Este texto cuenta un año de mi vida junto a la escritora Raquel Espinosa. Empezó en el Bar Alta Región, cuando ella me confió una herida de los suyos: a los dieciséis años vio a la policía entrar a la finca de su familia buscando a mi abuelo. Meses después la escuché contar, en la tele, cómo convirtió ese dolor compartido en novela. Y en mayo, como presidente de la Asociación Ragone, la invité a hablarles a estudiantes secundarios sobre lo que la ficción puede hacer que ni un juicio ni un acto oficial logran del todo. Este relato en primera persona es mi devolución: cómo entendí, entre un bar, una pantalla y un patio escolar, que la memoria de mi abuelo ya no me pertenece solo a mí.
Por Fernando Pequeño
Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
Fernando P. Ragon y Raquel Espinosa. Bar Alta Región, Feb 2026.
Todo empezó, en realidad,
en una mesa del Bar Alta Región, la mañana del 13 de febrero de 2026. Yo había
pedido ese encuentro pensando en una charla de trabajo, casi protocolar: la
escritora que preparaba una novela sobre mi abuelo, el nieto que administra su
archivo. Raquel llegó, en cambio, con una herida propia. Me contó que en 1976,
cuando tenía dieciséis años, la policía irrumpió una noche en la finca familiar
de Los Álamos buscando —o simulando buscar— información sobre el secuestro de
mi abuelo; que vio a su padre pararse frente a los uniformados; que el miedo se
infiltró en cada rincón de esa casa. No hablaba como investigadora. Hablaba
desde el cuerpo, desde un recuerdo que todavía le pesaba cincuenta años
después. Ahí entendí que Raquel no había elegido a Miguel Ragone por un interés
literario abstracto: aquella noche de 1976 la policía lo metió, a la fuerza, en
la biografía de su propia familia. Salimos de ese bar con un pacto extraño y
hermoso: yo le di mi archivo —documentales, entrevistas, registros del juicio—;
ella aceptó ser lectora crítica de mis propios textos.
Meses después en la
primavera Raquel me indicó mirar una entrevista reciente que le hicieran en el
programa Gente en Casa, del canal El10, donde la periodista Susana Tesio la entrevistaba
sobre la novela que finalmente había terminado: Quizás me salve de otras
muertes. La vi entera. Y quiero contarles lo que escuché, porque ahí entendí
mejor lo que Raquel me había insinuado aquella mañana en el bar.
Tesio le preguntó por el
proceso de escritura, y Raquel habló de la investigación como de un placer, no
como una carga: ir a los repositorios, a las bibliotecas, dejarse llevar por lo
que aparece cuando uno busca sin apuro. Contó que la novela sigue a una
narradora que recuerda su infancia en la recta de Cánepa, camino de Los Álamos
—la misma zona que ella me había nombrado en el bar—, y que una noche golpean
la puerta de esa casa: es la policía, buscando a un exgobernador desaparecido.
Tesio, sin rodeos, le preguntó si ese exgobernador era mi abuelo. Y Raquel
contestó algo que se me quedó grabado: que la novela no lo nombra en ningún
momento, que habla solo de "el Doctor", pero que en la tapa hay una
fotografía suya, poco difundida, de sus años jóvenes, y que por eso es evidente
de quién se trata sin necesidad de decirlo.
Me sorprendió,
escuchándola, la delicadeza con la que evitaba los nombres propios también para
los opositores de mi abuelo: dijo que aparecen en la novela, pero disfrazados
de personajes de la mitología griega, porque lo que le importaba no era señalar
a nadie hoy, sino que se entendiera cómo una alianza que empezó siendo fiesta
popular terminó siendo tragedia. Cuando Tesio le preguntó por los detractores
actuales, Raquel esquivó la pregunta con cuidado: dijo que no los conocía, que
había trabajado con bibliografía. Ese silencio, la primera vez que lo escuché,
me generó cierto fastidio —yo, nieto de un desaparecido, a veces querría que
alguien gritara más fuerte, con nombre y apellido—. Pero después de haberla
escuchado hablar de la finca de Los Álamos aquella mañana de febrero, entendí
que no era cobardía: era una forma de desplazar la indignación a un lugar donde
pudiera durar más que la polémica de una tarde.
Lo que más me quedó de
esa entrevista fue el título. Raquel explicó que lo tomó de un verso salteño,
después de escribir, cuando ya sabía de qué quería salvarse su narradora: no de
la muerte inevitable, la de todos, sino de esa otra, la del olvido, la de la
indiferencia. Dijo algo que anoté textual, rebobinando el video dos veces:
"hay que reflotar el pasado e incorporarlo al presente". Y agregó que
no existía, hasta ese libro, ninguna novela sobre mi abuelo —había artículos,
historia, alguna historieta, alguna canción—, pero nunca una ficción entera.
Cerró diciendo que no quería que el lector se quedara con la imagen triste de
su final, sino con la de un hombre que caminaba cinco cuadras en una hora
porque todos querían saludarlo.
Apague mi computadora esa
noche pensando que esa entrevista, liviana en apariencia, de sábado a la mañana
con el perro Coco dando vueltas por el estudio, decía en realidad lo mismo que
Raquel me había dicho en el Bar Alta Región, solo que en otro registro: que la
memoria de mi abuelo no le pertenece a mi familia en exclusiva, que también le
pertenece a quien fue una adolescente aterrada en una finca, y ahora a
cualquiera que abra ese libro sin saber nada de él.
Esa comprensión se volvió
carne el 18 de mayo, en el patio del Colegio Betania del Sagrado Corazón, en
Villa 20 de Junio, donde el Profesor Vargas apoyándose en documentos de la
Asociación Dr. Miguel Ragone que presido, organizó institucionalmente para el
Colegio una jornada pedagógica: seis stands de estudiantes investigando la vida
de mi abuelo, y un panel en el salón de usos múltiples donde se invitó a
participar, entre otros, a la propia Raquel Espinosa. Quería que los chicos que
habían pasado la mañana armando trivias con caramelos y restaurando fotografías
con inteligencia artificial escucharan, también, la voz de alguien que hace
literatura con esa historia.
Raquel habló de un modo
que no había escuchado antes, ni en el bar ni en la tele. Dijo que la ficción
no se opone a la verdad histórica, sino que se nutre de la inmersión subjetiva
de quien investiga —puso como ejemplo al historiador Daniel Escotorín, que le
había contado que llegó a soñar en blanco y negro de tanto trabajar con los
periódicos de 1976—. Sostuvo que la literatura permite que el pasado, el
presente y el futuro se reflejen en un presente continuo, para que hechos de
1973 o de 1976 no queden relegados a un archivo muerto. Y ahí, frente a esos
adolescentes de tercero, cuarto y quinto año, compartió otra vez su propia
memoria: a los quince o dieciséis años, en Cerrillos, había presenciado los
operativos policiales nocturnos que buscaban a un gobernador que el propio
Estado ya había desaparecido. Dijo una frase que los chicos anotaron en sus
cuadernos: "nadie desaparece totalmente sin dejar huellas". Y cerró
explicando que la literatura aporta una dimensión afectiva que el dato historiográfico,
solo, no logra transmitir: un antídoto contra la monumentalización, una
pedagogía de la esperanza frente al duelo social.
Mirando esa escena
—Raquel de pie frente a chicos que hasta esa mañana solo asociaban el apellido
Ragone a un hospital o a una desaparición— entendí del todo el sentido del
pacto que habíamos hecho meses antes en el Bar Alta Región. Yo puedo dar
documentos, fechas, sentencias judiciales, actas de juicio. Eso es necesario,
pero no alcanza: un expediente no se lee por placer, no se recomienda entre
amigas, no entra a un aula de secundaria un martes cualquiera de mayo. La
ficción de Raquel sí. Su libro puede llegar a un lector que jamás abrirá una
causa penal, y hacer que ese lector sienta, aunque sea por un momento, que
Miguel Ragone fue un hombre y no solo una fecha.
Por eso creo que la obra
ficcional no es un adorno de la memoria ni un sustituto de la justicia: es su
otra pierna. La condena judicial —tardía, incompleta, como toda justicia
transicional argentina— dice quiénes fueron responsables. La novela de Raquel
dice, en cambio, quién fue mi abuelo antes de que lo volvieran una fecha.
Ninguna de las dos alcanza sola. Pero juntas, como los dos ríos que aquella
mañana de febrero confluyeron en una mesa del Bar Alta Región, sostienen algo
que ni los tribunales ni los actos oficiales pueden sostener solos: que
cincuenta años después, alguien —un adolescente en un patio escolar, un lector
que nunca oyó hablar de él, un nieto que todavía junta los pedazos— siga
preguntando quién era. Y que esa pregunta, mientras siga viva, le siga ganando
al olvido.
Cincuenta años después de la Masacre de Palomitas, un militante
de segunda generación se pregunta por qué le produce rechazo ver que la memoria
de los crímenes de Estado se repliegue hacia el mural, el documental, el poema
o el libro, mientras los tribunales federales de Salta continúan resolviendo sin
interpelaciones visibles las últimas causas de lesa humanidad activas. Escrito
en primera persona desde la ruta hacia el paraje donde fueron fusilados doce
presos políticos en 1976, este ensayo problematiza esa incomodidad: no rechaza
la obra cultural en sí, sino el pacto tácito por el cual el Estado —y también
la Universidad Nacional de Salta, que acompaña con congresos y discursos pero
sin capital ni cuerpo en la disputa jurídica ni en las interpelaciones
necesarias al Estado— la financia a cambio de que nadie toque las estructuras
reales de impunidad. Un recorrido entre el cuidado hacia "las viejas"
que ya no pueden caminar la ruta y la exigencia, todavía pendiente, de justicia
institucional.
