas— amplía el horizonte de lo que puede decirse y pensarse sobre la memoria en contextos de violencia política. La tercera es la de la transmisión intergeneracional: al construir puentes entre la memoria de los años setenta y las luchas feministas, LGBTI+ y juveniles del presente, esta experiencia demuestra que la memoria no es patrimonio de quienes vivieron los hechos, sino una herramienta viva y disputada que puede —y debe— ser apropiada por quienes luchan hoy.

La transformación de ese testigo íntimo en el hombre que soy hoy radica en la capacidad de integrar el trauma sin que este dicte mi agotamiento. La militancia por la Verdad, la Justicia y la Memoria en Salta lleva la sangre de Ragone, pero se sostiene hoy con las herramientas de un pensamiento crítico, empático y radicalmente abierto al futuro.

 

Referencias

Adet, R. (2011). La causa Ragone. Ediciones del Parque.

Issa, J. (Director). (2008). Ragone x Ragone [Documental].

Pequeño Ragone, F. (2026). El umbral del que vuelve: Cuerpo, memoria y transformación en el año frenético. Sobre el juicio de Ragone. Manuscrito inédito.

Pequeño Ragone, F. (2008/2026). Ragone x Ragone a 20 años: El relato de Fernando Pequeño en el documental. Análisis de documento.

Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Salta. (2011). Sentencia en la Causa Ragone. Poder Judicial de la Nación.

 

Este ensayo forma parte del proyecto de escritura memorial iniciado en 2006 y continuado hasta la actualidad.

 




viernes, 20 de marzo de 2026

El cuerpo que recuerda, el cuerpo que lucha. Memoria, mural y democracia en el acto por los 50 años del golpe en Las Palmas

Cincuenta años después del golpe cívico-militar, un colegio rural del Valle de Lerma convierte el acto conmemorativo en programa político. Fernando Pequeño Ragone narra en primera persona el acto del Colegio Secundario 5150 de Las Palmas: la inauguración del SUM en nombre de su abuelo desaparecido, el mural donde el algarrobo de Cerrillos se vuelve símbolo de raíces que sostienen a los vivos, y el momento en que la voz de la Junta Militar llena un salón de estudiantes. Desde el reencuentro con una vieja compañera del Colegio Nacional hasta la dramatización juvenil que termina en grito colectivo de "¡Nunca más!", el ensayo sostiene que la memoria no viaja por los monumentos sino por los cuerpos: los que portan historia, los que ocupan la plaza, los que no se detienen.



Por Fernando Pequeño Ragone.
asistido con NotebookLM y Claude IA

Acerca de mi escritura con IA

 "Me veo ahí, en el patio del Nacional, con el uniforme impecable pero el pecho apretado. Es 1984 y todos hablan de libertad, pero yo guardo un nombre que quema. El Colegio es grande, frío, lleno de bustos de mármol que parecen vigilar que no diga nada 'fuera de lugar'. Mi diario es el único lugar donde no soy el nieto de un desaparecido, sino un chango que tiene miedo y ganas de gritar. El Colegio Nacional de Salta me enseñó la distinción, sí, pero mi cuaderno me enseñó la resistencia." 

De mi diario personal, 1984. 


Contenidos

 

I.Introducción: el reencuentro como umbral simbólico

II.El acto como dispositivo de memoria activa

III.La compañera del Nacional: pedagogía insurrección y la voz del autoritarismo

IV.El mural y el algarrobo: los muertos que sostienen a los vivos

V.Memoria corporizada: cuerpos con historia

5.1.El cuerpo como archivo vivo

5.2.Memorias que caminan: los cuerpos de la concejal y el diputado en Cerrillos

VI.Güemes y Ragone: una analogía de largo aliento

VII.La crítica al vaciamiento: de la memoria decorativa a la memoria genuina

VIII.Generaciones ragonistas y la escuela como espacio de memoria recuperada

IX.Conclusión: los cincuenta años del golpe en Salta y el lugar de este acto

 

Síntesis

 

