domingo, 8 de marzo de 2026

Lo que el "pragamatismo" nos cuesta

 


Autarquía, rendición colectiva y el amparo por el Comité de Prevención de la Tortura en Salta


Fernando Pequeño Ragone
Presidente, Asociación Civil Miguel Ragone por la Verdad, la Memoria y la Justicia
Salta, marzo de 2026 — A cincuenta años de la desaparición de Miguel Ragone
Con la asistencia de NotbookLM y Claude IA.

A las organizaciones de derechos humanos, a los analistas del derecho y a las militantes de la justicia, la memoria y la verdad.

 

I. La pregunta que no podemos esquivar

Hay una pregunta que me acompaña desde que comenzamos a preparar este amparo colectivo, y que no consigo silenciar aunque quisiera. No es la pregunta jurídica —esa la responden los fundamentos que presentamos ante la Corte de Justicia de Salta. Es una pregunta más incómoda, más cercana, más difícil de formular en voz alta en una reunión de organismos: ¿por qué algunos de los nuestros nos dicen que no vale la pena?

No hablo de enemigos de la causa. Hablo de abogados y operadores del campo jurídico-transicional salteño que tienen trayectoria en derechos humanos, que conocen la historia de lo que costó construir el Comité Provincial de Prevención de la Tortura, que en muchos casos la defendieron con argumentos que yo mismo suscribiría. Y que ahora, frente al amparo que presentamos junto a la Red de Familiares, HIJOS Salta, la Asociación Lucrecia Barquet, la Asociación Coca Gallardo y la Liga Argentina por los Derechos Humanos, nos dicen: es mejor un comité que funcione, aunque sea imperfecto; es preferible confiar en jueces locales conocidos que dilatar el proceso por la vía judicial.

Esa frase —es mejor algo que nada— la he escuchado muchas veces en mi vida. La escuché durante los años en que peleamos para que el juicio por la desaparición de mi abuelo, el gobernador Miguel Ragone, fuera posible. La escuché de personas que no eran malas personas. Personas que genuinamente creían que el gradualismo era la única estrategia viable. Que la intransigencia en el diseño institucional era un lujo que Salta no podía darse. Que era mejor preservar lo construido —aunque estuviera capturado, aunque estuviera vaciado— que arriesgar todo en nombre de un ideal de independencia plena.

Hoy, cincuenta años después de que mi abuelo fuera arrancado de su cargo por la misma maquinaria que la Triple A y el poder político provincial construyeron juntos, me encuentro formulando la misma respuesta que aprendí en ese proceso: el pragmatismo que sacrifica las condiciones estructurales de independencia no es una estrategia de avance. Es una forma de rendición que sus protagonistas experimentan como madurez. Y esa rendición tiene un costo que pagamos todos.

 

Síntesis uno

II. La lección que no aprendimos: de la obediencia debida al comité capturado

Quiero ser preciso sobre lo que está en disputa, porque el debate sobre el CPT Salta no es una escaramuza procesal menor. El Poder Ejecutivo provincial omitió convocar al concurso para renovar los representantes de los organismos de derechos humanos ante el Comité durante más de seis meses, pese a que el propio CPT advirtió en junio de 2025 que el proceso requería al menos ese tiempo. Los mandatos vencieron el 14 de febrero de 2026. Y simultáneamente, el Ejecutivo tramita una modificación del decreto reglamentario para reemplazar a los evaluadores externos del tribunal de selección —que provienen de mecanismos de prevención de otras provincias, garantizando su imparcialidad— por personas con residencia en Salta. Es decir: quiere que sean personas insertas en las redes del poder provincial quienes determinen quiénes integran el organismo que debe controlar a ese poder provincial.

Cuando algunos colegas me dicen que esa modificación no es suficiente para declarar la inconstitucionalidad, o que la exigencia de residencia en Salta no viola por sí sola la transparencia del concurso, reconozco la estructura del argumento. Es la lógica del daño consumado: primero que suceda todo, luego reclamamos. Pero esa lógica beneficia siempre al poder que demora, que omite, que avanza por los hechos mientras esperamos que el daño sea lo suficientemente palmario para merecer tutela judicial. El amparo preventivo existe exactamente para conjurar esa lógica.

Y cuando otros me dicen que es mejor un comité que funcione —aunque sin las garantías de independencia que la norma establece— no puedo dejar de pensar en otra frase que circuló en Argentina hace cuarenta años: era mejor preservar la democracia con militares en libertad que arriesgarla en nombre de la justicia plena. Esa fue la justificación de las leyes de obediencia debida y punto final. No la invocaron personas malas. La invocaron personas que genuinamente creían estar siendo realistas, pragmáticas, maduras. El resultado fue la normalización de la impunidad durante dos décadas. El resultado fue que los mismos mecanismos que habían permitido el terrorismo de Estado se reconstituyeron sin que nadie los interrumpiera, hasta que en 2003 hubo que empezar de nuevo, con un costo político e institucional enorme, para deshacer lo que el pragmatismo había aceptado.

No afirmo que el pragmatismo frente al CPT Salta tenga la misma magnitud que la impunidad de los represores. Sería una comparación desproporcionada y no la hago. Lo que sí afirmo es que la lógica es estructuralmente la misma: la aceptación de que los mecanismos de control sean diseñados —o tolerados— en condiciones de dependencia respecto de los poderes que deben controlar, porque el costo de exigir la independencia parece demasiado alto en el presente. Esa lógica, cada vez que se impuso, produjo instituciones débiles que normalizaron lo que debían prevenir. Y esa normalización no es reversible en el corto plazo: se instala en el sentido común del campo, se transmite a las generaciones más jóvenes como la manera en que funcionan realmente las instituciones, y se vuelve cada vez más difícil de impugnar.

 

III. Lo que el pragmatismo produce en quienes lo adoptan

Necesito decir algo sobre el fenómeno que observo en quienes sostienen estas posiciones, porque creo que la honestidad lo requiere y porque entenderlo es necesario para no responderle con indignación moral sino con análisis. No se trata de traición consciente. Se trata de algo más sutil y más difundido: una forma de rendición que el propio sujeto no experimenta como tal.

En el proceso del juicio por mi abuelo aprendí a reconocer este patrón. Hubo actores que en los primeros años de la lucha sostenían el ideal de la autarquía —la independencia de las organizaciones respecto del poder político, la negativa a negociar la conducción de la causa con quienes tenían otros intereses— y que después, cuando ascendieron en las jerarquías institucionales o consolidaron su inserción en redes profesionales de mayor envergadura, comenzaron a presentar ese mismo ideal como ingenuidad de juventud. El lenguaje cambiaba: ya no hablaban de autarquía sino de pragmatismo; ya no de independencia sino de gestión; ya no de rigor sino de madurez. Y lo que antes era una conquista se convertía, imperceptiblemente, en un obstáculo.