Escribo esto todavía con el frío de julio metido en los
huesos. El 6 de julio manejé hasta el paraje donde el aparato estatal-militar
fusiló a doce presos políticos alojados en el Penal de Villa Las Rosas, sobre
la Ruta Nacional 34. Ahí, en Palomitas, no hay demasiado que ver: un
descampado, una placa, el viento. Y sin embargo ahí estuve, como nieto de
Miguel Ragone, gobernador constitucional de Salta secuestrado y desaparecido en
marzo de ese mismo 1976, y como militante de una segunda generación que ya no
es tan joven. Ese día grabé unas notas de voz que después, revisadas con distancia,
me devolvieron una pregunta incómoda que no había sabido formular hasta
entonces: ¿por qué me produce rechazo —un rechazo casi físico— ver que la
memoria de los crímenes de Estado se repliega hacia las obras culturales: el
mural, el documental, el poema, el libro, la pintura?
Sintesis auditiva
No es una pregunta abstracta. La hago desde mi cuerpo de 57
años, desde mi lugar en el entorno de la Asociación Miguel Ragone, desde haber
visto envejecer a "las viejas" —las Madres, las Abuelas, las y los Familiares
de Salta— hasta el punto en que el frío de un 6 de julio ya no les permite
caminar la ruta. La hago también desde mi formación como investigador en
derechos humanos y memoria, que me obliga a no quedarme en la pura emoción y a
mirar la cuestión con el instrumental teórico que la disciplina ofrece. En este
ensayo intento sostener las dos cosas a la vez: la voz que tiembla frente al
descampado y la voz que analiza. Voy a problematizar, y a ampliar, la pregunta
que titula el apartado central de mi propio diario de investigación: ¿por qué
produce rechazo el repliegue hacia las obras culturales? Para eso recorro cinco
movimientos: primero, la hipótesis de la obra cultural convertida en fetiche estetizado;
segundo, su contracara, la sospecha de que la obra no es la enemiga sino el
síntoma de un abandono anterior; tercero, la tensión entre la ética del cuidado
y la exigencia institucional; cuarto, el lugar particular —y ambiguo— de la
Universidad Nacional de Salta en este esquema; y quinto, lo que llamo la
provincialización del olvido.
El mural, el documental, el libro: cuando la liturgia
reemplaza al litigio
Mi diagnóstico inicial —el que grabé casi sin pensarlo, manejando
en la ruta— fue que la marcha anual, la placa, el mural, el documental
introspectivo, el libro de poemas, corren el riesgo de convertirse en un rito
vaciado de conflicto. Que anestesian en lugar de tensionar. Michael Pollak
(1989, p. 85) me da el vocabulario para esto: habla de la frontera entre las
memorias subterráneas, proscritas, y la memoria oficial, y advierte sobre lo
que yo prefiero llamar la trampa del encapsulamiento, ese riesgo de que la
memoria quede reducida a un gueto afectivo, una subcultura militante que se
habla a sí misma sin tocar al resto de la sociedad.
Cuando vi la película sobre Palomitas que produjo José María
Martinelli en el aula de la Universidad Nacional de Salta, sentí exactamente
eso: una obra densa, necesaria, pero proyectada en un ámbito de circulación de
capital simbólico e intelectual, no en el ámbito donde se juega el poder real.
Y ahí está mi incomodidad de fondo: mientras el Estado provincial financia con
gusto murales, documentales y libros conmemorativos —porque son inocuos para el
statu quo del poder económico y represivo que subsiste—, los tribunales
federales de Salta continúan en soledad y sin interpelaciones, resolviendo las
últimas causas —activas y casi abandonadas— de lesa humanidad. Carlos Nino
(1996, p. 120; 1997, p. 210) fue tajante en esto: los juicios no son actos de
retribución penal ni ejercicios estetizados, sino garantías institucionales
indispensables para fundar una democracia deliberativa. Abandonar los
tribunales en nombre de la producción cultural, escribió, "implica abdicar
de la construcción de un estado de derecho robusto, permitiendo que las
corporaciones de facto recreen sus privilegios de impunidad" (Nino, 1996,
p. 121). Leído hoy, cincuenta años después del golpe, ese diagnóstico me
interpela directamente: yo mismo, en mis notas de voz, hablaba de "plasmar
una obra" antes que de litigar. ¿No estaba yo mismo, sin quererlo,
deslizándome hacia el fetiche que denuncio?
Pero la obra cultural no es la enemiga: ampliando la
pregunta
Aquí es donde quiero ampliar —y en parte corregir— mi propia
problematización inicial. Porque si me quedo solo con el diagnóstico de Nino,
termino condenando el mural, el documental, el poema, como si fueran ellos la
causa del estancamiento judicial. Y no lo son. Ruti Teitel (2000, p. 215) me
ayuda a matizar esto: la justicia transicional es inherentemente contextual,
contingente a las correlaciones de poder político existentes en cada momento.
El derecho, en los períodos de transición, no es neutro; es un instrumento de
disputa. Si el litigio estratégico se estanca en Salta, no es porque exista un
documental sobre Palomitas o un libro de poemas dedicado a los doce fusilados,
sino porque el poder político local —ese conservadurismo salteño que Teitel
ayudaría a nombrar como una correlación de fuerzas concreta— adopta una fachada
de tolerancia cultural precisamente para no tocar las estructuras judiciales y
policiales reales.
Dicho de otro modo: la obra cultural no vacía la
política; es la política la que, cuando le conviene, vacía a la obra cultural y
la devuelve convertida en folklore. Esa distinción me importa porque cambia
el lugar de la responsabilidad. El rechazo que siento frente al "repliegue
hacia las obras culturales" no debería dirigirse contra la película de
Martinelli, ni contra un mural pintado por estudiantes, ni contra la Mesa de
Derechos Humanos cuando organiza un acto, sino contra la posibilidad —siempre
latente— de que ese mural, ese documental, ese libro, sean la única forma de justicia
que el Estado esté dispuesto a costear. Elizabeth Jelin (2002, p. 48) llama a
esto el trabajo de la memoria: una labor activa, no pasiva, que transforma el
pasado mediante recursos y capitales simbólicos puestos en juego en el
presente. El problema no es producir esas obras; el problema es cuando el
emprendedor de la memoria —y aquí me incluyo— abandona el litigio y la
política, cediendo el control de las instituciones al Estado, conformándose con
un lugar en el "circuito cultural" (Jelin, 2002, p. 92). La posta,
entonces, no se transmite completa si solo se transmite la melancolía
convertida en obra; hay que transmitir también, y sobre todo, la exigencia
jurídica.
Las viejas, el frío y la ética del cuidado
Hay, sin embargo, una dimensión que ni Nino ni Teitel
alcanzan a nombrar del todo, y que a mí me atraviesa el cuerpo cada 6 de julio:
el tiempo biológico. Las Madres, las Abuelas, las y los Familiares que durante
décadas caminaron la ruta hasta Palomitas hoy desisten, y no por falta de
convicción sino por el frío, por la edad, por cuerpos que ya no responden. Ese
agotamiento biológico de los testigos directos no es un detalle sentimental; es
una condición material que reconfigura toda la discusión sobre obra cultural
versus litigio. Diana Maffía (2008, p. 112) me da las herramientas para pensar
esto sin caer en el heroísmo épico que históricamente estructuró la narrativa
militante: la masculinidad hegemónica exigía neutralidad afectiva, dogma, un
"héroe del relato" que no mostraba cansancio. Yo, en cambio, escribo
desde la vulnerabilidad, desde la duda existencial, desde una ética del cuidado
hacia esas viejas que ya no pueden caminar. Esa es, creo, una masculinidad poshegemónica:
no la que reclama tribunales gritando consignas, sino la que se pregunta, en
voz baja y grabada en un audio de celular, si seré capaz de sostener algo de lo
que ellas sostuvieron, y si un poema o un documental alcanzan para eso.
Y aquí aparece la tercera de mis proposiciones abiertas: ¿es
posible reconciliar esa introspección, esa "obra personal", con la
toma de posiciones agresivas e institucionales que exige la disputa jurídica?
Mi respuesta provisoria es que no hay reconciliación automática, sino tensión
productiva. La ética del cuidado no reemplaza al litigio; lo funda. Cuido la
memoria de las viejas precisamente para no dejarla morir en el archivo, y esa
misma urgencia de cuidado es la que debería empujarme —empujarnos, a la generación
intermedia que ya no es tan joven— a exigir en los tribunales y en todos los
dispositivos del Estado, lo que ellas ya no tienen fuerzas para exigir en la
ruta.
La UNSa: acompañar sin poner el cuerpo
Hay un actor que hasta acá dejé en un segundo plano y que,
mirado de cerca, complejiza todo lo anterior: la Universidad Nacional de Salta.
La UNSa acompaña. Organiza congresos sobre memoria, sostiene programas de
investigación, cede sus aulas para proyectar documentales como el de
Martinelli, pronuncia discursos en los actos del 6 de julio y del 24 de marzo.
Y sin embargo, cuando pienso en esa presencia constante, no puedo dejar de
notar que es una presencia sin riesgo. La Universidad pone la palabra, el
paper, el auditorio; no pone capital para sostener querellas, no pone cuerpo en
las audiencias, no pone estrategia institucional en acciones concretas de
resistencia frente al aparato judicial y policial que sigue intacto.
En eso, la UNSa se parece más al Estado provincial que a un
actor de la sociedad civil comprometido con la justicia transicional. Como el
Estado, financia gustosamente el arte de la memoria —una jornada, un simposio,
una publicación académica— porque le resulta inocuo, incluso prestigioso,
mientras no altera ninguna estructura de poder real. La diferencia con el
Estado es de grado, no de naturaleza: la Universidad no reprime ni encubre
directamente, pero tampoco litiga, no financia peritajes, no acompaña querellantes,
no presiona por la reapertura de causas estancadas. Retomando a Jelin (2002, p.
92), la UNSa podría ser un emprendedor de la memoria de primer orden —tiene el
capital simbólico, la legitimidad académica, los recursos humanos formados—;
sin embargo, se conforma con administrar el circuito cultural de la
conmemoración. Siguiendo a Nino (1996, p. 121), esa función de acompañamiento
discursivo, sin compromiso material ni corporal en la disputa jurídica, termina
cumpliendo la misma función que él denuncia en las corporaciones de facto:
permite que la impunidad estructural siga intacta detrás de una fachada de
sensibilidad institucional hacia los derechos humanos.
