En Salta, algo se rompe en silencio. Los pequeños finqueros venden sus campos ante el avance de capitales internacionales disfrazados de conservación ambiental. El Partido Justicialista celebra congresos donde nadie habla del partido. Los organismos de derechos humanos disputan miguitas estatales en lugar de construir memoria colectiva. Y el nombre de Miguel Ragone —único gobernador democrático desaparecido por la última dictadura— es usado para fotos institucionales por quienes no saben, ni quieren saber, qué significa.
Este ensayo narra ese triple vaciamiento desde adentro: desde la voz de quien investiga la memoria, milita en el peronismo y custodia un legado familiar que el presente amenaza con neutralizar. No es un diagnóstico distante. Es el intento de pensar en voz alta, con rigor académico y honestidad política, sobre las fracturas que atraviesan simultáneamente una familia, un partido y una provincia.
Con apoyo en autores como Elizabeth Jelin, Alejandro Grimson, Pilar Calveiro y Alejandro Horowicz, el texto propone que la disputa por la memoria y el territorio en el noroeste argentino no es un problema local: es el síntoma más nítido de una época.
Fernando Pequeño Ragone — Salta, Argentina, Marzo de 2026
Con la asistencia de NotbookLM y Claude IA.
I.Introducción: El mapa de las grietas
II.La Tierra Que Duele: Fragmentación Familiar y Sistema de Expulsión
III.El Partido Como Cáscara: Cacicazgo, Intervención y la Ausencia de Herramienta
IV.La Memoria Como Mercancía: El Legado de Ragone en Disputa
V.El Contexto Nacional: Milei, la Antipolítica y la Resistencia
VI.Conclusión: La Apuesta en Soledad y la Densidad de lo Que Persiste
I. Introducción: El mapa de las grietas
Hay conversaciones que son
mucho más que el intercambio de dos voces: son el síntoma de una época. La que
sostengo con una referente histórica de la conducción femenina del peronismo
salteño —con décadas de militancia y representación institucional en la
provincia— en los primeros días de marzo de 2026 es, sin duda, una de ellas.
Analizarla desde mi posición como investigador en derechos humanos y custodio
del legado de Miguel Ragone no es un ejercicio de narcisismo académico; es, al
contrario, una forma de pensar en voz alta sobre las fracturas que atraviesan,
simultáneamente, mi familia, mi partido y mi provincia.
Vivo y trabajo en Salta,
una provincia que condensa, como pocas, las contradicciones de la Argentina
periférica: tierra disputada entre el capital transnacional y los pequeños
finqueros, memoria histórica administrada por funcionarios que no entienden qué
es la memoria, y un peronismo que se vació de contenido hasta convertirse en
una simple "herramienta electoral". Dirijo la Asociación Miguel
Ragone, espacio desde el cual intento que el nombre de mi abuelo no sea apenas
un busto en un shopping o en un mercado municipal, sino una interpelación viva
sobre qué significa hacer política con convicción democrática en tiempos
difíciles.
Desde el análisis
institucional abordo cuatro ejes que ordenaré aquí: primero, la fragmentación
territorial y la crisis del pequeño finquero como expresión local de un proceso
de expulsión neoliberal de alcance global; segundo, el vaciamiento institucional
del Partido Justicialista de Salta, capturado entre el cacicazgo histórico, la
intervención federal y la sombra del gobernador Gustavo Sáenz; tercero, la
memoria de Miguel Ragone como bien disputado, mercantilizado y manipulado por
quienes no tienen vocación memorialista sino fotográfica; y cuarto, la paradoja
de un ex gobernador peronista de la provincia como herramienta transitoria para
evitar el colapso definitivo del partido. En torno a estos ejes construyo un
argumento que es también una confesión: la soledad de quien apuesta en serio.
II. La Tierra Que Duele: Fragmentación Familiar y
Sistema de Expulsión
2.1 La finca como metáfora total
Cuando en la conversación
con la referente le cuento que tengo temor del proceso de expropiación de las
fincas medianas próximas al Paraque Nacional El Rey por el capital extranjero
para expandir el negocio del bono de carbono; estoy describiendo la capitulación
ante un proceso que Alejandro Grimson (2019) denominaría la profundización de
la grieta: no la grieta política entre kirchnerismo y macrismo que domina el
debate mediático, sino la grieta más antigua y más honda entre dos visiones de
la Argentina, encarnadas en este caso en mi propio hermano Rodrigo y en mí.
Rodrigo hereda la línea
paterna: conservadora, miedosa y racista, tal como la describo sin eufemismos
en el diálogo. Yo me reconozco en la línea materna: peronista, permeable a la
diversidad, convencido de que la tierra tiene función social. José Bleger (1966)
habría reconocido en esta fractura la ruptura del encuadre: la finca dejó de
funcionar como soporte de identidad común para convertirse en foco de dolor y
separación. Ya no es el territorio que nos une; es el campo de batalla donde se
libra una guerra ideológica de herencia diferida.
