domingo, 8 de marzo de 2026

Lo que el "pragamatismo" nos cuesta

 


Autarquía, rendición colectiva y el amparo por el Comité de Prevención de la Tortura en Salta


Fernando Pequeño Ragone
Presidente, Asociación Civil Miguel Ragone por la Verdad, la Memoria y la Justicia
Salta, marzo de 2026 — A cincuenta años de la desaparición de Miguel Ragone
Con la asistencia de NotbookLM y Claude IA.

A las organizaciones de derechos humanos, a los analistas del derecho y a las militantes de la justicia, la memoria y la verdad.

 

I. La pregunta que no podemos esquivar

Hay una pregunta que me acompaña desde que comenzamos a preparar este amparo colectivo, y que no consigo silenciar aunque quisiera. No es la pregunta jurídica —esa la responden los fundamentos que presentamos ante la Corte de Justicia de Salta. Es una pregunta más incómoda, más cercana, más difícil de formular en voz alta en una reunión de organismos: ¿por qué algunos de los nuestros nos dicen que no vale la pena?

No hablo de enemigos de la causa. Hablo de abogados y operadores del campo jurídico-transicional salteño que tienen trayectoria en derechos humanos, que conocen la historia de lo que costó construir el Comité Provincial de Prevención de la Tortura, que en muchos casos la defendieron con argumentos que yo mismo suscribiría. Y que ahora, frente al amparo que presentamos junto a la Red de Familiares, HIJOS Salta, la Asociación Lucrecia Barquet, la Asociación Coca Gallardo y la Liga Argentina por los Derechos Humanos, nos dicen: es mejor un comité que funcione, aunque sea imperfecto; es preferible confiar en jueces locales conocidos que dilatar el proceso por la vía judicial.

Esa frase —es mejor algo que nada— la he escuchado muchas veces en mi vida. La escuché durante los años en que peleamos para que el juicio por la desaparición de mi abuelo, el gobernador Miguel Ragone, fuera posible. La escuché de personas que no eran malas personas. Personas que genuinamente creían que el gradualismo era la única estrategia viable. Que la intransigencia en el diseño institucional era un lujo que Salta no podía darse. Que era mejor preservar lo construido —aunque estuviera capturado, aunque estuviera vaciado— que arriesgar todo en nombre de un ideal de independencia plena.

Hoy, cincuenta años después de que mi abuelo fuera arrancado de su cargo por la misma maquinaria que la Triple A y el poder político provincial construyeron juntos, me encuentro formulando la misma respuesta que aprendí en ese proceso: el pragmatismo que sacrifica las condiciones estructurales de independencia no es una estrategia de avance. Es una forma de rendición que sus protagonistas experimentan como madurez. Y esa rendición tiene un costo que pagamos todos.

 

Síntesis uno

II. La lección que no aprendimos: de la obediencia debida al comité capturado

Quiero ser preciso sobre lo que está en disputa, porque el debate sobre el CPT Salta no es una escaramuza procesal menor. El Poder Ejecutivo provincial omitió convocar al concurso para renovar los representantes de los organismos de derechos humanos ante el Comité durante más de seis meses, pese a que el propio CPT advirtió en junio de 2025 que el proceso requería al menos ese tiempo. Los mandatos vencieron el 14 de febrero de 2026. Y simultáneamente, el Ejecutivo tramita una modificación del decreto reglamentario para reemplazar a los evaluadores externos del tribunal de selección —que provienen de mecanismos de prevención de otras provincias, garantizando su imparcialidad— por personas con residencia en Salta. Es decir: quiere que sean personas insertas en las redes del poder provincial quienes determinen quiénes integran el organismo que debe controlar a ese poder provincial.

Cuando algunos colegas me dicen que esa modificación no es suficiente para declarar la inconstitucionalidad, o que la exigencia de residencia en Salta no viola por sí sola la transparencia del concurso, reconozco la estructura del argumento. Es la lógica del daño consumado: primero que suceda todo, luego reclamamos. Pero esa lógica beneficia siempre al poder que demora, que omite, que avanza por los hechos mientras esperamos que el daño sea lo suficientemente palmario para merecer tutela judicial. El amparo preventivo existe exactamente para conjurar esa lógica.