Esto no significa que la Universidad deba dejar de
investigar o de conmemorar —sería absurdo pedirle que renuncie a lo que sabe
hacer—, sino que su acompañamiento actual es insuficiente si se lo compara con
lo que estaría en condiciones de aportar: financiamiento para peritajes
forenses, equipos jurídicos de apoyo a las querellas, incidencia institucional
ante el Poder Judicial provincial, acompañamiento sostenido aa los organismos de derechos humanos que
litigan. Mientras eso no ocurra, la UNSa seguirá siendo, en los términos de
este ensayo, otra instancia que transforma la exigencia de justicia en obra
cultural consumible, sin asumir el costo político de disputar el poder real.
Salta 2026: la provincialización del olvido
Termino este recorrido con lo que más me preocupa como
salteño. En esta provincia conviven élites tradicionalistas, impermeables, con
un movimiento de derechos humanos fragmentado, y ahora también con una
universidad pública que acompaña sin arriesgar. El riesgo que anticipé en mis
notas de voz —y que ahora quiero nombrar con precisión— es el de la
provincialización del olvido: que la causa de los derechos humanos se retire de
la disputa jurídica en los tribunales federales de Salta y de los organismos
estatales que requieren inervención y quede confinada a la exhibición
universitaria de documentales, a los congresos académicos, a los murales
pintados en fechas conmemorativas. Cuando eso ocurre, la memoria pierde, como
escribí entonces, su colmillo instituyente. El Estado provincial celebra, y la
Universidad, sin proponérselo del todo, lo acompaña en esa celebración: ambos
financian el arte de la memoria a cambio de que nadie les toque sus estructuras
de impunidad judicial y policial, o su propia comodidad institucional.
Conclusión: la posta que falta reclamar
Cincuenta años después del golpe que se llevó a mi abuelo y
a los doce fusilados de Palomitas, creo que la pregunta bien formulada no es
"obra cultural o tribunal", sino qué hacemos para que la obra
cultural deje de ser la excusa institucional —también universitaria— para no ir
al tribunal o interpelar al Estado en los sitios necesarios. Siguiendo a Nino
(1996, p. 128) y a Teitel (2000, p. 220), la eficacia de la justicia
transicional no se mide por la cantidad de murales, documentales o libros, ni
por la emotividad de los actos y congresos, sino por su capacidad de alterar
relaciones de poder y quebrar la impunidad estructural. Pollak (1989) me
recuerda el riesgo del encapsulamiento; Jelin (2002), que la memoria es un
trabajo, no una herencia pasiva, y que ese trabajo puede ser traicionado por
quienes deberían sostenerlo con más que discursos; Maffía (2008), que ese
trabajo puede y debe hacerse desde el cuidado y no desde el heroísmo. Y yo,
desde mi ruta particular hacia Palomitas, entiendo por fin que "plasmar
una obra" —esa urgencia que me interpelaba a los 57 años— solo tiene
sentido político si es, además, un modo de volver a exigir en los tribunales y
al Estado en casa organismo necesario, lo que las viejas ya no pueden caminar a
reclamar, y de exigirle a instituciones como la Universidad que acompañen con
algo más que su palabra. La verdadera posta no consiste en heredar la
melancolía de los mártires para plasmarla en obras contemplativas, sino en
reclamar el espacio público, el capital institucional y la técnica jurídica
como herramientas innegociables contra la impunidad.
Referencias
Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo
XXI Editores.
Maffía, D. (2008). Contra las dicotomías: feminismo y
epistemología crítica. En D. Maffía (Comp.), Sexualidades migrantes:
género y transgénero (pp. 108-120). Feminaria Editora.
Nino, C. S. (1996). Juicio al mal absoluto. Ariel.
Nino, C. S. (1997). La constitución de la democracia
deliberativa. Gedisa.
Pollak, M. (1989). Memoria, olvido, silencio. Estudios
sobre las Culturas Contemporáneas, 3(9), 3-15.
Teitel, R. G. (2000). Transitional justice. Oxford
University Press.
Camino a un acto de memoria en Palomitas, una urgencia se impone: plasmar, pasar de la teoría a los hechos concretos, a los 57 años. Este ensayo parte de un registro de diario para pensar esa urgencia como síntoma —entre el pasaje al acto lacaniano y la creación reparadora de Winnicott— y como escena generacional: las viejas que sostuvieron durante décadas el ritual de la memoria ya no pueden llegar al paraje, y esa ausencia convoca a una generación que ya no es joven a tomar la posta. Con Bourdieu, Elias y Segato como interlocutores, el texto conecta esa responsabilidad colectiva con una hipótesis personal que viene de marzo —"empezando a ser yo mismo" frente a la historia del abuelo— y la amplía: el diario como legado que no se siembra con bueyes, la escritura como forma de plasmar cuando plasmar ya no admite espera.
Palomitas, la posta y el plasmar
Salta, julio de 2026
Voy camino al
parque. Es el punto de encuentro antes de salir a la ruta, hacia el paraje
donde hace décadas fusilaron a los expresos políticos de Palomitas. Voy a
encontrarme con H.I.J.O.S., con mi prima Elia hija de "La Chicha", con una fecha que cada año vuelve a
poner el cuerpo en movimiento hacia el mismo lugar. Y sin embargo lo que
registran mis palabras grabadas en audo esa mañana no es únicamente la crónica del trayecto: es
una urgencia que me atraviesa mientras manejo hacia el lugar de encuentro en el Parque San Martin, una necesidad de hacer, de
plasmar, de pasar de la teoría a los hechos concretos, en un momento —mis 57
años— que ya no admite postergaciones. Me abruma, dije, la cantidad de
información inconexa del mundo en que vivimos. Y en esa abrumación se cuela una
pregunta que no es nueva pero que ese día adquiere un timbre distinto: qué voy
a hacer yo, en mi propia vida, para completarme.
Elijo empezar
por ahí, por el verbo. Plasmar no es simplemente hacer. Plasmar supone una
materia que resiste, una forma que se le impone, una mano que además dejará en
lo hecho la marca de haber estado ahí. Es un verbo de artesano y de escriba a
la vez. Y aparece, en el registro, pegado a otros dos: interpela y abruma. Los
tres describen menos una decisión que una presión. Algo desde afuera —la fecha,
la película, la ruta hacia el paraje— me interpela; algo desde dentro —la masa
de proyectos pendientes, la conciencia de la edad— me abruma; y entre esas dos
fuerzas, plasmar aparece no como programa sino como síntoma. En el vocabulario
que vengo usando en estos análisis, ahí hay algo del orden del pasaje al
acto: no la acción reflexiva y planificada, sino la urgencia que busca, casi
con desesperación, un lugar donde descargarse. Lacan diferenciaba el acting out
—la actuación que todavía se dirige a un Otro, que pide ser leída— del pasaje
al acto propiamente dicho, donde el sujeto se precipita fuera de la escena. Lo
que registro esa mañana está más cerca de lo primero: hay un destinatario,
aunque sea difuso —H.I.J.O.S., mi prima, quien lea algún día el diario—, y hay
una demanda de que esa urgencia sea escuchada, no solo actuada. Por eso puedo,
días después, convertirla en ensayo: porque nunca dejó de ser, también, una
palabra dirigida.
Pero conviene
no quedarse solo en el registro de la urgencia, porque hay una segunda capa,
quizás más silenciosa, que tiene que ver con la reparación en el sentido
winnicottiano. Para Winnicott la creación no es un lujo del yo sano, sino una
función vital: es el gesto por el cual el sujeto, frente a la angustia de la
desintegración o de la pérdida, construye un objeto que lo sostiene y que
sostiene, a la vez, algo del mundo compartido. La urgencia de plasmar que
registro esa mañana de julio no busca solamente producir —un texto, una obra— sino reparar una fragmentación: la que percibo entre
la teoría que manejo con soltura desde hace años y la vida hecha de
"acciones inconexas". Plasmar sería, en esa lectura, el intento de crear
un objeto transicional a gran escala: algo que una lo pensado con lo vivido,
que no sea puro discurso ni puro acontecimiento, sino la zona intermedia donde
ambos se tocan. No es casual que esa urgencia se dispare justo cuando voy hacia
un lugar de memoria: Palomitas es, en sí misma, un sitio donde el país entero
no ha terminado de tramitar la fragmentación entre lo que se sabe y lo que se
hizo con lo sabido.
Ahí empieza la
segunda capa de esta reflexión, la que mira hacia afuera de mí. Porque lo que
me interpela en la ruta no es solo mi propia productividad simbólica, sino una
escena generacional muy concreta: las viejas —las llamo así, con el cariño y la
crudeza con que las nombro en el audio— que este año no pudieron llegar.
Desistieron por el frío, mencioné, pero también, y sobre todo, porque están
viejas. Y entonces la pregunta se desplaza: ¿qué vamos a ser capaces de hacer
los que ya no somos tan jóvenes, en materia de memoria, emancipación, soberanía
y resistencia? Hay ahí una escena de transmisión generacional que Bourdieu
ayuda a leer en términos de capital militante: esas mujeres construyeron, a lo
largo de décadas de presencia corporal en los actos, en los juicios, en las
rondas, un capital simbólico específico —la autoridad de quien estuvo, de quien
puso el cuerpo cuando ponerlo costaba mucho más caro que hoy. Ese capital no se
hereda automáticamente. Se transmite, cuando se transmite, a través de una pedagogía
informal hecha de presencia compartida, de relatos repetidos, de cuerpos que
envejecen juntos yendo al mismo paraje año tras año. Y esa pedagogía, este
julio, tiene una falla: las maestras ya no pueden ir. La escena de transmisión
queda momentáneamente descubierta, y ahí es donde mi generación —la de
"los ya no tan jóvenes"— queda convocada, casi por defecto, a
sostener sola lo que antes se sostenía en compañía.