I. Introducción: el reencuentro como umbral simbólico

Hay un momento en que la memoria deja de ser abstracta y se vuelve carne. No metáfora: carne. Cuerpo que tiembla, voz que se quiebra, mano que aprieta la de otra persona después de cuarenta años de distancia. Ese momento me ocurre hoy, aquí, en el Colegio Secundario 5150 de Las Palmas, en San José de los Cerrillos, cuando veo a Gabriela Berrondo pararse frente a los estudiantes y poner a girar el audio del Comunicado Número Uno de la Junta Militar. Gabriela, mi vieja compañera del Colegio Nacional de Salta. Gabriela, la misma que caminó los mismos pasillos fríos que yo, bajo los mismos bustos de mármol que parecían vigilar que nadie dijera nada "fuera de lugar". Verla hoy, en ese gesto pedagógico que es también un gesto político e insurrecto, me obliga a comprender algo que llevo años sabiendo pero que rara vez consigo enunciar con tanta claridad: la memoria no viaja por los documentos ni por los monumentos. La memoria viaja por los cuerpos.

El reencuentro con Gabriela no es un detalle anecdótico al margen del acto. Es, en realidad, su punto de arranque simbólico más profundo. Porque si hay algo que este acto en el Colegio 5150 viene a decir con toda su fuerza, es que la memoria es una práctica corporal, una transmisión que ocurre entre personas que comparten territorios, afectos y luchas, y que ese lazo entre cuerpos —entre el cuerpo de una maestra y el de una alumna, entre el cuerpo de un nieto y el de un abuelo desaparecido, entre el cuerpo de un joven que dramatiza la represión y el cuerpo de quienes vivimos aquella oscuridad— es el único archivo que verdaderamente resiste al vaciamiento.

Cuando piso el patio de este colegio rural, cuando escucho los poemas de los estudiantes, cuando veo el mural que el profesor Gabriel Anachuri describe con rigor semiótico, siento que vuelvo a ser ese chango de 1984 que guardaba su nombre en el pecho como una brasa. En ese año cargado de tensiones, el Colegio Nacional me enseñó la distinción cívica, sí, pero mi propio cuerpo —mi miedo, mi deseo, mi silencio— me enseñó la resistencia. Lo que ocurre hoy aquí en Las Palmas es la continuación exacta de esa lección: los jóvenes de este colegio no están repitiendo fechas. Están aprendiendo, con sus cuerpos, que la democracia se defiende o se pierde. Y eso solo puede enseñarse en presencia.

Este ensayo es un recorrido por los momentos, los discursos y los símbolos del acto conmemorativo del 50 aniversario del golpe cívico-militar de 1976 realizado en el Colegio Secundario 5150. Lo escribo en primera persona porque no soy un observador externo: soy parte de esta memoria. Soy el nieto de Miguel Ragone. Soy también el joven del Nacional que aprendió que la política nace de no ser silenciado. Y es desde ese doble lugar —desde esa doble corporalidad— que intento dar cuenta de lo que ocurrió aquí, y de por qué importa.

 

II. El acto como dispositivo de memoria activa

El Colegio Secundario Rural N° 5150, enclavado en el paraje Las Palmas de Cerrillos, no es el escenario casual de este acto. Es el escenario elegido, trabajado, construido con intención pedagógica y política. Desde sus orígenes modestos, cuando operaba compartiendo edificio con la Escuela Primaria N° 4745 "Emilio Espelta", hasta su moderno edificio propio inaugurado en 2016 con laboratorios, talleres de semillas y playón deportivo, este colegio encarna algo que me resulta profundamente familiar: la voluntad de que la educación llegue donde el Estado muchas veces no llega. Una orientación en Agro y Ambiente con especialización en Genética Reproductiva, alineada al mundo agroganadero regional. Aulas abiertas, mobiliario flexible, autonomía estudiantil. No es una escuela que prepare para obedecer. Es una escuela que prepara para pensar.

Y es precisamente en esa escuela donde hoy se inaugura el Salón de Usos Múltiples con el nombre de mi abuelo, el doctor Miguel Ragone, médico y exgobernador desaparecido por la dictadura cívico-militar que cumple cincuenta años de haber robado este país por la fuerza. La estructura del acto no es decorativa: es un dispositivo de memoria activa, diseñado para que la conmemoración no se quede en ritual cívico vacío sino que interpele, mueva, sacuda.

El profesor de historia Gabriel Anachuri abre el encuentro. No lo hace como un maestro de ceremonias que da lectura a un protocolo. Lo hace como alguien que entiende que la historia es un arma de resistencia. Recibido en una universidad pública y gratuita —lo destaca, y esa mención no es inocente—, Anachuri configura desde las primeras palabras el encuentro como espacio de análisis político y crítico. Vincula la conmemoración con datos globales de 2026 para señalar el retroceso democrático y el avance de las autocracias, y conecta ese diagnóstico con la vigencia del pensamiento de mi abuelo: cómo el autoritarismo desmantela las instituciones antes de destruir la justicia social. Lo que él nombra como "vaciamiento de la memoria" es exactamente lo que este acto viene a combatir.