Y cuando otros me dicen que es mejor un comité que funcione —aunque sin las garantías de independencia que la norma establece— no puedo dejar de pensar en otra frase que circuló en Argentina hace cuarenta años: era mejor preservar la democracia con militares en libertad que arriesgarla en nombre de la justicia plena. Esa fue la justificación de las leyes de obediencia debida y punto final. No la invocaron personas malas. La invocaron personas que genuinamente creían estar siendo realistas, pragmáticas, maduras. El resultado fue la normalización de la impunidad durante dos décadas. El resultado fue que los mismos mecanismos que habían permitido el terrorismo de Estado se reconstituyeron sin que nadie los interrumpiera, hasta que en 2003 hubo que empezar de nuevo, con un costo político e institucional enorme, para deshacer lo que el pragmatismo había aceptado.

No afirmo que el pragmatismo frente al CPT Salta tenga la misma magnitud que la impunidad de los represores. Sería una comparación desproporcionada y no la hago. Lo que sí afirmo es que la lógica es estructuralmente la misma: la aceptación de que los mecanismos de control sean diseñados —o tolerados— en condiciones de dependencia respecto de los poderes que deben controlar, porque el costo de exigir la independencia parece demasiado alto en el presente. Esa lógica, cada vez que se impuso, produjo instituciones débiles que normalizaron lo que debían prevenir. Y esa normalización no es reversible en el corto plazo: se instala en el sentido común del campo, se transmite a las generaciones más jóvenes como la manera en que funcionan realmente las instituciones, y se vuelve cada vez más difícil de impugnar.

 

III. Lo que el pragmatismo produce en quienes lo adoptan

Necesito decir algo sobre el fenómeno que observo en quienes sostienen estas posiciones, porque creo que la honestidad lo requiere y porque entenderlo es necesario para no responderle con indignación moral sino con análisis. No se trata de traición consciente. Se trata de algo más sutil y más difundido: una forma de rendición que el propio sujeto no experimenta como tal.

En el proceso del juicio por mi abuelo aprendí a reconocer este patrón. Hubo actores que en los primeros años de la lucha sostenían el ideal de la autarquía —la independencia de las organizaciones respecto del poder político, la negativa a negociar la conducción de la causa con quienes tenían otros intereses— y que después, cuando ascendieron en las jerarquías institucionales o consolidaron su inserción en redes profesionales de mayor envergadura, comenzaron a presentar ese mismo ideal como ingenuidad de juventud. El lenguaje cambiaba: ya no hablaban de autarquía sino de pragmatismo; ya no de independencia sino de gestión; ya no de rigor sino de madurez. Y lo que antes era una conquista se convertía, imperceptiblemente, en un obstáculo.

Los psicólogos institucionales que trabajan desde Bion y Kaës tienen un nombre para este mecanismo colectivo: el pacto denegativo. Es el acuerdo tácito, nunca explicitado, mediante el cual los miembros de un campo institucional se comprometen a no nombrar la contradicción entre lo que defendieron y lo que ahora sostienen. El pragmatismo es el lenguaje que hace posible ese pacto: permite no nombrar la rendición presentándola como evolución. Y la operación psíquica que lo acompaña es la proyección sobre quienes aún sostienen el ideal de los atributos que el grupo ha abandonado: los llama rígidos, puristas, obstruccionistas, maximalistas. Al proyectarlos así, se libera de la culpa por haberlos abandonado.

