lunes, 6 de julio de 2026

La posta que no alcanza: apuntes intimistas sobre Palomitas, cincuenta años después

Cincuenta años después de la Masacre de Palomitas, un militante de segunda generación se pregunta por qué le produce rechazo ver que la memoria de los crímenes de Estado se repliegue hacia el mural, el documental, el poema o el libro, mientras los tribunales federales de Salta continúan resolviendo sin interpelaciones visibles las últimas causas de lesa humanidad activas. Escrito en primera persona desde la ruta hacia el paraje donde fueron fusilados doce presos políticos en 1976, este ensayo problematiza esa incomodidad: no rechaza la obra cultural en sí, sino el pacto tácito por el cual el Estado —y también la Universidad Nacional de Salta, que acompaña con congresos y discursos pero sin capital ni cuerpo en la disputa jurídica ni en las interpelaciones necesarias al Estado— la financia a cambio de que nadie toque las estructuras reales de impunidad. Un recorrido entre el cuidado hacia "las viejas" que ya no pueden caminar la ruta y la exigencia, todavía pendiente, de justicia institucional.


Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

 

Introducción: escribir desde la ruta

Escribo esto todavía con el frío de julio metido en los huesos. El 6 de julio manejé hasta el paraje donde el aparato estatal-militar fusiló a doce presos políticos alojados en el Penal de Villa Las Rosas, sobre la Ruta Nacional 34. Ahí, en Palomitas, no hay demasiado que ver: un descampado, una placa, el viento. Y sin embargo ahí estuve, como nieto de Miguel Ragone, gobernador constitucional de Salta secuestrado y desaparecido en marzo de ese mismo 1976, y como militante de una segunda generación que ya no es tan joven. Ese día grabé unas notas de voz que después, revisadas con distancia, me devolvieron una pregunta incómoda que no había sabido formular hasta entonces: ¿por qué me produce rechazo —un rechazo casi físico— ver que la memoria de los crímenes de Estado se repliega hacia las obras culturales: el mural, el documental, el poema, el libro, la pintura?


Sintesis auditiva


No es una pregunta abstracta. La hago desde mi cuerpo de 57 años, desde mi lugar en el entorno de la Asociación Miguel Ragone, desde haber visto envejecer a "las viejas" —las Madres, las Abuelas, las y los Familiares de Salta— hasta el punto en que el frío de un 6 de julio ya no les permite caminar la ruta. La hago también desde mi formación como investigador en derechos humanos y memoria, que me obliga a no quedarme en la pura emoción y a mirar la cuestión con el instrumental teórico que la disciplina ofrece. En este ensayo intento sostener las dos cosas a la vez: la voz que tiembla frente al descampado y la voz que analiza. Voy a problematizar, y a ampliar, la pregunta que titula el apartado central de mi propio diario de investigación: ¿por qué produce rechazo el repliegue hacia las obras culturales? Para eso recorro cinco movimientos: primero, la hipótesis de la obra cultural convertida en fetiche estetizado; segundo, su contracara, la sospecha de que la obra no es la enemiga sino el síntoma de un abandono anterior; tercero, la tensión entre la ética del cuidado y la exigencia institucional; cuarto, el lugar particular —y ambiguo— de la Universidad Nacional de Salta en este esquema; y quinto, lo que llamo la provincialización del olvido.

El mural, el documental, el libro: cuando la liturgia reemplaza al litigio

Mi diagnóstico inicial —el que grabé casi sin pensarlo, manejando en la ruta— fue que la marcha anual, la placa, el mural, el documental introspectivo, el libro de poemas, corren el riesgo de convertirse en un rito vaciado de conflicto. Que anestesian en lugar de tensionar. Michael Pollak (1989, p. 85) me da el vocabulario para esto: habla de la frontera entre las memorias subterráneas, proscritas, y la memoria oficial, y advierte sobre lo que yo prefiero llamar la trampa del encapsulamiento, ese riesgo de que la memoria quede reducida a un gueto afectivo, una subcultura militante que se habla a sí misma sin tocar al resto de la sociedad.

Cuando vi la película sobre Palomitas que produjo José María Martinelli en el aula de la Universidad Nacional de Salta, sentí exactamente eso: una obra densa, necesaria, pero proyectada en un ámbito de circulación de capital simbólico e intelectual, no en el ámbito donde se juega el poder real. Y ahí está mi incomodidad de fondo: mientras el Estado provincial financia con gusto murales, documentales y libros conmemorativos —porque son inocuos para el statu quo del poder económico y represivo que subsiste—, los tribunales federales de Salta continúan en soledad y sin interpelaciones, resolviendo las últimas causas —activas y casi abandonadas— de lesa humanidad. Carlos Nino (1996, p. 120; 1997, p. 210) fue tajante en esto: los juicios no son actos de retribución penal ni ejercicios estetizados, sino garantías institucionales indispensables para fundar una democracia deliberativa. Abandonar los tribunales en nombre de la producción cultural, escribió, "implica abdicar de la construcción de un estado de derecho robusto, permitiendo que las corporaciones de facto recreen sus privilegios de impunidad" (Nino, 1996, p. 121). Leído hoy, cincuenta años después del golpe, ese diagnóstico me interpela directamente: yo mismo, en mis notas de voz, hablaba de "plasmar una obra" antes que de litigar. ¿No estaba yo mismo, sin quererlo, deslizándome hacia el fetiche que denuncio?

Pero la obra cultural no es la enemiga: ampliando la pregunta

Aquí es donde quiero ampliar —y en parte corregir— mi propia problematización inicial. Porque si me quedo solo con el diagnóstico de Nino, termino condenando el mural, el documental, el poema, como si fueran ellos la causa del estancamiento judicial. Y no lo son. Ruti Teitel (2000, p. 215) me ayuda a matizar esto: la justicia transicional es inherentemente contextual, contingente a las correlaciones de poder político existentes en cada momento. El derecho, en los períodos de transición, no es neutro; es un instrumento de disputa. Si el litigio estratégico se estanca en Salta, no es porque exista un documental sobre Palomitas o un libro de poemas dedicado a los doce fusilados, sino porque el poder político local —ese conservadurismo salteño que Teitel ayudaría a nombrar como una correlación de fuerzas concreta— adopta una fachada de tolerancia cultural precisamente para no tocar las estructuras judiciales y policiales reales.

Dicho de otro modo: la obra cultural no vacía la política; es la política la que, cuando le conviene, vacía a la obra cultural y la devuelve convertida en folklore. Esa distinción me importa porque cambia el lugar de la responsabilidad. El rechazo que siento frente al "repliegue hacia las obras culturales" no debería dirigirse contra la película de Martinelli, ni contra un mural pintado por estudiantes, ni contra la Mesa de Derechos Humanos cuando organiza un acto, sino contra la posibilidad —siempre latente— de que ese mural, ese documental, ese libro, sean la única forma de justicia que el Estado esté dispuesto a costear. Elizabeth Jelin (2002, p. 48) llama a esto el trabajo de la memoria: una labor activa, no pasiva, que transforma el pasado mediante recursos y capitales simbólicos puestos en juego en el presente. El problema no es producir esas obras; el problema es cuando el emprendedor de la memoria —y aquí me incluyo— abandona el litigio y la política, cediendo el control de las instituciones al Estado, conformándose con un lugar en el "circuito cultural" (Jelin, 2002, p. 92). La posta, entonces, no se transmite completa si solo se transmite la melancolía convertida en obra; hay que transmitir también, y sobre todo, la exigencia jurídica.

Las viejas, el frío y la ética del cuidado

Hay, sin embargo, una dimensión que ni Nino ni Teitel alcanzan a nombrar del todo, y que a mí me atraviesa el cuerpo cada 6 de julio: el tiempo biológico. Las Madres, las Abuelas, las y los Familiares que durante décadas caminaron la ruta hasta Palomitas hoy desisten, y no por falta de convicción sino por el frío, por la edad, por cuerpos que ya no responden. Ese agotamiento biológico de los testigos directos no es un detalle sentimental; es una condición material que reconfigura toda la discusión sobre obra cultural versus litigio. Diana Maffía (2008, p. 112) me da las herramientas para pensar esto sin caer en el heroísmo épico que históricamente estructuró la narrativa militante: la masculinidad hegemónica exigía neutralidad afectiva, dogma, un "héroe del relato" que no mostraba cansancio. Yo, en cambio, escribo desde la vulnerabilidad, desde la duda existencial, desde una ética del cuidado hacia esas viejas que ya no pueden caminar. Esa es, creo, una masculinidad poshegemónica: no la que reclama tribunales gritando consignas, sino la que se pregunta, en voz baja y grabada en un audio de celular, si seré capaz de sostener algo de lo que ellas sostuvieron, y si un poema o un documental alcanzan para eso.

