domingo, 22 de marzo de 2026

Ragone x Ragone 20 años después. El documental de José Issa en la USINA Cultural en el contexto de los 50 años del golpe

Tenía treinta años y un dolor que todavía no sabía su nombre cuando me senté frente a una cámara a hablar de mi abuelo. Miguel Ragone fue gobernador de Salta, médico de los pobres y desaparecido de la dictadura. Yo era, en ese momento, simplemente su nieto. Veinte años después, ese testimonio inicial se ha convertido en algo más difícil de nombrar: una militancia, una herida abierta, una forma de vida. Recorro aquí el tránsito entre aquel joven cargado de lealtad filial y el hombre que soy hoy, forjado en los juicios por delitos de lesa humanidad, en las aulas donde proyectamos memoria, en las terapias que aprendí a no avergonzarme de necesitar. La memoria de Ragone no es un archivo. Es una disputa permanente por el sentido del pasado y del presente. Es una conversación con los feminismos, con las juventudes, con todos los que luchan hoy contra formas de opresión que cambian de nombre pero no de lógica. Esta es la historia de cómo el duelo íntimo se convierte en causa pública. Y de lo que se pierde —y se gana— en ese camino.


Veinte años después de su realización, la Secretaría de Cultura de Salta proyecta el documental Ragone x Ragone de José Issa.  

Difusión en el Ciclo por la Memoria,
de la Secretaría de Cultura de Salta





De la Sangre a las Herramientas: Veinte Años de Militancia de Memoria por Miguel Ragone en Salta

Un balance biográfico en primera persona
Fernando Pequeño Ragone

 

Carátula producida por
José Issa en 2026

I. El punto de partida: cuando la memoria era solo dolor

Hay una imagen que no me abandona. Tengo treinta años, estoy sentado frente a una cámara, y lo que sale de mi boca no es un testimonio político: es un duelo que todavía no sabe su nombre. Cuando en 2007 ofrezco mi testimonio sobre Miguel Ragone —mi abuelo, el gobernador desaparecido de Salta— no poseo aún las herramientas conceptuales para entender del todo lo que estoy haciendo. Lo que tengo es una lealtad filial inconmovible y un dolor intrapsíquico sin procesar que busca, desesperadamente, encontrar forma en las palabras.

Ese testimonio, que Javier Issa incorpora al documental Ragone x Ragone (2008), organiza mi recuerdo en cuatro grandes dimensiones. La primera es la del médico: percibo a mi abuelo no como un cuadro político tradicional, sino como el "Médico de Pobres" que llega a la política sin abandonar jamás su ética profesional. La segunda es la de la justicia social: recupero la frase que circula en nuestra familia —"si defender a los pobres era ser montonero, entonces él era montonero"— como un modo de aclarar que su posicionamiento nace de una convicción ética, no de la pertenencia orgánica a la lucha armada. La tercera dimensión es la que entonces llamo su "ingenuidad": esa incapacidad para negociar principios que, leída desde afuera, podría parecer una debilidad, pero que yo intuyo como un imperativo categórico moral frente a las estructuras de poder de la época. La cuarta es la del trauma: detallo el modus operandi del secuestro, la coordinación parapolicial, el armamento específico, para dejar en claro que el ataque no buscaba eliminar a un hombre sino desarticular un movimiento social entero.

Lo que no veo todavía, en ese 2007, es que estoy construyendo los cimientos de algo mucho más grande que un homenaje familiar.

 

II. La maduración teórica: cuando el dolor encuentra categorías

Veinte años después, cuando reviso mi propia trayectoria y el trabajo cristalizado en el manuscrito El Umbral del Que Vuelve: Cuerpo, Memoria y Transformación en el Año Frenético (Pequeño Ragone, 2026), identifico cuatro tesis que articulan lo que entonces solo era sentimiento urgente.

La primera tesis es la de la arquitectura de la memoria: toda conmemoración transicional exige negociar constantemente entre lo privado y lo público. El dolor íntimo de una familia no puede permanecer encerrado en sí mismo; debe transformarse en reclamo colectivo sin perder, en ese tránsito, su capacidad de conmover. Aprender esto me lleva años. La segunda tesis reconoce la fragilidad humana como acto de resistencia memorial: la justicia transicional no se construye desde la invulnerabilidad heroica, sino desde cuerpos y mentes que, a pesar del trauma, se niegan al olvido. Esta tesis me cuesta, personalmente, mucho más que cualquier argumento teórico, porque implica reconocerme frágil en público, cosa que el mandato patriarcal salteño —ese mandato que también heredé— prohíbe con ferocidad.