Norbert Elias
hablaría aquí de cadenas de interdependencia que atraviesan generaciones: nadie
construye memoria, soberanía o resistencia en soledad ni en un solo tiempo; se
trata de procesos de larguísima duración donde cada generación recibe una
configuración ya en marcha y la modifica apenas, antes de entregarla a la
siguiente. Lo que yo vivo como una responsabilidad personal y urgente
—"plasmar ya, a los 57 años"— es, mirado desde ese ángulo, un eslabón
más de una cadena que empezó mucho antes que yo y que seguirá después. La
angustia individual (la mía, la de esa mañana en la ruta) es también, sin dejar
de ser mía, el modo en que un proceso colectivo se hace sentir en un cuerpo
particular. Rita Segato agregaría algo importante: la memoria de las violencias
políticas no se transmite como información neutra, sino como una pedagogía de
la crueldad invertida, un contra-relato que insiste en nombrar los cuerpos, los
nombres, los lugares, precisamente porque el poder que produjo esas muertes se
sostuvo también en el silenciamiento y en la despersonalización de las
víctimas. Cada vez que un grupo llega al paraje de Palomitas y dice los
nombres, está deshaciendo un poco esa pedagogía de la crueldad. Que las
fundadoras de ese ritual ya no puedan hacerlo con el cuerpo presente no es un
detalle logístico: es el momento en que la generación siguiente debe decidir si
sostiene el ritual o lo deja apagarse.
Esa misma
noche, un día después, veo la película sobre Palomitas que produjo Martinelli
en la sede de la universidad. La registro como "densa", y anoto que
las únicas protagonistas son... y ahí el audio se corta, se pierde el final de
la frase. Me interesa justamente ese corte, porque es elocuente sin
proponérselo: en una película sobre una masacre de hombres y mujeres—los/las expresos
políticos fusilados—, lo que se me queda grabado, lo que alcanzo a nombrar
antes de que la oración se disuelva, es la centralidad de esos protagonistas.
Probablemente las mismas viejas que ya no pueden caminar hasta el paraje: las
madres, las compañeras, las hijas que sostuvieron durante décadas el relato
cuando el Estado prefería el olvido. El corte de la frase no es un simple
problema técnico del audio: es también la forma en que mi propio registro
empieza a intuir, sin todavía poder nombrarlo del todo, que la pregunta por el
relevo generacional en Palomitas es, además, una pregunta sobre quién sostiene
el cuidado de la memoria cuando los cuerpos que la sostuvieron durante medio
siglo empiezan a fallar.
Y aquí conecto
con algo que vengo trabajando desde marzo, cuando registré en el diario que
estaba "empezando a ser yo mismo" frente a la historia de mi abuelo.
En aquel momento la fórmula todavía tenía la textura de un hallazgo tímido,
casi una hipótesis sobre mí mismo formulada en voz baja. Cuatro meses después,
en la ruta hacia Palomitas, esa hipótesis se ha vuelto exigencia: ya no se
trata solo de empezar a ser yo mismo frente a la herencia familiar, sino de
plasmar algo propio frente a una herencia colectiva, la de la memoria política
de mi provincia. El desplazamiento no es menor. Pasé de pensarme como heredero
de una historia familiar —el abuelo, la finca, los Pozos, mi lugar en esa
genealogía— a pensarme como uno de los responsables de sostener una historia
que excede ampliamente a mi familia y que, sin embargo, también me constituye.
Ambas herencias, la doméstica y la política, convergen en el mismo verbo:
plasmar. Y convergen, también, en la misma tesis que vengo sosteniendo hace
tiempo sobre mi propio proyecto vital: que el diario —estas cuatro décadas de
escritura personalísima— es un legado que no se siembra con vacas y toros, una forma
de transcendencia tan legítima como la tierra que mi hermano trabaja o como los
actos que cada aniversario se repiten en el paraje. Si la finca es el lugar
donde se cultiva lo que se puede tocar y cosechar, el diario —y ahora, quizás,
cualquier obra que logre plasmar a partir de él— es el lugar donde se cultiva
lo que no se puede tocar pero que igual alimenta: la continuidad de un sentido.
Hay, sin
embargo, un riesgo que no quiero pasar por alto, y que la propia palabra
"abrumar" ya anuncia. La urgencia de plasmar, si se vuelve exigencia
perentoria, puede convertirse en una nueva forma de la hiperresponsabilidad que
vengo identificando en mí desde hace tiempo: ese mecanismo por el cual me
ocluyo detrás de la tarea, detrás del deber de hacer, y termino sin lugar para
simplemente estar, para simplemente ir al acto de Palomitas sin que ese ir se
transforme de inmediato en material, en insumo, en próximo proyecto. Winnicott
advertía sobre la diferencia entre el verdadero self, capaz de jugar y de crear
libremente, y el falso self, organizado alrededor del cumplimiento y de la
respuesta anticipada a una demanda externa. Necesito sostener la pregunta
—¿plasmo desde el deseo o plasmo para acallar la angustia de la desconexión?—
sin necesidad de responderla de una vez y para siempre. Probablemente sea, como
casi todo en mi vida, las dos cosas a la vez, en proporciones que van a seguir
cambiando.
Lo que sí puedo
decir, cerrando esta reflexión, es que a los 57 años el tiempo ya no funciona
como en la juventud, cuando la posta parecía algo que se recibiría en un futuro
indefinido. Este julio aprendí, en el cuerpo, que la posta no se recibe: se
toma, muchas veces antes de sentirse preparado, en el mismo momento en que uno
advierte que quienes la sostenían ya no pueden seguir sosteniéndola solas. No
soy joven y ya no puedo escudarme en esa palabra para demorar la
responsabilidad; tampoco soy tan viejo como las fundadoras del ritual de
Palomitas, y esa posición intermedia —incómoda, dije, pero vital— es
exactamente el lugar desde donde toca actuar. Plasmar, entonces, no es un
capricho de mitad de vida ni una crisis pasajera: es la forma que toma, en mí,
la responsabilidad histórica de sostener una memoria que otros empezaron a
construir con sus cuerpos y que ahora me pide sostenerla, también, con la
escritura y habra que ver, con qué más!.
Fernando Pequeño Ragone disecciona la "doble esclerosis" que asfixia a la Universidad Nacional de Salta y al Partido Justicialista provincial, denunciando una desinstitucionalización que disfraza la parálisis con actividad burocrática. Bajo la lógica del "pacto denegativo", la memoria académica se transmuta en inventario bibliográfico y cronogramas que domestican conflictos vivos, como el del Pueblo Lule, convirtiéndolos en archivo antes de ser resueltos. Simultáneamente, el PJ Salta exhibe una esclerosis discursiva incapaz de interpelar a las nuevas generaciones, evidenciada en la existencia de solo 650 afiliados menores de 25 años frente a la judicialización constante de sus estructuras. Pequeño advierte que la sustitución de la potencia política por el trámite y la liturgia vacía agota la energía micropolítica de la época. El diagnóstico es contundente: no es una crisis de gestión, sino de creencia; un hartazgo institucional que exige abandonar la simulación para reconstruir un lazo social que el archivo y el padrón ya no contienen.
El perfil de Instagram @jim.filmmaker_ai pertenece a
un creador y productor de contenido audiovisual enfocado en la cinematografía
con inteligencia artificial. Su trabajo destaca por alejarse de la estética
estridente, plástica o hiper-perfeccionada típica de muchos contenidos
generados por IA, inclinándose en cambio por una búsqueda hiperhumana,
orgánica, artística y documental.
Su propuesta visual e identidad se caracterizan por varios
aspectos clave:
1. El proyecto "Tupananchiskama" y la estética
andina
Uno de sus trabajos más virales y comentados en sus Reels es
una miniserie documental titulada "Tupananchiskama" (un
concepto quechua).
Enfoque
conceptual: Se centra en temas profundamente filosóficos y
espirituales, como la presencia, la conciencia corporal (sentience)
y la reconexión con la tierra, priorizando el "sentir" sobre el
"pensar". Las voces en off suelen ser reflexivas, poéticas o
estar en idiomas como el francés, conviviendo con subtítulos minimalistas.
Estética
visual: Utiliza una paleta de colores tierra (terracotas, marrones
profundos, verdes apagados y luces de la hora dorada) para retratar
rostros y paisajes de los Andes peruanos. Destaca por el uso de texturas
extremadamente realistas en la piel, los poros y el tejido de mantas
tradicionales, alternando primeros planos íntimos con planos abiertos de
valles y montañas.
2. Estilo "Anti-IA" o Realismo Mundano
Además de sus proyectos de corte etnográfico y meditativo,
el productor explora el concepto del "uncanny valley" (el
valle inquietante) a través de un realismo cotidiano y de moda urbana (street
fashion). Genera escenas que emulan la textura y la imperfección de un
video casero o "filtrado" de iPhone (simulando incluso el temblor
natural de una cámara de mano), logrando que la IA parezca un registro
documental real y no una animación digital.
3. Herramientas y Metodología de Producción
Dentro de la comunidad de creadores de video con IA, el
trabajo de @jim.filmmaker_ai es estudiado como un referente de control de
movimiento y consistencia. Utiliza flujos de trabajo avanzados que
habitualmente combinan:
Generación
de imágenes base muy precisas para fijar personajes consistentes
(utilizando referencias de personajes o CREF).
Herramientas
de video de última generación (como Runway Gen-3 Alpha o Luma
Dream Machine) aplicando parámetros de movimiento muy bajos y sutiles
para evitar que las facciones se deformen.
Edición
posterior con ritmos pausados, música ambiental de tipo lo-fi o
cinematográfica, y un diseño gráfico y tipográfico muy limpio (estilo
tarjetas de título de cine independiente o portadas de libros de diseño
editorial).
En resumen, @jim.filmmaker_ai actúa como un cineasta
digital que utiliza la inteligencia artificial no como un truco
tecnológico, sino como una herramienta de composición poética y narrativa
visual, logrando generar una atmósfera de introspección y un ritmo pausado que
rompe con la velocidad habitual de las redes sociales.
