martes, 3 de marzo de 2026

Crónica de una Expropiación: El Vaciamiento de la Política, el Territorio y la Memoria en el Peronismo Salteño del Siglo XXI

 


En Salta, algo se rompe en silencio. Los pequeños finqueros venden sus campos ante el avance de capitales internacionales disfrazados de conservación ambiental. El Partido Justicialista celebra congresos donde nadie habla del partido. Los organismos de derechos humanos disputan miguitas estatales en lugar de construir memoria colectiva. Y el nombre de Miguel Ragone —único gobernador democrático desaparecido por la última dictadura— es usado para fotos institucionales por quienes no saben, ni quieren saber, qué significa.

Este ensayo narra ese triple vaciamiento desde adentro: desde la voz de quien investiga la memoria, milita en el peronismo y custodia un legado familiar que el presente amenaza con neutralizar. No es un diagnóstico distante. Es el intento de pensar en voz alta, con rigor académico y honestidad política, sobre las fracturas que atraviesan simultáneamente una familia, un partido y una provincia.

Con apoyo en autores como Elizabeth Jelin, Alejandro Grimson, Pilar Calveiro y Alejandro Horowicz, el texto propone que la disputa por la memoria y el territorio en el noroeste argentino no es un problema local: es el síntoma más nítido de una época.


Fernando Pequeño Ragone — Salta, Argentina, Marzo de 2026

Con la asistencia de NotbookLM y Claude IA. 

 

I.Introducción: El mapa de las grietas

II.La Tierra Que Duele: Fragmentación Familiar y Sistema de Expulsión

2.1La finca como metáfora total

2.2El diagnóstico desde adentro

III.El Partido Como Cáscara: Cacicazgo, Intervención y la Ausencia de Herramienta

3.1El Congreso de la Militancia como espejo roto

3.2El partido como herramienta electoral vaciada

IV.La Memoria Como Mercancía: El Legado de Ragone en Disputa

4.1La foto institucional vs. el testimonio que trasciende

4.2Los organismos de derechos humanos: fragmentación y egos

V.El Contexto Nacional: Milei, la Antipolítica y la Resistencia

VI.Conclusión: La Apuesta en Soledad y la Densidad de lo Que Persiste

Referencias

 

 

I. Introducción: El mapa de las grietas

Hay conversaciones que son mucho más que el intercambio de dos voces: son el síntoma de una época. La que sostengo con una referente histórica de la conducción femenina del peronismo salteño —con décadas de militancia y representación institucional en la provincia— en los primeros días de marzo de 2026 es, sin duda, una de ellas. Analizarla desde mi posición como investigador en derechos humanos y custodio del legado de Miguel Ragone no es un ejercicio de narcisismo académico; es, al contrario, una forma de pensar en voz alta sobre las fracturas que atraviesan, simultáneamente, mi familia, mi partido y mi provincia.

Vivo y trabajo en Salta, una provincia que condensa, como pocas, las contradicciones de la Argentina periférica: tierra disputada entre el capital transnacional y los pequeños finqueros, memoria histórica administrada por funcionarios que no entienden qué es la memoria, y un peronismo que se vació de contenido hasta convertirse en una simple "herramienta electoral". Dirijo la Asociación Miguel Ragone, espacio desde el cual intento que el nombre de mi abuelo no sea apenas un busto en un shopping o en un mercado municipal, sino una interpelación viva sobre qué significa hacer política con convicción democrática en tiempos difíciles.

Desde el análisis institucional abordo cuatro ejes que ordenaré aquí: primero, la fragmentación territorial y la crisis del pequeño finquero como expresión local de un proceso de expulsión neoliberal de alcance global; segundo, el vaciamiento institucional del Partido Justicialista de Salta, capturado entre el cacicazgo histórico, la intervención federal y la sombra del gobernador Gustavo Sáenz; tercero, la memoria de Miguel Ragone como bien disputado, mercantilizado y manipulado por quienes no tienen vocación memorialista sino fotográfica; y cuarto, la paradoja de un ex gobernador peronista de la provincia como herramienta transitoria para evitar el colapso definitivo del partido. En torno a estos ejes construyo un argumento que es también una confesión: la soledad de quien apuesta en serio.

