Cincuenta años después del golpe cívico-militar, un colegio rural del Valle de Lerma convierte el acto conmemorativo en programa político. Fernando Pequeño Ragone narra en primera persona el acto del Colegio Secundario 5150 de Las Palmas: la inauguración del SUM en nombre de su abuelo desaparecido, el mural donde el algarrobo de Cerrillos se vuelve símbolo de raíces que sostienen a los vivos, y el momento en que la voz de la Junta Militar llena un salón de estudiantes. Desde el reencuentro con una vieja compañera del Colegio Nacional hasta la dramatización juvenil que termina en grito colectivo de "¡Nunca más!", el ensayo sostiene que la memoria no viaja por los monumentos sino por los cuerpos: los que portan historia, los que ocupan la plaza, los que no se detienen.
Por Fernando Pequeño Ragone.
Contenidos
I.Introducción: el reencuentro como umbral simbólico
II.El acto como dispositivo de memoria activa
III.La compañera del Nacional: pedagogía insurrección y la voz del autoritarismo
IV.El mural y el algarrobo: los muertos que sostienen a los vivos
V.Memoria corporizada: cuerpos con historia
5.1.El cuerpo como archivo vivo
5.2.Memorias que caminan: los cuerpos de la concejal y el diputado en Cerrillos
VI.Güemes y Ragone: una analogía de largo aliento
VII.La crítica al vaciamiento: de la memoria decorativa a la memoria genuina
VIII.Generaciones ragonistas y la escuela como espacio de memoria recuperada
IX.Conclusión: los cincuenta años del golpe en Salta y el lugar de este acto
I. Introducción: el reencuentro como umbral
simbólico
Hay un momento en que la memoria deja de ser abstracta
y se vuelve carne. No metáfora: carne. Cuerpo que tiembla, voz que se quiebra,
mano que aprieta la de otra persona después de cuarenta años de distancia. Ese
momento me ocurre hoy, aquí, en el Colegio Secundario 5150 de Las Palmas, en
San José de los Cerrillos, cuando veo a Gabriela Berrondo pararse frente a los
estudiantes y poner a girar el audio del Comunicado Número Uno de la Junta
Militar. Gabriela, mi vieja compañera del Colegio Nacional de Salta. Gabriela,
la misma que caminó los mismos pasillos fríos que yo, bajo los mismos bustos de
mármol que parecían vigilar que nadie dijera nada "fuera de lugar".
Verla hoy, en ese gesto pedagógico que es también un gesto político e
insurrecto, me obliga a comprender algo que llevo años sabiendo pero que rara
vez consigo enunciar con tanta claridad: la memoria no viaja por los documentos
ni por los monumentos. La memoria viaja por los cuerpos.El reencuentro con Gabriela no es un detalle anecdótico al margen del acto. Es, en realidad, su punto de arranque simbólico más profundo. Porque si hay algo que este acto en el Colegio 5150 viene a decir con toda su fuerza, es que la memoria es una práctica corporal, una transmisión que ocurre entre personas que comparten territorios, afectos y luchas, y que ese lazo entre cuerpos —entre el cuerpo de una maestra y el de una alumna, entre el cuerpo de un nieto y el de un abuelo desaparecido, entre el cuerpo de un joven que dramatiza la represión y el cuerpo de quienes vivimos aquella oscuridad— es el único archivo que verdaderamente resiste al vaciamiento.
Cuando piso el patio de este colegio rural, cuando escucho los poemas de los estudiantes, cuando veo el mural que el profesor Gabriel Anachuri describe con rigor semiótico, siento que vuelvo a ser ese chango de 1984 que guardaba su nombre en el pecho como una brasa. En ese año cargado de tensiones, el Colegio Nacional me enseñó la distinción cívica, sí, pero mi propio cuerpo —mi miedo, mi deseo, mi silencio— me enseñó la resistencia. Lo que ocurre hoy aquí en Las Palmas es la continuación exacta de esa lección: los jóvenes de este colegio no están repitiendo fechas. Están aprendiendo, con sus cuerpos, que la democracia se defiende o se pierde. Y eso solo puede enseñarse en presencia.