I. Introducción: Una primavera que vuelve a florecer
Escribo estas palabras desde Salta, en mayo de 2026, a cincuenta años
exactos de la desaparición forzada de Miguel Ragone. Lo hago invitado por la
agrupación «La CFK» para compartir una reflexión en la Escuela Peronista del
Partido Justicialista de Salta, en un momento que no puede ser más
significativo: el movimiento justicialista de nuestra provincia está en proceso
de renovar sus autoridades, de reconstruirse como fuerza política orgánica
después de años de fragmentación, tensiones internas y desorientación
programática. No es casual que convoquen a hablar de Ragone en este preciso
instante. Es porque intuyen —y comparto esa intuición con profunda convicción—
que para saber hacia dónde vamos, necesitamos recordar de dónde venimos y,
sobre todo, lo que fuimos capaces de ser.
Soy nieto de Miguel Ragone por el lado afectivo y político de la memoria,
y coordino desde hace años el trabajo de la Asociación Miguel Ragone, espacio
que vincula la investigación histórica con la acción comunitaria y la defensa
de los derechos humanos en el Noroeste Argentino. El documento que sirve de
fuente a este ensayo —un análisis exhaustivo del gobierno de Ragone en Salta
entre 1973 y 1974— me permite hoy presentar ante ustedes no solo un ejercicio
académico, sino una herramienta política de memoria activa.
Abordaré cinco grandes ejes: primero, el peronismo originario y su
rearticulación en la figura de Ragone; segundo, la experiencia de gobierno como
laboratorio de democracia participativa; tercero, la ruptura que significó el
período 1974-1976 y el terrorismo de Estado como respuesta al proyecto popular;
cuarto, la memoria como práctica política en la transición democrática; y
quinto, la vigencia de ese legado para la rearticulación del peronismo salteño
en el presente.
II. El Peronismo Originario y su Cristalización en Salta: La Victoria de
Marzo de 1973
2.1Dieciocho años de resistencia como pedagogía política
Para comprender cabalmente qué fue el gobierno de Ragone, es
imprescindible entender qué significaron los dieciocho años de proscripción
peronista que lo precedieron. Desde el golpe de Estado de 1955 hasta la
apertura electoral de 1973, el justicialismo salteño operó en la
semiclandestinidad, enfrentando dictaduras y gobiernos civiles de legitimidad
cuestionable. Ese período no fue de simple espera: fue una escuela de
identidad, de resistencia, de forja de cuadros políticos. Alejandro Grimson
(2019) ha señalado que las identidades colectivas más duraderas son aquellas
que se construyen en la adversidad, en la experiencia compartida de la
exclusión. El peronismo salteño de 1973 era exactamente eso: una identidad
forjada en el fuego de la proscripción.
Ragone emergió de ese proceso como una figura de consenso capaz de
articular las demandas de la 'vieja guardia' peronista con el ímpetu de la
juventud militante. Esa doble legitimidad —la del pasado de resistencia y la
del presente de movilización— es lo que explica el contundente 57,16% de los
votos que obtuvo en las elecciones provinciales del 11 de marzo de 1973. No fue
solo un triunfo electoral: fue la cristalización de una identidad colectiva que
había sobrevivido dos décadas de persecución.
Guillermo O'Donnell (1972), en su análisis del autoritarismo
latinoamericano, demostró que los períodos de exclusión política no eliminan
las identidades subalternas, sino que las consolidan y las radicalizan. El
peronismo de 1973 llegó al poder provincial con una acumulación de demandas
postergadas que superaba largamente cualquier capacidad de gestión
convencional. Ragone lo sabía, y por eso no gobernó desde los protocolos del
poder tradicional: gobernó desde la ética de la resistencia.
2.2La interna de la unidad: Lista Verde vs. Lista Azul y Blanca
La candidatura de Ragone no fue un camino allanado. Huno en ese contexto
una feroz interna partidaria que enfrentó a la 'Lista Verde' —de tendencia
progresista y nacionalista, vinculada a la Juventud Peronista— con la 'Lista
Azul y Blanca', de corte ortodoxo y tradicionalista. El acuerdo de unidad,
impuesto por la conducción nacional a través de Juan Manuel Abal Medina,
incluyó la incorporación de Olivio Ríos como vicegobernador: un compromiso que,
sembraría las semillas de la inestabilidad futura debido a las profundas
diferencias ideológicas entre ambos sectores.
Esta tensión interna no es un dato anecdótico: es la clave para entender
tanto las posibilidades como los límites del gobierno ragoniano. Y es, me
atrevo a afirmarlo, estructuralmente análoga a la tensión que hoy atraviesa al
Partido Justicialista de Salta al encarar su propia renovación de autoridades.
El peronismo siempre ha sido un movimiento de contradicciones internas
productivas, lo que Alejandro Horowicz (2004) llamó las 'cuatro argentinas' del
justicialismo: la tensión entre su ala obrera, su conducción carismática, sus
cuadros técnico-reformistas y sus sectores conservadores nunca desapareció; se
procesó, con mayor o menor violencia, al interior del movimiento.
Hoy, en 2026, el peronismo salteño debe reconocer esa tensión sin
negarla, y procesarla democráticamente en lugar de suprimirla. La experiencia
de Ragone muestra que la unidad forzada sin debate programático real es una
cáscara frágil que se rompe en el primer momento de presión.
III. Dieciocho Meses de Laboratorio Democrático: Políticas, Actores y
Transformaciones
3.1La salud como derecho humano: el legado de Carrillo en el NOA
Miguel Ragone era, ante todo, un médico sanitarista cuya cosmovisión
política estaba impregnada por su colaboración directa con Ramón Carrillo
durante la primera presidencia de Perón. Su gestión en salud no se limitó a la
construcción de infraestructura, sino que propuso un cambio de paradigma: la
salud como un derecho humano integral vinculado indisolublemente a las
condiciones de vida, trabajo y vivienda. Esta visión, que hoy reconocemos en
los marcos conceptuales de la medicina social latinoamericana, era
absolutamente disruptiva para la Salta de 1973.
Ragone sostenía que tanto ricos como pobres debían tener idénticas
posibilidades de curación, impulsando la entrega gratuita de medicamentos y
proyectando un seguro de salud universal. Más aún: definía al trabajo digno y
la alimentación sana como 'componentes indirectos de la salud', lo que obligaba
a una coordinación constante entre los ministerios de Economía y Bienestar
Social. Esta concepción integral —que hoy diríamos de determinantes sociales de
la salud— anticipaba en décadas los consensos de la Organización Mundial de la
Salud.
Pilar Calveiro (2005) ha señalado que los proyectos políticos que
resultan más amenazantes para los poderes establecidos no son aquellos que
proponen la revolución armada, sino aquellos que demuestran, en la práctica
cotidiana, que el Estado puede funcionar al servicio de los de abajo. El
hospital público de Ragone, el médico que dejaba su despacho para atender a un
niño desmayado en una ceremonia, el gobernador que usaba su propio Peugeot 504
y pagaba sus viáticos: esa era la revolución real, silenciosa, perturbadora,
que los sectores de poder no podían tolerar.
3.2La economía de la liberación: austeridad, soberanía y reforma agraria
El Plan Trienal de Ragone se inserta en el proyecto nacional de
reconstrucción económica, pero con características propias adaptadas a la
realidad del NOA. La deuda pública provincial había crecido de 247 millones de
pesos en 1955 a 21.700 millones en 1973 —un crecimiento exponencial que refleja
décadas de mala administración y subordinación al poder central. Ante este
cuadro, Ragone respondió con austeridad personal y colectiva: rechazó el
protocolo, eliminó su escolta policial y convirtió los carros de asalto en
transportes escolares pintados con flores.
Pero la gestión económica de Ragone no fue solo simbólica. La
expropiación del Frigorífico Arenales y las Minas de Unchimé fueron actos de
soberanía concreta sobre los recursos provinciales. La alianza con Felipe
Burgos y la Federación Única de Sindicatos de Trabajadores Campesinos y Afines
(FUSTCA) permitió que las demandas históricas del campesinado salteño llegaran
por primera vez a los despachos gubernamentales. Ragone denunciaba jornales de
miseria en los Valles Calchaquíes —donde los salarios eran hasta un 50%
inferiores a los de otras regiones— y proyectaba una reforma agraria integral
basada en cooperativas.
Luis Alberto Romero (2001) ha señalado que una de las características más
persistentes de la Argentina moderna es la brecha entre el litoral y el
interior, entre las economías dinámicas y las periferias postradas. El gobierno
de Ragone fue un intento consciente de reducir esa brecha desde el propio
interior, sin esperar que las transformaciones llegaran desde Buenos Aires. En
el contexto de la Salta feudal de 1973 —donde el poder económico y político
estaba concentrado en unas pocas familias y en el diario El Tribuno como
formador de opinión dominante—, ese intento era, en efecto, revolucionario.
3.3Los nuevos actores: el campesinado, la juventud y la humanización
policial
Uno de los aspectos más innovadores del gobierno de Ragone fue la
incorporación de actores hasta entonces excluidos de la gestión pública. El
nombramiento de Rubén Fortuny —un civil, proveniente de la resistencia
peronista— en la Jefatura de Policía, con una política explícita de
humanización de las fuerzas de seguridad, fue un gesto de ruptura radical con
la tradición represiva de los gobiernos anteriores. Fortuny eliminó celdas de
castigo y detuvo a oficiales acusados de violaciones a los derechos humanos:
una anticipación de lo que décadas después sería la agenda de los organismos de
derechos humanos.
Felipe Burgos, el maestro de Campo Quijano formado en el cristianismo
tercermundista, representó la irrupción del campesinado organizado en la
política provincial. Burgos era un dirigente carismático y fundador de la
FUSTCA cuya alianza con Ragone permitió articular las demandas de soberanía
territorial con la gestión gubernamental. Esta alianza entre el poder político
y los movimientos sociales del campo es uno de los legados más vivos del
período, y hoy —cuando el avance del agronegocio sobre el monte nativo salteño
sigue siendo una amenaza crítica— resulta más urgente que nunca.