Los psicólogos institucionales que trabajan desde Bion y Kaës tienen un nombre para este mecanismo colectivo: el pacto denegativo. Es el acuerdo tácito, nunca explicitado, mediante el cual los miembros de un campo institucional se comprometen a no nombrar la contradicción entre lo que defendieron y lo que ahora sostienen. El pragmatismo es el lenguaje que hace posible ese pacto: permite no nombrar la rendición presentándola como evolución. Y la operación psíquica que lo acompaña es la proyección sobre quienes aún sostienen el ideal de los atributos que el grupo ha abandonado: los llama rígidos, puristas, obstruccionistas, maximalistas. Al proyectarlos así, se libera de la culpa por haberlos abandonado.

Lo que me interesa no es la culpabilización de nadie. Me interesa señalar las consecuencias institucionales de ese patrón. Porque cuando actores con trayectoria en la defensa de la autarquía sostienen públicamente que es aceptable un comité cuya independencia estructural está comprometida, están otorgando algo que el Poder Ejecutivo no podría comprarse: legitimidad simbólica. El gobernador que diseña una modificación reglamentaria para excluir evaluadores externos puede invocar que incluso los propios referentes del campo de derechos humanos consideran admisible ese diseño. Esa legitimidad simbólica es, en el campo jurídico-transicional salteño, un recurso escaso y poderoso. Y se entrega sin que nadie la haya pedido explícitamente, como efecto colateral de un pragmatismo que se presenta como cuidado de las instituciones.

 

IV. Lo que el juicio por Ragone nos enseña sobre el diseño institucional

Mi abuelo fue el único gobernador constitucional desaparecido en Argentina. Fue arrancado de su cargo once días después del golpe del 24 de marzo de 1976, pero su historia, como hemos documentado durante años, comienza antes: en la interna peronista, en la Triple A, en las redes de complicidad civil y militar que tejieron su persecución mucho antes de que los tanques salieran a la calle. Esa historia enseña algo sobre lo que significa la captura institucional cuando se la deja operar sin resistencia.

La lucha por el juicio que finalmente se realizó —después de décadas de silencio, de impunidad pactada, de actores que nos decían que era mejor no remover ciertas piedras— no fue solo una batalla judicial. Fue una batalla por la autonomía de las organizaciones querellantes frente a las presiones de cooptación que venían desde múltiples direcciones. Hubo quienes quisieron subirse al proceso para capitalizarlo políticamente. Hubo quienes propusieron negociar con el poder provincial a cambio de avances parciales. Hubo quienes argumentaron que la insistencia en la autarquía de la conducción de la causa era un lujo que la fragilidad de la democracia salteña no podía permitirse.

Lo que aprendimos en ese proceso —y que hoy considero la enseñanza más valiosa para el presente— es que la autarquía de las organizaciones no era un capricho ideológico. Era una condición de la verdad procesal. Solo actores independientes del poder podían testimoniar sin presiones, construir la causa sin interferencias, sostener la demanda de justicia sin que ésta fuera capturada por agendas ajenas a las de las víctimas. Cada vez que se negoció esa autonomía —cada vez que se aceptó un actor comprometido con el poder provincial en un rol que requería independencia— se pagó un precio en la consistencia del proceso.

Hoy, cincuenta años después de la desaparición de mi abuelo, la lógica se repite en otro registro. El Comité Provincial de Prevención de la Tortura no es un tribunal penal. No juzga el pasado. Previene el presente: visita lugares de detención, documenta condiciones de encierro, emite recomendaciones, actúa como contrapeso del poder ejecutivo sobre las personas privadas de libertad. Su capacidad de cumplir esa función depende exactamente de lo mismo que dependía la capacidad de las organizaciones querellantes en el juicio por Ragone: de que su composición no esté determinada, directa ni indirectamente, por el poder que debe controlar.

Un proceso de selección con evaluadores que viven y trabajan en la provincia, insertados en las redes sociales y profesionales del foro salteño, dependientes en sus carreras de relaciones con los mismos funcionarios que el Comité debe controlar, no garantiza esa independencia. No porque las personas sean necesariamente malas. Sino porque el diseño estructural del proceso hace imposible la imparcialidad que la norma requiere y que el OPCAT —el Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura— exige.

 

V. Por qué este amparo importa más allá de sus efectos inmediatos

Quiero ser claro sobre lo que la acción de amparo colectivo que presentamos ante la Corte de Justicia de Salta no es. No es un capricho procesal. No es la preferencia de organizaciones que priorizan la pureza jurídica sobre la eficacia práctica. No es una disputa de egos entre distintas corrientes del campo transicional salteño.

Es una disputa estratégica por el diseño del sistema democrático de control y prevención de la tortura en la provincia. Y esa disputa tiene consecuencias que se extienden mucho más allá del concurso inmediato para renovar los representantes de los organismos de derechos humanos ante el CPT Salta.

En el nivel normativo, lo que está en juego es si el principio de no regresividad en materia de derechos humanos tiene vigencia real en Salta o si puede ser dejado de lado mediante decreto, invocando razones de costo. El Poder Ejecutivo quiere modificar el decreto reglamentario para excluir a los evaluadores externos. Los propios organismos le ofrecemos que participen de manera virtual, eliminando el argumento económico. La negativa a aceptar esa solución revela que el argumento del costo es un pretexto: lo que se quiere suprimir no es el gasto sino la independencia.

En el nivel institucional, lo que está en juego es si el CPT Salta será un mecanismo de prevención con capacidad real de actuar como contrapeso del poder ejecutivo provincial, o si será un organismo cuya composición está determinada, en última instancia, por ese mismo poder. La diferencia no es técnica. Es la diferencia entre un mecanismo de control y una pantalla de legitimación.

Y en el nivel simbólico —quizás el más duradero— lo que está en juego es qué les transmitimos a las generaciones más jóvenes del activismo transicional salteño. Si les transmitimos que las instituciones de control se construyen con rigor y se defienden con rigor, que la autarquía no es un ideal de juventud sino una condición estructural del control democrático. O si les transmitimos que el realismo pragmático impone ceder las garantías de independencia cuando el costo de defenderlas parece demasiado alto. Esa segunda transmisión —la del pragmatismo como madurez— es exactamente lo que produjo la normalización de la impunidad en Argentina. Y es lo que este amparo se propone interrumpir.

 

VI. Una palabra final sobre la memoria como diseño institucional

En estos cincuenta años desde la desaparición de Miguel Ragone, he aprendido que la memoria no es solo el recuerdo del pasado. Es también la capacidad de reconocer en el presente las estructuras que produjeron ese pasado. La maquinaria que desapareció a mi abuelo no comenzó el 24 de marzo de 1976. Comenzó mucho antes, en las redes de complicidad que nadie interrumpió cuando pudo haberlo hecho, en los arreglos institucionales que se aceptaron porque cambiarlos parecía demasiado costoso, en los pragmatismos que dejaron funcionar a los poderes que debían ser controlados.

Cuando hoy un conjunto de abogados y operadores del campo jurídico-transicional salteño nos dice que es mejor aceptar un comité imperfecto que dilatar su funcionamiento con una acción judicial, reconozco esa estructura. No digo que estén haciendo lo mismo que quienes miraron para otro lado en 1976. Digo que la lógica es la misma: la aceptación de que los mecanismos de control sean diseñados en condiciones de dependencia porque el costo de exigir la independencia parece demasiado alto en el presente.