Y aquí aparece la tercera de mis proposiciones abiertas: ¿es posible reconciliar esa introspección, esa "obra personal", con la toma de posiciones agresivas e institucionales que exige la disputa jurídica? Mi respuesta provisoria es que no hay reconciliación automática, sino tensión productiva. La ética del cuidado no reemplaza al litigio; lo funda. Cuido la memoria de las viejas precisamente para no dejarla morir en el archivo, y esa misma urgencia de cuidado es la que debería empujarme —empujarnos, a la generación intermedia que ya no es tan joven— a exigir en los tribunales y en todos los dispositivos del Estado, lo que ellas ya no tienen fuerzas para exigir en la ruta.

La UNSa: acompañar sin poner el cuerpo

Hay un actor que hasta acá dejé en un segundo plano y que, mirado de cerca, complejiza todo lo anterior: la Universidad Nacional de Salta. La UNSa acompaña. Organiza congresos sobre memoria, sostiene programas de investigación, cede sus aulas para proyectar documentales como el de Martinelli, pronuncia discursos en los actos del 6 de julio y del 24 de marzo. Y sin embargo, cuando pienso en esa presencia constante, no puedo dejar de notar que es una presencia sin riesgo. La Universidad pone la palabra, el paper, el auditorio; no pone capital para sostener querellas, no pone cuerpo en las audiencias, no pone estrategia institucional en acciones concretas de resistencia frente al aparato judicial y policial que sigue intacto.

En eso, la UNSa se parece más al Estado provincial que a un actor de la sociedad civil comprometido con la justicia transicional. Como el Estado, financia gustosamente el arte de la memoria —una jornada, un simposio, una publicación académica— porque le resulta inocuo, incluso prestigioso, mientras no altera ninguna estructura de poder real. La diferencia con el Estado es de grado, no de naturaleza: la Universidad no reprime ni encubre directamente, pero tampoco litiga, no financia peritajes, no acompaña querellantes, no presiona por la reapertura de causas estancadas. Retomando a Jelin (2002, p. 92), la UNSa podría ser un emprendedor de la memoria de primer orden —tiene el capital simbólico, la legitimidad académica, los recursos humanos formados—; sin embargo, se conforma con administrar el circuito cultural de la conmemoración. Siguiendo a Nino (1996, p. 121), esa función de acompañamiento discursivo, sin compromiso material ni corporal en la disputa jurídica, termina cumpliendo la misma función que él denuncia en las corporaciones de facto: permite que la impunidad estructural siga intacta detrás de una fachada de sensibilidad institucional hacia los derechos humanos.

Esto no significa que la Universidad deba dejar de investigar o de conmemorar —sería absurdo pedirle que renuncie a lo que sabe hacer—, sino que su acompañamiento actual es insuficiente si se lo compara con lo que estaría en condiciones de aportar: financiamiento para peritajes forenses, equipos jurídicos de apoyo a las querellas, incidencia institucional ante el Poder Judicial provincial, acompañamiento sostenido a  a los organismos de derechos humanos que litigan. Mientras eso no ocurra, la UNSa seguirá siendo, en los términos de este ensayo, otra instancia que transforma la exigencia de justicia en obra cultural consumible, sin asumir el costo político de disputar el poder real.

Salta 2026: la provincialización del olvido

Termino este recorrido con lo que más me preocupa como salteño. En esta provincia conviven élites tradicionalistas, impermeables, con un movimiento de derechos humanos fragmentado, y ahora también con una universidad pública que acompaña sin arriesgar. El riesgo que anticipé en mis notas de voz —y que ahora quiero nombrar con precisión— es el de la provincialización del olvido: que la causa de los derechos humanos se retire de la disputa jurídica en los tribunales federales de Salta y de los organismos estatales que requieren inervención y quede confinada a la exhibición universitaria de documentales, a los congresos académicos, a los murales pintados en fechas conmemorativas. Cuando eso ocurre, la memoria pierde, como escribí entonces, su colmillo instituyente. El Estado provincial celebra, y la Universidad, sin proponérselo del todo, lo acompaña en esa celebración: ambos financian el arte de la memoria a cambio de que nadie les toque sus estructuras de impunidad judicial y policial, o su propia comodidad institucional.

Conclusión: la posta que falta reclamar

Cincuenta años después del golpe que se llevó a mi abuelo y a los doce fusilados de Palomitas, creo que la pregunta bien formulada no es "obra cultural o tribunal", sino qué hacemos para que la obra cultural deje de ser la excusa institucional —también universitaria— para no ir al tribunal o interpelar al Estado en los sitios necesarios. Siguiendo a Nino (1996, p. 128) y a Teitel (2000, p. 220), la eficacia de la justicia transicional no se mide por la cantidad de murales, documentales o libros, ni por la emotividad de los actos y congresos, sino por su capacidad de alterar relaciones de poder y quebrar la impunidad estructural. Pollak (1989) me recuerda el riesgo del encapsulamiento; Jelin (2002), que la memoria es un trabajo, no una herencia pasiva, y que ese trabajo puede ser traicionado por quienes deberían sostenerlo con más que discursos; Maffía (2008), que ese trabajo puede y debe hacerse desde el cuidado y no desde el heroísmo. Y yo, desde mi ruta particular hacia Palomitas, entiendo por fin que "plasmar una obra" —esa urgencia que me interpelaba a los 57 años— solo tiene sentido político si es, además, un modo de volver a exigir en los tribunales y al Estado en casa organismo necesario, lo que las viejas ya no pueden caminar a reclamar, y de exigirle a instituciones como la Universidad que acompañen con algo más que su palabra. La verdadera posta no consiste en heredar la melancolía de los mártires para plasmarla en obras contemplativas, sino en reclamar el espacio público, el capital institucional y la técnica jurídica como herramientas innegociables contra la impunidad.


Referencias

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.

Maffía, D. (2008). Contra las dicotomías: feminismo y epistemología crítica. En D. Maffía (Comp.), Sexualidades migrantes: género y transgénero (pp. 108-120). Feminaria Editora.

Nino, C. S. (1996). Juicio al mal absoluto. Ariel.

Nino, C. S. (1997). La constitución de la democracia deliberativa. Gedisa.

Pollak, M. (1989). Memoria, olvido, silencio. Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, 3(9), 3-15.

Teitel, R. G. (2000). Transitional justice. Oxford University Press.

 

domingo, 5 de julio de 2026

Palomitas, la posta y el plasmar

 Camino a un acto de memoria en Palomitas, una urgencia se impone: plasmar, pasar de la teoría a los hechos concretos, a los 57 años. Este ensayo parte de un registro de diario para pensar esa urgencia como síntoma —entre el pasaje al acto lacaniano y la creación reparadora de Winnicott— y como escena generacional: las viejas que sostuvieron durante décadas el ritual de la memoria ya no pueden llegar al paraje, y esa ausencia convoca a una generación que ya no es joven a tomar la posta. Con Bourdieu, Elias y Segato como interlocutores, el texto conecta esa responsabilidad colectiva con una hipótesis personal que viene de marzo —"empezando a ser yo mismo" frente a la historia del abuelo— y la amplía: el diario como legado que no se siembra con bueyes, la escritura como forma de plasmar cuando plasmar ya no admite espera.

Palomitas, la posta y el plasmar

Salta, julio de 2026


Voy camino al parque. Es el punto de encuentro antes de salir a la ruta, hacia el paraje donde hace décadas fusilaron a los expresos políticos de Palomitas. Voy a encontrarme con H.I.J.O.S., con mi prima Elia hija de "La Chicha", con una fecha que cada año vuelve a poner el cuerpo en movimiento hacia el mismo lugar. Y sin embargo lo que registran mis palabras grabadas en audo esa mañana no es únicamente la crónica del trayecto: es una urgencia que me atraviesa mientras manejo hacia el lugar de encuentro en el Parque San Martin, una necesidad de hacer, de plasmar, de pasar de la teoría a los hechos concretos, en un momento —mis 57 años— que ya no admite postergaciones. Me abruma, dije, la cantidad de información inconexa del mundo en que vivimos. Y en esa abrumación se cuela una pregunta que no es nueva pero que ese día adquiere un timbre distinto: qué voy a hacer yo, en mi propia vida, para completarme.

Elijo empezar por ahí, por el verbo. Plasmar no es simplemente hacer. Plasmar supone una materia que resiste, una forma que se le impone, una mano que además dejará en lo hecho la marca de haber estado ahí. Es un verbo de artesano y de escriba a la vez. Y aparece, en el registro, pegado a otros dos: interpela y abruma. Los tres describen menos una decisión que una presión. Algo desde afuera —la fecha, la película, la ruta hacia el paraje— me interpela; algo desde dentro —la masa de proyectos pendientes, la conciencia de la edad— me abruma; y entre esas dos fuerzas, plasmar aparece no como programa sino como síntoma. En el vocabulario que vengo usando en estos análisis, ahí hay algo del orden del pasaje al acto: no la acción reflexiva y planificada, sino la urgencia que busca, casi con desesperación, un lugar donde descargarse. Lacan diferenciaba el acting out —la actuación que todavía se dirige a un Otro, que pide ser leída— del pasaje al acto propiamente dicho, donde el sujeto se precipita fuera de la escena. Lo que registro esa mañana está más cerca de lo primero: hay un destinatario, aunque sea difuso —H.I.J.O.S., mi prima, quien lea algún día el diario—, y hay una demanda de que esa urgencia sea escuchada, no solo actuada. Por eso puedo, días después, convertirla en ensayo: porque nunca dejó de ser, también, una palabra dirigida.