 

II. La Tierra Que Duele: Fragmentación Familiar y Sistema de Expulsión

2.1 La finca como metáfora total

Cuando en la conversación con la referente le cuento que tengo temor del proceso de expropiación de las fincas medianas próximas al Paraque Nacional El Rey por el capital extranjero para expandir el negocio del bono de carbono; estoy describiendo la capitulación ante un proceso que Alejandro Grimson (2019) denominaría la profundización de la grieta: no la grieta política entre kirchnerismo y macrismo que domina el debate mediático, sino la grieta más antigua y más honda entre dos visiones de la Argentina, encarnadas en este caso en mi propio hermano Rodrigo y en mí.

Rodrigo hereda la línea paterna: conservadora, miedosa y racista, tal como la describo sin eufemismos en el diálogo. Yo me reconozco en la línea materna: peronista, permeable a la diversidad, convencido de que la tierra tiene función social. José Bleger (1966) habría reconocido en esta fractura la ruptura del encuadre: la finca dejó de funcionar como soporte de identidad común para convertirse en foco de dolor y separación. Ya no es el territorio que nos une; es el campo de batalla donde se libra una guerra ideológica de herencia diferida.

Pero el análisis no puede quedarse en el plano familiar. Lo que mi interlocutora y yo identificamos en la conversación es un proceso estructural: las ONGs internacionales financiadas con capitales de bancos extranjeros están monopolizando la tierra bajo la lógica de los bonos de carbono y el turismo de "descolonización". El pequeño finquero ya no puede sostener su propiedad; el modelo productivo lo expulsa silenciosamente. Como señala Luis Alberto Romero (2001) al analizar los ciclos de concentración económica en la historia argentina, esta dinámica no es nueva, pero en su versión neoliberal del siglo XXI adquiere una eficiencia inédita: se apropia del lenguaje ambiental y progresista para realizar, en el fondo, una operación de acumulación por desposesión.

2.2 El diagnóstico desde adentro

Lo que me resulta más perturbador —y lo comento con la compañera con la franqueza que permite la amistad política— es que ni mi hermano ni los demás finqueros pequeños registran la expulsión en curso. "No ven la expulsión", dice ella, y la frase suena a diagnóstico clínico. Guillermo O'Donnell (1972) identificó tempranamente cómo los sectores medios y pequeños propietarios en Argentina tienden a naturalizar las condiciones de su propia subordinación cuando estas vienen envueltas en el lenguaje del orden y la modernización. Décadas después, el mecanismo se repite: la tokenización de la tierra, los certificados de carbono, los proyectos de "conservación" son presentados como progreso, y los pequeños finqueros como yo no tenemos herramientas conceptuales ni políticas para resistirlo organizadamente.

La decisión de vender llegado el momento del hartazgo y de la oferta extrangera, entonces, no es solo de alguien como mi propio hermano: es la decisión forzada de toda una clase de propietarios medios que el modelo neoliberal vuelve insostenibles. Y en ese vaciamiento territorial hay un correlato simbólico: cuando se pierde la tierra, se pierden también los anclajes de la memoria local, los paisajes de la infancia, los espacios donde el peronismo originario —el de mi abuelo— construyó sus primeras redes de lealtad popular.

 

III. El Partido Como Cáscara: Cacicazgo, Intervención y la Ausencia de Herramienta

3.1 El Congreso de la Militancia como espejo roto

El Congreso de la Militancia del PJ Salta, que describo en detalle a la compañera, podría haber sido una oportunidad para reinventar el partido. No lo fue. Lo que presencié durante cuatro horas fue un ejercicio de catarsis colectiva sin ninguna sustancia programática: diagnóstico, diagnóstico, diagnóstico, como repito con cierta amargura. Los cuadros dirigentes —a quienes llamo "caciques" con toda la precisión conceptual que el término amerita— se movieron en la sala buscando posicionamiento personal, negociando silenciosamente sus futuros lugares en una estructura que, sin embargo, ninguno se tomó el trabajo de pensar.