Elizabeth Jelin (2002), en su análisis de los trabajos de la memoria, ha
señalado que los actores que las narrativas dominantes borran de la historia
son precisamente aquellos cuya recuperación resulta más subversiva para el
orden presente. Felipe Burgos desapareció en dictadura, como Ragone.
Recordarlos juntos no es solo un acto de justicia histórica: es un acto
político que restituye al campesinado salteño su lugar en la tradición del
peronismo nacional y popular.
IV. La Ruptura: De la Intervención Federal al Terrorismo de Estado
(1974-1976)
4.1El pinzamiento político: ortodoxia sindical y verticalismo nacional
El gobierno de Ragone no cayó por incompetencia ni por falta de apoyo
popular. Cayó por un 'pinzamiento político’ entre la derecha reaccionaria y el
verticalismo autoritario del gobierno nacional de la época. La ortodoxia
sindical de las 62 Organizaciones, la presión del diario El Tribuno y la
exigencia de 'depuración ideológica' del Consejo Nacional Justicialista
convergieron para aislar al gobernador. El 23 de noviembre de 1974, la
intervención federal consumó lo que la presión política había preparado.
Marina Franco (2012) ha analizado con precisión el modo en que la
categoría de 'subversión' fue construida discursivamente en Argentina antes del
golpe de 1976, preparando el terreno ideológico para la represión. Ragone fue
víctima de esa construcción: acusado de 'infiltración marxista' por quienes no
podían tolerar que un gobierno peronista tomara en serio el programa social del
justicialismo. Las acusaciones eran absurdas —el propio Ragone se definía como
'un soldado de Perón' y un humanista democrático—, pero en el clima político de
1974-1975, la absurdidad no fue obstáculo para la eficacia política de la
estigmatización.
Había a fines del 74 un dilema en que se encontraba Ragone: si cedía a
las presiones de depuración de su gabinete, perdía su base de apoyo popular y
juvenil; si no lo hacía, se arriesgaba a la intervención federal. No había
salida honorable dentro del sistema: la decisión ya había sido tomada en los
despachos del poder nacional y de los intereses económicos provinciales. Esa
trampa es una enseñanza que el peronismo salteño de hoy debe internalizar con
claridad.
4.2La desaparición del gobernador: el único caso en la historia argentina
El 11 de marzo de 1976 —cinco años exactos después de su triunfo
electoral—, Miguel Ragone fue secuestrado en plena calle en la ciudad de Salta.
Su cuerpo nunca fue encontrado. Es el único gobernador argentino desaparecido
en el contexto del terrorismo de Estado, un dato que el documento subraya y que
convierte su figura en un emblema nacional de la lucha por los derechos
humanos.
Sofía Tiscornia (2008) ha señalado que el terrorismo de Estado no se
limita al período formal de la dictadura: se extiende hacia atrás, en las
prácticas de violencia paraestatal que lo preceden, y hacia adelante, en las
culturas institucionales que lo sobreviven. La desaparición de Ragone ocurrió 13
días antes del golpe de Estado, lo que sugiere que su nombre estaba en las
primeras listas del terrorismo cívico-militar. El mensaje era claro: no se
toleraría ningún experimento de gobierno popular en el NOA.
Desde mi trabajo en la Asociación Miguel Ragone, he podido documentar que
el impacto de su desaparición sobre la memoria colectiva salteña fue
devastador. No solo porque Ragone desapareció, sino porque con él desapareció
la posibilidad de un modelo alternativo de poder: el gobernador que atendía
enfermos, que manejaba su propio auto, que pintaba los carros de asalto con
flores. Esa imagen —utópica y real al mismo tiempo— quedó congelada en el
tiempo como lo que pudo ser y no fue.
V. Memoria y Política: La Recuperación del Legado Ragoniano en la
Transición Democrática
5.1Los trabajos de la memoria en Salta
La recuperación democrática de 1983 no significó automáticamente la
recuperación de la memoria ragoniana. Durante años, su figura fue mantenida
viva casi exclusivamente por los círculos de derechos humanos, por los
sobrevivientes de su gobierno y por los movimientos sociales que habían sido
protagonistas de su gestión. Los partidos políticos, incluido el propio Partido
Justicialista, tardaron décadas en reivindicarlo con la profundidad que merece.
Elizabeth Jelin (2002) ha distinguido entre la memoria como recurso
político instrumentalizado y la memoria como trabajo colectivo de elaboración
del pasado. El legado ragoniano ha sufrido ambos destinos: ha sido
instrumentalizado por discursos electorales que invocan su nombre sin
comprometerse con su programa, y ha sido trabajado colectivamente por las
organizaciones que siguen reclamando tierra, salud y dignidad para el
campesinado salteño. La diferencia entre ambas formas de memoria es política:
una cierra el pasado como monumento, la otra lo abre como programa.
El Hospital de Salud Mental Dr. Miguel Ragone —que lleva su nombre desde
la transición democrática— es un ejemplo de esa tensión. El documento que
analizo señala que Ragone inició como gobernador un proceso de
desinstitucionalización y humanización del tratamiento mental, adelantándose en
décadas a los consensos de la Ley Nacional de Salud Mental de 2010. Que el
hospital que hoy lleva su nombre enfrente permanentes amenazas presupuestarias
no es una ironía menor: es la síntesis de la contradicción entre memoria
nominal y memoria programática.
5.2El peronismo salteño hoy: la rearticulación necesaria
Estoy aquí, en esta Escuela Peronista, en este preciso momento histórico,
porque creo que la renovación de autoridades del Partido Justicialista de Salta
no puede ser un mero trámite burocrático. Debe ser una oportunidad de
rearticulación programática, de recuperación de una identidad definida como 'la
posibilidad de un poder ejercido con humildad, transparencia y una vocación
irrenunciable por la justicia social'.
Felipe Burgos —el maestro campesino, el compañero de Ragone en la
política de soberanía territorial— también fue desaparecido por la dictadura.
Hoy, las asociaciones que reivindican su memoria siguen reclamando por la
tierra, por el monte nativo, por los jornales justos en los Valles Calchaquíes.
El gobierno de Ragone fue pionero en plantear la necesidad de un manejo técnico
y social del monte nativo, proyectando una Empresa Desmontadora y Forestal de
carácter estatal (Salta Forestal). Esas demandas no son historia: son
actualidad. Son el programa que el peronismo salteño tiene pendiente.
Diana Maffía (2020) ha señalado que la renovación de las fuerzas
políticas progresistas requiere no solo cambios de liderazgo, sino
transformaciones en las prácticas de toma de decisión, en la inclusión de voces
históricamente marginadas y en la coherencia entre discurso y acción cotidiana.
El peronismo de Ragone integraba a campesinos, a jóvenes militantes, a civiles
en la jefatura policial: expandía los márgenes de quién podía gobernar y desde
dónde. Esa expansión democrática es la tarea que tiene por delante el
justicialismo salteño de 2026.
VI. Conclusión: Una Herencia para el Presente
Escribo desde la convicción de que la historia no es un archivo muerto,
sino un recurso vivo para la acción política del presente. El gobierno de
Miguel Ragone —dieciocho meses de gestión transformadora entre mayo de 1973 y
noviembre de 1974— no fue solo un episodio de la historia provincial: fue un
experimento de democracia participativa, de ética pública y de justicia social
que el terrorismo de Estado interrumpió pero no pudo borrar.
La teorización de Alejandro Grimson (2019) sobre la 'grieta' como
estructura de sentido político me permite afirmar que la polarización del
peronismo salteño de los años setenta —entre Tendencia y Ortodoxia, entre
proyecto popular y verticalismo conservador— no es un fenómeno del pasado: es
una estructura que se reedita permanentemente bajo nuevas formas. Reconocerla,
nombrarla, procesarla democráticamente en lugar de suprimirla es el primer paso
para superarla.
Alejandro Horowicz (2004) ha argumentado que el peronismo solo es capaz
de gobernar transformadoramente cuando logra articular sus distintas almas en
torno a un programa concreto. Ragone lo intentó: su gobierno fue un programa de
salud pública, reforma agraria, soberanía territorial y ética de la función
pública. No alcanzó el tiempo para completarlo, pero lo suficiente para
demostrar que era posible.
Elizabeth Jelin (2002) nos enseña que la memoria es siempre una
construcción presente que selecciona del pasado lo que necesita para actuar en
el futuro. En la Escuela Peronista de Salta, en este momento de renovación
partidaria, elegir recordar a Ragone es elegir un programa: el del médico que
atendía a todos por igual, el del gobernador que convertía los símbolos del
poder en instrumentos del pueblo, el del compañero que no eligió la comodidad
del acuerdo sino la dignidad de la coherencia.
Pilar Calveiro (2005) y Marina Franco (2012) nos han recordado que
comprender cómo fue posible el terrorismo de Estado es condición para que no se
repita. Sofía Tiscornia (2008) ha insistido en que las culturas institucionales
de la violencia sobreviven a los regímenes que las generaron. Luis Alberto
Romero (2001) ha mostrado que la Argentina moderne se construyó sobre la
exclusión sistemática de sus periferias. Guillermo O'Donnell (1972) demostró
que el autoritarismo no es una anomalía sino una posibilidad permanente de los
sistemas políticos latinoamericanos. Todos estos marcos conceptuales convergen
en una misma advertencia: la democracia no se garantiza sola; requiere actores
políticos comprometidos con su profundización cotidiana.
El peronismo salteño tiene hoy, en la renovación de sus autoridades, una
oportunidad histórica: no solo elegir nuevos nombres, sino rearticular un
proyecto. Un proyecto que recoja la herencia de Ragone —la salud como derecho,
la tierra como justicia, la ética como política— y la actualice para los
desafíos del siglo XXI. Esa es la primavera inconclusa que todavía espera su
continuación. Y es nuestra responsabilidad, compañeras y compañeros, no dejar
que se marchite una vez más.
Referencias bibliográficas
(Normas APA — 7.ª edición)
Calveiro, P. (2005). Política y/o
violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años setenta. Norma.
