En 2026, al cumplirse
cincuenta años del secuestro y desaparición del exgobernador Miguel Ragone,
resulta indispensable volver sobre los registros de aquel febrero de 2020 en la
Mesa de Derechos Humanos de Salta con una mirada retrospectiva. Aquellas
reuniones, analizadas en el ensayo publicado bajo el título La Mesa en febrero de 2020: memoria, peronismo y una
institucionalidad que no llegó a heredarse, dieron cuenta de un momento
fundacional y efervescente que condensó tanto las fortalezas éticas del
movimiento local como sus fragilidades institucionales más profundas.
La escena fundacional y el aprendizaje asambleario
En la sala de reuniones de la calle San Juan casi esquina
Buenos Aires, la Mesa ensayaba en febrero de 2020 una dinámica asamblearia
atravesada por la afectividad, el humor y la disciplina militante. Bajo la
conducción natural de referentes de la generación sobreviviente —entre ellas
Nenina, Eloísa, Cristina, Elia, Gabriela, Soledad, Silvina y Canela—, las
sesiones ordenaban el debate mediante listas de oradores y mociones de orden
aprendidas en la práctica. Se buscaba fijar criterios de adhesión, un horario
regular de trabajo y definir a la Mesa como un órgano consultivo permanente.
Sin embargo, existía una paradoja en la preservación de su
memoria: mientras se discutía la necesidad de institucionalizar el espacio, el
archivo vivo descansaba en la memoria personal de sus conductoras y en audios
de celular compartidos en WhatsApp. La informalidad otorgaba calidez y
agilidad, pero dejaba expuesta la dificultad para consolidar un andamiaje
burocrático capaz de transmitir esa experiencia a nuevos actores.
El peronismo de Ragone, el billete y la pedagogía del
gobernante
Uno de los debates centrales de aquel período fue el
respaldo a la iniciativa de la senadora Nora Giménez para incorporar el rostro
de Miguel Ragone en un billete de circulación nacional. Aquella propuesta no
constituyó un mero homenaje numismático, sino una estrategia de disputa por la
memoria colectiva. Se buscaba inscribir en la vida cotidiana la tradición del
peronismo sanitario y popular que encarnó el «médico del pueblo», emparentado
con la obra de Ramón Carrillo y la gestión orientada a los sectores populares.
Frente al secuestro de Ragone —caracterizado por la Mesa
como un «crimen pedagógico» perpetrado para atemorizar a la sociedad salteña en
la antesala del golpe de 1976—, la figura del billete pretendía construir un
contradiscurso pedagógico. De este modo, se devolvía al desaparecido su
dimensión de sujeto político y gobernante constitucional, superando la mirada
reduccionista que circunscribe el recuerdo únicamente a la condición de víctima
de la represión.
Federalizar la memoria y los límites de la frontera
política
La consigna de «federalizar la memoria» irrumpió como un
reclamo geopolítico contra el centralismo de Buenos Aires en la construcción
del relato de verdad y justicia. La historia de Salta poseía tramas singulares,
marcadas por un terrorismo de Estado temprano, complicidades de élites locales
y dinámicas judiciales propias que demandaban visibilidad.
En simultáneo, la designación del exmilitar Juan Manuel
Pulleiro en el Ministerio de Seguridad redefinió la frontera frente al enemigo.
Frente a la postura pragmática de solicitar una entrevista para confrontar
políticas públicas sin alimentar la figura del funcionario, prevaleció la
postura irreductible de las sobrevivientes. La intervención de Eloísa al evocar
la vivencia en «la casa del enemigo» reafirmó la hegemonía ética del saber
testimonial. Si bien este veto protegió la pureza del espacio ante riesgos de
cooptación, restringió la capacidad de interpelar a la mitad de la sociedad no
alineada.
El Estado burocrático y el problema de la herencia
Las interacciones con el Estado provincial expusieron la
eficacia de los procedimientos burocráticos para neutralizar demandas mediante
la derivación sistemática a secretarías sin poder de decisión. Exigencias
clave, como una audiencia «intransferible» con el gobernador, la sanción de una
ley para el Archivo de la Memoria y el control sobre los institutos policiales,
tropezaron contra la dilación estatal.
A su vez, aunque la conducción femenina ejercía un poder
legítimo y bien administrado, no se generaron mecanismos formales para
democratizar y delegar la autoridad. La ampliación del espacio se concibió en
términos de adhesiones y alianzas externas, sin consolidar reglas internas que
garantizaran la sucesión del liderazgo.
El mirador de 2026: desmantelamiento y disolución
Observada desde este 2026, la Mesa sufrió un paulatino
proceso de desgaste y disolución. La ausencia de una estructura burocratizada
impidió que el capital moral de las fundadoras se transfiriera a nuevos
integrantes, una dinámica acelerada por la virtualidad durante la pandemia. Con
la reconfiguración del Estado nacional desde fines de 2023 —caracterizada por
discursos de «memoria completa» y el desmantelamiento de equipos técnicos e
infraestructuras de derechos humanos—, la premisa de un Estado interlocutor se
vació por completo.
A cincuenta años del secuestro de Ragone, el proyecto del
billete no llegó a concretarse y el paradigma tradicional de la justicia
transicional exhibe claros signos de agotamiento frente al recambio
generacional y la ofensiva negacionista.
Marcos teóricos y aprendizaje histórico
El recorrido de la Mesa encuentra claves explicativas en la
teoría social: Elizabeth Jelin ayuda a comprender las tensiones en los
«trabajos de la memoria» cuando dependen de sus emprendedores iniciales; Marina
Franco y Sofía Tiscornia iluminan la autoridad de las víctimas y las
estrategias del activismo frente a las burocracias estatales; Diana Maffía y
Pilar Calveiro invitan a ponderar los saberes situados femeninos y las lógicas
antagónicas heredadas de los años setenta; Ruti Teitel aporta la lectura sobre
las fases de la justicia transicional; en tanto que Alejandro Grimson, Alejandro
Horowicz, Guillermo O'Donnell, Luis Alberto Romero y Beatriz Sarlo permiten
contextualizar las mutaciones del peronismo, el autoritarismo, el horizonte
democrático y la circulación de símbolos culturales.
La enseñanza fundamental que deja aquel febrero de 2020 para
este 2026 es que ninguna política de memoria perdura apoyada únicamente en la
fuerza moral de sus referentes. Requiere reglas institucionales, relevos
generacionales y vocación de diálogo social.