Pero conviene no quedarse solo en el registro de la urgencia, porque hay una segunda capa, quizás más silenciosa, que tiene que ver con la reparación en el sentido winnicottiano. Para Winnicott la creación no es un lujo del yo sano, sino una función vital: es el gesto por el cual el sujeto, frente a la angustia de la desintegración o de la pérdida, construye un objeto que lo sostiene y que sostiene, a la vez, algo del mundo compartido. La urgencia de plasmar que registro esa mañana de julio no busca solamente producir —un texto, una obra— sino reparar una fragmentación: la que percibo entre la teoría que manejo con soltura desde hace años y la vida hecha de "acciones inconexas". Plasmar sería, en esa lectura, el intento de crear un objeto transicional a gran escala: algo que una lo pensado con lo vivido, que no sea puro discurso ni puro acontecimiento, sino la zona intermedia donde ambos se tocan. No es casual que esa urgencia se dispare justo cuando voy hacia un lugar de memoria: Palomitas es, en sí misma, un sitio donde el país entero no ha terminado de tramitar la fragmentación entre lo que se sabe y lo que se hizo con lo sabido.

Ahí empieza la segunda capa de esta reflexión, la que mira hacia afuera de mí. Porque lo que me interpela en la ruta no es solo mi propia productividad simbólica, sino una escena generacional muy concreta: las viejas —las llamo así, con el cariño y la crudeza con que las nombro en el audio— que este año no pudieron llegar. Desistieron por el frío, mencioné, pero también, y sobre todo, porque están viejas. Y entonces la pregunta se desplaza: ¿qué vamos a ser capaces de hacer los que ya no somos tan jóvenes, en materia de memoria, emancipación, soberanía y resistencia? Hay ahí una escena de transmisión generacional que Bourdieu ayuda a leer en términos de capital militante: esas mujeres construyeron, a lo largo de décadas de presencia corporal en los actos, en los juicios, en las rondas, un capital simbólico específico —la autoridad de quien estuvo, de quien puso el cuerpo cuando ponerlo costaba mucho más caro que hoy. Ese capital no se hereda automáticamente. Se transmite, cuando se transmite, a través de una pedagogía informal hecha de presencia compartida, de relatos repetidos, de cuerpos que envejecen juntos yendo al mismo paraje año tras año. Y esa pedagogía, este julio, tiene una falla: las maestras ya no pueden ir. La escena de transmisión queda momentáneamente descubierta, y ahí es donde mi generación —la de "los ya no tan jóvenes"— queda convocada, casi por defecto, a sostener sola lo que antes se sostenía en compañía.

Norbert Elias hablaría aquí de cadenas de interdependencia que atraviesan generaciones: nadie construye memoria, soberanía o resistencia en soledad ni en un solo tiempo; se trata de procesos de larguísima duración donde cada generación recibe una configuración ya en marcha y la modifica apenas, antes de entregarla a la siguiente. Lo que yo vivo como una responsabilidad personal y urgente —"plasmar ya, a los 57 años"— es, mirado desde ese ángulo, un eslabón más de una cadena que empezó mucho antes que yo y que seguirá después. La angustia individual (la mía, la de esa mañana en la ruta) es también, sin dejar de ser mía, el modo en que un proceso colectivo se hace sentir en un cuerpo particular. Rita Segato agregaría algo importante: la memoria de las violencias políticas no se transmite como información neutra, sino como una pedagogía de la crueldad invertida, un contra-relato que insiste en nombrar los cuerpos, los nombres, los lugares, precisamente porque el poder que produjo esas muertes se sostuvo también en el silenciamiento y en la despersonalización de las víctimas. Cada vez que un grupo llega al paraje de Palomitas y dice los nombres, está deshaciendo un poco esa pedagogía de la crueldad. Que las fundadoras de ese ritual ya no puedan hacerlo con el cuerpo presente no es un detalle logístico: es el momento en que la generación siguiente debe decidir si sostiene el ritual o lo deja apagarse.

Esa misma noche, un día después, veo la película sobre Palomitas que produjo Martinelli en la sede de la universidad. La registro como "densa", y anoto que las únicas protagonistas son... y ahí el audio se corta, se pierde el final de la frase. Me interesa justamente ese corte, porque es elocuente sin proponérselo: en una película sobre una masacre de hombres y mujeres—los/las expresos políticos fusilados—, lo que se me queda grabado, lo que alcanzo a nombrar antes de que la oración se disuelva, es la centralidad de esos protagonistas. Probablemente las mismas viejas que ya no pueden caminar hasta el paraje: las madres, las compañeras, las hijas que sostuvieron durante décadas el relato cuando el Estado prefería el olvido. El corte de la frase no es un simple problema técnico del audio: es también la forma en que mi propio registro empieza a intuir, sin todavía poder nombrarlo del todo, que la pregunta por el relevo generacional en Palomitas es, además, una pregunta sobre quién sostiene el cuidado de la memoria cuando los cuerpos que la sostuvieron durante medio siglo empiezan a fallar.

Y aquí conecto con algo que vengo trabajando desde marzo, cuando registré en el diario que estaba "empezando a ser yo mismo" frente a la historia de mi abuelo. En aquel momento la fórmula todavía tenía la textura de un hallazgo tímido, casi una hipótesis sobre mí mismo formulada en voz baja. Cuatro meses después, en la ruta hacia Palomitas, esa hipótesis se ha vuelto exigencia: ya no se trata solo de empezar a ser yo mismo frente a la herencia familiar, sino de plasmar algo propio frente a una herencia colectiva, la de la memoria política de mi provincia. El desplazamiento no es menor. Pasé de pensarme como heredero de una historia familiar —el abuelo, la finca, los Pozos, mi lugar en esa genealogía— a pensarme como uno de los responsables de sostener una historia que excede ampliamente a mi familia y que, sin embargo, también me constituye. Ambas herencias, la doméstica y la política, convergen en el mismo verbo: plasmar. Y convergen, también, en la misma tesis que vengo sosteniendo hace tiempo sobre mi propio proyecto vital: que el diario —estas cuatro décadas de escritura personalísima— es un legado que no se siembra con vacas y toros, una forma de transcendencia tan legítima como la tierra que mi hermano trabaja o como los actos que cada aniversario se repiten en el paraje. Si la finca es el lugar donde se cultiva lo que se puede tocar y cosechar, el diario —y ahora, quizás, cualquier obra que logre plasmar a partir de él— es el lugar donde se cultiva lo que no se puede tocar pero que igual alimenta: la continuidad de un sentido.

Hay, sin embargo, un riesgo que no quiero pasar por alto, y que la propia palabra "abrumar" ya anuncia. La urgencia de plasmar, si se vuelve exigencia perentoria, puede convertirse en una nueva forma de la hiperresponsabilidad que vengo identificando en mí desde hace tiempo: ese mecanismo por el cual me ocluyo detrás de la tarea, detrás del deber de hacer, y termino sin lugar para simplemente estar, para simplemente ir al acto de Palomitas sin que ese ir se transforme de inmediato en material, en insumo, en próximo proyecto. Winnicott advertía sobre la diferencia entre el verdadero self, capaz de jugar y de crear libremente, y el falso self, organizado alrededor del cumplimiento y de la respuesta anticipada a una demanda externa. Necesito sostener la pregunta —¿plasmo desde el deseo o plasmo para acallar la angustia de la desconexión?— sin necesidad de responderla de una vez y para siempre. Probablemente sea, como casi todo en mi vida, las dos cosas a la vez, en proporciones que van a seguir cambiando.