Este ensayo es un recorrido por los momentos, los
discursos y los símbolos del acto conmemorativo del 50 aniversario del golpe
cívico-militar de 1976 realizado en el Colegio Secundario 5150. Lo escribo en
primera persona porque no soy un observador externo: soy parte de esta memoria.
Soy el nieto de Miguel Ragone. Soy también el joven del Nacional que aprendió
que la política nace de no ser silenciado. Y es desde ese doble lugar —desde
esa doble corporalidad— que intento dar cuenta de lo que ocurrió aquí, y de por
qué importa.
II. El acto como dispositivo de memoria activa
El Colegio Secundario Rural N° 5150, enclavado en el
paraje Las Palmas de Cerrillos, no es el escenario casual de este acto. Es el
escenario elegido, trabajado, construido con intención pedagógica y política.
Desde sus orígenes modestos, cuando operaba compartiendo edificio con la
Escuela Primaria N° 4745 "Emilio Espelta", hasta su moderno edificio
propio inaugurado en 2016 con laboratorios, talleres de semillas y playón
deportivo, este colegio encarna algo que me resulta profundamente familiar: la
voluntad de que la educación llegue donde el Estado muchas veces no llega. Una
orientación en Agro y Ambiente con especialización en Genética Reproductiva,
alineada al mundo agroganadero regional. Aulas abiertas, mobiliario flexible,
autonomía estudiantil. No es una escuela que prepare para obedecer. Es una
escuela que prepara para pensar.
El profesor de historia Gabriel Anachuri abre el
encuentro. No lo hace como un maestro de ceremonias que da lectura a un
protocolo. Lo hace como alguien que entiende que la historia es un arma de
resistencia. Recibido en una universidad pública y gratuita —lo destaca, y esa
mención no es inocente—, Anachuri configura desde las primeras palabras el
encuentro como espacio de análisis político y crítico. Vincula la conmemoración
con datos globales de 2026 para señalar el retroceso democrático y el avance de
las autocracias, y conecta ese diagnóstico con la vigencia del pensamiento de
mi abuelo: cómo el autoritarismo desmantela las instituciones antes de destruir
la justicia social. Lo que él nombra como "vaciamiento de la memoria"
es exactamente lo que este acto viene a combatir.
Después llegan las banderas, el himno, la Marcha de
las Malvinas. Un minuto de silencio. Y entonces, Gabriela Berrondo hace lo que
pocos docentes se atreven a hacer: pone a sonar el Comunicado Número Uno de la
Junta Militar. La voz de un golpe de Estado llena el salón. Y es ahí donde algo
cambia en el aire.
III. La compañera del Nacional: pedagogía
insurrección y la voz del autoritarismo
Cuando Gabriela Berrondo invita a la comunidad a
escuchar el Comunicado Número Uno, no está haciendo un ejercicio retórico. Está
haciendo lo que yo llamo una pedagogía de insurrección del "Nunca
Más". El texto del comunicado, transmitido por cadena nacional el 24 de
marzo de 1976 y firmado por Videla, Massera y Agosti, exhibe un lenguaje
marcial y aséptico que disfraza la supresión de los derechos constitucionales
bajo términos técnicos: "control operacional",
"acatamiento", "intervención táctica". Transforma la
relación con la población en una jerarquía absoluta. Extiende el dominio hasta
las "actitudes individuales", anticipando un régimen que busca
controlar pensamientos y prácticas cotidianas.
Escuchar esa voz hoy, aquí, entre estos jóvenes que
nacieron décadas después, produce un efecto que ninguna explicación en un
manual puede producir: la dictadura suena. Tiene timbre, cadencia, autoridad
falsa. Y al contrastarla con la polifonía de las voces democráticas que llenan
el resto del acto —los poemas estudiantiles, los discursos, el mural—, la
escucha funciona como una pedagogía sensorial del "Nunca Más". Acerca
a los jóvenes una experiencia concreta que rompe la distancia que impone la
temporalidad y vuelve tangible el concepto abstracto de dictadura.