Lidia Fernández (1994) introdujo el concepto de estilo institucional para describir las configuraciones culturales que determinan cómo una institución opera más allá de su declaración formal de principios. El estilo institucional del peronismo salteño, tal como lo vivo desde adentro, es el cacicazgo: una masculinidad hegemónica, vertical, refractaria a la innovación y profundamente desconfiada de la diversidad. Cuando Pía Ceballos habló en el Congreso para introducir perspectivas diversas, los caciques no la registraron. No es que la rechazaron: simplemente no la procesaron como información política relevante. No hay en ellos, como señalo, "registro de otro diseño de partido".

3.2 El partido como herramienta electoral vaciada

La distinción que hago en la conversación —entre política pública y partido— es más importante de lo que parece. Los dirigentes confunden ambas cosas porque, en el fondo, solo conciben el partido como maquinaria de votos. Pilar Calveiro (2005) analiza cómo las organizaciones políticas que surgieron en Argentina del ciclo de violencia de los años setenta tendieron a volverse crecientemente instrumentales, perdiendo la dimensión formativa y la densidad ideológica que las había nutrido en su origen. En el caso del PJ salteño, este proceso de vaciamiento es particularmente agudo: el partido que fue herramienta de transformación social en la época de mi abuelo —cuando Miguel Ragone gobernó Salta entre 1973 y 1974 con un programa de salud pública, educación y reforma agraria— se ha convertido en una estructura sin contenido, sostenida apenas por la inercia del sello y el choripán.

La intervención federal del partido no resolvió este problema; en cierto sentido lo agravó. Genera lo que Bleger (1966) llamaría orfandad institucional: los militantes quedan sin encuadre protector, sin norte programático, atrapados entre la lógica de los caciques que buscan sobrevivir y el riesgo real de que el gobernador Gustavo Sáenz absorba definitivamente la estructura partidaria. "Si la intervención termina antes de tiempo —le digo a la referente— Sáenz se queda con el partido". Es la síntesis más amarga del momento político que vivimos.

En ese contexto, la figura de un ex gobernador peronista de la provincia emerge como el único cuadro con peso suficiente para evitar la disolución. No es que lo admiro: su gestión al frente del Ejecutivo provincial generó resistencias profundas en el campo de los derechos humanos, y muchos de quienes hoy lo miran con distancia fueron posicionados por él mismo en la estructura del Estado provincial. Pero en política, a veces, el pragmatismo es la única forma de fidelidad posible al ideal. Como señala Alejandro Horowicz (2012) en su análisis de los ciclos peronistas, cada etapa del movimiento requirió figuras de transición que no eran el ideal sino la posibilidad: el ex mandatario puede ser esa figura hoy, aunque su relación con el saencismo sea una zona de sombra que nadie quiere iluminar.

 

IV. La Memoria Como Mercancía: El Legado de Ragone en Disputa

4.1 La foto institucional vs. el testimonio que trasciende

Administrar el legado de Miguel Ragone no es una tarea sencilla. Mi abuelo fue el único gobernador democrático desaparecido durante la última dictadura argentina. Eso lo convierte en un símbolo de primer orden —de la resistencia, de la vocación de servicio, del precio pagado por gobernar con convicción en tiempos oscuros— pero también en un objeto de apropiación institucional permanente. Lo que describo a la compañera sobre la Comisión Provincial de la Memoria y el acto de homenaje a Ragone es, en el fondo, la tensión entre dos usos posibles de la memoria: la memoria como herramienta de transformación presente, y la memoria como foto que legitima a quienes en la práctica no tienen ningún compromiso con lo que esa memoria representa.

Elizabeth Jelin (2002) distingue entre los usos políticos de la memoria —que responden a la coyuntura y buscan legitimidad— y los trabajos de la memoria —que implican un procesamiento colectivo del pasado traumático orientado al presente. Lo que veo en la gestión oficial de la Comisión Provincial de la Memoria es el primero: funcionarios que quieren la foto con el nombre de Ragone sin entender nada de lo que ese nombre implica. "No le voy a regalar eso", le digo a la referente, y en esa frase hay una decisión política que tiene costos personales.