Franco, M. (2012). Un enemigo para la
nación: Orden interno, violencia y «subversión», 1973-1976. Fondo de Cultura
Económica.
Grimson, A. (2019). ¿Qué es el
peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de reinventarse.
Siglo XXI Editores.
Horowicz, A. (2004). Las cuatro
argentinas: Historia, política y sociedad, 1810-2004. Edhasa.
Jelin, E. (2002). Los trabajos de la
memoria. Siglo XXI Editores.
Maffía, D. (2020). Feminismo y
política: Autonomía, igualdad y diferencia en el debate contemporáneo. Prometeo
Libros.
O'Donnell, G. (1972). Modernización y
autoritarismo. Paidós.
Romero, L. A. (2001). Breve historia
contemporánea de la Argentina (2.ª ed.). Fondo de Cultura Económica.
Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida
posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Ariel.
Tiscornia, S. (2008). Activismo de
los derechos humanos y burocracias estatales: El caso Walter Bulacio. Del
Puerto.
Ensayo presentado en la Escuela Peronista
del Partido Justicialista de Salta
Invitado por la agrupación «La CFK» —
Salta, mayo de 2026
Fernando Pequeño Ragone — Asociación
Miguel Ragone — investigacion.ragone@gmail.com
Entre Eva y Miguel: El Pueblo Como
Categoría Política
Memoria, identidad peronista y
rearticulación política en Salta
Fernando Pequeño Ragone
Investigador en Derechos Humanos y
Memoria | Asociación Miguel Ragone
Salta, Argentina — 2026
"No puede haber amor donde hay
explotadores y explotados." — Eva Perón, citada por Héctor Canto en
el panel (2013)
I. Introducción: La Memoria Como Territorio en Disputa
Cuando me invita el grupo La CFK a
presentar este ensayo en la Escuela Peronista del Partido Justicialista de
Salta, en el contexto de la rearticulación interna del peronismo y de la
próxima elección de autoridades partidarias, la primera imagen que me viene a
la mente no es un argumento político: es un olor. El olor a papel viejo de la
Cámara de Diputados provincial, esa tarde del 21 de marzo de 2013, cuando desde
la Asociación Miguel Ragone organizamos el panel "Entre Eva y Miguel:
El Pueblo", en el marco del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y
la Justicia.
Trece años han pasado. Argentina, Salta, el
peronismo, el mundo: todo se ha transformado. Pero aquel evento —que analizo
hoy como fuente central de este ensayo— me interpela con una vigencia
inesperada. Porque los dilemas que lo atravesaron en silencio siguen siendo los
nuestros: ¿Quién hereda la mística del peronismo histórico? ¿Qué hacemos con la
memoria cuando el movimiento está fracturado? ¿Cómo se construye poder político
legítimo sin caer en la mera gestión o en la nostalgia estéril?
En este ensayo, narrado en primera persona
como investigador y como nieto de Miguel Ragone, abordo cinco núcleos
problemáticos que el panel de 2013 ilumina con particular intensidad y que
resultan centrales para el momento que el peronismo salteño atraviesa hoy:
1) El uso político de la memoria
histórica y su doble filo;
2) La construcción del pueblo
como categoría política activa versus sujeto pasivo de representación;
3) La transferencia generacional y
la pedagogía del movimiento;
4) Las tensiones entre
institucionalización y mística en el peronismo salteño;
5) Los desafíos de la rearticulación
identitaria en un contexto de crisis de representación y polarización
creciente.
El documento que analizo es el desarrollo del
panel de disertaciones celebrado el 21 de marzo de 2013 en la Cámara de
Diputados de Salta, organizado por la Asociación Miguel Ragone, con la
presencia de funcionarios provinciales, intelectuales y militantes. Es, al
mismo tiempo, fuente histórica y espejo político.
Acceso al panel analizado
II. La Memoria Como Instrumento: Entre el Duelo y la Legitimación
El escenario como mensaje
Desde mi experiencia como organizador de
aquel evento, recuerdo que la elección del lugar no fue inocente. Realizar el
panel en la Cámara de Diputados —"el palacio legislativo donde se
producen las leyes", como remarcó el entonces senador Rodolfo Urtubey—
fue una decisión política cargada de semiótica. El espacio del poder
institucional era puesto al servicio de la memoria popular. O, dicho de modo
más preciso y más incómodo: la memoria popular era puesta al servicio de la
legitimación del poder institucional.
El documento registra con precisión esta
doble operación. Santiago Godoy, presidente de la Cámara Baja, abrió el evento
marcando el vínculo entre las fechas dolorosas —1976, la desaparición de mi
abuelo— y las fechas esperanzadoras —1973, su asunción como gobernador—,
construyendo una narrativa de continuidad entre aquel peronismo transformador y
el gobierno de Juan Manuel Urtubey en 2013. Godoy también señaló, con una
chicana política, que a pesar de haber invitado a todos los partidos, "solamente
vienen los del Partido Justicialista". El peronismo, en ese gesto, se
autoconstituía como el único custodio legítimo de la memoria.
La politóloga Elizabeth Jelin advierte que
la memoria no es un archivo pasivo sino un campo de disputas en el que los
actores sociales pugnan por fijar sentidos sobre el pasado (Jelin, 2002). Lo
que el panel de 2013 evidencia es exactamente esto: la Asociación Miguel
Ragone, el oficialismo provincial y el kirchnerismo nacional convergían en una
misma plataforma memorial, pero con agendas que no eran idénticas. La pregunta
que me hago hoy, ante la nueva elección de autoridades del PJ salteño, es si
esa convergencia es posible de reproducir en un escenario de mayor
fragmentación.
El mártir local y el mito nacional
El panel operó sobre una homología
simbólica precisa: poner a Miguel Ragone a la misma altura mítica que Eva
Perón. El hilo conductor que yo mismo trazé en mi intervención fue la "unión
espiritual entre Miguel Ragone y Eva Perón", dos figuras que
representan la vertiente más social, transformadora y popular del
justicialismo.
La historiadora María Laura Collivadino
desarrolló esta homología en clave de gestión comparada: así como Evita
construyó mil escuelas y la Ciudad Estudiantil, Ragone propició dieciocho
cursos de capacitación docente y construyó quince escuelas en un mandato
truncado; así como Evita creó los barrios peronistas y los policlínicos, Ragone
instituyó la medicina preventiva y fundó el Instituto Provincial de la Vivienda
en 1973. La comparación no era académica: era política. Buscaba demostrar que
la mística evitista tenía un equivalente local, territorial, salteño.
Pilar Calveiro ha analizado cómo la
violencia política de los años setenta produjo figuras martirológicas que el
movimiento peronista utilizó de maneras diversas y a veces contradictorias
(Calveiro, 2005). Mi abuelo es, en Salta, una de esas figuras. Cuando la
Asociación que lleva su nombre lo conecta simbólicamente con Eva Perón, no está
haciendo solo historia: está haciendo política. Está diciendo que existe un
peronismo "verdadero", un peronismo de raíz popular, que es el
que Salta necesita recuperar.
III. El Pueblo: ¿Categoría Política o Sujeto Pasivo?
De víctimas a protagonistas: el giro discursivo
Desde mi intervención en el panel de 2013,
traté de marcar un giro que considero fundamental y que hoy, en el contexto de
la rearticulación del peronismo salteño, sigue siendo urgente: la necesidad de "dejar
de ser víctimas" y de "dejar que otros hablen por
nosotros" para convertirnos en actores políticos del presente.
Este giro no es menor. Durante décadas, el
discurso de derechos humanos en Argentina gravitó —comprensiblemente— sobre la
figura de la víctima. Pero Gabriela Vuistaz, la psicoanalista que participó en
el panel, señaló con lucidez que ni Eva Perón ni Miguel Ragone se quedaron en "el
lugar de la víctima o la queja" frente a la desigualdad, sino que se "autorizaron"
a transformar la realidad a través de la política. Esta autorización —el acto
de decidir que uno tiene derecho y capacidad de actuar políticamente— es
exactamente lo que el peronismo salteño necesita reconstruir en sus bases.
Alejandro Grimson ha argumentado que las
identidades políticas en Argentina no son fijas sino que se reconfiguran
continuamente en respuesta a coyunturas específicas (Grimson, 2019). El panel
de 2013 fue, en ese sentido, un dispositivo de reconfiguración identitaria:
buscaba anclar al joven salteño que estudiaba en un terciario provincial dentro
de una genealogía peronista, haciéndolo heredero de Eva y de Miguel.
La pedagogía política como herramienta de construcción
Esa jornada de exposiciones en la mañana,
en la Cámara de Diputados, estaba orientada hacia los jóvenes: el evento estuvo
dirigido a estudiantes terciarios de la provincia, con el propósito de que "tomen
conocimiento de la historia" y se conviertan en agentes reproductores
del peronismo. Hay en esto una apuesta pedagógica que Luis Alberto Romero ha
estudiado en su dimensión más larga: el peronismo, desde sus orígenes,
desarrolló una cultura política que combinaba formación doctrinaria con
movilización emocional (Romero, 2001).
Lo que el panel de 2013 intentó —y en parte
logró— fue una versión contemporánea de esa pedagogía. Collivadino usó la
historiografía como herramienta política al establecer paralelismos directos
entre las políticas de Evita y las de Ragone, demostrando que la gestión
técnica —escuelas, hospitales, viviendas— no es contraria a la mística
revolucionaria sino su expresión concreta. Este punto me parece crucial para
hoy: el peronismo salteño no puede reconstituirse solo desde la emoción ni solo
desde la tecnocracia. Necesita la síntesis.
Héctor Canto aportó la dimensión
testimonial: su relato de las políticas de Estado hacia los pueblos indígenas
del Chaco Salteño bajo el gobierno de Ragone, la liberación de presos
políticos, su propio encuentro personal con Evita. El testimonio vivo es irreemplazable
en la pedagogía peronista porque encarna la historia en un cuerpo, en una voz,
en una memoria que tiene nombre y apellido.