Lo que sí puedo decir, cerrando esta reflexión, es que a los 57 años el tiempo ya no funciona como en la juventud, cuando la posta parecía algo que se recibiría en un futuro indefinido. Este julio aprendí, en el cuerpo, que la posta no se recibe: se toma, muchas veces antes de sentirse preparado, en el mismo momento en que uno advierte que quienes la sostenían ya no pueden seguir sosteniéndola solas. No soy joven y ya no puedo escudarme en esa palabra para demorar la responsabilidad; tampoco soy tan viejo como las fundadoras del ritual de Palomitas, y esa posición intermedia —incómoda, dije, pero vital— es exactamente el lugar desde donde toca actuar. Plasmar, entonces, no es un capricho de mitad de vida ni una crisis pasajera: es la forma que toma, en mí, la responsabilidad histórica de sostener una memoria que otros empezaron a construir con sus cuerpos y que ahora me pide sostenerla, también, con la escritura y habra que ver, con qué más!.


miércoles, 24 de junio de 2026

Lo que ya no me convoca

Fernando Pequeño Ragone disecciona la "doble esclerosis" que asfixia a la Universidad Nacional de Salta y al Partido Justicialista provincial, denunciando una desinstitucionalización que disfraza la parálisis con actividad burocrática. Bajo la lógica del "pacto denegativo", la memoria académica se transmuta en inventario bibliográfico y cronogramas que domestican conflictos vivos, como el del Pueblo Lule, convirtiéndolos en archivo antes de ser resueltos. Simultáneamente, el PJ Salta exhibe una esclerosis discursiva incapaz de interpelar a las nuevas generaciones, evidenciada en la existencia de solo 650 afiliados menores de 25 años frente a la judicialización constante de sus estructuras. Pequeño advierte que la sustitución de la potencia política por el trámite y la liturgia vacía agota la energía micropolítica de la época. El diagnóstico es contundente: no es una crisis de gestión, sino de creencia; un hartazgo institucional que exige abandonar la simulación para reconstruir un lazo social que el archivo y el padrón ya no contienen.


Ensayo

(en construcción)


domingo, 21 de junio de 2026

Sentir la tierra a través del algoritmo: El viaje visual de @jim.filmmaker_ai


El perfil de Instagram @jim.filmmaker_ai pertenece a un creador y productor de contenido audiovisual enfocado en la cinematografía con inteligencia artificial. Su trabajo destaca por alejarse de la estética estridente, plástica o hiper-perfeccionada típica de muchos contenidos generados por IA, inclinándose en cambio por una búsqueda hiperhumana, orgánica, artística y documental.

Su propuesta visual e identidad se caracterizan por varios aspectos clave:

1. El proyecto "Tupananchiskama" y la estética andina

Uno de sus trabajos más virales y comentados en sus Reels es una miniserie documental titulada "Tupananchiskama" (un concepto quechua).

  • Enfoque conceptual: Se centra en temas profundamente filosóficos y espirituales, como la presencia, la conciencia corporal (sentience) y la reconexión con la tierra, priorizando el "sentir" sobre el "pensar". Las voces en off suelen ser reflexivas, poéticas o estar en idiomas como el francés, conviviendo con subtítulos minimalistas.
  • Estética visual: Utiliza una paleta de colores tierra (terracotas, marrones profundos, verdes apagados y luces de la hora dorada) para retratar rostros y paisajes de los Andes peruanos. Destaca por el uso de texturas extremadamente realistas en la piel, los poros y el tejido de mantas tradicionales, alternando primeros planos íntimos con planos abiertos de valles y montañas.

2. Estilo "Anti-IA" o Realismo Mundano

Además de sus proyectos de corte etnográfico y meditativo, el productor explora el concepto del "uncanny valley" (el valle inquietante) a través de un realismo cotidiano y de moda urbana (street fashion). Genera escenas que emulan la textura y la imperfección de un video casero o "filtrado" de iPhone (simulando incluso el temblor natural de una cámara de mano), logrando que la IA parezca un registro documental real y no una animación digital.

3. Herramientas y Metodología de Producción

Dentro de la comunidad de creadores de video con IA, el trabajo de @jim.filmmaker_ai es estudiado como un referente de control de movimiento y consistencia. Utiliza flujos de trabajo avanzados que habitualmente combinan:

  • Generación de imágenes base muy precisas para fijar personajes consistentes (utilizando referencias de personajes o CREF).
  • Herramientas de video de última generación (como Runway Gen-3 Alpha o Luma Dream Machine) aplicando parámetros de movimiento muy bajos y sutiles para evitar que las facciones se deformen.
  • Edición posterior con ritmos pausados, música ambiental de tipo lo-fi o cinematográfica, y un diseño gráfico y tipográfico muy limpio (estilo tarjetas de título de cine independiente o portadas de libros de diseño editorial).

En resumen, @jim.filmmaker_ai actúa como un cineasta digital que utiliza la inteligencia artificial no como un truco tecnológico, sino como una herramienta de composición poética y narrativa visual, logrando generar una atmósfera de introspección y un ritmo pausado que rompe con la velocidad habitual de las redes sociales.

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

LA PRIMAVERA INCONCLUSA El gobierno de Miguel Ragone y la rearticulación del peronismo en Salta

 

LA PRIMAVERA INCONCLUSA

El gobierno de Miguel Ragone y la rearticulación del peronismo en Salta

Ensayo político-académico presentado ante la Escuela Peronista

Partido Justicialista de Salta — Agrupación «La CFK»

En el marco de la renovación de autoridades partidarias — 2026

Fernando Pequeño Ragone

Investigador en Derechos Humanos y Memoria — Asociación Miguel Ragone — Salta, Argentina

 

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

 

I. Introducción: Una primavera que vuelve a florecer

Escribo estas palabras desde Salta, en mayo de 2026, a cincuenta años exactos de la desaparición forzada de Miguel Ragone. Lo hago invitado por la agrupación «La CFK» para compartir una reflexión en la Escuela Peronista del Partido Justicialista de Salta, en un momento que no puede ser más significativo: el movimiento justicialista de nuestra provincia está en proceso de renovar sus autoridades, de reconstruirse como fuerza política orgánica después de años de fragmentación, tensiones internas y desorientación programática. No es casual que convoquen a hablar de Ragone en este preciso instante. Es porque intuyen —y comparto esa intuición con profunda convicción— que para saber hacia dónde vamos, necesitamos recordar de dónde venimos y, sobre todo, lo que fuimos capaces de ser.

Soy nieto de Miguel Ragone por el lado afectivo y político de la memoria, y coordino desde hace años el trabajo de la Asociación Miguel Ragone, espacio que vincula la investigación histórica con la acción comunitaria y la defensa de los derechos humanos en el Noroeste Argentino. El documento que sirve de fuente a este ensayo —un análisis exhaustivo del gobierno de Ragone en Salta entre 1973 y 1974— me permite hoy presentar ante ustedes no solo un ejercicio académico, sino una herramienta política de memoria activa.

Abordaré cinco grandes ejes: primero, el peronismo originario y su rearticulación en la figura de Ragone; segundo, la experiencia de gobierno como laboratorio de democracia participativa; tercero, la ruptura que significó el período 1974-1976 y el terrorismo de Estado como respuesta al proyecto popular; cuarto, la memoria como práctica política en la transición democrática; y quinto, la vigencia de ese legado para la rearticulación del peronismo salteño en el presente.

 

II. El Peronismo Originario y su Cristalización en Salta: La Victoria de Marzo de 1973

2.1  Dieciocho años de resistencia como pedagogía política

Para comprender cabalmente qué fue el gobierno de Ragone, es imprescindible entender qué significaron los dieciocho años de proscripción peronista que lo precedieron. Desde el golpe de Estado de 1955 hasta la apertura electoral de 1973, el justicialismo salteño operó en la semiclandestinidad, enfrentando dictaduras y gobiernos civiles de legitimidad cuestionable. Ese período no fue de simple espera: fue una escuela de identidad, de resistencia, de forja de cuadros políticos. Alejandro Grimson (2019) ha señalado que las identidades colectivas más duraderas son aquellas que se construyen en la adversidad, en la experiencia compartida de la exclusión. El peronismo salteño de 1973 era exactamente eso: una identidad forjada en el fuego de la proscripción.

Ragone emergió de ese proceso como una figura de consenso capaz de articular las demandas de la 'vieja guardia' peronista con el ímpetu de la juventud militante. Esa doble legitimidad —la del pasado de resistencia y la del presente de movilización— es lo que explica el contundente 57,16% de los votos que obtuvo en las elecciones provinciales del 11 de marzo de 1973. No fue solo un triunfo electoral: fue la cristalización de una identidad colectiva que había sobrevivido dos décadas de persecución.

Guillermo O'Donnell (1972), en su análisis del autoritarismo latinoamericano, demostró que los períodos de exclusión política no eliminan las identidades subalternas, sino que las consolidan y las radicalizan. El peronismo de 1973 llegó al poder provincial con una acumulación de demandas postergadas que superaba largamente cualquier capacidad de gestión convencional. Ragone lo sabía, y por eso no gobernó desde los protocolos del poder tradicional: gobernó desde la ética de la resistencia.