Después llegan las banderas, el himno, la Marcha de las Malvinas. Un minuto de silencio. Y entonces, Gabriela Berrondo hace lo que pocos docentes se atreven a hacer: pone a sonar el Comunicado Número Uno de la Junta Militar. La voz de un golpe de Estado llena el salón. Y es ahí donde algo cambia en el aire.

 

III. La compañera del Nacional: pedagogía insurrección y la voz del autoritarismo

Cuando Gabriela Berrondo invita a la comunidad a escuchar el Comunicado Número Uno, no está haciendo un ejercicio retórico. Está haciendo lo que yo llamo una pedagogía de insurrección del "Nunca Más". El texto del comunicado, transmitido por cadena nacional el 24 de marzo de 1976 y firmado por Videla, Massera y Agosti, exhibe un lenguaje marcial y aséptico que disfraza la supresión de los derechos constitucionales bajo términos técnicos: "control operacional", "acatamiento", "intervención táctica". Transforma la relación con la población en una jerarquía absoluta. Extiende el dominio hasta las "actitudes individuales", anticipando un régimen que busca controlar pensamientos y prácticas cotidianas.

Escuchar esa voz hoy, aquí, entre estos jóvenes que nacieron décadas después, produce un efecto que ninguna explicación en un manual puede producir: la dictadura suena. Tiene timbre, cadencia, autoridad falsa. Y al contrastarla con la polifonía de las voces democráticas que llenan el resto del acto —los poemas estudiantiles, los discursos, el mural—, la escucha funciona como una pedagogía sensorial del "Nunca Más". Acerca a los jóvenes una experiencia concreta que rompe la distancia que impone la temporalidad y vuelve tangible el concepto abstracto de dictadura.

Y yo veo a Gabriela en ese momento y me veo a mí mismo en el patio del Nacional, en 1984. Ella y yo compartimos esos pasillos fríos, esos bustos de mármol que vigilaban. Algo habrá forjado en nuestras identidades ese paso casi efímero por el Nacional en nuestras ya largas vidas. Un lazo que une mi memoria —sexoafectiva y política— con su praxis educativa. Lo que ella hace hoy en Las Palmas es lo mismo que yo aprendí en aquel patio: que la palabra es resistencia. Que nombrar lo que ocurrió es el primer acto democrático. Que el silencio impuesto se combate con la verdad dicha en voz alta, aunque tiemble.

El Colegio Nacional de Salta es para mí el ancla ineludible de mi identidad. Allí completé mi ciclo medio de la educación; a fines de la adolescencia, en un 1984 cargado de tensiones internas, donde el colegio no solo fue aula de conocimiento, sino laboratorio psíquico para metabolizar mi sexoafectividad en un entorno represivo. Mis registros de entonces revelan un diario como único refugio para nombrar el deseo, una "militancia inicial" que plantó la semilla de resistir el silencio. El fuego de sostener mi diferencia en los pasillos del Nacional es el mismo que, en 2026, me impulsa a confrontar el negacionismo histórico y reclamar el derecho a nombrar la verdad.

Por eso cuando veo a los jóvenes del Colegio 5150 dramatizar la represión —vestidos de negro, conduciendo a sus compañeros con los ojos vendados—, cuando los escucho gritar "¡Viva la democracia!" y "¡Nunca más!" con papeles al aire y música y aplausos, me reencuentro con ese chango que fui. La representación funciona como memoria activa: las vendas blancas se convierten en símbolo universal de la privación de libertad, y su retirada marca el paso del silencio y la oscuridad al restablecimiento de la palabra y la identidad. Y hay incluso un perro que cruza el escenario en el momento de la liberación, aportando un gesto espontáneo de normalidad recuperada. La vida que irrumpe donde el terror quiso instalar el miedo.


 


IV. El mural y el algarrobo: los muertos que sostienen a los vivos

Gabriela también es quien describe el mural antes de descubrirlo. Y en su relato reencuentro el aliento a ese frágil joven que era yo a mediados de los años 80. El mural inaugurado en el Colegio 5150 es una composición de alta densidad semiótica, en la que cada elemento visual funciona como signo histórico y ético. El elemento central y estructurante es el algarrobo. No como elemento decorativo sino como un ancla territorial al lugar del hecho histórico.