Lo que me interesa no es la culpabilización de nadie. Me interesa señalar las consecuencias institucionales de ese patrón. Porque cuando actores con trayectoria en la defensa de la autarquía sostienen públicamente que es aceptable un comité cuya independencia estructural está comprometida, están otorgando algo que el Poder Ejecutivo no podría comprarse: legitimidad simbólica. El gobernador que diseña una modificación reglamentaria para excluir evaluadores externos puede invocar que incluso los propios referentes del campo de derechos humanos consideran admisible ese diseño. Esa legitimidad simbólica es, en el campo jurídico-transicional salteño, un recurso escaso y poderoso. Y se entrega sin que nadie la haya pedido explícitamente, como efecto colateral de un pragmatismo que se presenta como cuidado de las instituciones.

 

IV. Lo que el juicio por Ragone nos enseña sobre el diseño institucional

Mi abuelo fue el único gobernador constitucional desaparecido en Argentina. Fue arrancado de su cargo once días después del golpe del 24 de marzo de 1976, pero su historia, como hemos documentado durante años, comienza antes: en la interna peronista, en la Triple A, en las redes de complicidad civil y militar que tejieron su persecución mucho antes de que los tanques salieran a la calle. Esa historia enseña algo sobre lo que significa la captura institucional cuando se la deja operar sin resistencia.

La lucha por el juicio que finalmente se realizó —después de décadas de silencio, de impunidad pactada, de actores que nos decían que era mejor no remover ciertas piedras— no fue solo una batalla judicial. Fue una batalla por la autonomía de las organizaciones querellantes frente a las presiones de cooptación que venían desde múltiples direcciones. Hubo quienes quisieron subirse al proceso para capitalizarlo políticamente. Hubo quienes propusieron negociar con el poder provincial a cambio de avances parciales. Hubo quienes argumentaron que la insistencia en la autarquía de la conducción de la causa era un lujo que la fragilidad de la democracia salteña no podía permitirse.

Lo que aprendimos en ese proceso —y que hoy considero la enseñanza más valiosa para el presente— es que la autarquía de las organizaciones no era un capricho ideológico. Era una condición de la verdad procesal. Solo actores independientes del poder podían testimoniar sin presiones, construir la causa sin interferencias, sostener la demanda de justicia sin que ésta fuera capturada por agendas ajenas a las de las víctimas. Cada vez que se negoció esa autonomía —cada vez que se aceptó un actor comprometido con el poder provincial en un rol que requería independencia— se pagó un precio en la consistencia del proceso.

Hoy, cincuenta años después de la desaparición de mi abuelo, la lógica se repite en otro registro. El Comité Provincial de Prevención de la Tortura no es un tribunal penal. No juzga el pasado. Previene el presente: visita lugares de detención, documenta condiciones de encierro, emite recomendaciones, actúa como contrapeso del poder ejecutivo sobre las personas privadas de libertad. Su capacidad de cumplir esa función depende exactamente de lo mismo que dependía la capacidad de las organizaciones querellantes en el juicio por Ragone: de que su composición no esté determinada, directa ni indirectamente, por el poder que debe controlar.

Un proceso de selección con evaluadores que viven y trabajan en la provincia, insertados en las redes sociales y profesionales del foro salteño, dependientes en sus carreras de relaciones con los mismos funcionarios que el Comité debe controlar, no garantiza esa independencia. No porque las personas sean necesariamente malas. Sino porque el diseño estructural del proceso hace imposible la imparcialidad que la norma requiere y que el OPCAT —el Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura— exige.

 

V. Por qué este amparo importa más allá de sus efectos inmediatos

Quiero ser claro sobre lo que la acción de amparo colectivo que presentamos ante la Corte de Justicia de Salta no es. No es un capricho procesal. No es la preferencia de organizaciones que priorizan la pureza jurídica sobre la eficacia práctica. No es una disputa de egos entre distintas corrientes del campo transicional salteño.

Es una disputa estratégica por el diseño del sistema democrático de control y prevención de la tortura en la provincia. Y esa disputa tiene consecuencias que se extienden mucho más allá del concurso inmediato para renovar los representantes de los organismos de derechos humanos ante el CPT Salta.