Marina Franco (2012) ha mostrado cómo en Argentina los procesos de memorización de la represión estatal tendieron a quedar capturados en estructuras narrativas que privilegian la víctima inocente sobre el militante político, despolitizando así la memoria. En el caso de Ragone, este riesgo es permanente: convertirlo en mártir aséptico, en busto de piedra sin historia partidaria, es la mejor forma de neutralizarlo. Por eso el libro que estoy escribiendo sobre su legado no puede ser solo hagiografía: tiene que ser memoria política, en el sentido pleno que le da Jelin (2002).

4.2 Los organismos de derechos humanos: fragmentación y egos

Una de las constataciones más dolorosas que comparto con la referente es el estado de los organismos de derechos humanos en Salta. Los describo sin ambages: fragmentados, presos de "luchas de ego", cada uno trabajando por su cuenta para obtener "la miguita" estatal. Sofía Tiscornia (2004) analizó cómo los organismos de derechos humanos en Argentina, con el tiempo y la institucionalización, tendieron a reproducir hacia adentro algunas de las lógicas de poder y disputa que combatían hacia afuera. No es una generalización justa para todos, pero sí describe una tendencia real.

La pregunta que me formulo —y que no tiene respuesta fácil— es cómo reconstruir una práctica memorialista que sea colectiva sin ser hegemónica, plural sin ser fragmentaria. Diana Maffía (2007) ofrece, desde su perspectiva feminista, una clave: la memoria emancipadora requiere descentrar la autoridad epistémica, reconocer múltiples voces sin por ello renunciar a la densidad política. En el campo de los derechos humanos salteños, esa pluralidad existe pero no se articula. Cada organismo habla desde su trinchera y la trinchera se convierte, paradójicamente, en un obstáculo para la acción colectiva.

El dilema del prólogo de mi libro —¿incluir al ex mandatario o no?— condensa esta tensión. Sé que hacerlo generará "resistencia fortísima" en sectores que lo rechazan. Sé también que excluirlo sería negar la realidad política que vivimos. La decisión que tome tendrá consecuencias: algunos se me irán, otros se me acercarán. La memoria nunca es neutral, y la gestión del legado de Ragone tampoco puede serlo.

 

V. El Contexto Nacional: Milei, la Antipolítica y la Resistencia

Todo lo que describo —el vaciamiento del partido, la fragmentación de los organismos, la expulsión del pequeño finquero— ocurre en un contexto nacional que la compañera y yo nombramos repetidamente en la conversación: el gobierno de Javier Milei. La "basureada" de Milei hacia la clase política no es solo retórica: es un programa de demolición de la institucionalidad democrática que la referente califica de "antidemocracia" en el diálogo.

Lo que más me preocupa, sin embargo, no es la agresividad del discurso mileísta sino la naturalización que describe mi interlocutora: en Salta, la gente ya no se sorprende de la exclusión, del desmantelamiento de los comedores barriales, del vaciamiento de los servicios de salud y discapacidad. "No hay gente, no hay consumo de nada", dice ella describiendo una ciudad deprimida económicamente. Esa naturalización es, en términos de Jelin (2002), una forma de desmemoria activa: la incapacidad de comparar el presente con lo que fue conquistado en quince años de políticas redistributivas.

Carlos Sarlo (1994), analizando las transformaciones culturales del neoliberalismo en Argentina, identificó el proceso por el cual la vida cotidiana queda colonizada por la lógica del mercado hasta el punto de volver impensable cualquier alternativa. En el contexto salteño actual, esa colonización se expresa en la "depresión" que la compañera describe: no solo económica sino política, una derrota del deseo colectivo de cambio. Frente a eso, la apuesta de sembrar conversatorios, de publicar el libro sobre Ragone, de resistir la apropiación de la memoria, puede parecer pequeña. Pero como le digo a la compañera, es la apuesta que tengo. Y la hago en soledad.