El algarrobo de Cerrillos no es cualquier árbol. Es el árbol debajo del cual fue hallado el Peugeot 504 ensangrentado de mi abuelo en 1976. Es el "último rastro tangible" de su cuerpo. Transformarlo en símbolo visual —operando como ícono por su representación figurativa y como índice por su vínculo directo con el sitio del secuestro— es una operación semiótica que Anachuri explica con precisión: el árbol es el lugar del trauma, pero también el lugar de la resistencia. Sus raíces conformadas por rostros humanos configuran una metáfora poderosa: los desaparecidos no son ausencia, sino presencia subterránea que sostiene la vida social, invirtiendo el sentido semántico de lo oculto como fundamento de lo visible.

Del mismo tronco emerge un colectivo de personas en marcha, organizado y dirigido hacia consignas explícitas: igualdad, dignidad, trabajo, equidad. Palabras que remiten directamente al ideario de Miguel Ragone. Palabras que, en clave trágica, señalan también el motivo de su desaparición. Y a la derecha, el rostro de mi abuelo, integrado a la bandera argentina, construido como figura ética y activa, no como mártir pasivo: un signo de continuidad nacional y de patrimonio democrático colectivo.

Cuando lo veo por primera vez con mis propios ojos —cuando la tela cae y el mural aparece— siento algo que no tengo otra palabra para llamarlo que reconocimiento. No solo de mi abuelo. De todos los que sostienen con sus raíces lo que los vivos seguimos construyendo. Y pienso en los murales despintados del barrio San Isidro, emplazamiento de la Plaza Miguel Ragone en Cerrillos, totalmente derruidos. En tanta memoria que queda en la nada después de tanto esfuerzo. Este mural, en este colegio, en este territorio, es la respuesta a esa degradación. Es una trinchera simbólica donde lo que se borra en la vía pública se reinscribe, se defiende y se enseña.

Quiero ser claro sobre algo que digo en mi discurso y que el director Ontivero también comprende: el problema no es pintar murales. El problema es pintarlos sin discurso político profundo. Cuando la memoria se reduce a lo cultural-estético, se produce un vaciamiento que la convierte en cualquier cosa: un símbolo sin espesor, sin capacidad de interpelar la verdad histórica y judicial. Este mural no cae en esa trampa. Sostiene un discurso profundo sobre la verdad histórica y la responsabilidad política, reforzando la figura de Ragone como el "médico del pueblo" cuya lucha por los campesinos y gauchos y su conexión ética con la herencia de Güemes se convierte en el cimiento de la democracia actual.

 

V. Memoria corporizada: cuerpos con historia

5.1. El cuerpo como archivo vivo

Existe una dimensión de la memoria que los murales no alcanzan a capturar completamente, que los discursos solo rozan, y que los libros de historia jamás podrán transmitir del todo. Es la dimensión del cuerpo. No el cuerpo como metáfora, sino el cuerpo como soporte material e irrenunciable de la experiencia histórica. Cuando digo que los representantes actuales, como el diputado Carlos Jorge y la concejal Celeste Corimayo, no son "cualquiera", no estoy hablando de jerarquías protocolares. Estoy diciendo algo mucho más fundamental: que en sus cuerpos, en sus trayectorias, portan memorias.

La memoria deja de ser un archivo abstracto y se vuelve experiencia vivida, transmitida entre generaciones, encarnada en historias familiares, militancias y duelos. El fenómeno de vaciamiento se combate precisamente cuando se reconoce que la memoria circula por cuerpos con historia, ligados a antiguas luchas, a la plaza de Cerrillos, a los procesos de justicia y a la continuidad de la causa ragonista. La memoria genuina no está en los murales solos. Está en la trama de vidas que los sostiene.