IV. Institucionalización vs. Mística: La Tensión Permanente
El peronismo entre el aparato y el movimiento
Desde mi experiencia en la Asociación
Miguel Ragone, una de las tensiones más difíciles de gestionar ha sido siempre
la que existe entre la institucionalización de la memoria —con todo lo que
implica de reconocimiento, recursos y visibilidad— y la preservación de una
mística que no se deje cooptar por el poder.
El panel de 2013 exhibe esta tensión con
nitidez. Por un lado, la presencia de Rodolfo Urtubey y Santiago Godoy
garantizaba la cobertura institucional del evento: la Legislatura provincial le
prestaba su espacio y su legitimidad. Por otro lado, mi intervención y las de
Collivadino, Bellone y Vuistaz apuntaban a recuperar algo que el peronismo de
gestión tiende a perder: la capacidad de nombrar al enemigo, de señalar las
desigualdades, de incomodar.
Lilliana Bellone, la escritora que
participó en el panel, habló sobre la construcción mítica de Evita, destacando
sus vínculos con intelectuales como Discépolo, Marechal y Homero Manzi. Y
remarcó que el odio oligarca hacia Evita —graficado en el infame "Viva
el cáncer"— respondía a la mutación radical que ella generó en la base
del pueblo argentino. Esta mutación es lo que Alejandro Horowicz llama la "revolución
desde arriba" del peronismo clásico: un movimiento que logró
redistribuir poder sin destruir las instituciones, pero que generó un
antagonismo irreductible con los sectores dominantes (Horowicz, 1985).
El kirchnerismo como marco y el dilema pos-kirchnerista
El panel de 2013 se realizó en un momento
de plena hegemonía kirchnerista. La referencia explícita en el documento a "la
Presidenta que se enfrenta al mundo entero" —en alusión a Cristina
Fernández— y la evocación de una "Patria Grande" que incluía a
figuras como Néstor Kirchner y Hugo Chávez junto a los líderes históricos del
justicialismo, ubican al evento dentro del macro-relato kirchnerista. El
peronismo salteño, en ese momento, confirmaba su pertenencia a esa narrativa
nacional.
Pero ese marco ya no existe de la misma
manera. La derrota electoral de 2015, el gobierno de Macri, la vuelta con
Alberto Fernández y la traumática crisis del Frente de Todos han reconfigurado
dramáticamente el campo peronista. Marina Franco ha analizado cómo los procesos
de construcción de memorias sobre la represión están siempre atravesados por el
presente político de quienes las construyen (Franco, 2012). Hoy, en 2026, la
memoria del peronismo histórico ya no puede ser reclamada exclusivamente desde
una identidad kirchnerista, porque esa identidad misma está en disputa.
Guillermo O'Donnell, en su análisis clásico
de la relación entre modernización y autoritarismo en Argentina, señaló que las
crisis de representación tienden a producir movimientos pendulares entre el
verticalismo y la fragmentación (O'Donnell, 1972). El peronismo salteño vive
hoy ese péndulo: la elección de nuevas autoridades partidarias es, al mismo
tiempo, una disputa de poder y una búsqueda de identidad.
V. Salta, el Noroeste y la Memoria Encarnada
La especificidad territorial de la memoria peronista salteña
Cuando pienso en la rearticulación del
peronismo en Salta, me resulta imposible separar la dimensión política de la
dimensión territorial. Salta no es Buenos Aires. La desigualdad aquí tiene
rostros específicos: los pueblos indígenas del Chaco y los Valles Calchaquíes,
los trabajadores rurales de la caña y el tabaco, las mujeres de los barrios
populares que sostienen comedores y merenderos mientras los hombres debaten en
las seccionales.
El panel de 2013 recuperó, brevemente pero
de manera significativa, esta especificidad. Héctor Canto recordó las políticas
de Estado para con los aborígenes en el Chaco Salteño bajo el gobierno de
Ragone, en un gesto que conectaba el universalismo peronista con las
necesidades concretas del territorio. Collivadino subrayó que ni Evita ni
Miguel cayeron en la caridad burguesa, sino que entendieron a los individuos
como "seres integrales": no somos una cosa cuando vamos a la
escuela y otra en el pediatra.
Diana Maffía ha reflexionado sobre la
necesidad de pensar la política desde los cuerpos y las experiencias concretas,
y no solo desde las abstracciones institucionales (Maffía, 2008). Desde esa
perspectiva, el peronismo salteño tiene una ventaja y un riesgo: su arraigo
territorial es profundo, pero puede convertirse en mero clientelismo si no está
acompañado de una reflexión política rigurosa.
La Asociación Miguel Ragone: entre la memoria y la política
Desde mi rol en la Asociación Miguel
Ragone, he vivido en carne propia la dificultad de sostener un espacio que sea
simultáneamente de memoria y de acción política. El panel de 2013 fue, en ese
sentido, un momento de síntesis exitosa: logramos que la figura de mi abuelo
circulara en el espacio público no solo como víctima del terrorismo de Estado
sino como referente de una forma de hacer política.
Sofía Tiscornia ha analizado cómo las
organizaciones de derechos humanos en Argentina construyen su legitimidad a
partir de la combinación entre testimonio moral y expertise técnico (Tiscornia,
2008). La Asociación Miguel Ragone ha intentado esa combinación, con éxitos y
fracasos. Lo que el panel de 2013 muestra es que cuando esa combinación
funciona —cuando la memoria se convierte en argumento político y no solo en
lamento—, el peronismo puede recuperar algo de su potencia original.
Hoy, en el contexto de la elección de
autoridades del PJ salteño, la pregunta que me formulo es esta: ¿puede la
figura de Miguel Ragone seguir siendo un activo simbólico del peronismo
salteño, o ha quedado demasiado asociada a una facción específica del partido?
¿Puede la memoria ser un bien común del movimiento, o inevitablemente se
convierte en patrimonio de quien la gestiona?
VI. Conclusión: Rearticular sin Olvidar, Recordar sin Paralizarse
Vuelvo al punto de partida: aquel olor a
papel viejo de la Cámara de Diputados provincial, el 21 de marzo de 2013. Pero
también pienso en este espacio, en esta Escuela Peronista, en los compañeros y
compañeras del grupo La CFK que han tenido la generosidad de invitarme.
El panel "Entre Eva y Miguel: El
Pueblo" fue, como he intentado mostrar, mucho más que un acto de
memoria: fue una lección magistral de pedagogía política, una operación de
construcción simbólica y una apuesta por la transferencia generacional del
peronismo. Tuvo sus luces y sus sombras. Las luces: la capacidad de conectar
historia, gestión y mística en un relato coherente y movilizador. Las sombras:
la tendencia a hacer de la memoria un instrumento de legitimación del poder
existente, en lugar de un cuestionamiento de ese poder.
Elizabeth Jelin nos recuerda que los
trabajos de la memoria son siempre trabajos incompletos, atravesados por el
presente (Jelin, 2002). Guillermo O'Donnell nos enseña que las instituciones
democráticas son frágiles y requieren construcción activa (O'Donnell, 1972).
Pilar Calveiro nos advierte que la violencia política produce heridas que no
cierran solas y que la política, para ser transformadora, debe hacerse cargo de
esas heridas (Calveiro, 2005).
Alejandro Grimson nos invita a pensar la
grieta no como un accidente sino como el resultado de procesos históricos
profundos (Grimson, 2019). Alejandro Horowicz nos recuerda que el peronismo
nunca fue monolítico y que su potencia reside precisamente en su capacidad de
contener tensiones sin resolverlas definitivamente (Horowicz, 1985). Luis
Alberto Romero nos muestra que la Argentina tiene una historia larga de ciclos
políticos que se repiten con variaciones (Romero, 2001). Marina Franco nos
enseña que las memorias sobre la represión son siempre memorias en disputa
(Franco, 2012). Diana Maffía nos convoca a pensar desde los cuerpos y las
experiencias concretas (Maffía, 2008). Sofía Tiscornia nos recuerda que la
legitimidad de las organizaciones de memoria depende de su capacidad de
combinar testimonio moral y expertise técnico (Tiscornia, 2008). Beatriz Sarlo
nos alerta sobre los peligros de una política que se construye sobre el puro
pasado, sin capacidad de imaginar futuros (Sarlo, 1994).
Desde mi experiencia en la Asociación
Miguel Ragone y como investigador en derechos humanos, quiero terminar con una
convicción: el peronismo salteño tiene recursos simbólicos, históricos y
territoriales para reconstituirse. Pero esa reconstitución no puede hacerse
desde la nostalgia ni desde la mera gestión tecnocrática. Necesita la síntesis
que Eva Perón y Miguel Ragone encarnaron: la capacidad de autorizar a
los de abajo a ser sujetos de su propia historia.
La elección de nuevas autoridades del PJ
salteño es una oportunidad. No para resolver definitivamente quién hereda el
peronismo, sino para abrir un proceso de escucha, de diálogo y de construcción
colectiva. La memoria de Eva y de Miguel nos enseña que el pueblo no es un
objeto de la política: es su sujeto.
Esa es la tarea. Esa es la herencia. Ese
es el desafío.
Referencias Bibliográficas
Calveiro,
P. (2005). Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años
setenta. Norma.
Franco,
M. (2012). Un enemigo para la nación: Orden interno, violencia y
"subversión", 1973-1976. Fondo de Cultura Económica.
Grimson,
A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no
deja de sorprender. Siglo XXI Editores.
Horowicz,
A. (1985). Los cuatro peronismos. Planeta.
Jelin,
E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.
Maffía,
D. (2008). Epistemología feminista: La subversión semiótica de las mujeres en
la ciencia. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, 13(28), 63-98.
O'Donnell,
G. (1972). Modernización y autoritarismo. Paidós.
Romero,
L. A. (2001). Breve historia contemporánea de la Argentina. Fondo de Cultura
Económica.
Sarlo,
B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en
la Argentina. Ariel.
Tiscornia,
S. (2008). Activismo de los derechos humanos y burocracias estatales: El caso
Walter Bulacio. Del Puerto / CELS.