2.2  La interna de la unidad: Lista Verde vs. Lista Azul y Blanca

La candidatura de Ragone no fue un camino allanado. Huno en ese contexto una feroz interna partidaria que enfrentó a la 'Lista Verde' —de tendencia progresista y nacionalista, vinculada a la Juventud Peronista— con la 'Lista Azul y Blanca', de corte ortodoxo y tradicionalista. El acuerdo de unidad, impuesto por la conducción nacional a través de Juan Manuel Abal Medina, incluyó la incorporación de Olivio Ríos como vicegobernador: un compromiso que, sembraría las semillas de la inestabilidad futura debido a las profundas diferencias ideológicas entre ambos sectores.

Esta tensión interna no es un dato anecdótico: es la clave para entender tanto las posibilidades como los límites del gobierno ragoniano. Y es, me atrevo a afirmarlo, estructuralmente análoga a la tensión que hoy atraviesa al Partido Justicialista de Salta al encarar su propia renovación de autoridades. El peronismo siempre ha sido un movimiento de contradicciones internas productivas, lo que Alejandro Horowicz (2004) llamó las 'cuatro argentinas' del justicialismo: la tensión entre su ala obrera, su conducción carismática, sus cuadros técnico-reformistas y sus sectores conservadores nunca desapareció; se procesó, con mayor o menor violencia, al interior del movimiento.

Hoy, en 2026, el peronismo salteño debe reconocer esa tensión sin negarla, y procesarla democráticamente en lugar de suprimirla. La experiencia de Ragone muestra que la unidad forzada sin debate programático real es una cáscara frágil que se rompe en el primer momento de presión.

 

III. Dieciocho Meses de Laboratorio Democrático: Políticas, Actores y Transformaciones

3.1  La salud como derecho humano: el legado de Carrillo en el NOA

Miguel Ragone era, ante todo, un médico sanitarista cuya cosmovisión política estaba impregnada por su colaboración directa con Ramón Carrillo durante la primera presidencia de Perón. Su gestión en salud no se limitó a la construcción de infraestructura, sino que propuso un cambio de paradigma: la salud como un derecho humano integral vinculado indisolublemente a las condiciones de vida, trabajo y vivienda. Esta visión, que hoy reconocemos en los marcos conceptuales de la medicina social latinoamericana, era absolutamente disruptiva para la Salta de 1973.

Ragone sostenía que tanto ricos como pobres debían tener idénticas posibilidades de curación, impulsando la entrega gratuita de medicamentos y proyectando un seguro de salud universal. Más aún: definía al trabajo digno y la alimentación sana como 'componentes indirectos de la salud', lo que obligaba a una coordinación constante entre los ministerios de Economía y Bienestar Social. Esta concepción integral —que hoy diríamos de determinantes sociales de la salud— anticipaba en décadas los consensos de la Organización Mundial de la Salud.

Pilar Calveiro (2005) ha señalado que los proyectos políticos que resultan más amenazantes para los poderes establecidos no son aquellos que proponen la revolución armada, sino aquellos que demuestran, en la práctica cotidiana, que el Estado puede funcionar al servicio de los de abajo. El hospital público de Ragone, el médico que dejaba su despacho para atender a un niño desmayado en una ceremonia, el gobernador que usaba su propio Peugeot 504 y pagaba sus viáticos: esa era la revolución real, silenciosa, perturbadora, que los sectores de poder no podían tolerar.

3.2  La economía de la liberación: austeridad, soberanía y reforma agraria

El Plan Trienal de Ragone se inserta en el proyecto nacional de reconstrucción económica, pero con características propias adaptadas a la realidad del NOA. La deuda pública provincial había crecido de 247 millones de pesos en 1955 a 21.700 millones en 1973 —un crecimiento exponencial que refleja décadas de mala administración y subordinación al poder central. Ante este cuadro, Ragone respondió con austeridad personal y colectiva: rechazó el protocolo, eliminó su escolta policial y convirtió los carros de asalto en transportes escolares pintados con flores.

Pero la gestión económica de Ragone no fue solo simbólica. La expropiación del Frigorífico Arenales y las Minas de Unchimé fueron actos de soberanía concreta sobre los recursos provinciales. La alianza con Felipe Burgos y la Federación Única de Sindicatos de Trabajadores Campesinos y Afines (FUSTCA) permitió que las demandas históricas del campesinado salteño llegaran por primera vez a los despachos gubernamentales. Ragone denunciaba jornales de miseria en los Valles Calchaquíes —donde los salarios eran hasta un 50% inferiores a los de otras regiones— y proyectaba una reforma agraria integral basada en cooperativas.

Luis Alberto Romero (2001) ha señalado que una de las características más persistentes de la Argentina moderna es la brecha entre el litoral y el interior, entre las economías dinámicas y las periferias postradas. El gobierno de Ragone fue un intento consciente de reducir esa brecha desde el propio interior, sin esperar que las transformaciones llegaran desde Buenos Aires. En el contexto de la Salta feudal de 1973 —donde el poder económico y político estaba concentrado en unas pocas familias y en el diario El Tribuno como formador de opinión dominante—, ese intento era, en efecto, revolucionario.

3.3  Los nuevos actores: el campesinado, la juventud y la humanización policial

Uno de los aspectos más innovadores del gobierno de Ragone fue la incorporación de actores hasta entonces excluidos de la gestión pública. El nombramiento de Rubén Fortuny —un civil, proveniente de la resistencia peronista— en la Jefatura de Policía, con una política explícita de humanización de las fuerzas de seguridad, fue un gesto de ruptura radical con la tradición represiva de los gobiernos anteriores. Fortuny eliminó celdas de castigo y detuvo a oficiales acusados de violaciones a los derechos humanos: una anticipación de lo que décadas después sería la agenda de los organismos de derechos humanos.

Felipe Burgos, el maestro de Campo Quijano formado en el cristianismo tercermundista, representó la irrupción del campesinado organizado en la política provincial. Burgos era un dirigente carismático y fundador de la FUSTCA cuya alianza con Ragone permitió articular las demandas de soberanía territorial con la gestión gubernamental. Esta alianza entre el poder político y los movimientos sociales del campo es uno de los legados más vivos del período, y hoy —cuando el avance del agronegocio sobre el monte nativo salteño sigue siendo una amenaza crítica— resulta más urgente que nunca.

Elizabeth Jelin (2002), en su análisis de los trabajos de la memoria, ha señalado que los actores que las narrativas dominantes borran de la historia son precisamente aquellos cuya recuperación resulta más subversiva para el orden presente. Felipe Burgos desapareció en dictadura, como Ragone. Recordarlos juntos no es solo un acto de justicia histórica: es un acto político que restituye al campesinado salteño su lugar en la tradición del peronismo nacional y popular.

 

IV. La Ruptura: De la Intervención Federal al Terrorismo de Estado (1974-1976)

4.1  El pinzamiento político: ortodoxia sindical y verticalismo nacional

El gobierno de Ragone no cayó por incompetencia ni por falta de apoyo popular. Cayó por un 'pinzamiento político’ entre la derecha reaccionaria y el verticalismo autoritario del gobierno nacional de la época. La ortodoxia sindical de las 62 Organizaciones, la presión del diario El Tribuno y la exigencia de 'depuración ideológica' del Consejo Nacional Justicialista convergieron para aislar al gobernador. El 23 de noviembre de 1974, la intervención federal consumó lo que la presión política había preparado.

Marina Franco (2012) ha analizado con precisión el modo en que la categoría de 'subversión' fue construida discursivamente en Argentina antes del golpe de 1976, preparando el terreno ideológico para la represión. Ragone fue víctima de esa construcción: acusado de 'infiltración marxista' por quienes no podían tolerar que un gobierno peronista tomara en serio el programa social del justicialismo. Las acusaciones eran absurdas —el propio Ragone se definía como 'un soldado de Perón' y un humanista democrático—, pero en el clima político de 1974-1975, la absurdidad no fue obstáculo para la eficacia política de la estigmatización.

Había a fines del 74 un dilema en que se encontraba Ragone: si cedía a las presiones de depuración de su gabinete, perdía su base de apoyo popular y juvenil; si no lo hacía, se arriesgaba a la intervención federal. No había salida honorable dentro del sistema: la decisión ya había sido tomada en los despachos del poder nacional y de los intereses económicos provinciales. Esa trampa es una enseñanza que el peronismo salteño de hoy debe internalizar con claridad.



4.2  La desaparición del gobernador: el único caso en la historia argentina

El 11 de marzo de 1976 —cinco años exactos después de su triunfo electoral—, Miguel Ragone fue secuestrado en plena calle en la ciudad de Salta. Su cuerpo nunca fue encontrado. Es el único gobernador argentino desaparecido en el contexto del terrorismo de Estado, un dato que el documento subraya y que convierte su figura en un emblema nacional de la lucha por los derechos humanos.

Sofía Tiscornia (2008) ha señalado que el terrorismo de Estado no se limita al período formal de la dictadura: se extiende hacia atrás, en las prácticas de violencia paraestatal que lo preceden, y hacia adelante, en las culturas institucionales que lo sobreviven. La desaparición de Ragone ocurrió 13 días antes del golpe de Estado, lo que sugiere que su nombre estaba en las primeras listas del terrorismo cívico-militar. El mensaje era claro: no se toleraría ningún experimento de gobierno popular en el NOA.