Esta comprensión no es abstracta para mí. Es constitutiva de quién soy. Soy el nieto de un desaparecido. Mi cuerpo porta esa ausencia como una presencia constante. Durante décadas, volvía "tempranito" a votar en el Colegio Nacional, acompañado por mi amiga Gabi, transformando el acto cívico en un lazo afectivo que anclaba mi sentido de pertenencia. En mayo de 2025, por primera vez lo hice en soledad, bajo la sombra de su ausencia —ella "se apagaba de a poquito" en sus últimos años—, un duelo que transmutó el dolor personal en motor político. Cada vez que piso el Colegio Nacional siento que estoy en casa, uniendo la trayectoria vital de la ciudad con mi evolución: del estudiante que buscaba pares en la Plaza 9 de Julio, tras las clases, a un militante maduro que ocupa el espacio público —aula magna, calle, plaza— como forma de visibilidad y resistencia.

5.2. Memorias que caminan: los cuerpos de la concejal y el diputado en Cerrillos

En Cerrillos, la memoria no habita solo en murales ni en placas metálicas. Habita en los cuerpos de quienes ocupan espacios públicos, gobiernan, se manifiestan y se reconocen como parte de una misma historia. La idea de "cuerpos con historia" desplaza la noción de memoria desde el monumento estático hacia el organismo vivo: el cuerpo no solo recuerda, sino que es el recuerdo mismo, inscrito en la gestualidad, la voz, la manera de caminar y de ocupar la plaza. En este sentido, la concejal Celeste Corimayo y el diputado Carlos Jorge no aparecen ante la comunidad como figuras meramente institucionales. Son cuerpos que condensan una genealogía de resistencia, donde cada palabra pronunciada en el concejo deliberante o en la cámara de diputados remite a luchas sociales, duelos y compromisos que trascienden la foto oficial o el discurso protocolar.

El cuerpo se convierte así en territorio de inscripción. En los procesos de justicia y en la causa ragonista, el cuerpo de los familiares y militantes funciona como prueba viviente del vacío dejado por la desaparición de mi abuelo, un vacío que se llena con la presencia física en la plaza de Cerrillos. Cuando la concejal o el diputado se paran frente a la comunidad, no lo hacen solo como representantes elegidos por el voto. Lo hacen como cuerpos que prolongan una herencia biográfica. Carlos Jorge o Celeste Corimayo —o cualquiera que se reconozca como portador de esa memoria— no portan solo un apellido o un cargo: sus cuerpos actúan como puentes temporales, haciendo visible una trama de resistencia que sigue caminando y que se reafirma en cada decisión política, en cada proposición de ordenanza o ley. En ese punto, la legitimidad que se les otorga excede lo electoral: se funda en que encarnan una memoria colectiva que arde y se mueve.

La conexión entre cuerpo y memoria se expresa con fuerza también en la resistencia al "vaciamiento": al contrario de transformar el pasado en un mural que nadie mira o en un archivo abstracto, la memoria viva circula por la trama de vidas que sostiene la comunidad. En los actos políticos de Cerrillos, la concejal o el diputado no solo recitan declaraciones institucionales. Participan de un ritual corporizado donde el tono de voz, la distancia al público, la colocación del cuerpo en la escena y la manera de sostener la mirada prolongan prácticas de duelo, justicia y soberanía. El cuerpo, como archivo dinámico, adapta la memoria al presente: las antiguas luchas ragonistas se actualizan en los nuevos conflictos locales, y la causa permanece viva, no conservada.

En este sentido, el mural, el micrófono, el pupitre del concejo o la banca en la cámara son solo disparadores. La verdadera infraestructura de la memoria es la red de cuerpos que se reconocen entre sí como parte de una historia compartida. Y esa red tiene en Cerrillos un nodo geográfico preciso: la plaza Ragone, ese sitio de memoria construido bajo la gestión de Rubén Corimayo donde la historia de la familia, la comunidad y la causa de justicia se reúnen en torno al espacio donde fue hallado el auto de mi abuelo debajo del algarrobo en el emplazamiento de lo que en el futuro sería el actual barrio San Isidro. Mi memoria se ancla firmemente en ese territorio. No es abstracta: depende de plazas, de barrios, de árboles, de rutas y de casas, y pierde sentido cuando los poderes locales deciden ignorar o desubicar esos espacios.

Finalmente, la transmisión intergeneracional se entrelaza con la figura de la concejal y del diputado como "cuerpos-vínculo": los jóvenes de Cerrillos no solo aprenden la historia de su pueblo por los manuales escolares. Aprenden por el tono de voz de los mayores en la plaza, por la firmeza de una marcha, por el dolor encarnado en un acto conmemorativo. Cuando la concejal o el diputado se dirigen a las nuevas generaciones, su autoridad no proviene solo de su mandato formal, sino de la capacidad de encarnar una memoria socializada por ósmosis afectiva. En esta perspectiva, el mensaje de que "la memoria no está en los murales solos" orienta hacia una política que se entiende como práctica corporizada: la democracia se ejerce también en cómo se ocupa el espacio, en cómo se sostiene el duelo, en cómo se transmite la insubordinación ética de una causa que, al igual que los cuerpos que la portan, nunca se detiene del todo.