 

VI. Conclusión: La Apuesta en Soledad y la Densidad de lo Que Persiste

Llego al final de este ensayo con la misma incomodidad con que inicio cada conversación sobre estos temas: la sensación de que el análisis, por más preciso que sea, no alcanza a capturar la densidad de lo que está en juego. Hablar de fragmentación institucional, de vaciamiento partidario, de disputas de memoria, es necesario pero insuficiente si no se nombra también la dimensión existencial: la soledad de quien sigue apostando cuando el partido no lo registra, cuando la familia no lo entiende y cuando los organismos que deberían ser aliados están fragmentados en sus propias guerras de ego.

Desde mi experiencia en la Asociación Miguel Ragone, sé que la memoria no se administra: se construye, se disputa y se pierde. Jelin (2002) tiene razón cuando insiste en que los trabajos de la memoria son procesos, no productos: requieren tiempo, articulación colectiva y disposición a la conflictividad. Grimson (2019) tiene razón cuando señala que la grieta no es solo política sino cultural: atraviesa familias, instituciones y territorios. Calveiro (2005) tiene razón cuando advierte que las organizaciones políticas pueden reproducir hacia adentro las lógicas de poder que dicen combatir. Franco (2012) tiene razón cuando muestra que la despolitización de la memoria es siempre una operación política.

Pero ninguna de estas lucideces académicas resuelve la pregunta práctica que me formulo cada mañana: ¿cómo hacer que el nombre de Miguel Ragone sea una interpelación viva y no una foto de ocasión? ¿Cómo reconstruir un partido que sea herramienta de cambio y no apenas maquinaria electoral? ¿Cómo resistir la expulsión del territorio sin reproducir el victimismo que paraliza? Horowicz (2012) diría que el peronismo siempre encontró, en sus momentos de mayor crisis, figuras y gestos capaces de reagrupar. O'Donnell (1972) advertiría que la modernización autoritaria —en todas sus versiones— genera siempre una resistencia que no se ve hasta que se ve. Romero (2001) recordaría que la historia argentina es, entre otras cosas, la historia de una recuperación permanente.

Maffía (2007) me recuerda que la emancipación requiere reconocer las voces que el relato dominante silencia: las mujeres, los jóvenes, la diversidad que los caciques no registraron en el Congreso. Tiscornia (2004) me recuerda que la memoria política es siempre un campo de disputa donde los más fuertes intentan capturar los símbolos de los más débiles. Sarlo (1994) me recuerda que resistir la colonización cultural del neoliberalismo requiere reconstruir los lazos de lo común antes que el mercado los disuelva definitivamente.

Lo que persiste, al final del análisis y de la conversación con la referente histórica del peronismo salteño, es una convicción que no es académica sino ética: mientras haya una persona dispuesta a sembrar —un conversatorio, un libro, una discusión incómoda sobre el prólogo— la memoria no está muerta. Está, como siempre, en disputa. Y esa disputa es la política misma.

 

Referencias

Bleger, J. (1966). Psicohigiene y psicología institucional. Paidós.

Calveiro, P. (2005). Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Norma.

Fernández, L. (1994). Instituciones educativas. Dinámicas institucionales en situaciones críticas. Paidós.

Franco, M. (2012). Un enemigo para la nación: Orden interno, violencia y subversión, 1973-1976. Fondo de Cultura Económica.

Grimson, A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover a la Argentina. Siglo XXI.

Horowicz, A. (2012). Los cuatro peronismos. Edhasa.

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI.

Maffía, D. (2007). Epistemología feminista: La subversión semiótica de las mujeres en la ciencia. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, 12(28), 63–98.

O'Donnell, G. (1972). Modernización y autoritarismo. Paidós.

Romero, L. A. (2001). Breve historia contemporánea de la Argentina (2.ª ed.). Fondo de Cultura Económica.

Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Ariel.

Tiscornia, S. (2004). Entre el honor y los derechos humanos. Discursos y prácticas de la seguridad ciudadana. En S. Tiscornia (Comp.), Burocracias y violencia: Estudios de antropología jurídica (pp. 15–44). Antropofagia.


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