Cómo Fernando Pequeño
convirtió la memoria de su abuelo en un acto político
Entrevista de Antonio Agüero y Georgina Ragone
a Fernando Pequeño en TV Canal 7 Salta. 10 marzo 2026.
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| Georgina Ragone - Antonio Agüero conductores del programa |
En marzo de 2026, a cincuenta años del
golpe que instauró la última dictadura militar en Argentina, un programa de
televisión del Canal 7 de Salta reunió en una misma mesa a un nieto, un libro y
una historia que no termina de cerrarse. El invitado era Fernando Pequeño
Ragone, autor de una obra reciente sobre su abuelo, el exgobernador Miguel
Ragone, desaparecido durante el terrorismo de Estado. Lo que podría haber sido
una entrevista más sobre memoria y dictadura se convirtió, sin embargo, en un
ejercicio de rara honestidad: el de un hombre que cuenta cómo tardó veinte años
en dejar de estar enojado con un muerto.
Antonio Agüero, conductor del programa
encuadró el encuentro desde el principio como algo más que una nota
periodística. Lo llamó "una mesa familiar", y la descripción no era
solo retórica. Junto a Fernando participó Georgina Ragone, co-conductora y
parte de la misma red familiar y afectiva. Esa decisión de bajar la guardia
institucional del periodismo —de correrse del estudio frío hacia algo más
parecido a una conversación— fue la primera estrategia del programa para que el
entrevistado hablara con libertad. Y funcionó.
El libro como
método
Fernando Pequeño no presenta su obra como
un libro de memorias, aunque lo sea. Lo presenta como una autoetnografía: una
metodología académica que convierte la propia experiencia en objeto de estudio,
que renuncia a la distancia del investigador para hacer de la primera persona
un instrumento analítico legítimo. Su formación como antropólogo le dio las
herramientas; su historia familiar le dio el material.
El recorte temporal que organiza el libro
es preciso y deliberado. Pequeño elige el año 2006 como eje: el momento en que
las leyes de impunidad fueron derogadas y los juicios por delitos de lesa
humanidad comenzaron a avanzar en serio. Ese año, según cuenta, fue el de su
propia transformación. Empezó a asistir a las audiencias, a tomar notas casi
compulsivamente, a involucrarse de un modo que hasta entonces no se había
permitido. El libro nació de esas notas, escritas en caliente, en los márgenes
de un proceso judicial que también era un proceso personal.
"Ese 2006 fue el año en el que yo comencé
intensamente a involucrarme en la historia de mi abuelo con una clara idea de
hacer justicia por él"
A esa base documental y emocional,
Pequeño le añadió una herramienta que sorprendió a las conductoras: la
inteligencia artificial. La usó, explicó, para hacer dialogar con velocidad a
los teóricos de la justicia transicional con su propia historia, para que los
marcos conceptuales no aplastaran la voz del autor sino que la acompañaran. No
como sustituto del pensamiento, sino como acelerador del encuentro entre la
teoría y la vida.
"A mí lo que me encanta es la velocidad a la que
podés hacer hablar a los actores de la teoría imbricándolos con la propia
historia personal con la inteligencia artificial"
El relato:
devolver al muerto su vida política
Pero si el libro tiene una operación
central, no es metodológica sino política. Pequeño cuenta que en Argentina
existe una narrativa oficial sobre Miguel Ragone que lo convirtió en un
"mártir de la democracia". Una figura noble, digna, venerable. Y
muerta, en todos los sentidos. Pequeño rechaza esa narrativa con una energía
que, durante la entrevista, se percibe como algo muy cercano a la indignación.
Transformar a su abuelo en mártir, dice, fue una forma de quitarle la voz, de
asimilarlo al sistema que lo mató, de neutralizar su potencia política.
Lo que el libro intenta, en cambio, es
devolver a Ragone su "vida espectacular": la de un hombre que quería
cambiar el mundo, que tejió alianzas con indígenas, con campesinos, con
sectores que el poder de Salta siempre miró con sospecha. No un símbolo
tranquilizador sino una figura incómoda, que sigue siendo incómoda porque sus
causas siguen vivas.