 

VI. Güemes y Ragone: una analogía de largo aliento

Hay una continuidad histórica en Salta que pocos quieren ver con claridad. Dos siglos separan a Martín Miguel de Güemes de mi abuelo Miguel Ragone, pero los une algo que ninguna distancia temporal puede borrar: ambos intentaron proteger a sectores vulnerables frente a los intereses de las élites dominantes. Güemes protegió a campesinos y gauchos de la expansión prerrogativa colonial-española. Ragone, dos siglos después, al pueblo más necesitado, mediante la justicia social, la distribución de la tierra y la defensa de la soberanía salteña. La continuidad no es solo semántica. Es política.

La analogía se vuelve aún más contundente cuando señalo que los sectores que hoy homenajean a Güemes son descendientes o representantes de los mismos grupos que lo mataron hace doscientos años. La misma lógica se repite con Ragone: el mismo tipo de poder económico-social que lo eliminó es el que hoy, en distintas formas, se opone a la justicia social, la soberanía regional y el control sobre la tierra y los recursos. Esta paradoja histórica permite pensar la memoria de mi abuelo no como un hecho aislado, sino como parte de una tradición de persecución de líderes populares, cuya lucha por la redistribución y la soberanía amenaza los intereses de las élites.

Y la tercera dimensión de esta analogía gira en torno a la soberanía. Güemes y Ragone son figuras que encarnan una lucha persistente por la soberanía de la tierra, la independencia económica y el control sobre el propio territorio. La desaparición de mi abuelo se convierte, en esta lectura, en un intento de frenar esa lucha, al igual que el asesinato de Güemes buscó detener proyectos de autonomía y resistencia popular. La memoria de ambos se integra en una tradición de pensar Salta como espacio de resistencia, donde la defensa del pueblo atraviesa dos épocas distintas pero unidas por la misma matriz de poder.

Vinculo todo esto también con la coyuntura mundial y local de 2026: conflictos geopolíticos entre potencias, tensión sobre la soberanía del territorio, y en Salta una crisis económica donde a las familias no les alcanza para llegar a fin de mes. La memoria de la desaparición, la tortura y el genocidio se relee entonces como un capítulo de una lucha continua por la soberanía de la tierra y la justicia social. La lucha de Ragone por el acceso a la comida, el techo y el trabajo no se reduce a un relato del pasado. Se proyecta hacia la demanda de una política económica que distribuya bienestar en lugar de concentrar riqueza. Seguimos luchando por lo mismo de siempre. Y eso no es nostalgia. Es diagnóstico.

 

VII. La crítica al vaciamiento: de la memoria decorativa a la memoria genuina

Tengo una obligación ética de decir lo que pienso sobre la manera en que el municipio de Cerrillos ha tratado la memoria de mi abuelo en este 50 aniversario. El director Ontivero lo dice con una frase que me parece perfecta: el riesgo es que la conmemoración se reduzca a "un simple acto en la plaza". Ese riesgo no es hipotético. Es lo que ha ocurrido.

El problema no es solo que los murales de Ragone en la plaza del barrio San Isidro estén totalmente despintados y derruidos, aunque eso sea en sí mismo una vergüenza. El problema es más profundo: el cambio de lugar del acto municipal, el desplazamiento de un espacio de memoria fuerte hacia otro administrativamente más cómodo pero simbólicamente débil. Y la invitación a la familia de Ragone por un mensaje de WhatsApp enviado seis horas antes. Eso no es una forma de invitar. Eso es un desastre. Y me niego a llamarlo de otra manera.

El actual intendente de Cerrillos tuvo oportunidades de honrar la memoria de quien fue amigo de su propio padre. Alguien que se reclama heredero de un pasado de amistad y confianza debería, en cambio, hacer honor a la memoria de Ragone, a la justicia social y a la soberanía económica. La ausencia de esa continuidad se vuelve síntoma de un vaciamiento institucional más profundo. Y como le digo a la comunidad: si así funciona la municipalidad, no sé cómo deben estar los cerrillanos.