El estallido de la pandemia de COVID-19 en abril de 2020
funcionó como un catalizador de las contradicciones estructurales de la gestión
estatal y del campo político en la provincia de Salta. La promulgación del
Decreto 255/2020 por parte del Ministerio de Gobierno confirió facultades discrecionales
e inéditas a las fuerzas de seguridad para intervenir ante el incumplimiento
del aislamiento obligatorio, desatando una inmediata reacción del arco
garantista y de las organizaciones de derechos humanos de la provincia. La
estrategia dominante, articulada por referentes como la abogada y militante
Nenina Lescano y el jurista Rodrigo Sola junto a estructuras nacionales como el
Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y la Liga Argentina por los
Derechos del Hombre, se centró en la judicialización sistemática de la norma
mediante una demanda colectiva de inconstitucionalidad respaldada por un
registro de abusos policiales para forzar la retracción del dispositivo
punitivo.
Sin embargo, el quiebre de consensos en aquel momento reveló
una tensión más profunda en el seno de la militancia local, personificada en la
figura de Fernando Pequeño Ragone y la Asociación Miguel Ragone. Frente al
encuadre punitivo-estatal y a la respuesta judicializadora de los organismos
tradicionales, Pequeño Ragone impulsó una línea de diálogo directo con las
autoridades gubernamentales del área, como el ministro Posada y el secretario
Villada. Esta búsqueda de interlocución respondía a una vocación por tender
puentes en medio de la emergencia institucional, priorizando la negociación
política por encima del enfrentamiento tribunales-medios.
La búsqueda de diálogo y la reconfiguración del rol de
las fuerzas de seguridad
El intento de gestión y comunicación con el Ministerio de
Gobierno por parte de Fernando Pequeño Ragone se sostuvo en una premisa
política distintiva: la necesidad de sostener una visión superadora que evitara
la demonización per se de las fuerzas de seguridad. Para Pequeño Ragone,
encasillar a la institución policial en el único rol de brazo represivo impedía
abordar la complejidad del Estado en momentos de crisis socio-sanitaria, donde
los agentes de seguridad actuaban al mismo tiempo como indispensables articuladores
territoriales.
Esta postura provocó una severa impugnación política y
doctrinaria por parte de las estructuras tradicionales de derechos humanos. Las
intervenciones de referentes como Lescano acusaron a Pequeño Ragone de incurrir
en una deriva "reaccionaria", cuestionando la equiparación entre el
accionar de los efectivos de seguridad y la condición de las víctimas del
terrorismo de Estado, y calificando dicha lectura como una reactivación
implícita de la "teoría de los dos demonios". Asimismo, se criticó el
uso del capital simbólico de la memoria de Miguel Ragone —exgobernador
desaparecido— como un emprendimiento individual desligado de las construcciones
colectivas y del proyecto histórico del campo popular.
Dimensión de Análisis
Bloque Organismos de DDHH (CELS, Liga, Lescano, Sola)
Posición Asociación Miguel Ragone (Pequeño Ragone)
Estrategia ante el Decreto 255
Judicialización colectiva inmediata y presión mediática.
Apertura de canales de diálogo y negociación
institucional.
Concepción de la Policía
Dispositivo represivo con facultades discretionales
regresivas.
Actor institucional con rol territorial que no debe
demonizarse.
Sujeto Político
Proyecto colectivo, red institucional y defensa
doctrinaria.
Interlocución ejecutiva y articulación pragmática.
El escenario hacia 2026: Descomposición, avance de las
derechas y achicamiento estatal
Observado desde la perspectiva de 2026, aquel episodio de
abril de 2020 no constituyó un hecho aislado, sino el síntoma temprano de una
reconfiguración definitiva del mapa político e institucional. En la actualidad,
Fernando Pequeño Ragone se halla plenamente distanciado de la gestión de
gobierno provincial y envuelto en una profunda crisis analítica y posicional
frente al estado del movimiento de derechos humanos.
Desde esta ubicación crítica, la lectura de Pequeño Ragone
señala la descomposición interna de los organismos tradicionales, a los que
responsabiliza de haberse replegado en esquemas rígidos, endogámicos e
incapaces de ofrecer respuestas ante la transformación del escenario global y
nacional. La fragmentación del espacio de derechos humanos y su imposibilidad
de construir articulaciones políticas amplias ocurren en un contexto signado
por la avanzada de las derechas internacionales en la gestión de lo público.
Esta hegemonía conservadora y ultraliberal ha avanzado aceleradamente en la
reducción de la cobertura estatal, el desmantelamiento de los programas
sociales territoriales y la reestructuración punitiva del espacio público. La
incapacidad de la militancia histórica para superar la lógica del señalamiento
moral y construir un proyecto hegemónico alternativo deja en evidencia los
límites estructurales denunciados en los albores de la pandemia.
Este texto cuenta un año de mi vida junto a la escritora Raquel Espinosa. Empezó en el Bar Alta Región, cuando ella me confió una herida de los suyos: a los dieciséis años vio a la policía entrar a la finca de su familia buscando a mi abuelo. Meses después la escuché contar, en la tele, cómo convirtió ese dolor compartido en novela. Y en mayo, como presidente de la Asociación Ragone, la invité a hablarles a estudiantes secundarios sobre lo que la ficción puede hacer que ni un juicio ni un acto oficial logran del todo. Este relato en primera persona es mi devolución: cómo entendí, entre un bar, una pantalla y un patio escolar, que la memoria de mi abuelo ya no me pertenece solo a mí.
Por Fernando Pequeño
Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
Fernando P. Ragon y Raquel Espinosa. Bar Alta Región, Feb 2026.
Todo empezó, en realidad,
en una mesa del Bar Alta Región, la mañana del 13 de febrero de 2026. Yo había
pedido ese encuentro pensando en una charla de trabajo, casi protocolar: la
escritora que preparaba una novela sobre mi abuelo, el nieto que administra su
archivo. Raquel llegó, en cambio, con una herida propia. Me contó que en 1976,
cuando tenía dieciséis años, la policía irrumpió una noche en la finca familiar
de Los Álamos buscando —o simulando buscar— información sobre el secuestro de
mi abuelo; que vio a su padre pararse frente a los uniformados; que el miedo se
infiltró en cada rincón de esa casa. No hablaba como investigadora. Hablaba
desde el cuerpo, desde un recuerdo que todavía le pesaba cincuenta años
después. Ahí entendí que Raquel no había elegido a Miguel Ragone por un interés
literario abstracto: aquella noche de 1976 la policía lo metió, a la fuerza, en
la biografía de su propia familia. Salimos de ese bar con un pacto extraño y
hermoso: yo le di mi archivo —documentales, entrevistas, registros del juicio—;
ella aceptó ser lectora crítica de mis propios textos.