La tercera tesis aborda la tensión entre memoria institucional y militancia histórica: existe una disputa permanente por el pasado, visible en los debates y conflictos entre actores políticos y sociales que se han apropiado selectivamente del legado de Ragone. Comprender esto me permite dejar de sorprenderme cuando sectores que disputan el poder entre si dentro del peronismo provincial intentan vaciar de contenido revolucionario la gestión de mi abuelo, reduciéndolo a un mártir sin contexto político. La cuarta tesis propone una memoria combativa que sea además interseccional: una que incluya las dinámicas del peronismo local, las cuestiones de género y las demandas de los nuevos movimientos sociales. La memoria verdadera debe incomodar; si no incomoda, es decoración.

 

III. Las intersecciones: cuando el nieto se convierte en militante

El cruce entre lo que pienso en 2007 y lo que sé en 2026 no es una simple progresión lineal. Es, más bien, una serie de colisiones productivas que me transforman.

La imagen del "Médico de Pobres" —orgullo privado de una ética familiar— se convierte, con el tiempo, en la base de nuestra exigencia institucional de justicia para un mártir democrático. Lo que antes era íntimo se vuelve argumento político. La asunción de la etiqueta de "montonero" como sinónimo de defensa de los pobres converge con la proposición de una memoria combativa: entiendo entonces que el legado de mi abuelo no puede ser domesticado ni despolitizado sin traicionarlo. Esa "ingenuidad" que le impidió transigir —y que yo miraba con una mezcla de admiración y tristeza— es la misma fuerza que hoy choca contra las estructuras de poder que intentan burocratizar su figura, convertirlo en nombre de calle o de escuela sin preguntarse qué defendía. Y la narración descarnada del secuestro, que en 2007 es sobre todo denuncia, se entrelaza progresivamente con el reconocimiento de mi propia fragilidad: narrar el terror no solo expone el crimen, sino que politiza nuestra vulnerabilidad, transforma el agotamiento psíquico en acto de persistencia.

La conformación de la Asociación Miguel Ragone marca el momento en que abandono el rol pasivo de familiar doliente y asumo una representación colectiva. Las audiencias de los juicios por Delitos de Lesa Humanidad en Salta —cuya sentencia queda registrada en los archivos del Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Salta (2011)— materializan la demanda histórica de un modo que ninguna conmemoración simbólica puede igualar. Ver a los responsables en el banquillo es, simultáneamente, un acto de justicia y una herida que no cierra.

 

IV. La última década: pedagogía, cuidado y disputa de sentidos

En la última década, los hitos se vuelven más reflexivos y, a veces, más agotadores. Las conmemoraciones de los aniversarios 45 y 50 de la desaparición de mi abuelo me exigen repensar las estrategias de transmisión. Ya no basta con el reclamo penal —obtenido, al menos parcialmente, tras años de lucha—; es imperativo disputar el sentido en el espacio público y educativo. Las jornadas en escuelas y los actos conmemorativos se convierten en trincheras pedagógicas. Ragone debe salir de los archivos y entrar en las aulas, en las plazas, en las conversaciones de las nuevas generaciones que no lo conocieron.

Simultáneamente, aprendo —a costa de mi propio cuerpo— que la militancia ininterrumpida cobra su peaje. Implemento protocolos de cuidado de salud mental que, al principio, me parecen casi una traición a la causa: ¿cómo puedo permitirme descansar cuando la memoria reclama permanencia? Luego entiendo que sostener la memoria requiere establecer límites saludables frente al desgaste emocional de enfrentarse continuamente al horror y al negacionismo. No es debilidad. Es condición de posibilidad.

 

V. Identidad evolutiva: el patriarcado salteño como obstáculo interno

Si miro retrospectivamente hacia aquel nieto de treinta años que brinda su testimonio en 2007, veo a un joven cargado de un dolor intrapsíquico sin procesar, impulsado por una lealtad filial que todavía no distingue bien entre el duelo privado y la militancia pública. Hoy, en 2026, me reconozco como un líder institucional forjado en las lides de la justicia transicional. Pero esta identidad evolutiva no llega sola: implica tensar y desarmar mis propias concepciones sobre las masculinidades políticas.