En el nivel normativo, lo que está en juego es si el principio de no regresividad en materia de derechos humanos tiene vigencia real en Salta o si puede ser dejado de lado mediante decreto, invocando razones de costo. El Poder Ejecutivo quiere modificar el decreto reglamentario para excluir a los evaluadores externos. Los propios organismos le ofrecemos que participen de manera virtual, eliminando el argumento económico. La negativa a aceptar esa solución revela que el argumento del costo es un pretexto: lo que se quiere suprimir no es el gasto sino la independencia.

En el nivel institucional, lo que está en juego es si el CPT Salta será un mecanismo de prevención con capacidad real de actuar como contrapeso del poder ejecutivo provincial, o si será un organismo cuya composición está determinada, en última instancia, por ese mismo poder. La diferencia no es técnica. Es la diferencia entre un mecanismo de control y una pantalla de legitimación.

Y en el nivel simbólico —quizás el más duradero— lo que está en juego es qué les transmitimos a las generaciones más jóvenes del activismo transicional salteño. Si les transmitimos que las instituciones de control se construyen con rigor y se defienden con rigor, que la autarquía no es un ideal de juventud sino una condición estructural del control democrático. O si les transmitimos que el realismo pragmático impone ceder las garantías de independencia cuando el costo de defenderlas parece demasiado alto. Esa segunda transmisión —la del pragmatismo como madurez— es exactamente lo que produjo la normalización de la impunidad en Argentina. Y es lo que este amparo se propone interrumpir.

 

VI. Una palabra final sobre la memoria como diseño institucional

En estos cincuenta años desde la desaparición de Miguel Ragone, he aprendido que la memoria no es solo el recuerdo del pasado. Es también la capacidad de reconocer en el presente las estructuras que produjeron ese pasado. La maquinaria que desapareció a mi abuelo no comenzó el 24 de marzo de 1976. Comenzó mucho antes, en las redes de complicidad que nadie interrumpió cuando pudo haberlo hecho, en los arreglos institucionales que se aceptaron porque cambiarlos parecía demasiado costoso, en los pragmatismos que dejaron funcionar a los poderes que debían ser controlados.

Cuando hoy un conjunto de abogados y operadores del campo jurídico-transicional salteño nos dice que es mejor aceptar un comité imperfecto que dilatar su funcionamiento con una acción judicial, reconozco esa estructura. No digo que estén haciendo lo mismo que quienes miraron para otro lado en 1976. Digo que la lógica es la misma: la aceptación de que los mecanismos de control sean diseñados en condiciones de dependencia porque el costo de exigir la independencia parece demasiado alto en el presente.

La Asociación que lleva el nombre de mi abuelo fue fundada para que esa lógica no se repita. No solo en el campo penal. En todos los campos donde la prevención de la violación de derechos humanos requiere instituciones que tengan la fortaleza de resistir a los poderes que deben controlar. El Comité Provincial de Prevención de la Tortura es uno de esos campos. La disputa por su diseño institucional es una disputa por la memoria viva: por la capacidad de que lo aprendido en cincuenta años de lucha se traduzca en estructuras que no repitan los arreglos que hicieron posible el horror.

Por eso presentamos el amparo. Por eso lo sostenemos frente a quienes nos dicen que no vale la pena. Y por eso los invitamos —a las organizaciones, a los analistas del derecho, a los militantes de la justicia y la verdad— a acompañarnos: no porque la causa sea nuestra, sino porque la autarquía de los mecanismos de control es una conquista de todos, y su vaciamiento es una pérdida de todos. La memoria de Miguel Ragone nos enseñó que esas conquistas no se preservan solas. Se defienden, activamente, cada vez que alguien intenta reducirlas invocando el realismo.

Ese es el realismo que reconozco: el de saber que las instituciones débiles no previenen nada. Solo legitiman lo que debían impedir.

 

Fernando Pequeño Ragone

Salta, marzo de 2026

A cincuenta años de la desaparición de Miguel Ragone, gobernador constitucional y popular de Salta.

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