La Asociación que lleva el nombre de mi abuelo fue fundada para que esa lógica no se repita. No solo en el campo penal. En todos los campos donde la prevención de la violación de derechos humanos requiere instituciones que tengan la fortaleza de resistir a los poderes que deben controlar. El Comité Provincial de Prevención de la Tortura es uno de esos campos. La disputa por su diseño institucional es una disputa por la memoria viva: por la capacidad de que lo aprendido en cincuenta años de lucha se traduzca en estructuras que no repitan los arreglos que hicieron posible el horror.

Por eso presentamos el amparo. Por eso lo sostenemos frente a quienes nos dicen que no vale la pena. Y por eso los invitamos —a las organizaciones, a los analistas del derecho, a los militantes de la justicia y la verdad— a acompañarnos: no porque la causa sea nuestra, sino porque la autarquía de los mecanismos de control es una conquista de todos, y su vaciamiento es una pérdida de todos. La memoria de Miguel Ragone nos enseñó que esas conquistas no se preservan solas. Se defienden, activamente, cada vez que alguien intenta reducirlas invocando el realismo.

Ese es el realismo que reconozco: el de saber que las instituciones débiles no previenen nada. Solo legitiman lo que debían impedir.

 

Fernando Pequeño Ragone

Salta, marzo de 2026

A cincuenta años de la desaparición de Miguel Ragone, gobernador constitucional y popular de Salta.

martes, 3 de marzo de 2026

Crónica de una Expropiación: El Vaciamiento de la Política, el Territorio y la Memoria en el Peronismo Salteño del Siglo XXI

 


En Salta, algo se rompe en silencio. Los pequeños finqueros venden sus campos ante el avance de capitales internacionales disfrazados de conservación ambiental. El Partido Justicialista celebra congresos donde nadie habla del partido. Los organismos de derechos humanos disputan miguitas estatales en lugar de construir memoria colectiva. Y el nombre de Miguel Ragone —único gobernador democrático desaparecido por la última dictadura— es usado para fotos institucionales por quienes no saben, ni quieren saber, qué significa.

Este ensayo narra ese triple vaciamiento desde adentro: desde la voz de quien investiga la memoria, milita en el peronismo y custodia un legado familiar que el presente amenaza con neutralizar. No es un diagnóstico distante. Es el intento de pensar en voz alta, con rigor académico y honestidad política, sobre las fracturas que atraviesan simultáneamente una familia, un partido y una provincia.

Con apoyo en autores como Elizabeth Jelin, Alejandro Grimson, Pilar Calveiro y Alejandro Horowicz, el texto propone que la disputa por la memoria y el territorio en el noroeste argentino no es un problema local: es el síntoma más nítido de una época.


Fernando Pequeño Ragone — Salta, Argentina, Marzo de 2026

Con la asistencia de NotbookLM y Claude IA.

A cerca de la escritura con IA, consideraciones metodológicas, filosóficas y políticas.  

 

I.Introducción: El mapa de las grietas

II.La Tierra Que Duele: Fragmentación Familiar y Sistema de Expulsión

2.1La finca como metáfora total

2.2El diagnóstico desde adentro

III.El Partido Como Cáscara: Cacicazgo, Intervención y la Ausencia de Herramienta

3.1El Congreso de la Militancia como espejo roto

3.2El partido como herramienta electoral vaciada

IV.La Memoria Como Mercancía: El Legado de Ragone en Disputa

4.1La foto institucional vs. el testimonio que trasciende

4.2Los organismos de derechos humanos: fragmentación y egos

V.El Contexto Nacional: Milei, la Antipolítica y la Resistencia

VI.Conclusión: La Apuesta en Soledad y la Densidad de lo Que Persiste

Referencias

 

 Síntesis uno

I. Introducción: El mapa de las grietas

Hay conversaciones que son mucho más que el intercambio de dos voces: son el síntoma de una época. La que sostengo con una referente histórica de la conducción femenina del peronismo salteño —con décadas de militancia y representación institucional en la provincia— en los primeros días de marzo de 2026 es, sin duda, una de ellas. Analizarla desde mi posición como investigador en derechos humanos y custodio del legado de Miguel Ragone no es un ejercicio de narcisismo académico; es, al contrario, una forma de pensar en voz alta sobre las fracturas que atraviesan, simultáneamente, mi familia, mi partido y mi provincia.

Vivo y trabajo en Salta, una provincia que condensa, como pocas, las contradicciones de la Argentina periférica: tierra disputada entre el capital transnacional y los pequeños finqueros, memoria histórica administrada por funcionarios que no entienden qué es la memoria, y un peronismo que se vació de contenido hasta convertirse en una simple "herramienta electoral". Dirijo la Asociación Miguel Ragone, espacio desde el cual intento que el nombre de mi abuelo no sea apenas un busto en un shopping o en un mercado municipal, sino una interpelación viva sobre qué significa hacer política con convicción democrática en tiempos difíciles.

Desde el análisis institucional abordo cuatro ejes que ordenaré aquí: primero, la fragmentación territorial y la crisis del pequeño finquero como expresión local de un proceso de expulsión neoliberal de alcance global; segundo, el vaciamiento institucional del Partido Justicialista de Salta, capturado entre el cacicazgo histórico, la intervención federal y la sombra del gobernador Gustavo Sáenz; tercero, la memoria de Miguel Ragone como bien disputado, mercantilizado y manipulado por quienes no tienen vocación memorialista sino fotográfica; y cuarto, la paradoja de un ex gobernador peronista de la provincia como herramienta transitoria para evitar el colapso definitivo del partido. En torno a estos ejes construyo un argumento que es también una confesión: la soledad de quien apuesta en serio.

 

II. La Tierra Que Duele: Fragmentación Familiar y Sistema de Expulsión

2.1 La finca como metáfora total

Cuando en la conversación con la referente le cuento que tengo temor del proceso de expropiación de las fincas medianas próximas al Paraque Nacional El Rey por el capital extranjero para expandir el negocio del bono de carbono; estoy describiendo la capitulación ante un proceso que Alejandro Grimson (2019) denominaría la profundización de la grieta: no la grieta política entre kirchnerismo y macrismo que domina el debate mediático, sino la grieta más antigua y más honda entre dos visiones de la Argentina, encarnadas en este caso en mi propio hermano Rodrigo y en mí.

Rodrigo hereda la línea paterna: conservadora, miedosa y racista, tal como la describo sin eufemismos en el diálogo. Yo me reconozco en la línea materna: peronista, permeable a la diversidad, convencido de que la tierra tiene función social. José Bleger (1966) habría reconocido en esta fractura la ruptura del encuadre: la finca dejó de funcionar como soporte de identidad común para convertirse en foco de dolor y separación. Ya no es el territorio que nos une; es el campo de batalla donde se libra una guerra ideológica de herencia diferida.