Este gesto de restitución política
convive en el relato con otro más íntimo: el de la elaboración de la orfandad.
Los conductores tuvieron aquí una intervención decisiva. Eligieron mostrar en
vivo un video de 2008 en el que se ve a un Fernando más joven, enojado con su
abuelo por "dejarse matar". La escena funcionó como un espejo
temporal: obligó al autor a confrontarse con su propio pasado y a explicar el
recorrido que lo llevó desde ese enojo hasta el presente.
Ese recorrido, según cuenta, duró veinte
años. Veinte años de trabajo sobre la orfandad, de aprender a separar el duelo
del análisis, de construir una posición desde la que hablar sin que el dolor
hable en su lugar. El resultado, dice con una calma que suena ganada, es que
hoy puede pararse frente a cualquier estructura de poder de igual a igual.
"Esa orfandad por la que yo estaba enojado con mi
abuelo en ese momento la fui trabajando a lo largo de 20 años... hoy puedo
hablar de igual a igual con cualquiera"
Las preguntas que
abren puertas
Los conductores no fueron observadoras
pasivas de ese proceso. Su rol fue activo y estratégico, aunque ejercido con la
apariencia de la curiosidad natural. Cuando la conductora preguntó si alguna
vez sintió que la causa de Ragone incomodó al poder político de Salta, no
estaba pidiendo información: estaba habilitando al entrevistado para que
hiciera explícito algo que en la conversación flotaba implícito. Fernando
respondió con una historia concreta: su alejamiento del gobierno luego del
período de Urtubey, del Partido Justicialista tiempo después y la presión para
que su trayectoria quedara subsumida en la lógica del peronismo tradicional
salteño, su decisión de no ser "cooptado".
Esa palabra —cooptación— aparece en el
programa como una marca de honor. No haber sido absorbido por el sistema, no
haber cambiado memoria por cargo, es presentado como parte de la misma ética
que sostiene el libro. La coherencia entre lo que se escribe y cómo se vive es,
en el relato de Pequeño, una condición de posibilidad para hablar con autoridad
moral.
La validación que ofrecieron los
conductores no se limitó al plano personal. También operó en el plano
intelectual. Al preguntar con genuina curiosidad por conceptos como
"autoetnografía" y al dar espacio al tema de la inteligencia
artificial, el programa elevó la obra de Fernando por encima del género del
testimonio familiar para instalarla en el territorio de la propuesta académica
y metodológica. No era solo el nieto de Ragone hablando de su abuelo: era un
investigador presentando una forma nueva de hacer memoria.
Una memoria que
mira hacia adelante
Hay un momento en la conversación en que
Fernando Pequeño dice que la historia de su abuelo no es solo salteña. Que es
federal. Que la causa de Ragone conecta con la de los peones rurales que siguen
siendo explotados, con la de los jóvenes perseguidos por el Estado, con todas
las formas en que el poder extractivista y destructivo que mató a su abuelo
sigue operando bajo otras formas. En ese momento, el programa hace algo que va
más allá de la conmemoración: vuelve la memoria hacia el presente y le exige
que rinda cuentas.
Eso es, en última instancia, lo que
distingue a este programa de una nota de aniversario. No celebra a un héroe del
pasado ni llora a una víctima. Presenta a un hombre vivo, con una obra nueva,
que ha tardado décadas en aprender a cargar con una historia sin que esa
historia lo aplaste. Y que usa ese aprendizaje no para cerrarse sobre el dolor
sino para abrirse hacia la política.
El título del libro no se menciona
explícitamente en el programa, pero la entrevista entera funciona como su mejor
presentación. Porque lo que Fernando Pequeño muestra no es solo lo que
escribió, sino cómo llegó a poder escribirlo. Y esa distancia —entre el joven
enojado del video de 2008 y el autor que habla con calma en marzo de 2026— es,
en sí misma, una forma de justicia.

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