Meses después en la
primavera Raquel me indicó mirar una entrevista reciente que le hicieran en el
programa Gente en Casa, del canal El10, donde la periodista Susana Tesio la entrevistaba
sobre la novela que finalmente había terminado: Quizás me salve de otras
muertes. La vi entera. Y quiero contarles lo que escuché, porque ahí entendí
mejor lo que Raquel me había insinuado aquella mañana en el bar.
Tesio le preguntó por el
proceso de escritura, y Raquel habló de la investigación como de un placer, no
como una carga: ir a los repositorios, a las bibliotecas, dejarse llevar por lo
que aparece cuando uno busca sin apuro. Contó que la novela sigue a una
narradora que recuerda su infancia en la recta de Cánepa, camino de Los Álamos
—la misma zona que ella me había nombrado en el bar—, y que una noche golpean
la puerta de esa casa: es la policía, buscando a un exgobernador desaparecido.
Tesio, sin rodeos, le preguntó si ese exgobernador era mi abuelo. Y Raquel
contestó algo que se me quedó grabado: que la novela no lo nombra en ningún
momento, que habla solo de "el Doctor", pero que en la tapa hay una
fotografía suya, poco difundida, de sus años jóvenes, y que por eso es evidente
de quién se trata sin necesidad de decirlo.
Me sorprendió,
escuchándola, la delicadeza con la que evitaba los nombres propios también para
los opositores de mi abuelo: dijo que aparecen en la novela, pero disfrazados
de personajes de la mitología griega, porque lo que le importaba no era señalar
a nadie hoy, sino que se entendiera cómo una alianza que empezó siendo fiesta
popular terminó siendo tragedia. Cuando Tesio le preguntó por los detractores
actuales, Raquel esquivó la pregunta con cuidado: dijo que no los conocía, que
había trabajado con bibliografía. Ese silencio, la primera vez que lo escuché,
me generó cierto fastidio —yo, nieto de un desaparecido, a veces querría que
alguien gritara más fuerte, con nombre y apellido—. Pero después de haberla
escuchado hablar de la finca de Los Álamos aquella mañana de febrero, entendí
que no era cobardía: era una forma de desplazar la indignación a un lugar donde
pudiera durar más que la polémica de una tarde.
Lo que más me quedó de
esa entrevista fue el título. Raquel explicó que lo tomó de un verso salteño,
después de escribir, cuando ya sabía de qué quería salvarse su narradora: no de
la muerte inevitable, la de todos, sino de esa otra, la del olvido, la de la
indiferencia. Dijo algo que anoté textual, rebobinando el video dos veces:
"hay que reflotar el pasado e incorporarlo al presente". Y agregó que
no existía, hasta ese libro, ninguna novela sobre mi abuelo —había artículos,
historia, alguna historieta, alguna canción—, pero nunca una ficción entera.
Cerró diciendo que no quería que el lector se quedara con la imagen triste de
su final, sino con la de un hombre que caminaba cinco cuadras en una hora
porque todos querían saludarlo.
Apague mi computadora esa
noche pensando que esa entrevista, liviana en apariencia, de sábado a la mañana
con el perro Coco dando vueltas por el estudio, decía en realidad lo mismo que
Raquel me había dicho en el Bar Alta Región, solo que en otro registro: que la
memoria de mi abuelo no le pertenece a mi familia en exclusiva, que también le
pertenece a quien fue una adolescente aterrada en una finca, y ahora a
cualquiera que abra ese libro sin saber nada de él.
Esa comprensión se volvió
carne el 18 de mayo, en el patio del Colegio Betania del Sagrado Corazón, en
Villa 20 de Junio, donde el Profesor Vargas apoyándose en documentos de la
Asociación Dr. Miguel Ragone que presido, organizó institucionalmente para el
Colegio una jornada pedagógica: seis stands de estudiantes investigando la vida
de mi abuelo, y un panel en el salón de usos múltiples donde se invitó a
participar, entre otros, a la propia Raquel Espinosa. Quería que los chicos que
habían pasado la mañana armando trivias con caramelos y restaurando fotografías
con inteligencia artificial escucharan, también, la voz de alguien que hace
literatura con esa historia.
Raquel habló de un modo
que no había escuchado antes, ni en el bar ni en la tele. Dijo que la ficción
no se opone a la verdad histórica, sino que se nutre de la inmersión subjetiva
de quien investiga —puso como ejemplo al historiador Daniel Escotorín, que le
había contado que llegó a soñar en blanco y negro de tanto trabajar con los
periódicos de 1976—. Sostuvo que la literatura permite que el pasado, el
presente y el futuro se reflejen en un presente continuo, para que hechos de
1973 o de 1976 no queden relegados a un archivo muerto. Y ahí, frente a esos
adolescentes de tercero, cuarto y quinto año, compartió otra vez su propia
memoria: a los quince o dieciséis años, en Cerrillos, había presenciado los
operativos policiales nocturnos que buscaban a un gobernador que el propio
Estado ya había desaparecido. Dijo una frase que los chicos anotaron en sus
cuadernos: "nadie desaparece totalmente sin dejar huellas". Y cerró
explicando que la literatura aporta una dimensión afectiva que el dato historiográfico,
solo, no logra transmitir: un antídoto contra la monumentalización, una
pedagogía de la esperanza frente al duelo social.
Mirando esa escena
—Raquel de pie frente a chicos que hasta esa mañana solo asociaban el apellido
Ragone a un hospital o a una desaparición— entendí del todo el sentido del
pacto que habíamos hecho meses antes en el Bar Alta Región. Yo puedo dar
documentos, fechas, sentencias judiciales, actas de juicio. Eso es necesario,
pero no alcanza: un expediente no se lee por placer, no se recomienda entre
amigas, no entra a un aula de secundaria un martes cualquiera de mayo. La
ficción de Raquel sí. Su libro puede llegar a un lector que jamás abrirá una
causa penal, y hacer que ese lector sienta, aunque sea por un momento, que
Miguel Ragone fue un hombre y no solo una fecha.