Pero el análisis no puede quedarse en el plano familiar. Lo que mi interlocutora y yo identificamos en la conversación es un proceso estructural: las ONGs internacionales financiadas con capitales de bancos extranjeros están monopolizando la tierra bajo la lógica de los bonos de carbono y el turismo de "descolonización". El pequeño finquero ya no puede sostener su propiedad; el modelo productivo lo expulsa silenciosamente. Como señala Luis Alberto Romero (2001) al analizar los ciclos de concentración económica en la historia argentina, esta dinámica no es nueva, pero en su versión neoliberal del siglo XXI adquiere una eficiencia inédita: se apropia del lenguaje ambiental y progresista para realizar, en el fondo, una operación de acumulación por desposesión.

2.2 El diagnóstico desde adentro

Lo que me resulta más perturbador —y lo comento con la compañera con la franqueza que permite la amistad política— es que ni mi hermano ni los demás finqueros pequeños registran la expulsión en curso. "No ven la expulsión", dice ella, y la frase suena a diagnóstico clínico. Guillermo O'Donnell (1972) identificó tempranamente cómo los sectores medios y pequeños propietarios en Argentina tienden a naturalizar las condiciones de su propia subordinación cuando estas vienen envueltas en el lenguaje del orden y la modernización. Décadas después, el mecanismo se repite: la tokenización de la tierra, los certificados de carbono, los proyectos de "conservación" son presentados como progreso, y los pequeños finqueros como yo no tenemos herramientas conceptuales ni políticas para resistirlo organizadamente.

La decisión de vender llegado el momento del hartazgo y de la oferta extrangera, entonces, no es solo de alguien como mi propio hermano: es la decisión forzada de toda una clase de propietarios medios que el modelo neoliberal vuelve insostenibles. Y en ese vaciamiento territorial hay un correlato simbólico: cuando se pierde la tierra, se pierden también los anclajes de la memoria local, los paisajes de la infancia, los espacios donde el peronismo originario —el de mi abuelo— construyó sus primeras redes de lealtad popular.

 

III. El Partido Como Cáscara: Cacicazgo, Intervención y la Ausencia de Herramienta

3.1 El Congreso de la Militancia como espejo roto

El Congreso de la Militancia del PJ Salta, que describo en detalle a la compañera, podría haber sido una oportunidad para reinventar el partido. No lo fue. Lo que presencié durante cuatro horas fue un ejercicio de catarsis colectiva sin ninguna sustancia programática: diagnóstico, diagnóstico, diagnóstico, como repito con cierta amargura. Los cuadros dirigentes —a quienes llamo "caciques" con toda la precisión conceptual que el término amerita— se movieron en la sala buscando posicionamiento personal, negociando silenciosamente sus futuros lugares en una estructura que, sin embargo, ninguno se tomó el trabajo de pensar.

Lidia Fernández (1994) introdujo el concepto de estilo institucional para describir las configuraciones culturales que determinan cómo una institución opera más allá de su declaración formal de principios. El estilo institucional del peronismo salteño, tal como lo vivo desde adentro, es el cacicazgo: una masculinidad hegemónica, vertical, refractaria a la innovación y profundamente desconfiada de la diversidad. Cuando Pía Ceballos habló en el Congreso para introducir perspectivas diversas, los caciques no la registraron. No es que la rechazaron: simplemente no la procesaron como información política relevante. No hay en ellos, como señalo, "registro de otro diseño de partido".

3.2 El partido como herramienta electoral vaciada

La distinción que hago en la conversación —entre política pública y partido— es más importante de lo que parece. Los dirigentes confunden ambas cosas porque, en el fondo, solo conciben el partido como maquinaria de votos. Pilar Calveiro (2005) analiza cómo las organizaciones políticas que surgieron en Argentina del ciclo de violencia de los años setenta tendieron a volverse crecientemente instrumentales, perdiendo la dimensión formativa y la densidad ideológica que las había nutrido en su origen. En el caso del PJ salteño, este proceso de vaciamiento es particularmente agudo: el partido que fue herramienta de transformación social en la época de mi abuelo —cuando Miguel Ragone gobernó Salta entre 1973 y 1974 con un programa de salud pública, educación y reforma agraria— se ha convertido en una estructura sin contenido, sostenida apenas por la inercia del sello y el choripán.

La intervención federal del partido no resolvió este problema; en cierto sentido lo agravó. Genera lo que Bleger (1966) llamaría orfandad institucional: los militantes quedan sin encuadre protector, sin norte programático, atrapados entre la lógica de los caciques que buscan sobrevivir y el riesgo real de que el gobernador Gustavo Sáenz absorba definitivamente la estructura partidaria. "Si la intervención termina antes de tiempo —le digo a la referente— Sáenz se queda con el partido". Es la síntesis más amarga del momento político que vivimos.

En ese contexto, la figura de un ex gobernador peronista de la provincia emerge como el único cuadro con peso suficiente para evitar la disolución. No es que lo admiro: su gestión al frente del Ejecutivo provincial generó resistencias profundas en el campo de los derechos humanos, y muchos de quienes hoy lo miran con distancia fueron posicionados por él mismo en la estructura del Estado provincial. Pero en política, a veces, el pragmatismo es la única forma de fidelidad posible al ideal. Como señala Alejandro Horowicz (2012) en su análisis de los ciclos peronistas, cada etapa del movimiento requirió figuras de transición que no eran el ideal sino la posibilidad: el ex mandatario puede ser esa figura hoy, aunque su relación con el saencismo sea una zona de sombra que nadie quiere iluminar.

 

IV. La Memoria Como Mercancía: El Legado de Ragone en Disputa

4.1 La foto institucional vs. el testimonio que trasciende

Administrar el legado de Miguel Ragone no es una tarea sencilla. Mi abuelo fue el único gobernador democrático desaparecido durante la última dictadura argentina. Eso lo convierte en un símbolo de primer orden —de la resistencia, de la vocación de servicio, del precio pagado por gobernar con convicción en tiempos oscuros— pero también en un objeto de apropiación institucional permanente. Lo que describo a la compañera sobre la Comisión Provincial de la Memoria y el acto de homenaje a Ragone es, en el fondo, la tensión entre dos usos posibles de la memoria: la memoria como herramienta de transformación presente, y la memoria como foto que legitima a quienes en la práctica no tienen ningún compromiso con lo que esa memoria representa.

Elizabeth Jelin (2002) distingue entre los usos políticos de la memoria —que responden a la coyuntura y buscan legitimidad— y los trabajos de la memoria —que implican un procesamiento colectivo del pasado traumático orientado al presente. Lo que veo en la gestión oficial de la Comisión Provincial de la Memoria es el primero: funcionarios que quieren la foto con el nombre de Ragone sin entender nada de lo que ese nombre implica. "No le voy a regalar eso", le digo a la referente, y en esa frase hay una decisión política que tiene costos personales.