Y yo veo a Gabriela en ese momento y me veo a mí mismo
en el patio del Nacional, en 1984. Ella y yo compartimos esos pasillos fríos,
esos bustos de mármol que vigilaban. Algo habrá forjado en nuestras identidades
ese paso casi efímero por el Nacional en nuestras ya largas vidas. Un lazo que
une mi memoria —sexoafectiva y política— con su praxis educativa. Lo que ella
hace hoy en Las Palmas es lo mismo que yo aprendí en aquel patio: que la
palabra es resistencia. Que nombrar lo que ocurrió es el primer acto democrático.
Que el silencio impuesto se combate con la verdad dicha en voz alta, aunque
tiemble.
El Colegio Nacional de Salta es para mí el ancla
ineludible de mi identidad. Allí completé mi ciclo medio de la educación; a
fines de la adolescencia, en un 1984 cargado de tensiones internas, donde el
colegio no solo fue aula de conocimiento, sino laboratorio psíquico para
metabolizar mi sexoafectividad en un entorno represivo. Mis registros de
entonces revelan un diario como único refugio para nombrar el deseo, una
"militancia inicial" que plantó la semilla de resistir el silencio.
El fuego de sostener mi diferencia en los pasillos del Nacional es el mismo
que, en 2026, me impulsa a confrontar el negacionismo histórico y reclamar el
derecho a nombrar la verdad.
Por eso cuando veo a los jóvenes del Colegio 5150
dramatizar la represión —vestidos de negro, conduciendo a sus compañeros con
los ojos vendados—, cuando los escucho gritar "¡Viva la democracia!"
y "¡Nunca más!" con papeles al aire y música y aplausos, me
reencuentro con ese chango que fui. La representación funciona como memoria
activa: las vendas blancas se convierten en símbolo universal de la privación
de libertad, y su retirada marca el paso del silencio y la oscuridad al restablecimiento
de la palabra y la identidad. Y hay incluso un perro que cruza el escenario en
el momento de la liberación, aportando un gesto espontáneo de normalidad
recuperada. La vida que irrumpe donde el terror quiso instalar el miedo.
IV. El mural y el algarrobo: los muertos que
sostienen a los vivos
Gabriela también es quien describe el mural antes de
descubrirlo. Y en su relato reencuentro el aliento a ese frágil joven que era
yo a mediados de los años 80. El mural inaugurado en el Colegio 5150 es una
composición de alta densidad semiótica, en la que cada elemento visual funciona
como signo histórico y ético. El elemento central y estructurante es el
algarrobo. No como elemento decorativo sino como un ancla territorial al lugar
del hecho histórico.
El algarrobo de Cerrillos no es cualquier árbol. Es el árbol debajo del cual fue hallado el Peugeot 504 ensangrentado de mi abuelo en 1976. Es el "último rastro tangible" de su cuerpo. Transformarlo en símbolo visual —operando como ícono por su representación figurativa y como índice por su vínculo directo con el sitio del secuestro— es una operación semiótica que Anachuri explica con precisión: el árbol es el lugar del trauma, pero también el lugar de la resistencia. Sus raíces conformadas por rostros humanos configuran una metáfora poderosa: los desaparecidos no son ausencia, sino presencia subterránea que sostiene la vida social, invirtiendo el sentido semántico de lo oculto como fundamento de lo visible.
Del mismo tronco emerge un colectivo de personas en
marcha, organizado y dirigido hacia consignas explícitas: igualdad, dignidad,
trabajo, equidad. Palabras que remiten directamente al ideario de Miguel
Ragone. Palabras que, en clave trágica, señalan también el motivo de su
desaparición. Y a la derecha, el rostro de mi abuelo, integrado a la bandera
argentina, construido como figura ética y activa, no como mártir pasivo: un
signo de continuidad nacional y de patrimonio democrático colectivo.
Cuando lo veo por primera vez con mis propios ojos
—cuando la tela cae y el mural aparece— siento algo que no tengo otra palabra
para llamarlo que reconocimiento. No solo de mi abuelo. De todos los que
sostienen con sus raíces lo que los vivos seguimos construyendo. Y pienso en
los murales despintados del barrio San Isidro, emplazamiento de la Plaza Miguel
Ragone en Cerrillos, totalmente derruidos. En tanta memoria que queda en la
nada después de tanto esfuerzo. Este mural, en este colegio, en este
territorio, es la respuesta a esa degradación. Es una trinchera simbólica donde
lo que se borra en la vía pública se reinscribe, se defiende y se enseña.