Por eso creo que la obra
ficcional no es un adorno de la memoria ni un sustituto de la justicia: es su
otra pierna. La condena judicial —tardía, incompleta, como toda justicia
transicional argentina— dice quiénes fueron responsables. La novela de Raquel
dice, en cambio, quién fue mi abuelo antes de que lo volvieran una fecha.
Ninguna de las dos alcanza sola. Pero juntas, como los dos ríos que aquella
mañana de febrero confluyeron en una mesa del Bar Alta Región, sostienen algo
que ni los tribunales ni los actos oficiales pueden sostener solos: que
cincuenta años después, alguien —un adolescente en un patio escolar, un lector
que nunca oyó hablar de él, un nieto que todavía junta los pedazos— siga
preguntando quién era. Y que esa pregunta, mientras siga viva, le siga ganando
al olvido.
Cincuenta años después de la Masacre de Palomitas, un militante
de segunda generación se pregunta por qué le produce rechazo ver que la memoria
de los crímenes de Estado se repliegue hacia el mural, el documental, el poema
o el libro, mientras los tribunales federales de Salta continúan resolviendo sin
interpelaciones visibles las últimas causas de lesa humanidad activas. Escrito
en primera persona desde la ruta hacia el paraje donde fueron fusilados doce
presos políticos en 1976, este ensayo problematiza esa incomodidad: no rechaza
la obra cultural en sí, sino el pacto tácito por el cual el Estado —y también
la Universidad Nacional de Salta, que acompaña con congresos y discursos pero
sin capital ni cuerpo en la disputa jurídica ni en las interpelaciones
necesarias al Estado— la financia a cambio de que nadie toque las estructuras
reales de impunidad. Un recorrido entre el cuidado hacia "las viejas"
que ya no pueden caminar la ruta y la exigencia, todavía pendiente, de justicia
institucional.
Escribo esto todavía con el frío de julio metido en los
huesos. El 6 de julio manejé hasta el paraje donde el aparato estatal-militar
fusiló a doce presos políticos alojados en el Penal de Villa Las Rosas, sobre
la Ruta Nacional 34. Ahí, en Palomitas, no hay demasiado que ver: un
descampado, una placa, el viento. Y sin embargo ahí estuve, como nieto de
Miguel Ragone, gobernador constitucional de Salta secuestrado y desaparecido en
marzo de ese mismo 1976, y como militante de una segunda generación que ya no
es tan joven. Ese día grabé unas notas de voz que después, revisadas con distancia,
me devolvieron una pregunta incómoda que no había sabido formular hasta
entonces: ¿por qué me produce rechazo —un rechazo casi físico— ver que la
memoria de los crímenes de Estado se repliega hacia las obras culturales: el
mural, el documental, el poema, el libro, la pintura?
Sintesis auditiva
No es una pregunta abstracta. La hago desde mi cuerpo de 57
años, desde mi lugar en el entorno de la Asociación Miguel Ragone, desde haber
visto envejecer a "las viejas" —las Madres, las Abuelas, las y los Familiares
de Salta— hasta el punto en que el frío de un 6 de julio ya no les permite
caminar la ruta. La hago también desde mi formación como investigador en
derechos humanos y memoria, que me obliga a no quedarme en la pura emoción y a
mirar la cuestión con el instrumental teórico que la disciplina ofrece. En este
ensayo intento sostener las dos cosas a la vez: la voz que tiembla frente al
descampado y la voz que analiza. Voy a problematizar, y a ampliar, la pregunta
que titula el apartado central de mi propio diario de investigación: ¿por qué
produce rechazo el repliegue hacia las obras culturales? Para eso recorro cinco
movimientos: primero, la hipótesis de la obra cultural convertida en fetiche estetizado;
segundo, su contracara, la sospecha de que la obra no es la enemiga sino el
síntoma de un abandono anterior; tercero, la tensión entre la ética del cuidado
y la exigencia institucional; cuarto, el lugar particular —y ambiguo— de la
Universidad Nacional de Salta en este esquema; y quinto, lo que llamo la
provincialización del olvido.
El mural, el documental, el libro: cuando la liturgia
reemplaza al litigio
Mi diagnóstico inicial —el que grabé casi sin pensarlo, manejando
en la ruta— fue que la marcha anual, la placa, el mural, el documental
introspectivo, el libro de poemas, corren el riesgo de convertirse en un rito
vaciado de conflicto. Que anestesian en lugar de tensionar. Michael Pollak
(1989, p. 85) me da el vocabulario para esto: habla de la frontera entre las
memorias subterráneas, proscritas, y la memoria oficial, y advierte sobre lo
que yo prefiero llamar la trampa del encapsulamiento, ese riesgo de que la
memoria quede reducida a un gueto afectivo, una subcultura militante que se
habla a sí misma sin tocar al resto de la sociedad.
Cuando vi la película sobre Palomitas que produjo José María
Martinelli en el aula de la Universidad Nacional de Salta, sentí exactamente
eso: una obra densa, necesaria, pero proyectada en un ámbito de circulación de
capital simbólico e intelectual, no en el ámbito donde se juega el poder real.
Y ahí está mi incomodidad de fondo: mientras el Estado provincial financia con
gusto murales, documentales y libros conmemorativos —porque son inocuos para el
statu quo del poder económico y represivo que subsiste—, los tribunales
federales de Salta continúan en soledad y sin interpelaciones, resolviendo las
últimas causas —activas y casi abandonadas— de lesa humanidad. Carlos Nino
(1996, p. 120; 1997, p. 210) fue tajante en esto: los juicios no son actos de
retribución penal ni ejercicios estetizados, sino garantías institucionales
indispensables para fundar una democracia deliberativa. Abandonar los
tribunales en nombre de la producción cultural, escribió, "implica abdicar
de la construcción de un estado de derecho robusto, permitiendo que las
corporaciones de facto recreen sus privilegios de impunidad" (Nino, 1996,
p. 121). Leído hoy, cincuenta años después del golpe, ese diagnóstico me
interpela directamente: yo mismo, en mis notas de voz, hablaba de "plasmar
una obra" antes que de litigar. ¿No estaba yo mismo, sin quererlo,
deslizándome hacia el fetiche que denuncio?
Pero la obra cultural no es la enemiga: ampliando la
pregunta
Aquí es donde quiero ampliar —y en parte corregir— mi propia
problematización inicial. Porque si me quedo solo con el diagnóstico de Nino,
termino condenando el mural, el documental, el poema, como si fueran ellos la
causa del estancamiento judicial. Y no lo son. Ruti Teitel (2000, p. 215) me
ayuda a matizar esto: la justicia transicional es inherentemente contextual,
contingente a las correlaciones de poder político existentes en cada momento.