Frente a eso, lo que este colegio hace hoy es exactamente lo opuesto al vaciamiento. La memoria genuina, para mí, es aquella que resiste al maltrato institucional. Es aquella que se construye escuchando a quienes vivieron ese tiempo, a los jueces y a los tribunales que investigaron los crímenes de la dictadura. No la que se pinta en un pañuelo sin saber por qué es blanco. No la que coloca el nombre de un desaparecido en un salón solo para cumplir con un acto protocolar. La memoria genuina es la que sostiene, en cada gesto, la "verdad de la verdad histórica".

Y hay algo que Ontivero dice que me parece fundamental: la escuela, al nombrar este SUM en honor a mi abuelo, no está poniendo una decoración. Está asumiendo un programa. Un programa político e institucional. Ese nombre es un compromiso diario con los estudiantes que entran a ese salón. Es preguntarse cada vez: ¿qué haría Ragone en este momento? ¿Qué defenderíamos nosotros si él estuviera aquí?

 

VIII. Generaciones ragonistas y la escuela como espacio de memoria recuperada

Hablo de generaciones de ragonistas. No de un partido político. No de un movimiento con carnet. De una colectividad histórica maltratada por la historia oficial y por la dictadura, que encuentra continuidad en figuras como el diputado Jorge, la concejal Corimayo, el muralista Lucas y las familias que han sostenido la causa durante décadas. La memoria de Ragone no se reduce a un nombre. Es un tejido de personas y trayectorias que se reconocen como ragonistas, con independencia de sus afiliaciones partidarias.

La figura de mi abuelo trasciende los partidos políticos. Lo que importa no es el casillero de la boleta, sino la defensa de la justicia social, el acceso a la comida, el techo y el trabajo. La memoria de Ragone se convierte en un mojón ético, un punto de referencia que puede ser reclamado por distintos sectores que se articulan alrededor de la necesidad de democratizar la tierra, la economía y el poder. En este punto, la memoria se vuelve aglutinante de una política de largo plazo, donde valores como la soberanía, la equidad y la dignidad prevalecen sobre las lógicas de la oportunidad electoral.

Y el propio acto de hoy en el Colegio 5150 se inserta en esa estrategia. La escuela, el mural, el comunicado de la Junta Militar, la dramatización de los jóvenes y las palabras de Anachuri y Ontivero configuran un espacio donde la memoria recupera su vigor frente al vaciamiento institucional. La presencia mía en el aula, la aceptación de la familia de ver a las nuevas generaciones rendir homenaje en el Salón de Usos Múltiples, trabaja precisamente en esa línea: la memoria de un genocidio y de una desaparición se vuelve legado vivo, portado por estudiantes que se consideran parte de la "generación de ragonistas".

Cuando escucho a los jóvenes leer sus poemas, cuando veo la dramatización de la represión y la liberación, cuando escucho el grito colectivo de "¡Nunca más!", siento que algo se transmite que no puede transmitirse de otra manera. No hay libro que lo haga. No hay documental que lo logre. Lo que se transmite aquí hoy es una forma de ser ciudadano, una forma de entender que la democracia no es un dato del calendario sino una conquista cotidiana que puede perderse. Y eso solo se aprende con el cuerpo. Solo se aprende en presencia.

 

IX. Conclusión: los cincuenta años del golpe en Salta y el lugar de este acto

Cincuenta años. Medio siglo. Hay algo en esa cifra que aplasta y que ilumina al mismo tiempo. Aplasta porque implica que ya hay generaciones enteras que no vivieron aquel 24 de marzo de 1976, que no saben lo que es levantarse y encontrar que el país ya no existe como lo conocían, que ciertas palabras —"desaparecido", "vuelos de la muerte", "centro clandestino"— no son términos históricos sino descripciones de lo que le hicieron a gente de carne y hueso, a familias como la mía. Ilumina porque a cincuenta años, el debate sobre la memoria sigue vivo. Sigue siendo necesario. Sigue siendo urgente.

En Salta, los cincuenta años del golpe tienen una textura particular. Mi abuelo Miguel Ragone fue gobernador de esta provincia. Fue médico del pueblo. Fue defensor de la soberanía salteña y de los sectores más vulnerables. Y fue desaparecido por eso. Su caso no es solo un caso de terrorismo de Estado: es el caso de un hombre que intentó que Salta fuera un lugar más justo, y al que los poderes económicos y militares de la época eliminaron precisamente por eso. En ese sentido, recordar a Ragone en Salta a cincuenta años del golpe es un acto que excede lo conmemorativo. Es un acto de disputa por el sentido de la historia provincial.