Quiero ser claro sobre algo que digo en mi discurso y que el director Ontivero también comprende: el problema no es pintar murales. El problema es pintarlos sin discurso político profundo. Cuando la memoria se reduce a lo cultural-estético, se produce un vaciamiento que la convierte en cualquier cosa: un símbolo sin espesor, sin capacidad de interpelar la verdad histórica y judicial. Este mural no cae en esa trampa. Sostiene un discurso profundo sobre la verdad histórica y la responsabilidad política, reforzando la figura de Ragone como el "médico del pueblo" cuya lucha por los campesinos y gauchos y su conexión ética con la herencia de Güemes se convierte en el cimiento de la democracia actual.
V. Memoria corporizada: cuerpos con historia
5.1. El cuerpo como archivo vivo
Existe una dimensión de la memoria que los murales no
alcanzan a capturar completamente, que los discursos solo rozan, y que los
libros de historia jamás podrán transmitir del todo. Es la dimensión del
cuerpo. No el cuerpo como metáfora, sino el cuerpo como soporte material e
irrenunciable de la experiencia histórica. Cuando digo que los representantes
actuales, como el diputado Carlos Jorge y la concejal Celeste Corimayo, no son
"cualquiera", no estoy hablando de jerarquías protocolares. Estoy
diciendo algo mucho más fundamental: que en sus cuerpos, en sus trayectorias,
portan memorias.
La memoria deja de ser un archivo abstracto y se vuelve experiencia vivida, transmitida entre generaciones, encarnada en historias familiares, militancias y duelos. El fenómeno de vaciamiento se combate precisamente cuando se reconoce que la memoria circula por cuerpos con historia, ligados a antiguas luchas, a la plaza de Cerrillos, a los procesos de justicia y a la continuidad de la causa ragonista. La memoria genuina no está en los murales solos. Está en la trama de vidas que los sostiene.
Esta comprensión no es abstracta para mí. Es constitutiva de quién soy. Soy el nieto de un desaparecido. Mi cuerpo porta esa ausencia como una presencia constante. Durante décadas, volvía "tempranito" a votar en el Colegio Nacional, acompañado por mi amiga Gabi, transformando el acto cívico en un lazo afectivo que anclaba mi sentido de pertenencia. En mayo de 2025, por primera vez lo hice en soledad, bajo la sombra de su ausencia —ella "se apagaba de a poquito" en sus últimos años—, un duelo que transmutó el dolor personal en motor político. Cada vez que piso el Colegio Nacional siento que estoy en casa, uniendo la trayectoria vital de la ciudad con mi evolución: del estudiante que buscaba pares en la Plaza 9 de Julio, tras las clases, a un militante maduro que ocupa el espacio público —aula magna, calle, plaza— como forma de visibilidad y resistencia.
5.2. Memorias que caminan: los cuerpos de la
concejal y el diputado en Cerrillos
En Cerrillos, la memoria no habita solo en murales ni
en placas metálicas. Habita en los cuerpos de quienes ocupan espacios públicos,
gobiernan, se manifiestan y se reconocen como parte de una misma historia. La
idea de "cuerpos con historia" desplaza la noción de memoria desde el
monumento estático hacia el organismo vivo: el cuerpo no solo recuerda, sino
que es el recuerdo mismo, inscrito en la gestualidad, la voz, la manera de
caminar y de ocupar la plaza. En este sentido, la concejal Celeste Corimayo y el
diputado Carlos Jorge no aparecen ante la comunidad como figuras meramente
institucionales. Son cuerpos que condensan una genealogía de resistencia, donde
cada palabra pronunciada en el concejo deliberante o en la cámara de diputados
remite a luchas sociales, duelos y compromisos que trascienden la foto oficial
o el discurso protocolar.