El derecho, en los períodos de transición, no es neutro; es un instrumento de
disputa. Si el litigio estratégico se estanca en Salta, no es porque exista un
documental sobre Palomitas o un libro de poemas dedicado a los doce fusilados,
sino porque el poder político local —ese conservadurismo salteño que Teitel
ayudaría a nombrar como una correlación de fuerzas concreta— adopta una fachada
de tolerancia cultural precisamente para no tocar las estructuras judiciales y
policiales reales.
Dicho de otro modo: la obra cultural no vacía la
política; es la política la que, cuando le conviene, vacía a la obra cultural y
la devuelve convertida en folklore. Esa distinción me importa porque cambia
el lugar de la responsabilidad. El rechazo que siento frente al "repliegue
hacia las obras culturales" no debería dirigirse contra la película de
Martinelli, ni contra un mural pintado por estudiantes, ni contra la Mesa de
Derechos Humanos cuando organiza un acto, sino contra la posibilidad —siempre
latente— de que ese mural, ese documental, ese libro, sean la única forma de justicia
que el Estado esté dispuesto a costear. Elizabeth Jelin (2002, p. 48) llama a
esto el trabajo de la memoria: una labor activa, no pasiva, que transforma el
pasado mediante recursos y capitales simbólicos puestos en juego en el
presente. El problema no es producir esas obras; el problema es cuando el
emprendedor de la memoria —y aquí me incluyo— abandona el litigio y la
política, cediendo el control de las instituciones al Estado, conformándose con
un lugar en el "circuito cultural" (Jelin, 2002, p. 92). La posta,
entonces, no se transmite completa si solo se transmite la melancolía
convertida en obra; hay que transmitir también, y sobre todo, la exigencia
jurídica.
Las viejas, el frío y la ética del cuidado
Hay, sin embargo, una dimensión que ni Nino ni Teitel
alcanzan a nombrar del todo, y que a mí me atraviesa el cuerpo cada 6 de julio:
el tiempo biológico. Las Madres, las Abuelas, las y los Familiares que durante
décadas caminaron la ruta hasta Palomitas hoy desisten, y no por falta de
convicción sino por el frío, por la edad, por cuerpos que ya no responden. Ese
agotamiento biológico de los testigos directos no es un detalle sentimental; es
una condición material que reconfigura toda la discusión sobre obra cultural
versus litigio. Diana Maffía (2008, p. 112) me da las herramientas para pensar
esto sin caer en el heroísmo épico que históricamente estructuró la narrativa
militante: la masculinidad hegemónica exigía neutralidad afectiva, dogma, un
"héroe del relato" que no mostraba cansancio. Yo, en cambio, escribo
desde la vulnerabilidad, desde la duda existencial, desde una ética del cuidado
hacia esas viejas que ya no pueden caminar. Esa es, creo, una masculinidad poshegemónica:
no la que reclama tribunales gritando consignas, sino la que se pregunta, en
voz baja y grabada en un audio de celular, si seré capaz de sostener algo de lo
que ellas sostuvieron, y si un poema o un documental alcanzan para eso.
Y aquí aparece la tercera de mis proposiciones abiertas: ¿es
posible reconciliar esa introspección, esa "obra personal", con la
toma de posiciones agresivas e institucionales que exige la disputa jurídica?
Mi respuesta provisoria es que no hay reconciliación automática, sino tensión
productiva. La ética del cuidado no reemplaza al litigio; lo funda. Cuido la
memoria de las viejas precisamente para no dejarla morir en el archivo, y esa
misma urgencia de cuidado es la que debería empujarme —empujarnos, a la generación
intermedia que ya no es tan joven— a exigir en los tribunales y en todos los
dispositivos del Estado, lo que ellas ya no tienen fuerzas para exigir en la
ruta.
La UNSa: acompañar sin poner el cuerpo
Hay un actor que hasta acá dejé en un segundo plano y que,
mirado de cerca, complejiza todo lo anterior: la Universidad Nacional de Salta.
La UNSa acompaña. Organiza congresos sobre memoria, sostiene programas de
investigación, cede sus aulas para proyectar documentales como el de
Martinelli, pronuncia discursos en los actos del 6 de julio y del 24 de marzo.
Y sin embargo, cuando pienso en esa presencia constante, no puedo dejar de
notar que es una presencia sin riesgo. La Universidad pone la palabra, el
paper, el auditorio; no pone capital para sostener querellas, no pone cuerpo en
las audiencias, no pone estrategia institucional en acciones concretas de
resistencia frente al aparato judicial y policial que sigue intacto.
En eso, la UNSa se parece más al Estado provincial que a un
actor de la sociedad civil comprometido con la justicia transicional. Como el
Estado, financia gustosamente el arte de la memoria —una jornada, un simposio,
una publicación académica— porque le resulta inocuo, incluso prestigioso,
mientras no altera ninguna estructura de poder real. La diferencia con el
Estado es de grado, no de naturaleza: la Universidad no reprime ni encubre
directamente, pero tampoco litiga, no financia peritajes, no acompaña querellantes,
no presiona por la reapertura de causas estancadas. Retomando a Jelin (2002, p.
92), la UNSa podría ser un emprendedor de la memoria de primer orden —tiene el
capital simbólico, la legitimidad académica, los recursos humanos formados—;
sin embargo, se conforma con administrar el circuito cultural de la
conmemoración. Siguiendo a Nino (1996, p. 121), esa función de acompañamiento
discursivo, sin compromiso material ni corporal en la disputa jurídica, termina
cumpliendo la misma función que él denuncia en las corporaciones de facto:
permite que la impunidad estructural siga intacta detrás de una fachada de
sensibilidad institucional hacia los derechos humanos.
Esto no significa que la Universidad deba dejar de
investigar o de conmemorar —sería absurdo pedirle que renuncie a lo que sabe
hacer—, sino que su acompañamiento actual es insuficiente si se lo compara con
lo que estaría en condiciones de aportar: financiamiento para peritajes
forenses, equipos jurídicos de apoyo a las querellas, incidencia institucional
ante el Poder Judicial provincial, acompañamiento sostenido aa los organismos de derechos humanos que
litigan. Mientras eso no ocurra, la UNSa seguirá siendo, en los términos de
este ensayo, otra instancia que transforma la exigencia de justicia en obra
cultural consumible, sin asumir el costo político de disputar el poder real.