Marina Franco (2012) ha mostrado cómo en Argentina los procesos de memorización de la represión estatal tendieron a quedar capturados en estructuras narrativas que privilegian la víctima inocente sobre el militante político, despolitizando así la memoria. En el caso de Ragone, este riesgo es permanente: convertirlo en mártir aséptico, en busto de piedra sin historia partidaria, es la mejor forma de neutralizarlo. Por eso el libro que estoy escribiendo sobre su legado no puede ser solo hagiografía: tiene que ser memoria política, en el sentido pleno que le da Jelin (2002).

4.2 Los organismos de derechos humanos: fragmentación y egos

Una de las constataciones más dolorosas que comparto con la referente es el estado de los organismos de derechos humanos en Salta. Los describo sin ambages: fragmentados, presos de "luchas de ego", cada uno trabajando por su cuenta para obtener "la miguita" estatal. Sofía Tiscornia (2004) analizó cómo los organismos de derechos humanos en Argentina, con el tiempo y la institucionalización, tendieron a reproducir hacia adentro algunas de las lógicas de poder y disputa que combatían hacia afuera. No es una generalización justa para todos, pero sí describe una tendencia real.

La pregunta que me formulo —y que no tiene respuesta fácil— es cómo reconstruir una práctica memorialista que sea colectiva sin ser hegemónica, plural sin ser fragmentaria. Diana Maffía (2007) ofrece, desde su perspectiva feminista, una clave: la memoria emancipadora requiere descentrar la autoridad epistémica, reconocer múltiples voces sin por ello renunciar a la densidad política. En el campo de los derechos humanos salteños, esa pluralidad existe pero no se articula. Cada organismo habla desde su trinchera y la trinchera se convierte, paradójicamente, en un obstáculo para la acción colectiva.

El dilema del prólogo de mi libro —¿incluir al ex mandatario o no?— condensa esta tensión. Sé que hacerlo generará "resistencia fortísima" en sectores que lo rechazan. Sé también que excluirlo sería negar la realidad política que vivimos. La decisión que tome tendrá consecuencias: algunos se me irán, otros se me acercarán. La memoria nunca es neutral, y la gestión del legado de Ragone tampoco puede serlo.

 

V. El Contexto Nacional: Milei, la Antipolítica y la Resistencia

Todo lo que describo —el vaciamiento del partido, la fragmentación de los organismos, la expulsión del pequeño finquero— ocurre en un contexto nacional que la compañera y yo nombramos repetidamente en la conversación: el gobierno de Javier Milei. La "basureada" de Milei hacia la clase política no es solo retórica: es un programa de demolición de la institucionalidad democrática que la referente califica de "antidemocracia" en el diálogo.

Lo que más me preocupa, sin embargo, no es la agresividad del discurso mileísta sino la naturalización que describe mi interlocutora: en Salta, la gente ya no se sorprende de la exclusión, del desmantelamiento de los comedores barriales, del vaciamiento de los servicios de salud y discapacidad. "No hay gente, no hay consumo de nada", dice ella describiendo una ciudad deprimida económicamente. Esa naturalización es, en términos de Jelin (2002), una forma de desmemoria activa: la incapacidad de comparar el presente con lo que fue conquistado en quince años de políticas redistributivas.

Carlos Sarlo (1994), analizando las transformaciones culturales del neoliberalismo en Argentina, identificó el proceso por el cual la vida cotidiana queda colonizada por la lógica del mercado hasta el punto de volver impensable cualquier alternativa. En el contexto salteño actual, esa colonización se expresa en la "depresión" que la compañera describe: no solo económica sino política, una derrota del deseo colectivo de cambio. Frente a eso, la apuesta de sembrar conversatorios, de publicar el libro sobre Ragone, de resistir la apropiación de la memoria, puede parecer pequeña. Pero como le digo a la compañera, es la apuesta que tengo. Y la hago en soledad.

 

VI. Conclusión: La Apuesta en Soledad y la Densidad de lo Que Persiste

Llego al final de este ensayo con la misma incomodidad con que inicio cada conversación sobre estos temas: la sensación de que el análisis, por más preciso que sea, no alcanza a capturar la densidad de lo que está en juego. Hablar de fragmentación institucional, de vaciamiento partidario, de disputas de memoria, es necesario pero insuficiente si no se nombra también la dimensión existencial: la soledad de quien sigue apostando cuando el partido no lo registra, cuando la familia no lo entiende y cuando los organismos que deberían ser aliados están fragmentados en sus propias guerras de ego.

Desde mi experiencia en la Asociación Miguel Ragone, sé que la memoria no se administra: se construye, se disputa y se pierde. Jelin (2002) tiene razón cuando insiste en que los trabajos de la memoria son procesos, no productos: requieren tiempo, articulación colectiva y disposición a la conflictividad. Grimson (2019) tiene razón cuando señala que la grieta no es solo política sino cultural: atraviesa familias, instituciones y territorios. Calveiro (2005) tiene razón cuando advierte que las organizaciones políticas pueden reproducir hacia adentro las lógicas de poder que dicen combatir. Franco (2012) tiene razón cuando muestra que la despolitización de la memoria es siempre una operación política.

Pero ninguna de estas lucideces académicas resuelve la pregunta práctica que me formulo cada mañana: ¿cómo hacer que el nombre de Miguel Ragone sea una interpelación viva y no una foto de ocasión? ¿Cómo reconstruir un partido que sea herramienta de cambio y no apenas maquinaria electoral? ¿Cómo resistir la expulsión del territorio sin reproducir el victimismo que paraliza? Horowicz (2012) diría que el peronismo siempre encontró, en sus momentos de mayor crisis, figuras y gestos capaces de reagrupar. O'Donnell (1972) advertiría que la modernización autoritaria —en todas sus versiones— genera siempre una resistencia que no se ve hasta que se ve. Romero (2001) recordaría que la historia argentina es, entre otras cosas, la historia de una recuperación permanente.

Maffía (2007) me recuerda que la emancipación requiere reconocer las voces que el relato dominante silencia: las mujeres, los jóvenes, la diversidad que los caciques no registraron en el Congreso. Tiscornia (2004) me recuerda que la memoria política es siempre un campo de disputa donde los más fuertes intentan capturar los símbolos de los más débiles. Sarlo (1994) me recuerda que resistir la colonización cultural del neoliberalismo requiere reconstruir los lazos de lo común antes que el mercado los disuelva definitivamente.

Lo que persiste, al final del análisis y de la conversación con la referente histórica del peronismo salteño, es una convicción que no es académica sino ética: mientras haya una persona dispuesta a sembrar —un conversatorio, un libro, una discusión incómoda sobre el prólogo— la memoria no está muerta. Está, como siempre, en disputa. Y esa disputa es la política misma.

 

Referencias

Bleger, J. (1966). Psicohigiene y psicología institucional. Paidós.

Calveiro, P. (2005). Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Norma.

Fernández, L. (1994). Instituciones educativas. Dinámicas institucionales en situaciones críticas. Paidós.

Franco, M. (2012). Un enemigo para la nación: Orden interno, violencia y subversión, 1973-1976. Fondo de Cultura Económica.

Grimson, A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover a la Argentina. Siglo XXI.

Horowicz, A. (2012). Los cuatro peronismos. Edhasa.