El cuerpo se convierte así en territorio de
inscripción. En los procesos de justicia y en la causa ragonista, el cuerpo de
los familiares y militantes funciona como prueba viviente del vacío dejado por
la desaparición de mi abuelo, un vacío que se llena con la presencia física en
la plaza de Cerrillos. Cuando la concejal o el diputado se paran frente a la
comunidad, no lo hacen solo como representantes elegidos por el voto. Lo hacen
como cuerpos que prolongan una herencia biográfica. Carlos Jorge o Celeste Corimayo
—o cualquiera que se reconozca como portador de esa memoria— no portan solo un
apellido o un cargo: sus cuerpos actúan como puentes temporales, haciendo
visible una trama de resistencia que sigue caminando y que se reafirma en cada
decisión política, en cada proposición de ordenanza o ley. En ese punto, la
legitimidad que se les otorga excede lo electoral: se funda en que encarnan una
memoria colectiva que arde y se mueve.
La conexión entre cuerpo y memoria se expresa con
fuerza también en la resistencia al "vaciamiento": al contrario de
transformar el pasado en un mural que nadie mira o en un archivo abstracto, la
memoria viva circula por la trama de vidas que sostiene la comunidad. En los
actos políticos de Cerrillos, la concejal o el diputado no solo recitan
declaraciones institucionales. Participan de un ritual corporizado donde el
tono de voz, la distancia al público, la colocación del cuerpo en la escena y
la manera de sostener la mirada prolongan prácticas de duelo, justicia y
soberanía. El cuerpo, como archivo dinámico, adapta la memoria al presente: las
antiguas luchas ragonistas se actualizan en los nuevos conflictos locales, y la
causa permanece viva, no conservada.
En este sentido, el mural, el micrófono, el pupitre
del concejo o la banca en la cámara son solo disparadores. La verdadera
infraestructura de la memoria es la red de cuerpos que se reconocen entre sí
como parte de una historia compartida. Y esa red tiene en Cerrillos un nodo
geográfico preciso: la plaza Ragone, ese sitio de memoria construido bajo la
gestión de Rubén Corimayo donde la historia de la familia, la comunidad y la
causa de justicia se reúnen en torno al espacio donde fue hallado el auto de mi
abuelo debajo del algarrobo en el emplazamiento de lo que en el futuro sería el
actual barrio San Isidro. Mi memoria se ancla firmemente en ese territorio. No
es abstracta: depende de plazas, de barrios, de árboles, de rutas y de casas, y
pierde sentido cuando los poderes locales deciden ignorar o desubicar esos
espacios.
Finalmente, la transmisión intergeneracional se
entrelaza con la figura de la concejal y del diputado como
"cuerpos-vínculo": los jóvenes de Cerrillos no solo aprenden la
historia de su pueblo por los manuales escolares. Aprenden por el tono de voz
de los mayores en la plaza, por la firmeza de una marcha, por el dolor
encarnado en un acto conmemorativo. Cuando la concejal o el diputado se dirigen
a las nuevas generaciones, su autoridad no proviene solo de su mandato formal,
sino de la capacidad de encarnar una memoria socializada por ósmosis afectiva.
En esta perspectiva, el mensaje de que "la memoria no está en los murales
solos" orienta hacia una política que se entiende como práctica
corporizada: la democracia se ejerce también en cómo se ocupa el espacio, en
cómo se sostiene el duelo, en cómo se transmite la insubordinación ética de una
causa que, al igual que los cuerpos que la portan, nunca se detiene del todo.
VI. Güemes y Ragone: una analogía de largo aliento
Hay una continuidad histórica en Salta que pocos
quieren ver con claridad. Dos siglos separan a Martín Miguel de Güemes de mi
abuelo Miguel Ragone, pero los une algo que ninguna distancia temporal puede
borrar: ambos intentaron proteger a sectores vulnerables frente a los intereses
de las élites dominantes. Güemes protegió a campesinos y gauchos de la
expansión prerrogativa colonial-española. Ragone, dos siglos después, al pueblo
más necesitado, mediante la justicia social, la distribución de la tierra y la
defensa de la soberanía salteña. La continuidad no es solo semántica. Es
política.
