Tenía treinta años y un dolor que todavía no sabía su nombre cuando me senté frente a una cámara a hablar de mi abuelo. Miguel Ragone fue gobernador de Salta, médico de los pobres y desaparecido de la dictadura. Yo era, en ese momento, simplemente su nieto. Veinte años después, ese testimonio inicial se ha convertido en algo más difícil de nombrar: una militancia, una herida abierta, una forma de vida. Recorro aquí el tránsito entre aquel joven cargado de lealtad filial y el hombre que soy hoy, forjado en los juicios por delitos de lesa humanidad, en las aulas donde proyectamos memoria, en las terapias que aprendí a no avergonzarme de necesitar. La memoria de Ragone no es un archivo. Es una disputa permanente por el sentido del pasado y del presente. Es una conversación con los feminismos, con las juventudes, con todos los que luchan hoy contra formas de opresión que cambian de nombre pero no de lógica. Esta es la historia de cómo el duelo íntimo se convierte en causa pública. Y de lo que se pierde —y se gana— en ese camino.
Veinte años después de su realización, la Secretaría de Cultura de Salta proyecta el documental Ragone x Ragone de José Issa.
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| Difusión en el Ciclo por la Memoria, de la Secretaría de Cultura de Salta |
Contenidos
I. El punto de partida: cuando la memoria era solo dolor
II. La maduración teórica: cuando el dolor encuentra categorías
III. Las intersecciones: cuando el nieto se convierte en militante
IV. La última década: pedagogía, cuidado y disputa de sentidos
V. Identidad evolutiva: el patriarcado salteño como obstáculo interno
VI. Balance y mérito: autoetnografía y biografía política como acto de justicia
De la Sangre a las Herramientas: Veinte Años de
Militancia de Memoria por Miguel Ragone en Salta
Un balance biográfico en primera persona
Fernando Pequeño Ragone
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| Carátula producida por José Issa en 2026 |
I. El punto de partida: cuando la memoria era solo
dolor
Hay una imagen que no me abandona. Tengo treinta años, estoy
sentado frente a una cámara, y lo que sale de mi boca no es un testimonio
político: es un duelo que todavía no sabe su nombre. Cuando en 2007 ofrezco mi
testimonio sobre Miguel Ragone —mi abuelo, el gobernador desaparecido de Salta—
no poseo aún las herramientas conceptuales para entender del todo lo que estoy
haciendo. Lo que tengo es una lealtad filial inconmovible y un dolor
intrapsíquico sin procesar que busca, desesperadamente, encontrar forma en las
palabras.
Ese testimonio, que Javier Issa incorpora al documental Ragone
x Ragone (2008), organiza mi recuerdo en cuatro grandes dimensiones. La
primera es la del médico: percibo a mi abuelo no como un cuadro político
tradicional, sino como el "Médico de Pobres" que llega a la política
sin abandonar jamás su ética profesional. La segunda es la de la justicia
social: recupero la frase que circula en nuestra familia —"si defender
a los pobres era ser montonero, entonces él era montonero"— como un modo
de aclarar que su posicionamiento nace de una convicción ética, no de la
pertenencia orgánica a la lucha armada. La tercera dimensión es la que
entonces llamo su "ingenuidad": esa incapacidad para negociar
principios que, leída desde afuera, podría parecer una debilidad, pero que yo
intuyo como un imperativo categórico moral frente a las estructuras de poder de
la época. La cuarta es la del trauma: detallo el modus operandi del
secuestro, la coordinación parapolicial, el armamento específico, para dejar en
claro que el ataque no buscaba eliminar a un hombre sino desarticular un
movimiento social entero.
Lo que no veo todavía, en ese 2007, es que estoy
construyendo los cimientos de algo mucho más grande que un homenaje familiar.
II. La maduración teórica: cuando el dolor
encuentra categorías
Veinte años después, cuando reviso mi propia trayectoria y
el trabajo cristalizado en el manuscrito El Umbral del Que Vuelve: Cuerpo,
Memoria y Transformación en el Año Frenético (Pequeño Ragone, 2026),
identifico cuatro tesis que articulan lo que entonces solo era sentimiento
urgente.
La primera tesis es la de la arquitectura de la memoria:
toda conmemoración transicional exige negociar constantemente entre lo privado
y lo público. El dolor íntimo de una familia no puede permanecer encerrado en
sí mismo; debe transformarse en reclamo colectivo sin perder, en ese tránsito,
su capacidad de conmover. Aprender esto me lleva años. La segunda tesis
reconoce la fragilidad humana como acto de resistencia memorial: la
justicia transicional no se construye desde la invulnerabilidad heroica, sino
desde cuerpos y mentes que, a pesar del trauma, se niegan al olvido. Esta tesis
me cuesta, personalmente, mucho más que cualquier argumento teórico, porque
implica reconocerme frágil en público, cosa que el mandato patriarcal salteño
—ese mandato que también heredé— prohíbe con ferocidad.