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI.

Maffía, D. (2007). Epistemología feminista: La subversión semiótica de las mujeres en la ciencia. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, 12(28), 63–98.

O'Donnell, G. (1972). Modernización y autoritarismo. Paidós.

Romero, L. A. (2001). Breve historia contemporánea de la Argentina (2.ª ed.). Fondo de Cultura Económica.

Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Ariel.

Tiscornia, S. (2004). Entre el honor y los derechos humanos. Discursos y prácticas de la seguridad ciudadana. En S. Tiscornia (Comp.), Burocracias y violencia: Estudios de antropología jurídica (pp. 15–44). Antropofagia.


viernes, 27 de febrero de 2026

La Memoria que No Se Apaga: Miguel Ragone en el acto oficial de Cerrillos

 


Miguel Ragone en Cerrillos, la Lucha por la Veracidad y el Futuro que Construimos Juntos

Ensayo de Divulgación — Fernando Pequeño Ragone

Asociación Miguel Ragone por la Verdad, la Memoria y la Justicia

Contenidos

Introducción:El Algarrobo, el Auto Gris y Yo

Cuandola Memoria se Convierte en Ornamento — El Peligro del Vaciamiento

Tensiones,Teorías y la Potencia de los Jóvenes

TresObjetivos para el Consejo Deliberante — Un Llamado a la Acción

Objetivo1 — Protocolizar el Acto con una Ordenanza Consensuada

Objetivo2 — Una Ordenanza Municipal de Memoria Histórica Anti-Negacionista

Objetivo3 — Poner en Valor la Plaza de la Memoria Miguel Ragone

Conclusión:El Nombre que Escribimos Entre Todos

ReferenciasBibliográficas

 

 

 

 

Introducción: El Algarrobo, el Auto Gris y Yo

Hay cosas que uno hereda sin pedirlas. Yo heredé el apellido Ragone y, con él, una pregunta que nunca me ha dejado dormir del todo: ¿dónde están los restos de mi abuelo Miguel? Cada 11 de marzo, cuando me paro frente al monolito del barrio San Isidro, al costado de la Ruta 68, en el kilómetro 72 de Cerrillos, siento el mismo nudo en el estómago. Debajo de ese algarrobo centenario fue hallado el Peugeot gris en el que se llevaron a Miguel Ragone el 11 de marzo de 1976. El auto apareció; mi abuelo, no.

No escribo esto para provocar lástima. Lo escribo porque creo que la verdad, contada de frente y sin adornos protocolares, es el único remedio contra el olvido. Y el olvido, como aprendí estudiando a Elizabeth Jelin, no es solo ausencia: es también distorsión activa, es memoria manipulada al servicio del poder de turno.

Asumo aqui un propósito concreto: explicarle a los vecinos de Cerrillos y de Salta entera, a los jóvenes que no vivieron esa época, y especialmente a los concejales del Consejo Deliberante de Cerrillos, por qué el acto oficial que la Municipalidad organiza desde hace casi dos décadas es un patrimonio que debemos proteger con leyes, no solo con buenas intenciones. Y por qué, si no actuamos ahora, corremos el riesgo de que la memoria de mi abuelo se vacíe de contenido, igual que le pasó a la de Martín Miguel de Güemes.

 

Cuando la Memoria se Convierte en Ornamento — El Peligro del Vaciamiento

El espejo de Güemes: cómo una figura popular puede ser apropiada por sus adversarios

Permítanme comenzar con un ejemplo que todos los salteños conocemos. Martín Miguel de Güemes fue un caudillo que peleó con y por los gauchos pobres, los peones, los sectores más humildes del noroeste argentino. Combatió activamente a las élites coloniales y a los terratenientes que explotaban a esa gente. Sin embargo, ¿qué pasó con su legado con el tiempo? Hoy su figura decora los salones de esas mismas clases sociales que él combatía. Su imagen aparece en actos donde se celebra el orden establecido, el mismo orden que él quería transformar.

Esto no es casualidad ni mala fe de un individuo: es el resultado de lo que el historiador Michel-Rolph Trouillot llamaba la 'producción del silencio histórico'. Cuando el Estado y las instituciones controlan el relato, pueden seleccionar qué partes de una figura resaltar y cuáles enterrar. De Güemes se resalta el patriotismo, la valentía marcial, el uniforme. Se silencia la lucha de clases, la vocación redistributiva, el compromiso con los de abajo.

Este mecanismo es exactamente el que debemos evitar con Miguel Ragone. Porque mi abuelo no fue solo un gobernador honesto. Fue un médico que eligió trabajar en los hospitales más pobres de Salta cuando pudo haberse enriquecido en una clínica privada. Fue un político que asumió la gobernación en 1973 con el objetivo explícito de desmantelar las estructuras represivas de la provincia y transformar la tenencia de la tierra. Su proyecto era profundamente popular y transformador. Si permitimos que su figura sea reducida a la de un 'buen administrador' o un 'servidor público loable', estaremos cometiendo con él la misma injusticia que se cometió con Güemes.

Veinte años del acto en Cerrillos: de la resistencia a la ceremonia

El acto de Cerrillos nació del impulso del gobierno municipal allá a mediados de la primera década. Nació de la obstinación de un intendente para quien Ragone significaba valores ligados a la figura de su padre y de su pueblo. Y cuando la Asociación Miguel Ragone nació a fines de 2007 unos años después, estuvo siempre comprometida y presente en esa estrategia de memoria municipal.

En los primeros años del siglo XXI, cuando la reactivación de las causas de lesa humanidad impulsada a partir de 2003 comenzó a cambiar el paradigma de las políticas de memoria en Argentina, el gobierno municipal empezó a convocar a las primeras recordaciones en Cerrillos. Lo que al principio eran reuniones modestas de algunos funcionarios peronistas, familiares y compañeros de mi abuelo fue adquiriendo, con el tiempo, el formato de acto oficial con la participación del gobierno provincial.

Durante la era del gobernador Juan Manuel Urtubey (2008-2018), el acto alcanzó su mayor visibilidad. Urtubey encontró en Cerrillos un escenario útil para trazar una línea de continuidad entre la gestión de Ragone y la suya propia. En sus discursos, solía afirmar que 'Ragone está en todo lo que hicimos', vinculando la figura del médico del pueblo con políticas contemporáneas de salud pública. Esta operación discursiva tenía un problema: suavizaba las aristas más revolucionarias del proyecto de mi abuelo para resaltar solo sus valores de austeridad y honestidad.

Fueron años en que la Asociación Miguel Ragone podía hablar, en que el micrófono nos llegaba con tiempo suficiente para contar lo que nosotros sabíamos: las omisiones de la Justicia, las 'desprolijidades' en la investigación judicial, la herida abierta de unos restos que mi abuela Clotilde esperó toda su vida sin ver aparecer. En otros años el protocolo nos dejó como decorado: presentes, visibles, pero silenciados.

Mi abuela murió en 2019 sin saber dónde descansan los restos de su esposo. Eso no puede ser solo un dato al pie de un discurso oficial. Eso tiene que ser el centro de la memoria.