La analogía se vuelve aún más contundente cuando
señalo que los sectores que hoy homenajean a Güemes son descendientes o
representantes de los mismos grupos que lo mataron hace doscientos años. La
misma lógica se repite con Ragone: el mismo tipo de poder económico-social que
lo eliminó es el que hoy, en distintas formas, se opone a la justicia social,
la soberanía regional y el control sobre la tierra y los recursos. Esta
paradoja histórica permite pensar la memoria de mi abuelo no como un hecho
aislado, sino como parte de una tradición de persecución de líderes populares,
cuya lucha por la redistribución y la soberanía amenaza los intereses de las
élites.
Y la tercera dimensión de esta analogía gira en torno
a la soberanía. Güemes y Ragone son figuras que encarnan una lucha persistente
por la soberanía de la tierra, la independencia económica y el control sobre el
propio territorio. La desaparición de mi abuelo se convierte, en esta lectura,
en un intento de frenar esa lucha, al igual que el asesinato de Güemes buscó
detener proyectos de autonomía y resistencia popular. La memoria de ambos se
integra en una tradición de pensar Salta como espacio de resistencia, donde la
defensa del pueblo atraviesa dos épocas distintas pero unidas por la misma
matriz de poder.
Vinculo todo esto también con la coyuntura mundial y
local de 2026: conflictos geopolíticos entre potencias, tensión sobre la
soberanía del territorio, y en Salta una crisis económica donde a las familias
no les alcanza para llegar a fin de mes. La memoria de la desaparición, la
tortura y el genocidio se relee entonces como un capítulo de una lucha continua
por la soberanía de la tierra y la justicia social. La lucha de Ragone por el
acceso a la comida, el techo y el trabajo no se reduce a un relato del pasado.
Se proyecta hacia la demanda de una política económica que distribuya bienestar
en lugar de concentrar riqueza. Seguimos luchando por lo mismo de siempre. Y
eso no es nostalgia. Es diagnóstico.
VII. La crítica al vaciamiento: de la memoria
decorativa a la memoria genuina
Tengo una obligación ética de decir lo que pienso
sobre la manera en que el municipio de Cerrillos ha tratado la memoria de mi
abuelo en este 50 aniversario. El director Ontivero lo dice con una frase que
me parece perfecta: el riesgo es que la conmemoración se reduzca a "un
simple acto en la plaza". Ese riesgo no es hipotético. Es lo que ha
ocurrido.
El problema no es solo que los murales de Ragone en la
plaza del barrio San Isidro estén totalmente despintados y derruidos, aunque
eso sea en sí mismo una vergüenza. El problema es más profundo: el cambio de
lugar del acto municipal, el desplazamiento de un espacio de memoria fuerte
hacia otro administrativamente más cómodo pero simbólicamente débil. Y la
invitación a la familia de Ragone por un mensaje de WhatsApp enviado seis horas
antes. Eso no es una forma de invitar. Eso es un desastre. Y me niego a
llamarlo de otra manera.
El actual intendente de Cerrillos tuvo oportunidades
de honrar la memoria de quien fue amigo de su propio padre. Alguien que se
reclama heredero de un pasado de amistad y confianza debería, en cambio, hacer
honor a la memoria de Ragone, a la justicia social y a la soberanía económica.
La ausencia de esa continuidad se vuelve síntoma de un vaciamiento
institucional más profundo. Y como le digo a la comunidad: si así funciona la
municipalidad, no sé cómo deben estar los cerrillanos.
Frente a eso, lo que este colegio hace hoy es
exactamente lo opuesto al vaciamiento. La memoria genuina, para mí, es aquella
que resiste al maltrato institucional. Es aquella que se construye escuchando a
quienes vivieron ese tiempo, a los jueces y a los tribunales que investigaron
los crímenes de la dictadura. No la que se pinta en un pañuelo sin saber por
qué es blanco. No la que coloca el nombre de un desaparecido en un salón solo
para cumplir con un acto protocolar. La memoria genuina es la que sostiene, en
cada gesto, la "verdad de la verdad histórica".