Salta 2026: la provincialización del olvido
Termino este recorrido con lo que más me preocupa como
salteño. En esta provincia conviven élites tradicionalistas, impermeables, con
un movimiento de derechos humanos fragmentado, y ahora también con una
universidad pública que acompaña sin arriesgar. El riesgo que anticipé en mis
notas de voz —y que ahora quiero nombrar con precisión— es el de la
provincialización del olvido: que la causa de los derechos humanos se retire de
la disputa jurídica en los tribunales federales de Salta y de los organismos
estatales que requieren inervención y quede confinada a la exhibición
universitaria de documentales, a los congresos académicos, a los murales
pintados en fechas conmemorativas. Cuando eso ocurre, la memoria pierde, como
escribí entonces, su colmillo instituyente. El Estado provincial celebra, y la
Universidad, sin proponérselo del todo, lo acompaña en esa celebración: ambos
financian el arte de la memoria a cambio de que nadie les toque sus estructuras
de impunidad judicial y policial, o su propia comodidad institucional.
Conclusión: la posta que falta reclamar
Cincuenta años después del golpe que se llevó a mi abuelo y
a los doce fusilados de Palomitas, creo que la pregunta bien formulada no es
"obra cultural o tribunal", sino qué hacemos para que la obra
cultural deje de ser la excusa institucional —también universitaria— para no ir
al tribunal o interpelar al Estado en los sitios necesarios. Siguiendo a Nino
(1996, p. 128) y a Teitel (2000, p. 220), la eficacia de la justicia
transicional no se mide por la cantidad de murales, documentales o libros, ni
por la emotividad de los actos y congresos, sino por su capacidad de alterar
relaciones de poder y quebrar la impunidad estructural. Pollak (1989) me
recuerda el riesgo del encapsulamiento; Jelin (2002), que la memoria es un
trabajo, no una herencia pasiva, y que ese trabajo puede ser traicionado por
quienes deberían sostenerlo con más que discursos; Maffía (2008), que ese
trabajo puede y debe hacerse desde el cuidado y no desde el heroísmo. Y yo,
desde mi ruta particular hacia Palomitas, entiendo por fin que "plasmar
una obra" —esa urgencia que me interpelaba a los 57 años— solo tiene
sentido político si es, además, un modo de volver a exigir en los tribunales y
al Estado en casa organismo necesario, lo que las viejas ya no pueden caminar a
reclamar, y de exigirle a instituciones como la Universidad que acompañen con
algo más que su palabra. La verdadera posta no consiste en heredar la
melancolía de los mártires para plasmarla en obras contemplativas, sino en
reclamar el espacio público, el capital institucional y la técnica jurídica
como herramientas innegociables contra la impunidad.
Referencias
Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo
XXI Editores.
Maffía, D. (2008). Contra las dicotomías: feminismo y
epistemología crítica. En D. Maffía (Comp.), Sexualidades migrantes:
género y transgénero (pp. 108-120). Feminaria Editora.
Nino, C. S. (1996). Juicio al mal absoluto. Ariel.
Nino, C. S. (1997). La constitución de la democracia
deliberativa. Gedisa.
Pollak, M. (1989). Memoria, olvido, silencio. Estudios
sobre las Culturas Contemporáneas, 3(9), 3-15.
Teitel, R. G. (2000). Transitional justice. Oxford
University Press.
Camino a un acto de memoria en Palomitas, una urgencia se impone: plasmar, pasar de la teoría a los hechos concretos, a los 57 años. Este ensayo parte de un registro de diario para pensar esa urgencia como síntoma —entre el pasaje al acto lacaniano y la creación reparadora de Winnicott— y como escena generacional: las viejas que sostuvieron durante décadas el ritual de la memoria ya no pueden llegar al paraje, y esa ausencia convoca a una generación que ya no es joven a tomar la posta. Con Bourdieu, Elias y Segato como interlocutores, el texto conecta esa responsabilidad colectiva con una hipótesis personal que viene de marzo —"empezando a ser yo mismo" frente a la historia del abuelo— y la amplía: el diario como legado que no se siembra con bueyes, la escritura como forma de plasmar cuando plasmar ya no admite espera.
Palomitas, la posta y el plasmar
Salta, julio de 2026
Voy camino al
parque. Es el punto de encuentro antes de salir a la ruta, hacia el paraje
donde hace décadas fusilaron a los expresos políticos de Palomitas. Voy a
encontrarme con H.I.J.O.S., con mi prima Elia hija de "La Chicha", con una fecha que cada año vuelve a
poner el cuerpo en movimiento hacia el mismo lugar. Y sin embargo lo que
registran mis palabras grabadas en audo esa mañana no es únicamente la crónica del trayecto: es
una urgencia que me atraviesa mientras manejo hacia el lugar de encuentro en el Parque San Martin, una necesidad de hacer, de
plasmar, de pasar de la teoría a los hechos concretos, en un momento —mis 57
años— que ya no admite postergaciones. Me abruma, dije, la cantidad de
información inconexa del mundo en que vivimos. Y en esa abrumación se cuela una
pregunta que no es nueva pero que ese día adquiere un timbre distinto: qué voy
a hacer yo, en mi propia vida, para completarme.
Elijo empezar
por ahí, por el verbo. Plasmar no es simplemente hacer. Plasmar supone una
materia que resiste, una forma que se le impone, una mano que además dejará en
lo hecho la marca de haber estado ahí. Es un verbo de artesano y de escriba a
la vez. Y aparece, en el registro, pegado a otros dos: interpela y abruma. Los
tres describen menos una decisión que una presión. Algo desde afuera —la fecha,
la película, la ruta hacia el paraje— me interpela; algo desde dentro —la masa
de proyectos pendientes, la conciencia de la edad— me abruma; y entre esas dos
fuerzas, plasmar aparece no como programa sino como síntoma. En el vocabulario
que vengo usando en estos análisis, ahí hay algo del orden del pasaje al
acto: no la acción reflexiva y planificada, sino la urgencia que busca, casi
con desesperación, un lugar donde descargarse. Lacan diferenciaba el acting out
—la actuación que todavía se dirige a un Otro, que pide ser leída— del pasaje
al acto propiamente dicho, donde el sujeto se precipita fuera de la escena. Lo
que registro esa mañana está más cerca de lo primero: hay un destinatario,
aunque sea difuso —H.I.J.O.S., mi prima, quien lea algún día el diario—, y hay
una demanda de que esa urgencia sea escuchada, no solo actuada. Por eso puedo,
días después, convertirla en ensayo: porque nunca dejó de ser, también, una
palabra dirigida.