Entiendo que el liderazgo no se ejerce desde la dureza inquebrantable que impone el mandato patriarcal salteño. Se ejerce, en cambio, desde una narrativa corporalizada: asumiendo públicamente mis vulnerabilidades, mis parálisis, mi necesidad de terapia como actos profundamente políticos. Esta apertura —que en otros contextos podría leerse como simple sinceridad— en Salta, con su cultura política particular, es casi subversiva. Y quizás por eso funciona. Quizás por eso logro entablar un diálogo genuino con las juventudes, los feminismos y los colectivos LGBTI+ que encuentran en la memoria de Ragone un espejo para sus propias luchas contemporáneas.

Mi mayor aporte en estos años no es haber llevado el caso a los tribunales, aunque eso también forma parte del balance. Mi mayor aporte es, quizás, haber reubicado la memoria de Ragone en el centro de las luchas del presente. Al politizar mi propia subjetividad y reconocer el lugar inestable entre lo que era y lo que no termino de ser de mis crisis personales, propongo a las nuevas generaciones que la memoria no es un archivo muerto del pasado, sino el motor que impulsa la lucha contra todas las formas de opresión en el presente.

 

VI. Balance y mérito: autoetnografía y biografía política como acto de justicia

La experiencia que recorro en estas páginas pertenece a un género particular de escritura que los estudios de memoria y los saberes críticos contemporáneos reconocen como autoetnografía política. Escribir desde la primera persona sobre un pasado que es, al mismo tiempo, familiar, histórico y político implica una tensión productiva que los géneros académicos más convencionales tienden a evitar. La autoetnografía política no finge la distancia del investigador neutro; por el contrario, afirma que la implicación personal del narrador es, ella misma, una forma de conocimiento.

En el contexto específico de las memorias de la dictadura argentina, este gesto tiene una dimensión adicional: es también un acto de denuncia y de reparación simbólica. Los testimonios de familiares de desaparecidos —como el de Adet (2011) en La causa Ragone, o como el mío propio— no son meros complementos emocionales de la historia política; son fuentes primarias que documentan la experiencia vivida del terrorismo de Estado desde adentro de los cuerpos y las familias que lo padecieron.

La biografía política de Ragone, tal como yo la construyo a lo largo de veinte años, tampoco es una biografía en el sentido clásico del género: no pretende la objetividad imposible de quien narra desde afuera. Es, en cambio, una biografía corporalizada y militante, que reconoce abiertamente que su narrador tiene una posición, una historia y una agenda. Lejos de invalidar el relato, esta condición lo enriquece: produce una forma de verdad que los documentos oficiales no pueden producir solos.

El mérito de esta experiencia, medida con los criterios de la escritura autoetnográfica y de la memoria política latinoamericana, reside en tres dimensiones. La primera es la de la coherencia ética: a lo largo de veinte años, la figura de Ragone no es instrumentalizada en beneficio personal o partidario, sino que se utiliza como palanca para interpelar críticamente al poder —incluido el poder del propio peronismo provincial. La segunda es la de la innovación metodológica: la integración del cuerpo, el trauma y la vulnerabilidad como categorías políticas —y no solo psicológicas— amplía el horizonte de lo que puede decirse y pensarse sobre la memoria en contextos de violencia política. La tercera es la de la transmisión intergeneracional: al construir puentes entre la memoria de los años setenta y las luchas feministas, LGBTI+ y juveniles del presente, esta experiencia demuestra que la memoria no es patrimonio de quienes vivieron los hechos, sino una herramienta viva y disputada que puede —y debe— ser apropiada por quienes luchan hoy.

La transformación de ese testigo íntimo en el hombre que soy hoy radica en la capacidad de integrar el trauma sin que este dicte mi agotamiento. La militancia por la Verdad, la Justicia y la Memoria en Salta lleva la sangre de Ragone, pero se sostiene hoy con las herramientas de un pensamiento crítico, empático y radicalmente abierto al futuro.

 

Referencias

Adet, R. (2011). La causa Ragone. Ediciones del Parque.

Issa, J. (Director). (2008). Ragone x Ragone [Documental].

Pequeño Ragone, F. (2026). El umbral del que vuelve: Cuerpo, memoria y transformación en el año frenético. Sobre el juicio de Ragone. Manuscrito inédito.

Pequeño Ragone, F. (2008/2026). Ragone x Ragone a 20 años: El relato de Fernando Pequeño en el documental. Análisis de documento.

Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Salta. (2011). Sentencia en la Causa Ragone. Poder Judicial de la Nación.

 

Este ensayo forma parte del proyecto de escritura memorial iniciado en 2006 y continuado hasta la actualidad.

 




No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL PAÍS Edición América: el periódico global