Y hay algo que Ontivero dice que me parece
fundamental: la escuela, al nombrar este SUM en honor a mi abuelo, no está
poniendo una decoración. Está asumiendo un programa. Un programa político e
institucional. Ese nombre es un compromiso diario con los estudiantes que
entran a ese salón. Es preguntarse cada vez: ¿qué haría Ragone en este momento?
¿Qué defenderíamos nosotros si él estuviera aquí?
VIII. Generaciones ragonistas y la escuela como
espacio de memoria recuperada
Hablo de generaciones de ragonistas. No de un partido
político. No de un movimiento con carnet. De una colectividad histórica
maltratada por la historia oficial y por la dictadura, que encuentra
continuidad en figuras como el diputado Jorge, la concejal Corimayo, el
muralista Lucas y las familias que han sostenido la causa durante décadas. La
memoria de Ragone no se reduce a un nombre. Es un tejido de personas y
trayectorias que se reconocen como ragonistas, con independencia de sus
afiliaciones partidarias.
La figura de mi abuelo trasciende los partidos
políticos. Lo que importa no es el casillero de la boleta, sino la defensa de
la justicia social, el acceso a la comida, el techo y el trabajo. La memoria de
Ragone se convierte en un mojón ético, un punto de referencia que puede ser
reclamado por distintos sectores que se articulan alrededor de la necesidad de
democratizar la tierra, la economía y el poder. En este punto, la memoria se
vuelve aglutinante de una política de largo plazo, donde valores como la soberanía,
la equidad y la dignidad prevalecen sobre las lógicas de la oportunidad
electoral.
Y el propio acto de hoy en el Colegio 5150 se inserta
en esa estrategia. La escuela, el mural, el comunicado de la Junta Militar, la
dramatización de los jóvenes y las palabras de Anachuri y Ontivero configuran
un espacio donde la memoria recupera su vigor frente al vaciamiento
institucional. La presencia mía en el aula, la aceptación de la familia de ver
a las nuevas generaciones rendir homenaje en el Salón de Usos Múltiples,
trabaja precisamente en esa línea: la memoria de un genocidio y de una desaparición
se vuelve legado vivo, portado por estudiantes que se consideran parte de la
"generación de ragonistas".
Cuando escucho a los jóvenes leer sus poemas, cuando
veo la dramatización de la represión y la liberación, cuando escucho el grito
colectivo de "¡Nunca más!", siento que algo se transmite que no puede
transmitirse de otra manera. No hay libro que lo haga. No hay documental que lo
logre. Lo que se transmite aquí hoy es una forma de ser ciudadano, una forma de
entender que la democracia no es un dato del calendario sino una conquista
cotidiana que puede perderse. Y eso solo se aprende con el cuerpo. Solo se aprende
en presencia.
IX. Conclusión: los cincuenta años del golpe en
Salta y el lugar de este acto
Cincuenta años. Medio siglo. Hay algo en esa cifra que
aplasta y que ilumina al mismo tiempo. Aplasta porque implica que ya hay
generaciones enteras que no vivieron aquel 24 de marzo de 1976, que no saben lo
que es levantarse y encontrar que el país ya no existe como lo conocían, que
ciertas palabras —"desaparecido", "vuelos de la muerte",
"centro clandestino"— no son términos históricos sino descripciones
de lo que le hicieron a gente de carne y hueso, a familias como la mía. Ilumina
porque a cincuenta años, el debate sobre la memoria sigue vivo. Sigue siendo
necesario. Sigue siendo urgente.
En Salta, los cincuenta años del golpe tienen una
textura particular. Mi abuelo Miguel Ragone fue gobernador de esta provincia.
Fue médico del pueblo. Fue defensor de la soberanía salteña y de los sectores
más vulnerables. Y fue desaparecido por eso. Su caso no es solo un caso de
terrorismo de Estado: es el caso de un hombre que intentó que Salta fuera un
lugar más justo, y al que los poderes económicos y militares de la época
eliminaron precisamente por eso. En ese sentido, recordar a Ragone en Salta a
cincuenta años del golpe es un acto que excede lo conmemorativo. Es un acto de
disputa por el sentido de la historia provincial.
El acto en el Colegio 5150 de Las Palmas responde a
ese desafío con una coherencia que merece ser señalada. No es un acto que se
queda en la estética del duelo. Es un acto que convierte el duelo en programa.