La tercera tesis aborda la tensión entre memoria
institucional y militancia histórica: existe una disputa permanente por el
pasado, visible en los debates y conflictos entre actores políticos y sociales
que se han apropiado selectivamente del legado de Ragone. Comprender esto me
permite dejar de sorprenderme cuando sectores que disputan el poder entre si
dentro del peronismo provincial intentan vaciar de contenido revolucionario la
gestión de mi abuelo, reduciéndolo a un mártir sin contexto político. La
cuarta tesis propone una memoria combativa que sea además interseccional:
una que incluya las dinámicas del peronismo local, las cuestiones de género y
las demandas de los nuevos movimientos sociales. La memoria verdadera debe
incomodar; si no incomoda, es decoración.
III. Las intersecciones: cuando el nieto se
convierte en militante
El cruce entre lo que pienso en 2007 y lo que sé en 2026 no
es una simple progresión lineal. Es, más bien, una serie de colisiones
productivas que me transforman.
La imagen del "Médico de Pobres" —orgullo privado
de una ética familiar— se convierte, con el tiempo, en la base de nuestra
exigencia institucional de justicia para un mártir democrático. Lo que antes
era íntimo se vuelve argumento político. La asunción de la etiqueta de
"montonero" como sinónimo de defensa de los pobres converge con la
proposición de una memoria combativa: entiendo entonces que el legado de mi
abuelo no puede ser domesticado ni despolitizado sin traicionarlo. Esa "ingenuidad"
que le impidió transigir —y que yo miraba con una mezcla de admiración y
tristeza— es la misma fuerza que hoy choca contra las estructuras de poder que
intentan burocratizar su figura, convertirlo en nombre de calle o de escuela
sin preguntarse qué defendía. Y la narración descarnada del secuestro, que en
2007 es sobre todo denuncia, se entrelaza progresivamente con el reconocimiento
de mi propia fragilidad: narrar el terror no solo expone el crimen, sino que
politiza nuestra vulnerabilidad, transforma el agotamiento psíquico en acto de
persistencia.
La conformación de la Asociación Miguel Ragone marca el
momento en que abandono el rol pasivo de familiar doliente y asumo una
representación colectiva. Las audiencias de los juicios por Delitos de Lesa
Humanidad en Salta —cuya sentencia queda registrada en los archivos del
Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Salta (2011)— materializan la demanda
histórica de un modo que ninguna conmemoración simbólica puede igualar. Ver a
los responsables en el banquillo es, simultáneamente, un acto de justicia y una
herida que no cierra.
IV. La última década: pedagogía, cuidado y disputa
de sentidos
En la última década, los hitos se vuelven más reflexivos y,
a veces, más agotadores. Las conmemoraciones de los aniversarios 45 y 50 de la
desaparición de mi abuelo me exigen repensar las estrategias de transmisión. Ya
no basta con el reclamo penal —obtenido, al menos parcialmente, tras años de
lucha—; es imperativo disputar el sentido en el espacio público y educativo.
Las jornadas en escuelas y los actos conmemorativos se convierten en trincheras
pedagógicas. Ragone debe salir de los archivos y entrar en las aulas, en las
plazas, en las conversaciones de las nuevas generaciones que no lo conocieron.
Simultáneamente, aprendo —a costa de mi propio cuerpo— que
la militancia ininterrumpida cobra su peaje. Implemento protocolos de cuidado
de salud mental que, al principio, me parecen casi una traición a la causa:
¿cómo puedo permitirme descansar cuando la memoria reclama permanencia? Luego
entiendo que sostener la memoria requiere establecer límites saludables frente
al desgaste emocional de enfrentarse continuamente al horror y al negacionismo.
No es debilidad. Es condición de posibilidad.
V. Identidad evolutiva: el patriarcado salteño como
obstáculo interno
Si miro retrospectivamente hacia aquel nieto de treinta años
que brinda su testimonio en 2007, veo a un joven cargado de un dolor
intrapsíquico sin procesar, impulsado por una lealtad filial que todavía no
distingue bien entre el duelo privado y la militancia pública. Hoy, en 2026, me
reconozco como un líder institucional forjado en las lides de la justicia
transicional. Pero esta identidad evolutiva no llega sola: implica tensar y
desarmar mis propias concepciones sobre las masculinidades políticas.