 

Tensiones, Teorías y la Potencia de los Jóvenes

La memoria como campo de batalla: Jelin y el acto de Cerrillos

Cuando estudié las teorías de la memoria social, encontré en Elizabeth Jelin las palabras exactas para nombrar lo que había vivido en Cerrillos sin poder explicar. Jelin sostiene, en sus trabajos sobre memoria y justicia transicional, que la memoria no es un depósito neutral de recuerdos sino un 'campo de batalla' donde se disputan narrativas, intereses y poder (Jelin, 2002). No hay una memoria, dice Jelin: hay memorias en conflicto.

En Cerrillos, ese conflicto es evidente. Por un lado, el Estado —municipal y provincial— necesita que el acto proyecte unidad y legitimidad democrática. Por eso se priorizan los himnos, las ofrendas florales, las resoluciones firmadas, los discursos de los funcionarios. Por otro lado, los familiares y los organismos de derechos humanos necesitamos que el acto sea un espacio de verdad incómoda: reclamos judiciales sin resolver, críticas a los jueces, demandas de una Ley de Memoria provincial que todavía no existe.

Cuando esos dos vectores se tensionan, el resultado que hemos vivido varias veces es lo que yo llamo 'la comedia de silencios': los familiares son invitados, son ubicados en un lugar visible, son fotografiados junto a los funcionarios, pero no tienen micrófono. Su presencia valida el acto; su silencio lo protege de preguntas incómodas.

Halbwachs, Pollak y los marcos del recuerdo

Maurice Halbwachs, el sociólogo francés pionero en el estudio de la memoria colectiva, argumentó que los individuos recuerdan siempre dentro de 'marcos sociales': estructuras grupales e institucionales que dan sentido y forma al recuerdo (Halbwachs, 1950). La conclusión práctica de esto es poderosa: si los marcos institucionales del acto de Cerrillos están diseñados para producir una versión edulcorada de Ragone, los jóvenes que asisten a ese acto año tras año van a internalizar esa versión, no la verdadera.

Michael Pollak añade una dimensión complementaria: hay memorias que son sistemáticamente silenciadas, memorias 'subterráneas' que sobreviven en el ámbito privado y familiar pero que son excluidas del espacio público (Pollak, 1989). Yo soy portador de una de esas memorias: conozco las anécdotas que mi abuela Clotilde nos contaba, los detalles de la investigación que aprendí como querellante, las conversaciones que no llegan a ningún discurso oficial. Si la institución no crea un espacio para que esa memoria subterránea salga a la luz, se muere con los que la portan.

El género y la naturaleza como horizontes de la memoria viva

En los últimos años he empezado a introducir en mis intervenciones públicas una perspectiva que al principio desconcertó a algunos: la conexión entre los derechos humanos y la crisis ambiental, y entre la violencia del terrorismo de Estado y ciertas formas de masculinidad dominante.

Diana Maffía, filósofa argentina especialista en género y justicia transicional, ha argumentado que el terrorismo de Estado no puede entenderse cabalmente sin analizar las estructuras patriarcales que lo sustentaron (Maffía, 2012). La misma lógica de dominio, extracción y descarte que llevó a los represores a desaparecer personas opera también en el desmonte irracional de los bosques nativos para producir soja, en la contaminación de los ríos, en la expulsión de las comunidades indígenas de sus territorios. Mi abuelo lo habría entendido: él era el médico que fue a curar a los wichís, que construyó el tanque de agua en comunidades que no tenían acceso a ese recurso básico. Honrar su memoria hoy significa también pelear por esos problemas de hoy.

Matías Romero: la juventud que toma la posta

En el acto del 49° aniversario, en 2025, algo importante sucedió. Un joven funcionario de Cerrillos, Matías Romero, Secretario de Turismo, Cultura y Deportes del municipio, tomó el micrófono y habló de Ragone con una emoción y una densidad histórica que me sorprendió y me llenó de esperanza.

Matías no se limitó a repetir la efeméride del secuestro. Recuperó el 52° aniversario de la elección de Ragone como gobernador, vinculando la memoria con la esperanza y la posibilidad política. Bajó la figura del prócer al nivel del 'médico del pueblo' con vocación de servicio. Y explícitamente dijo que su misión es que los jóvenes que no vivieron esa época conozcan a Ragone para que los crímenes del pasado no se repitan.

Jelin habla de los 'emprendedores de la memoria': sujetos que se apropian del pasado para darle un sentido activo en el presente (Jelin, 2002). Matías es exactamente eso. Es un hijo de la democracia que elige cargar con esa mochila porque entiende que sin memoria no hay futuro. Y lo que yo vi en él me confirmó algo que también siento: la memoria no pertenece solo a los viejos y a los que sufrieron en carne propia. La memoria es de todos.

Alejandro Grimson, al analizar las rearticulaciones del peronismo en Argentina, señala que los legados políticos más poderosos son los que logran actualizarse en cada generación sin perder su núcleo transformador (Grimson, 2019). Eso es lo que Matías hizo con Ragone ese día. Y eso es exactamente lo que necesitamos institucionalizar para que no dependa de la buena voluntad de un funcionario en particular, sino que sea parte del diseño del acto.

 

Tres Objetivos para el Consejo Deliberante — Un Llamado a la Acción

Quiero hablarles directamente a los concejales de Cerrillos. No como investigador, no como querellante, sino como nieto de un hombre que nació en esta tierra y cuyo cuerpo sigue, creemos, descansando en algún lugar de esta misma geografía, quizás en el dique Cabra Corral, ese que fue terminado poco antes del comienzo de su gestión de gobierno.

Tienen en sus manos tres acciones concretas que pueden convertir el acto de Cerrillos en un modelo para toda la provincia. No les pido que resuelvan lo que la Justicia Federal no ha podido resolver en casi cinco décadas. Les pido tres cosas más modestas y más urgentes:

 

Objetivo 1 — Protocolizar el Acto con una Ordenanza Consensuada

El acto del 11 de marzo en Cerrillos existe hace veinte años y surgió por iniciativa del gobierno municipal de Cerrillos. Pero necesitamos un marco normativo que garantice su continuidad y su calidad democrática. Cuando cambia un intendente, cambia el diseño del acto. Cuando hay tensiones políticas, los familiares pierden el micrófono. Cuando la coyuntura lo demanda, el relato oficial se ajusta.

Necesitamos una ordenanza que establezca un protocolo diseñado en conjunto entre la Municipalidad de Cerrillos, la Comisión Provincial de la Memoria de la Secretaría de Derechos Humanos del Gobierno de Salta, y la Asociación Miguel Ragone. Ese protocolo debe garantizar, de manera explícita e innegociable, la participación activa de los familiares con uso de la palabra y con igual jerarquía protocolar que los funcionarios presentes.

El fundamento teórico es claro: Jelin nos advierte que la institucionalización de la memoria es una espada de doble filo. Puede proteger el recuerdo, pero también puede cristalizarlo y vaciarlo de su carga política si el Estado se convierte en el único autorizado para contar la historia (Jelin, 2002). La solución no es evitar la institucionalización sino diseñarla de manera que los 'emprendedores de la memoria' —familiares, militantes, jóvenes— sean coproductores del relato, no decorado.