Desde mi trabajo en la Asociación Miguel Ragone, he podido documentar que el impacto de su desaparición sobre la memoria colectiva salteña fue devastador. No solo porque Ragone desapareció, sino porque con él desapareció la posibilidad de un modelo alternativo de poder: el gobernador que atendía enfermos, que manejaba su propio auto, que pintaba los carros de asalto con flores. Esa imagen —utópica y real al mismo tiempo— quedó congelada en el tiempo como lo que pudo ser y no fue.

 

V. Memoria y Política: La Recuperación del Legado Ragoniano en la Transición Democrática

5.1  Los trabajos de la memoria en Salta

La recuperación democrática de 1983 no significó automáticamente la recuperación de la memoria ragoniana. Durante años, su figura fue mantenida viva casi exclusivamente por los círculos de derechos humanos, por los sobrevivientes de su gobierno y por los movimientos sociales que habían sido protagonistas de su gestión. Los partidos políticos, incluido el propio Partido Justicialista, tardaron décadas en reivindicarlo con la profundidad que merece.

Elizabeth Jelin (2002) ha distinguido entre la memoria como recurso político instrumentalizado y la memoria como trabajo colectivo de elaboración del pasado. El legado ragoniano ha sufrido ambos destinos: ha sido instrumentalizado por discursos electorales que invocan su nombre sin comprometerse con su programa, y ha sido trabajado colectivamente por las organizaciones que siguen reclamando tierra, salud y dignidad para el campesinado salteño. La diferencia entre ambas formas de memoria es política: una cierra el pasado como monumento, la otra lo abre como programa.

El Hospital de Salud Mental Dr. Miguel Ragone —que lleva su nombre desde la transición democrática— es un ejemplo de esa tensión. El documento que analizo señala que Ragone inició como gobernador un proceso de desinstitucionalización y humanización del tratamiento mental, adelantándose en décadas a los consensos de la Ley Nacional de Salud Mental de 2010. Que el hospital que hoy lleva su nombre enfrente permanentes amenazas presupuestarias no es una ironía menor: es la síntesis de la contradicción entre memoria nominal y memoria programática.

5.2  El peronismo salteño hoy: la rearticulación necesaria

Estoy aquí, en esta Escuela Peronista, en este preciso momento histórico, porque creo que la renovación de autoridades del Partido Justicialista de Salta no puede ser un mero trámite burocrático. Debe ser una oportunidad de rearticulación programática, de recuperación de una identidad definida como 'la posibilidad de un poder ejercido con humildad, transparencia y una vocación irrenunciable por la justicia social'.

Felipe Burgos —el maestro campesino, el compañero de Ragone en la política de soberanía territorial— también fue desaparecido por la dictadura. Hoy, las asociaciones que reivindican su memoria siguen reclamando por la tierra, por el monte nativo, por los jornales justos en los Valles Calchaquíes. El gobierno de Ragone fue pionero en plantear la necesidad de un manejo técnico y social del monte nativo, proyectando una Empresa Desmontadora y Forestal de carácter estatal (Salta Forestal). Esas demandas no son historia: son actualidad. Son el programa que el peronismo salteño tiene pendiente.

Diana Maffía (2020) ha señalado que la renovación de las fuerzas políticas progresistas requiere no solo cambios de liderazgo, sino transformaciones en las prácticas de toma de decisión, en la inclusión de voces históricamente marginadas y en la coherencia entre discurso y acción cotidiana. El peronismo de Ragone integraba a campesinos, a jóvenes militantes, a civiles en la jefatura policial: expandía los márgenes de quién podía gobernar y desde dónde. Esa expansión democrática es la tarea que tiene por delante el justicialismo salteño de 2026.

 

VI. Conclusión: Una Herencia para el Presente

Escribo desde la convicción de que la historia no es un archivo muerto, sino un recurso vivo para la acción política del presente. El gobierno de Miguel Ragone —dieciocho meses de gestión transformadora entre mayo de 1973 y noviembre de 1974— no fue solo un episodio de la historia provincial: fue un experimento de democracia participativa, de ética pública y de justicia social que el terrorismo de Estado interrumpió pero no pudo borrar.

La teorización de Alejandro Grimson (2019) sobre la 'grieta' como estructura de sentido político me permite afirmar que la polarización del peronismo salteño de los años setenta —entre Tendencia y Ortodoxia, entre proyecto popular y verticalismo conservador— no es un fenómeno del pasado: es una estructura que se reedita permanentemente bajo nuevas formas. Reconocerla, nombrarla, procesarla democráticamente en lugar de suprimirla es el primer paso para superarla.

Alejandro Horowicz (2004) ha argumentado que el peronismo solo es capaz de gobernar transformadoramente cuando logra articular sus distintas almas en torno a un programa concreto. Ragone lo intentó: su gobierno fue un programa de salud pública, reforma agraria, soberanía territorial y ética de la función pública. No alcanzó el tiempo para completarlo, pero lo suficiente para demostrar que era posible.

Elizabeth Jelin (2002) nos enseña que la memoria es siempre una construcción presente que selecciona del pasado lo que necesita para actuar en el futuro. En la Escuela Peronista de Salta, en este momento de renovación partidaria, elegir recordar a Ragone es elegir un programa: el del médico que atendía a todos por igual, el del gobernador que convertía los símbolos del poder en instrumentos del pueblo, el del compañero que no eligió la comodidad del acuerdo sino la dignidad de la coherencia.

Pilar Calveiro (2005) y Marina Franco (2012) nos han recordado que comprender cómo fue posible el terrorismo de Estado es condición para que no se repita. Sofía Tiscornia (2008) ha insistido en que las culturas institucionales de la violencia sobreviven a los regímenes que las generaron. Luis Alberto Romero (2001) ha mostrado que la Argentina moderne se construyó sobre la exclusión sistemática de sus periferias. Guillermo O'Donnell (1972) demostró que el autoritarismo no es una anomalía sino una posibilidad permanente de los sistemas políticos latinoamericanos. Todos estos marcos conceptuales convergen en una misma advertencia: la democracia no se garantiza sola; requiere actores políticos comprometidos con su profundización cotidiana.

El peronismo salteño tiene hoy, en la renovación de sus autoridades, una oportunidad histórica: no solo elegir nuevos nombres, sino rearticular un proyecto. Un proyecto que recoja la herencia de Ragone —la salud como derecho, la tierra como justicia, la ética como política— y la actualice para los desafíos del siglo XXI. Esa es la primavera inconclusa que todavía espera su continuación. Y es nuestra responsabilidad, compañeras y compañeros, no dejar que se marchite una vez más.

 


 

 

Referencias bibliográficas

(Normas APA — 7.ª edición)

 

Calveiro, P. (2005). Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años setenta. Norma.

Franco, M. (2012). Un enemigo para la nación: Orden interno, violencia y «subversión», 1973-1976. Fondo de Cultura Económica.

Grimson, A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de reinventarse. Siglo XXI Editores.

Horowicz, A. (2004). Las cuatro argentinas: Historia, política y sociedad, 1810-2004. Edhasa.

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.

Maffía, D. (2020). Feminismo y política: Autonomía, igualdad y diferencia en el debate contemporáneo. Prometeo Libros.

O'Donnell, G. (1972). Modernización y autoritarismo. Paidós.

Romero, L. A. (2001). Breve historia contemporánea de la Argentina (2.ª ed.). Fondo de Cultura Económica.

Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Ariel.

Tiscornia, S. (2008). Activismo de los derechos humanos y burocracias estatales: El caso Walter Bulacio. Del Puerto.

 

 

Ensayo presentado en la Escuela Peronista del Partido Justicialista de Salta

Invitado por la agrupación «La CFK» — Salta, mayo de 2026

Fernando Pequeño Ragone — Asociación Miguel Ragone — investigacion.ragone@gmail.com

Memorias del panel de 2013: Entre Eva y Miguel: El Pueblo. Analisis político

 

ESCUELA PERONISTA — PARTIDO JUSTICIALISTA SALTA

Grupo La CFK | Ciclo de Formación Política 2026

 

Captura de momentos iniciales del Panel de 2013


Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

Entre Eva y Miguel: El Pueblo Como Categoría Política

Memoria, identidad peronista y rearticulación política en Salta

Fernando Pequeño Ragone

Investigador en Derechos Humanos y Memoria | Asociación Miguel Ragone

Salta, Argentina — 2026

 

"No puede haber amor donde hay explotadores y explotados."
 — Eva Perón, citada por Héctor Canto en el panel (2013)

 

I. Introducción: La Memoria Como Territorio en Disputa

Cuando me invita el grupo La CFK a presentar este ensayo en la Escuela Peronista del Partido Justicialista de Salta, en el contexto de la rearticulación interna del peronismo y de la próxima elección de autoridades partidarias, la primera imagen que me viene a la mente no es un argumento político: es un olor. El olor a papel viejo de la Cámara de Diputados provincial, esa tarde del 21 de marzo de 2013, cuando desde la Asociación Miguel Ragone organizamos el panel "Entre Eva y Miguel: El Pueblo", en el marco del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

Trece años han pasado. Argentina, Salta, el peronismo, el mundo: todo se ha transformado. Pero aquel evento —que analizo hoy como fuente central de este ensayo— me interpela con una vigencia inesperada. Porque los dilemas que lo atravesaron en silencio siguen siendo los nuestros: ¿Quién hereda la mística del peronismo histórico? ¿Qué hacemos con la memoria cuando el movimiento está fracturado? ¿Cómo se construye poder político legítimo sin caer en la mera gestión o en la nostalgia estéril?