Pero conviene
no quedarse solo en el registro de la urgencia, porque hay una segunda capa,
quizás más silenciosa, que tiene que ver con la reparación en el sentido
winnicottiano. Para Winnicott la creación no es un lujo del yo sano, sino una
función vital: es el gesto por el cual el sujeto, frente a la angustia de la
desintegración o de la pérdida, construye un objeto que lo sostiene y que
sostiene, a la vez, algo del mundo compartido. La urgencia de plasmar que
registro esa mañana de julio no busca solamente producir —un texto, una obra— sino reparar una fragmentación: la que percibo entre
la teoría que manejo con soltura desde hace años y la vida hecha de
"acciones inconexas". Plasmar sería, en esa lectura, el intento de crear
un objeto transicional a gran escala: algo que una lo pensado con lo vivido,
que no sea puro discurso ni puro acontecimiento, sino la zona intermedia donde
ambos se tocan. No es casual que esa urgencia se dispare justo cuando voy hacia
un lugar de memoria: Palomitas es, en sí misma, un sitio donde el país entero
no ha terminado de tramitar la fragmentación entre lo que se sabe y lo que se
hizo con lo sabido.
Ahí empieza la
segunda capa de esta reflexión, la que mira hacia afuera de mí. Porque lo que
me interpela en la ruta no es solo mi propia productividad simbólica, sino una
escena generacional muy concreta: las viejas —las llamo así, con el cariño y la
crudeza con que las nombro en el audio— que este año no pudieron llegar.
Desistieron por el frío, mencioné, pero también, y sobre todo, porque están
viejas. Y entonces la pregunta se desplaza: ¿qué vamos a ser capaces de hacer
los que ya no somos tan jóvenes, en materia de memoria, emancipación, soberanía
y resistencia? Hay ahí una escena de transmisión generacional que Bourdieu
ayuda a leer en términos de capital militante: esas mujeres construyeron, a lo
largo de décadas de presencia corporal en los actos, en los juicios, en las
rondas, un capital simbólico específico —la autoridad de quien estuvo, de quien
puso el cuerpo cuando ponerlo costaba mucho más caro que hoy. Ese capital no se
hereda automáticamente. Se transmite, cuando se transmite, a través de una pedagogía
informal hecha de presencia compartida, de relatos repetidos, de cuerpos que
envejecen juntos yendo al mismo paraje año tras año. Y esa pedagogía, este
julio, tiene una falla: las maestras ya no pueden ir. La escena de transmisión
queda momentáneamente descubierta, y ahí es donde mi generación —la de
"los ya no tan jóvenes"— queda convocada, casi por defecto, a
sostener sola lo que antes se sostenía en compañía.
Norbert Elias
hablaría aquí de cadenas de interdependencia que atraviesan generaciones: nadie
construye memoria, soberanía o resistencia en soledad ni en un solo tiempo; se
trata de procesos de larguísima duración donde cada generación recibe una
configuración ya en marcha y la modifica apenas, antes de entregarla a la
siguiente. Lo que yo vivo como una responsabilidad personal y urgente
—"plasmar ya, a los 57 años"— es, mirado desde ese ángulo, un eslabón
más de una cadena que empezó mucho antes que yo y que seguirá después. La
angustia individual (la mía, la de esa mañana en la ruta) es también, sin dejar
de ser mía, el modo en que un proceso colectivo se hace sentir en un cuerpo
particular. Rita Segato agregaría algo importante: la memoria de las violencias
políticas no se transmite como información neutra, sino como una pedagogía de
la crueldad invertida, un contra-relato que insiste en nombrar los cuerpos, los
nombres, los lugares, precisamente porque el poder que produjo esas muertes se
sostuvo también en el silenciamiento y en la despersonalización de las
víctimas. Cada vez que un grupo llega al paraje de Palomitas y dice los
nombres, está deshaciendo un poco esa pedagogía de la crueldad. Que las
fundadoras de ese ritual ya no puedan hacerlo con el cuerpo presente no es un
detalle logístico: es el momento en que la generación siguiente debe decidir si
sostiene el ritual o lo deja apagarse.
Esa misma
noche, un día después, veo la película sobre Palomitas que produjo Martinelli
en la sede de la universidad. La registro como "densa", y anoto que
las únicas protagonistas son... y ahí el audio se corta, se pierde el final de
la frase. Me interesa justamente ese corte, porque es elocuente sin
proponérselo: en una película sobre una masacre de hombres y mujeres—los/las expresos
políticos fusilados—, lo que se me queda grabado, lo que alcanzo a nombrar
antes de que la oración se disuelva, es la centralidad de esos protagonistas.
Probablemente las mismas viejas que ya no pueden caminar hasta el paraje: las
madres, las compañeras, las hijas que sostuvieron durante décadas el relato
cuando el Estado prefería el olvido. El corte de la frase no es un simple
problema técnico del audio: es también la forma en que mi propio registro
empieza a intuir, sin todavía poder nombrarlo del todo, que la pregunta por el
relevo generacional en Palomitas es, además, una pregunta sobre quién sostiene
el cuidado de la memoria cuando los cuerpos que la sostuvieron durante medio
siglo empiezan a fallar.
Y aquí conecto
con algo que vengo trabajando desde marzo, cuando registré en el diario que
estaba "empezando a ser yo mismo" frente a la historia de mi abuelo.
En aquel momento la fórmula todavía tenía la textura de un hallazgo tímido,
casi una hipótesis sobre mí mismo formulada en voz baja. Cuatro meses después,
en la ruta hacia Palomitas, esa hipótesis se ha vuelto exigencia: ya no se
trata solo de empezar a ser yo mismo frente a la herencia familiar, sino de
plasmar algo propio frente a una herencia colectiva, la de la memoria política
de mi provincia. El desplazamiento no es menor. Pasé de pensarme como heredero
de una historia familiar —el abuelo, la finca, los Pozos, mi lugar en esa
genealogía— a pensarme como uno de los responsables de sostener una historia
que excede ampliamente a mi familia y que, sin embargo, también me constituye.