La inauguración del SUM con el nombre de Ragone, el mural con el algarrobo y
los rostros de los desaparecidos como raíces, la escucha del Comunicado Número
Uno de la Junta Militar, la dramatización de la represión y la liberación, los
discursos de Anachuri y Ontivero, el reencuentro con Gabriela Berrondo: todo
eso configura un dispositivo pedagógico y político que sitúa a la escuela en el
centro de la lucha por la memoria.
Anachuri lo dice con precisión cuando señala que ese
nombre —Ragone— en el SUM es un "programa" político e institucional,
no una mera decoración. Y reconoce los cincuenta años de lucha de la familia
Ragone contra el olvido, representada en mi presencia hoy en el aula. Esos
cincuenta años no han sido solo de dolor. Han sido de construcción activa. De
demanda de justicia. De mantenimiento de la llama frente al viento constante
del olvido institucional.
Y Ontivero articula algo que yo suscribo
completamente: la escuela es la que debe llevar la bandera de la democracia
cuando las instituciones municipales y estatales fallan en esa tarea. Cuando el
municipio reduce el 50 aniversario a un acto en una plaza cómoda frente a la
administración municipal y no en la Plaza Ragone, cuando los murales se
despintan y nadie los repone, cuando la familia del desaparecido recibe una
invitación por WhatsApp seis horas antes, la escuela tiene que ocupar ese
vacío. No como sustituto del Estado —el Estado debe cumplir su responsabilidad—
sino como espacio donde la comunidad se educa en lo que el Estado no hace.
La democracia en Argentina cumple en 2026 más de
cuatro décadas desde su recuperación. Y sin embargo, los datos globales que
Anachuri cita en su apertura son elocuentes: el retroceso democrático avanza.
Las autocracias se expanden. En ese contexto, el acto del Colegio 5150 no es
solo una conmemoración local. Es una declaración de principios sobre el
presente. Es una respuesta concreta al vaciamiento, a la desmemoria, al
negacionismo que en distintas formas reaparece en la escena política argentina
y mundial.
Lo que ocurrió hoy en Las Palmas no es solo un acto
conmemorativo. Es una puesta en escena de la memoria activa, donde la juventud,
el territorio y la historia nacional se rearticulan alrededor del compromiso
con la verdad, la justicia y la defensa de la democracia. Los jóvenes de este
colegio rural salteño, hijos e hijas del Valle de Lerma, herederos de la
tradición agroganadera y de las luchas populares de esta tierra, han recibido
hoy algo que ningún manual puede darles: la experiencia viva de que la
democracia se construye, que puede perderse, y que defenderla es una tarea de
todos los días y de todos los cuerpos.
"Están los que tienen que estar", dice
Ontivero al cerrar. Y tiene razón. La familia Ragone está. Fernando Pequeño
está. Los docentes que se comprometieron con esto están. Los estudiantes que
dramatizaron, que leyeron poemas, que descubrieron el mural, están. La concejal
Corimayo y el diputado Jorge, con sus cuerpos que portan memorias, están. Y
Gabriela Berrondo, mi vieja compañera del Nacional, está.
A cincuenta años del golpe, en un colegio rural del
Valle de Lerma, rodeado de estos jóvenes que gritan "¡Nunca más!" con
la voz que yo no tuve en 1984, entiendo con más claridad que nunca que la
memoria no es un lujo. Es una necesidad. No es un ejercicio del pasado. Es una
herramienta del presente. No está en los murales solos. Está en los cuerpos que
los sostienen, en las voces que los nombran, en las manos que los pintan y en
los ojos que los miran.
Mi abuelo fue médico. Curó cuerpos. Hoy, en este acto,
algo de su legado sigue curando: la herida abierta del olvido, la cicatriz de
la impunidad, el miedo que aún a veces paraliza. No con anestesia. Con verdad.
Y con la democracia que entre todos, cuerpo a cuerpo, seguimos construyendo.
— Fernando Pequeño Ragone
Colegio Secundario 5150, Las Palmas, San
José de los Cerrillos, Salta, 2026





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