En este ensayo, narrado en primera persona como investigador y como nieto de Miguel Ragone, abordo cinco núcleos problemáticos que el panel de 2013 ilumina con particular intensidad y que resultan centrales para el momento que el peronismo salteño atraviesa hoy:

1) El uso político de la memoria histórica y su doble filo;

2) La construcción del pueblo como categoría política activa versus sujeto pasivo de representación;

3) La transferencia generacional y la pedagogía del movimiento;

4) Las tensiones entre institucionalización y mística en el peronismo salteño;

5) Los desafíos de la rearticulación identitaria en un contexto de crisis de representación y polarización creciente.

El documento que analizo es el desarrollo del panel de disertaciones celebrado el 21 de marzo de 2013 en la Cámara de Diputados de Salta, organizado por la Asociación Miguel Ragone, con la presencia de funcionarios provinciales, intelectuales y militantes. Es, al mismo tiempo, fuente histórica y espejo político.


Acceso al panel analizado


II. La Memoria Como Instrumento: Entre el Duelo y la Legitimación

El escenario como mensaje

Desde mi experiencia como organizador de aquel evento, recuerdo que la elección del lugar no fue inocente. Realizar el panel en la Cámara de Diputados —"el palacio legislativo donde se producen las leyes", como remarcó el entonces senador Rodolfo Urtubey— fue una decisión política cargada de semiótica. El espacio del poder institucional era puesto al servicio de la memoria popular. O, dicho de modo más preciso y más incómodo: la memoria popular era puesta al servicio de la legitimación del poder institucional.

El documento registra con precisión esta doble operación. Santiago Godoy, presidente de la Cámara Baja, abrió el evento marcando el vínculo entre las fechas dolorosas —1976, la desaparición de mi abuelo— y las fechas esperanzadoras —1973, su asunción como gobernador—, construyendo una narrativa de continuidad entre aquel peronismo transformador y el gobierno de Juan Manuel Urtubey en 2013. Godoy también señaló, con una chicana política, que a pesar de haber invitado a todos los partidos, "solamente vienen los del Partido Justicialista". El peronismo, en ese gesto, se autoconstituía como el único custodio legítimo de la memoria.

La politóloga Elizabeth Jelin advierte que la memoria no es un archivo pasivo sino un campo de disputas en el que los actores sociales pugnan por fijar sentidos sobre el pasado (Jelin, 2002). Lo que el panel de 2013 evidencia es exactamente esto: la Asociación Miguel Ragone, el oficialismo provincial y el kirchnerismo nacional convergían en una misma plataforma memorial, pero con agendas que no eran idénticas. La pregunta que me hago hoy, ante la nueva elección de autoridades del PJ salteño, es si esa convergencia es posible de reproducir en un escenario de mayor fragmentación.

El mártir local y el mito nacional

El panel operó sobre una homología simbólica precisa: poner a Miguel Ragone a la misma altura mítica que Eva Perón. El hilo conductor que yo mismo trazé en mi intervención fue la "unión espiritual entre Miguel Ragone y Eva Perón", dos figuras que representan la vertiente más social, transformadora y popular del justicialismo.

La historiadora María Laura Collivadino desarrolló esta homología en clave de gestión comparada: así como Evita construyó mil escuelas y la Ciudad Estudiantil, Ragone propició dieciocho cursos de capacitación docente y construyó quince escuelas en un mandato truncado; así como Evita creó los barrios peronistas y los policlínicos, Ragone instituyó la medicina preventiva y fundó el Instituto Provincial de la Vivienda en 1973. La comparación no era académica: era política. Buscaba demostrar que la mística evitista tenía un equivalente local, territorial, salteño.

Pilar Calveiro ha analizado cómo la violencia política de los años setenta produjo figuras martirológicas que el movimiento peronista utilizó de maneras diversas y a veces contradictorias (Calveiro, 2005). Mi abuelo es, en Salta, una de esas figuras. Cuando la Asociación que lleva su nombre lo conecta simbólicamente con Eva Perón, no está haciendo solo historia: está haciendo política. Está diciendo que existe un peronismo "verdadero", un peronismo de raíz popular, que es el que Salta necesita recuperar.

 

III. El Pueblo: ¿Categoría Política o Sujeto Pasivo?

De víctimas a protagonistas: el giro discursivo

Desde mi intervención en el panel de 2013, traté de marcar un giro que considero fundamental y que hoy, en el contexto de la rearticulación del peronismo salteño, sigue siendo urgente: la necesidad de "dejar de ser víctimas" y de "dejar que otros hablen por nosotros" para convertirnos en actores políticos del presente.

Este giro no es menor. Durante décadas, el discurso de derechos humanos en Argentina gravitó —comprensiblemente— sobre la figura de la víctima. Pero Gabriela Vuistaz, la psicoanalista que participó en el panel, señaló con lucidez que ni Eva Perón ni Miguel Ragone se quedaron en "el lugar de la víctima o la queja" frente a la desigualdad, sino que se "autorizaron" a transformar la realidad a través de la política. Esta autorización —el acto de decidir que uno tiene derecho y capacidad de actuar políticamente— es exactamente lo que el peronismo salteño necesita reconstruir en sus bases.

Alejandro Grimson ha argumentado que las identidades políticas en Argentina no son fijas sino que se reconfiguran continuamente en respuesta a coyunturas específicas (Grimson, 2019). El panel de 2013 fue, en ese sentido, un dispositivo de reconfiguración identitaria: buscaba anclar al joven salteño que estudiaba en un terciario provincial dentro de una genealogía peronista, haciéndolo heredero de Eva y de Miguel.

La pedagogía política como herramienta de construcción

Esa jornada de exposiciones en la mañana, en la Cámara de Diputados, estaba orientada hacia los jóvenes: el evento estuvo dirigido a estudiantes terciarios de la provincia, con el propósito de que "tomen conocimiento de la historia" y se conviertan en agentes reproductores del peronismo. Hay en esto una apuesta pedagógica que Luis Alberto Romero ha estudiado en su dimensión más larga: el peronismo, desde sus orígenes, desarrolló una cultura política que combinaba formación doctrinaria con movilización emocional (Romero, 2001).

Lo que el panel de 2013 intentó —y en parte logró— fue una versión contemporánea de esa pedagogía. Collivadino usó la historiografía como herramienta política al establecer paralelismos directos entre las políticas de Evita y las de Ragone, demostrando que la gestión técnica —escuelas, hospitales, viviendas— no es contraria a la mística revolucionaria sino su expresión concreta. Este punto me parece crucial para hoy: el peronismo salteño no puede reconstituirse solo desde la emoción ni solo desde la tecnocracia. Necesita la síntesis.

Héctor Canto aportó la dimensión testimonial: su relato de las políticas de Estado hacia los pueblos indígenas del Chaco Salteño bajo el gobierno de Ragone, la liberación de presos políticos, su propio encuentro personal con Evita. El testimonio vivo es irreemplazable en la pedagogía peronista porque encarna la historia en un cuerpo, en una voz, en una memoria que tiene nombre y apellido.

 

IV. Institucionalización vs. Mística: La Tensión Permanente

El peronismo entre el aparato y el movimiento

Desde mi experiencia en la Asociación Miguel Ragone, una de las tensiones más difíciles de gestionar ha sido siempre la que existe entre la institucionalización de la memoria —con todo lo que implica de reconocimiento, recursos y visibilidad— y la preservación de una mística que no se deje cooptar por el poder.

El panel de 2013 exhibe esta tensión con nitidez. Por un lado, la presencia de Rodolfo Urtubey y Santiago Godoy garantizaba la cobertura institucional del evento: la Legislatura provincial le prestaba su espacio y su legitimidad. Por otro lado, mi intervención y las de Collivadino, Bellone y Vuistaz apuntaban a recuperar algo que el peronismo de gestión tiende a perder: la capacidad de nombrar al enemigo, de señalar las desigualdades, de incomodar.