Ambas herencias, la doméstica y la política, convergen en el mismo verbo:
plasmar. Y convergen, también, en la misma tesis que vengo sosteniendo hace
tiempo sobre mi propio proyecto vital: que el diario —estas cuatro décadas de
escritura personalísima— es un legado que no se siembra con vacas y toros, una forma
de transcendencia tan legítima como la tierra que mi hermano trabaja o como los
actos que cada aniversario se repiten en el paraje. Si la finca es el lugar
donde se cultiva lo que se puede tocar y cosechar, el diario —y ahora, quizás,
cualquier obra que logre plasmar a partir de él— es el lugar donde se cultiva
lo que no se puede tocar pero que igual alimenta: la continuidad de un sentido.
Hay, sin
embargo, un riesgo que no quiero pasar por alto, y que la propia palabra
"abrumar" ya anuncia. La urgencia de plasmar, si se vuelve exigencia
perentoria, puede convertirse en una nueva forma de la hiperresponsabilidad que
vengo identificando en mí desde hace tiempo: ese mecanismo por el cual me
ocluyo detrás de la tarea, detrás del deber de hacer, y termino sin lugar para
simplemente estar, para simplemente ir al acto de Palomitas sin que ese ir se
transforme de inmediato en material, en insumo, en próximo proyecto. Winnicott
advertía sobre la diferencia entre el verdadero self, capaz de jugar y de crear
libremente, y el falso self, organizado alrededor del cumplimiento y de la
respuesta anticipada a una demanda externa. Necesito sostener la pregunta
—¿plasmo desde el deseo o plasmo para acallar la angustia de la desconexión?—
sin necesidad de responderla de una vez y para siempre. Probablemente sea, como
casi todo en mi vida, las dos cosas a la vez, en proporciones que van a seguir
cambiando.
Lo que sí puedo
decir, cerrando esta reflexión, es que a los 57 años el tiempo ya no funciona
como en la juventud, cuando la posta parecía algo que se recibiría en un futuro
indefinido. Este julio aprendí, en el cuerpo, que la posta no se recibe: se
toma, muchas veces antes de sentirse preparado, en el mismo momento en que uno
advierte que quienes la sostenían ya no pueden seguir sosteniéndola solas. No
soy joven y ya no puedo escudarme en esa palabra para demorar la
responsabilidad; tampoco soy tan viejo como las fundadoras del ritual de
Palomitas, y esa posición intermedia —incómoda, dije, pero vital— es
exactamente el lugar desde donde toca actuar. Plasmar, entonces, no es un
capricho de mitad de vida ni una crisis pasajera: es la forma que toma, en mí,
la responsabilidad histórica de sostener una memoria que otros empezaron a
construir con sus cuerpos y que ahora me pide sostenerla, también, con la
escritura y habra que ver, con qué más!.
Fernando Pequeño Ragone disecciona la "doble esclerosis" que asfixia a la Universidad Nacional de Salta y al Partido Justicialista provincial, denunciando una desinstitucionalización que disfraza la parálisis con actividad burocrática. Bajo la lógica del "pacto denegativo", la memoria académica se transmuta en inventario bibliográfico y cronogramas que domestican conflictos vivos, como el del Pueblo Lule, convirtiéndolos en archivo antes de ser resueltos. Simultáneamente, el PJ Salta exhibe una esclerosis discursiva incapaz de interpelar a las nuevas generaciones, evidenciada en la existencia de solo 650 afiliados menores de 25 años frente a la judicialización constante de sus estructuras. Pequeño advierte que la sustitución de la potencia política por el trámite y la liturgia vacía agota la energía micropolítica de la época. El diagnóstico es contundente: no es una crisis de gestión, sino de creencia; un hartazgo institucional que exige abandonar la simulación para reconstruir un lazo social que el archivo y el padrón ya no contienen.
El perfil de Instagram @jim.filmmaker_ai pertenece a
un creador y productor de contenido audiovisual enfocado en la cinematografía
con inteligencia artificial. Su trabajo destaca por alejarse de la estética
estridente, plástica o hiper-perfeccionada típica de muchos contenidos
generados por IA, inclinándose en cambio por una búsqueda hiperhumana,
orgánica, artística y documental.
Su propuesta visual e identidad se caracterizan por varios
aspectos clave:
1. El proyecto "Tupananchiskama" y la estética
andina
Uno de sus trabajos más virales y comentados en sus Reels es
una miniserie documental titulada "Tupananchiskama" (un
concepto quechua).
Enfoque
conceptual: Se centra en temas profundamente filosóficos y
espirituales, como la presencia, la conciencia corporal (sentience)
y la reconexión con la tierra, priorizando el "sentir" sobre el
"pensar". Las voces en off suelen ser reflexivas, poéticas o
estar en idiomas como el francés, conviviendo con subtítulos minimalistas.
Estética
visual: Utiliza una paleta de colores tierra (terracotas, marrones
profundos, verdes apagados y luces de la hora dorada) para retratar
rostros y paisajes de los Andes peruanos. Destaca por el uso de texturas
extremadamente realistas en la piel, los poros y el tejido de mantas
tradicionales, alternando primeros planos íntimos con planos abiertos de
valles y montañas.
2. Estilo "Anti-IA" o Realismo Mundano
Además de sus proyectos de corte etnográfico y meditativo,
el productor explora el concepto del "uncanny valley" (el
valle inquietante) a través de un realismo cotidiano y de moda urbana (street
fashion). Genera escenas que emulan la textura y la imperfección de un
video casero o "filtrado" de iPhone (simulando incluso el temblor
natural de una cámara de mano), logrando que la IA parezca un registro
documental real y no una animación digital.
3. Herramientas y Metodología de Producción
Dentro de la comunidad de creadores de video con IA, el
trabajo de @jim.filmmaker_ai es estudiado como un referente de control de
movimiento y consistencia. Utiliza flujos de trabajo avanzados que
habitualmente combinan:
Generación
de imágenes base muy precisas para fijar personajes consistentes
(utilizando referencias de personajes o CREF).
Herramientas
de video de última generación (como Runway Gen-3 Alpha o Luma
Dream Machine) aplicando parámetros de movimiento muy bajos y sutiles
para evitar que las facciones se deformen.
Edición
posterior con ritmos pausados, música ambiental de tipo lo-fi o
cinematográfica, y un diseño gráfico y tipográfico muy limpio (estilo
tarjetas de título de cine independiente o portadas de libros de diseño
editorial).
En resumen, @jim.filmmaker_ai actúa como un cineasta
digital que utiliza la inteligencia artificial no como un truco
tecnológico, sino como una herramienta de composición poética y narrativa
visual, logrando generar una atmósfera de introspección y un ritmo pausado que
rompe con la velocidad habitual de las redes sociales.