La ordenanza debe incluir, como mínimo: una mesa de trabajo previa al acto entre el municipio, la Comisión Provincial de la Memoria y la Asociación; un espacio obligatorio de testimonio familiar y de otros familiares de victimas; y el compromiso explícito de la Municipalidad de no editar ni controlar el discurso de los familiares, aceptando que la memoria puede incluir reclamos actuales y menciones a heridas no cerradas.

 

Objetivo 2 — Una Ordenanza Municipal de Memoria Histórica Anti-Negacionista

Argentina tiene un marco jurídico nacional que reconoce los sitios de memoria como parte del patrimonio cultural (Ley 26.691). Varias provincias y municipios han avanzado con legislación específica que obliga a las instituciones educativas a trabajar la memoria del terrorismo de Estado y que toma posición explícita contra el negacionismo.

Cerrillos todavía no tiene ese instrumento. Y su necesidad es urgente. Vivimos un momento nacional en que el negacionismo ha salido del margen y ocupa espacios de poder. Cuando funcionarios o referentes políticos cuestionan públicamente la cifra de los 30.000 desaparecidos o relativizan los crímenes de la dictadura, necesitamos que el Consejo Deliberante de Cerrillos tenga una posición institucional clara.

Blanca 'Nenina' Lescano lo dijo desde el estrado de Cerrillos en actos recientes: la memoria no puede ser solo un acto anual de ofrendas florales. Tiene que ser una política educativa obligatoria que impida el negacionismo entre los jóvenes. El Consejo puede ser pionero en Salta si estudia y aprueba una ordenanza de este tipo, tomando como modelo las experiencias de otros municipios del país.

Paul Ricoeur, filósofo de la memoria y la identidad narrativa, argumentó que el olvido no es solo un fenómeno natural sino también un acto político: se puede 'trabajar' el olvido igual que se trabaja el duelo (Ricoeur, 2004). Una ordenanza anti-negacionista es precisamente una herramienta para que el municipio de Cerrillos declame institucionalmente: aquí no trabajamos el olvido, aquí trabajamos la memoria.

 

Objetivo 3 — Poner en Valor la Plaza de la Memoria Miguel Ragone

El tercer objetivo es el más tangible y, quizás, el más transformador para la vida cotidiana de los vecinos del barrio San Nicolás y de Cerrillos en general.

Lo que originalmente era un punto al costado de la ruta hoy es la 'Plaza de la Memoria Miguel Ragone', con parquización, señalización y placas recordatorias. La Ordenanza Municipal 596/2023 ya faculta a las secretarías de Turismo, Cultura y Deportes para la organización y mantenimiento del sitio. Es un comienzo. Pero la plaza puede ser mucho más.

Imaginemos una plaza que no solo tenga el monolito sino también una feria de productores locales, un espacio de encuentro comunitario, un punto de referencia turística vinculado al Valle de Lerma y al circuito del dique Cabra Corral. Una plaza donde los vecinos del barrio quieran estar, no solo el 11 de marzo sino durante todo el año. Una plaza que sea 'memoria activa', como dice Jelin: un lugar donde el pasado se conecta con las necesidades del presente.

Le pido al Consejo Deliberante que se comprometa a estudiar las vías más viables para este desarrollo: presupuesto participativo, convenios con el gobierno provincial, alianzas con organizaciones vecinales, proyectos de economía popular. No les pido un plan acabado hoy. Les pido la voluntad política de empezar.

Un sitio de memoria que también es un espacio vivo de producción e intercambio es infinitamente más resistente al olvido que un monolito rodeado de baldíos. Los vecinos del barrio San Nicolás son los custodios involuntarios de la última huella de mi abuelo: merecen que esa responsabilidad se convierta en un activo para su comunidad.

 

Conclusión: El Nombre que Escribimos Entre Todos

Vuelvo al algarrobo. Cada vez que paso por ahí, solo o con mi familia, pienso en lo que significa ese árbol: es viejo, es salteño, ha sobrevivido sequías y tormentas. Y sigue ahí, al costado de la ruta, como un testigo mudo de lo que pasó esa madrugada de marzo de 1976.

La memoria de Miguel Ragone puede ser como ese algarrobo: persistente, profunda, enraizada. O puede ser como el Peugeot gris: hallada, identificada, y después guardada en un expediente que nadie abre.

La diferencia entre esas dos posibilidades no la decide el destino ni el tiempo. La decide la voluntad de instituciones concretas, de personas concretas, en momentos concretos como este. La decide si el Consejo Deliberante de Cerrillos aprueba o no esas tres ordenanzas. La decide si la Municipalidad acepta o no ceder parte del control narrativo del acto. La decide si los jóvenes como Matías Romero siguen tomando la posta o si se cansan de cargar con una historia que no es 'divertida' ni 'conveniente'.

No le pido a nadie que cargue con mi dolor. Le pido a la comunidad de Cerrillos y de Salta que cargue con la responsabilidad que le corresponde: la de garantizar que una historia verídica, compleja y transformadora no sea reducida a un ornamento protocolar.

Mi abuelo era el médico del pueblo. Ese pueblo somos nosotros. Y la memoria que construyamos de él —o que dejemos destruir— dice algo sobre qué clase de pueblo somos y qué clase de democracia merecemos.

La plaza, el acto, las ordenanzas: son formas de decir que seguimos buscando. Los restos físicos, sí, todavía. Pero también los restos de un proyecto de país justo que se interrumpió a punta de fusil y que todavía tenemos la obligación de recuperar.

 

Fernando Pequeño Ragone

Investigador en Derechos Humanos y Memoria Social

Asociación Miguel Ragone por la Verdad, la Memoria y la Justicia — Salta, 2025

Referencias Bibliográficas

Grimson, A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover a la Argentina. Siglo XXI Editores.

Halbwachs, M. (1950). La mémoire collective. Presses Universitaires de France. [Trad. esp.: La memoria colectiva. Miño y Dávila, 2004]

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.

Jelin, E. (2017). La lucha por el pasado. Cómo construimos la memoria social. Siglo XXI Editores.

Maffía, D. (2012). Género y ciudadanía: aportes para una teoría feminista de la transición democrática. En Filosofía y Género: Identidades, ficciones y política. Catálogos.

Pollak, M. (1989). Memoria, olvido, silencio. Revista Estudios Históricos, 2(3), 3-15.

Ricoeur, P. (2004). La memoria, la historia, el olvido. Fondo de Cultura Económica.

Trouillot, M.-R. (1995). Silencing the Past: Power and the Production of History. Beacon Press.

Ley Nacional 26.691 (2011). Preservación, señalización y difusión de sitios de memoria del terrorismo de Estado. Honorable Congreso de la Nación Argentina.

Ordenanza Municipal 596/2023. Municipalidad de Cerrillos, Salta. Secretaría de Turismo, Cultura y Deportes.

 

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