Lilliana Bellone, la escritora que participó en el panel, habló sobre la construcción mítica de Evita, destacando sus vínculos con intelectuales como Discépolo, Marechal y Homero Manzi. Y remarcó que el odio oligarca hacia Evita —graficado en el infame "Viva el cáncer"— respondía a la mutación radical que ella generó en la base del pueblo argentino. Esta mutación es lo que Alejandro Horowicz llama la "revolución desde arriba" del peronismo clásico: un movimiento que logró redistribuir poder sin destruir las instituciones, pero que generó un antagonismo irreductible con los sectores dominantes (Horowicz, 1985).

El kirchnerismo como marco y el dilema pos-kirchnerista

El panel de 2013 se realizó en un momento de plena hegemonía kirchnerista. La referencia explícita en el documento a "la Presidenta que se enfrenta al mundo entero" —en alusión a Cristina Fernández— y la evocación de una "Patria Grande" que incluía a figuras como Néstor Kirchner y Hugo Chávez junto a los líderes históricos del justicialismo, ubican al evento dentro del macro-relato kirchnerista. El peronismo salteño, en ese momento, confirmaba su pertenencia a esa narrativa nacional.

Pero ese marco ya no existe de la misma manera. La derrota electoral de 2015, el gobierno de Macri, la vuelta con Alberto Fernández y la traumática crisis del Frente de Todos han reconfigurado dramáticamente el campo peronista. Marina Franco ha analizado cómo los procesos de construcción de memorias sobre la represión están siempre atravesados por el presente político de quienes las construyen (Franco, 2012). Hoy, en 2026, la memoria del peronismo histórico ya no puede ser reclamada exclusivamente desde una identidad kirchnerista, porque esa identidad misma está en disputa.

Guillermo O'Donnell, en su análisis clásico de la relación entre modernización y autoritarismo en Argentina, señaló que las crisis de representación tienden a producir movimientos pendulares entre el verticalismo y la fragmentación (O'Donnell, 1972). El peronismo salteño vive hoy ese péndulo: la elección de nuevas autoridades partidarias es, al mismo tiempo, una disputa de poder y una búsqueda de identidad.

 

V. Salta, el Noroeste y la Memoria Encarnada

La especificidad territorial de la memoria peronista salteña

Cuando pienso en la rearticulación del peronismo en Salta, me resulta imposible separar la dimensión política de la dimensión territorial. Salta no es Buenos Aires. La desigualdad aquí tiene rostros específicos: los pueblos indígenas del Chaco y los Valles Calchaquíes, los trabajadores rurales de la caña y el tabaco, las mujeres de los barrios populares que sostienen comedores y merenderos mientras los hombres debaten en las seccionales.

El panel de 2013 recuperó, brevemente pero de manera significativa, esta especificidad. Héctor Canto recordó las políticas de Estado para con los aborígenes en el Chaco Salteño bajo el gobierno de Ragone, en un gesto que conectaba el universalismo peronista con las necesidades concretas del territorio. Collivadino subrayó que ni Evita ni Miguel cayeron en la caridad burguesa, sino que entendieron a los individuos como "seres integrales": no somos una cosa cuando vamos a la escuela y otra en el pediatra.

Diana Maffía ha reflexionado sobre la necesidad de pensar la política desde los cuerpos y las experiencias concretas, y no solo desde las abstracciones institucionales (Maffía, 2008). Desde esa perspectiva, el peronismo salteño tiene una ventaja y un riesgo: su arraigo territorial es profundo, pero puede convertirse en mero clientelismo si no está acompañado de una reflexión política rigurosa.

La Asociación Miguel Ragone: entre la memoria y la política

Desde mi rol en la Asociación Miguel Ragone, he vivido en carne propia la dificultad de sostener un espacio que sea simultáneamente de memoria y de acción política. El panel de 2013 fue, en ese sentido, un momento de síntesis exitosa: logramos que la figura de mi abuelo circulara en el espacio público no solo como víctima del terrorismo de Estado sino como referente de una forma de hacer política.

Sofía Tiscornia ha analizado cómo las organizaciones de derechos humanos en Argentina construyen su legitimidad a partir de la combinación entre testimonio moral y expertise técnico (Tiscornia, 2008). La Asociación Miguel Ragone ha intentado esa combinación, con éxitos y fracasos. Lo que el panel de 2013 muestra es que cuando esa combinación funciona —cuando la memoria se convierte en argumento político y no solo en lamento—, el peronismo puede recuperar algo de su potencia original.

Hoy, en el contexto de la elección de autoridades del PJ salteño, la pregunta que me formulo es esta: ¿puede la figura de Miguel Ragone seguir siendo un activo simbólico del peronismo salteño, o ha quedado demasiado asociada a una facción específica del partido? ¿Puede la memoria ser un bien común del movimiento, o inevitablemente se convierte en patrimonio de quien la gestiona?

 

VI. Conclusión: Rearticular sin Olvidar, Recordar sin Paralizarse

Vuelvo al punto de partida: aquel olor a papel viejo de la Cámara de Diputados provincial, el 21 de marzo de 2013. Pero también pienso en este espacio, en esta Escuela Peronista, en los compañeros y compañeras del grupo La CFK que han tenido la generosidad de invitarme.

El panel "Entre Eva y Miguel: El Pueblo" fue, como he intentado mostrar, mucho más que un acto de memoria: fue una lección magistral de pedagogía política, una operación de construcción simbólica y una apuesta por la transferencia generacional del peronismo. Tuvo sus luces y sus sombras. Las luces: la capacidad de conectar historia, gestión y mística en un relato coherente y movilizador. Las sombras: la tendencia a hacer de la memoria un instrumento de legitimación del poder existente, en lugar de un cuestionamiento de ese poder.

Elizabeth Jelin nos recuerda que los trabajos de la memoria son siempre trabajos incompletos, atravesados por el presente (Jelin, 2002). Guillermo O'Donnell nos enseña que las instituciones democráticas son frágiles y requieren construcción activa (O'Donnell, 1972). Pilar Calveiro nos advierte que la violencia política produce heridas que no cierran solas y que la política, para ser transformadora, debe hacerse cargo de esas heridas (Calveiro, 2005).

Alejandro Grimson nos invita a pensar la grieta no como un accidente sino como el resultado de procesos históricos profundos (Grimson, 2019). Alejandro Horowicz nos recuerda que el peronismo nunca fue monolítico y que su potencia reside precisamente en su capacidad de contener tensiones sin resolverlas definitivamente (Horowicz, 1985). Luis Alberto Romero nos muestra que la Argentina tiene una historia larga de ciclos políticos que se repiten con variaciones (Romero, 2001). Marina Franco nos enseña que las memorias sobre la represión son siempre memorias en disputa (Franco, 2012). Diana Maffía nos convoca a pensar desde los cuerpos y las experiencias concretas (Maffía, 2008). Sofía Tiscornia nos recuerda que la legitimidad de las organizaciones de memoria depende de su capacidad de combinar testimonio moral y expertise técnico (Tiscornia, 2008). Beatriz Sarlo nos alerta sobre los peligros de una política que se construye sobre el puro pasado, sin capacidad de imaginar futuros (Sarlo, 1994).

Desde mi experiencia en la Asociación Miguel Ragone y como investigador en derechos humanos, quiero terminar con una convicción: el peronismo salteño tiene recursos simbólicos, históricos y territoriales para reconstituirse. Pero esa reconstitución no puede hacerse desde la nostalgia ni desde la mera gestión tecnocrática. Necesita la síntesis que Eva Perón y Miguel Ragone encarnaron: la capacidad de autorizar a los de abajo a ser sujetos de su propia historia.

La elección de nuevas autoridades del PJ salteño es una oportunidad. No para resolver definitivamente quién hereda el peronismo, sino para abrir un proceso de escucha, de diálogo y de construcción colectiva. La memoria de Eva y de Miguel nos enseña que el pueblo no es un objeto de la política: es su sujeto.

Esa es la tarea. Esa es la herencia. Ese es el desafío.

 

Referencias Bibliográficas

Calveiro, P. (2005). Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años setenta. Norma.

Franco, M. (2012). Un enemigo para la nación: Orden interno, violencia y "subversión", 1973-1976. Fondo de Cultura Económica.

Grimson, A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de sorprender. Siglo XXI Editores.

Horowicz, A. (1985). Los cuatro peronismos. Planeta.

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.

Maffía, D. (2008). Epistemología feminista: La subversión semiótica de las mujeres en la ciencia. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, 13(28), 63-98.

O'Donnell, G. (1972). Modernización y autoritarismo. Paidós.

Romero, L. A. (2001). Breve historia contemporánea de la Argentina. Fondo de Cultura Económica.

Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Ariel.

Tiscornia, S. (2008). Activismo de los derechos humanos y burocracias estatales: El caso Walter Bulacio. Del Puerto / CELS.

 

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