El acto en el Colegio 5150 de Las Palmas responde a ese desafío con una coherencia que merece ser señalada. No es un acto que se queda en la estética del duelo. Es un acto que convierte el duelo en programa. La inauguración del SUM con el nombre de Ragone, el mural con el algarrobo y los rostros de los desaparecidos como raíces, la escucha del Comunicado Número Uno de la Junta Militar, la dramatización de la represión y la liberación, los discursos de Anachuri y Ontivero, el reencuentro con Gabriela Berrondo: todo eso configura un dispositivo pedagógico y político que sitúa a la escuela en el centro de la lucha por la memoria.

Anachuri lo dice con precisión cuando señala que ese nombre —Ragone— en el SUM es un "programa" político e institucional, no una mera decoración. Y reconoce los cincuenta años de lucha de la familia Ragone contra el olvido, representada en mi presencia hoy en el aula. Esos cincuenta años no han sido solo de dolor. Han sido de construcción activa. De demanda de justicia. De mantenimiento de la llama frente al viento constante del olvido institucional.

Y Ontivero articula algo que yo suscribo completamente: la escuela es la que debe llevar la bandera de la democracia cuando las instituciones municipales y estatales fallan en esa tarea. Cuando el municipio reduce el 50 aniversario a un acto en una plaza cómoda frente a la administración municipal y no en la Plaza Ragone, cuando los murales se despintan y nadie los repone, cuando la familia del desaparecido recibe una invitación por WhatsApp seis horas antes, la escuela tiene que ocupar ese vacío. No como sustituto del Estado —el Estado debe cumplir su responsabilidad— sino como espacio donde la comunidad se educa en lo que el Estado no hace.

La democracia en Argentina cumple en 2026 más de cuatro décadas desde su recuperación. Y sin embargo, los datos globales que Anachuri cita en su apertura son elocuentes: el retroceso democrático avanza. Las autocracias se expanden. En ese contexto, el acto del Colegio 5150 no es solo una conmemoración local. Es una declaración de principios sobre el presente. Es una respuesta concreta al vaciamiento, a la desmemoria, al negacionismo que en distintas formas reaparece en la escena política argentina y mundial.

Lo que ocurrió hoy en Las Palmas no es solo un acto conmemorativo. Es una puesta en escena de la memoria activa, donde la juventud, el territorio y la historia nacional se rearticulan alrededor del compromiso con la verdad, la justicia y la defensa de la democracia. Los jóvenes de este colegio rural salteño, hijos e hijas del Valle de Lerma, herederos de la tradición agroganadera y de las luchas populares de esta tierra, han recibido hoy algo que ningún manual puede darles: la experiencia viva de que la democracia se construye, que puede perderse, y que defenderla es una tarea de todos los días y de todos los cuerpos.

"Están los que tienen que estar", dice Ontivero al cerrar. Y tiene razón. La familia Ragone está. Fernando Pequeño está. Los docentes que se comprometieron con esto están. Los estudiantes que dramatizaron, que leyeron poemas, que descubrieron el mural, están. La concejal Corimayo y el diputado Jorge, con sus cuerpos que portan memorias, están. Y Gabriela Berrondo, mi vieja compañera del Nacional, está.

A cincuenta años del golpe, en un colegio rural del Valle de Lerma, rodeado de estos jóvenes que gritan "¡Nunca más!" con la voz que yo no tuve en 1984, entiendo con más claridad que nunca que la memoria no es un lujo. Es una necesidad. No es un ejercicio del pasado. Es una herramienta del presente. No está en los murales solos. Está en los cuerpos que los sostienen, en las voces que los nombran, en las manos que los pintan y en los ojos que los miran.

Mi abuelo fue médico. Curó cuerpos. Hoy, en este acto, algo de su legado sigue curando: la herida abierta del olvido, la cicatriz de la impunidad, el miedo que aún a veces paraliza. No con anestesia. Con verdad. Y con la democracia que entre todos, cuerpo a cuerpo, seguimos construyendo.

 

 

— Fernando Pequeño Ragone

Colegio Secundario 5150, Las Palmas, San José de los Cerrillos, Salta, 2026


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