Entiendo que el liderazgo no se ejerce desde la dureza
inquebrantable que impone el mandato patriarcal salteño. Se ejerce, en cambio,
desde una narrativa corporalizada: asumiendo públicamente mis vulnerabilidades,
mis parálisis, mi necesidad de terapia como actos profundamente políticos. Esta
apertura —que en otros contextos podría leerse como simple sinceridad— en
Salta, con su cultura política particular, es casi subversiva. Y quizás por eso
funciona. Quizás por eso logro entablar un diálogo genuino con las juventudes,
los feminismos y los colectivos LGBTI+ que encuentran en la memoria de Ragone
un espejo para sus propias luchas contemporáneas.
Mi mayor aporte en estos años no es haber llevado el caso a
los tribunales, aunque eso también forma parte del balance. Mi mayor aporte es,
quizás, haber reubicado la memoria de Ragone en el centro de las luchas del
presente. Al politizar mi propia subjetividad y reconocer el lugar inestable
entre lo que era y lo que no termino de ser de mis crisis personales, propongo
a las nuevas generaciones que la memoria no es un archivo muerto del pasado,
sino el motor que impulsa la lucha contra todas las formas de opresión en el
presente.
VI. Balance y mérito: autoetnografía y biografía
política como acto de justicia
La experiencia que recorro en estas páginas pertenece a un
género particular de escritura que los estudios de memoria y los saberes
críticos contemporáneos reconocen como autoetnografía política. Escribir desde
la primera persona sobre un pasado que es, al mismo tiempo, familiar, histórico
y político implica una tensión productiva que los géneros académicos más
convencionales tienden a evitar. La autoetnografía política no finge la
distancia del investigador neutro; por el contrario, afirma que la implicación
personal del narrador es, ella misma, una forma de conocimiento.
En el contexto específico de las memorias de la dictadura
argentina, este gesto tiene una dimensión adicional: es también un acto de
denuncia y de reparación simbólica. Los testimonios de familiares de
desaparecidos —como el de Adet (2011) en La causa Ragone, o como el mío
propio— no son meros complementos emocionales de la historia política; son
fuentes primarias que documentan la experiencia vivida del terrorismo de Estado
desde adentro de los cuerpos y las familias que lo padecieron.
La biografía política de Ragone, tal como yo la construyo a
lo largo de veinte años, tampoco es una biografía en el sentido clásico del
género: no pretende la objetividad imposible de quien narra desde afuera. Es,
en cambio, una biografía corporalizada y militante, que reconoce abiertamente
que su narrador tiene una posición, una historia y una agenda. Lejos de
invalidar el relato, esta condición lo enriquece: produce una forma de verdad
que los documentos oficiales no pueden producir solos.
El mérito de esta experiencia, medida con los criterios de
la escritura autoetnográfica y de la memoria política latinoamericana, reside
en tres dimensiones. La primera es la de la coherencia ética: a lo largo de
veinte años, la figura de Ragone no es instrumentalizada en beneficio personal
o partidario, sino que se utiliza como palanca para interpelar críticamente al
poder —incluido el poder del propio peronismo provincial. La segunda es la de
la innovación metodológica: la integración del cuerpo, el trauma y la
vulnerabilidad como categorías políticas —y no solo psicológicas— amplía el
horizonte de lo que puede decirse y pensarse sobre la memoria en contextos de
violencia política. La tercera es la de la transmisión intergeneracional: al
construir puentes entre la memoria de los años setenta y las luchas feministas,
LGBTI+ y juveniles del presente, esta experiencia demuestra que la memoria no
es patrimonio de quienes vivieron los hechos, sino una herramienta viva y
disputada que puede —y debe— ser apropiada por quienes luchan hoy.
La transformación de ese testigo íntimo en el hombre que soy
hoy radica en la capacidad de integrar el trauma sin que este dicte mi
agotamiento. La militancia por la Verdad, la Justicia y la Memoria en Salta
lleva la sangre de Ragone, pero se sostiene hoy con las herramientas de un
pensamiento crítico, empático y radicalmente abierto al futuro.
Referencias
Adet, R. (2011). La causa Ragone. Ediciones del
Parque.
Issa, J. (Director). (2008). Ragone x Ragone
[Documental].
Pequeño Ragone, F. (2026). El umbral del que vuelve:
Cuerpo, memoria y transformación en el año frenético. Sobre el juicio de Ragone.
Manuscrito inédito.
Pequeño Ragone, F. (2008/2026). Ragone x Ragone a 20
años: El relato de Fernando Pequeño en el documental. Análisis de
documento.
Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Salta. (2011). Sentencia
en la Causa Ragone. Poder Judicial de la Nación.
Este ensayo forma parte del proyecto de escritura
memorial iniciado en 2006 y continuado hasta la actualidad.


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