Pero el análisis no puede
quedarse en el plano familiar. Lo que mi interlocutora y yo identificamos en la
conversación es un proceso estructural: las ONGs internacionales financiadas
con capitales de bancos extranjeros están monopolizando la tierra bajo la
lógica de los bonos de carbono y el turismo de "descolonización". El
pequeño finquero ya no puede sostener su propiedad; el modelo productivo lo
expulsa silenciosamente. Como señala Luis Alberto Romero (2001) al analizar los
ciclos de concentración económica en la historia argentina, esta dinámica no es
nueva, pero en su versión neoliberal del siglo XXI adquiere una eficiencia
inédita: se apropia del lenguaje ambiental y progresista para realizar, en el
fondo, una operación de acumulación por desposesión.
2.2 El diagnóstico desde adentro
Lo que me resulta más
perturbador —y lo comento con la compañera con la franqueza que permite la
amistad política— es que ni mi hermano ni los demás finqueros pequeños
registran la expulsión en curso. "No ven la expulsión", dice ella, y
la frase suena a diagnóstico clínico. Guillermo O'Donnell (1972) identificó
tempranamente cómo los sectores medios y pequeños propietarios en Argentina
tienden a naturalizar las condiciones de su propia subordinación cuando estas
vienen envueltas en el lenguaje del orden y la modernización. Décadas después,
el mecanismo se repite: la tokenización de la tierra, los certificados de
carbono, los proyectos de "conservación" son presentados como
progreso, y los pequeños finqueros como yo no tenemos herramientas conceptuales
ni políticas para resistirlo organizadamente.
La decisión de vender
llegado el momento del hartazgo y de la oferta extrangera, entonces, no es solo
de alguien como mi propio hermano: es la decisión forzada de toda una clase de
propietarios medios que el modelo neoliberal vuelve insostenibles. Y en ese
vaciamiento territorial hay un correlato simbólico: cuando se pierde la tierra,
se pierden también los anclajes de la memoria local, los paisajes de la
infancia, los espacios donde el peronismo originario —el de mi abuelo—
construyó sus primeras redes de lealtad popular.
III. El Partido Como Cáscara: Cacicazgo,
Intervención y la Ausencia de Herramienta
3.1 El Congreso de la Militancia como espejo roto
El Congreso de la
Militancia del PJ Salta, que describo en detalle a la compañera, podría haber
sido una oportunidad para reinventar el partido. No lo fue. Lo que presencié
durante cuatro horas fue un ejercicio de catarsis colectiva sin ninguna
sustancia programática: diagnóstico, diagnóstico, diagnóstico, como repito con
cierta amargura. Los cuadros dirigentes —a quienes llamo "caciques"
con toda la precisión conceptual que el término amerita— se movieron en la sala
buscando posicionamiento personal, negociando silenciosamente sus futuros
lugares en una estructura que, sin embargo, ninguno se tomó el trabajo de
pensar.
Lidia Fernández (1994)
introdujo el concepto de estilo institucional para describir las
configuraciones culturales que determinan cómo una institución opera más allá
de su declaración formal de principios. El estilo institucional del peronismo
salteño, tal como lo vivo desde adentro, es el cacicazgo: una masculinidad
hegemónica, vertical, refractaria a la innovación y profundamente desconfiada
de la diversidad. Cuando Pía Ceballos habló en el Congreso para introducir
perspectivas diversas, los caciques no la registraron. No es que la rechazaron:
simplemente no la procesaron como información política relevante. No hay en
ellos, como señalo, "registro de otro diseño de partido".
3.2 El partido como herramienta electoral vaciada
La distinción que hago en
la conversación —entre política pública y partido— es más importante de lo que
parece. Los dirigentes confunden ambas cosas porque, en el fondo, solo conciben
el partido como maquinaria de votos. Pilar Calveiro (2005) analiza cómo las
organizaciones políticas que surgieron en Argentina del ciclo de violencia de
los años setenta tendieron a volverse crecientemente instrumentales, perdiendo
la dimensión formativa y la densidad ideológica que las había nutrido en su
origen. En el caso del PJ salteño, este proceso de vaciamiento es
particularmente agudo: el partido que fue herramienta de transformación social
en la época de mi abuelo —cuando Miguel Ragone gobernó Salta entre 1973 y 1974
con un programa de salud pública, educación y reforma agraria— se ha convertido
en una estructura sin contenido, sostenida apenas por la inercia del sello y el
choripán.
La intervención federal
del partido no resolvió este problema; en cierto sentido lo agravó. Genera lo
que Bleger (1966) llamaría orfandad institucional: los militantes quedan sin
encuadre protector, sin norte programático, atrapados entre la lógica de los
caciques que buscan sobrevivir y el riesgo real de que el gobernador Gustavo
Sáenz absorba definitivamente la estructura partidaria. "Si la
intervención termina antes de tiempo —le digo a la referente— Sáenz se queda
con el partido". Es la síntesis más amarga del momento político que
vivimos.
En ese contexto, la figura
de un ex gobernador peronista de la provincia emerge como el único cuadro con
peso suficiente para evitar la disolución. No es que lo admiro: su gestión al
frente del Ejecutivo provincial generó resistencias profundas en el campo de
los derechos humanos, y muchos de quienes hoy lo miran con distancia fueron
posicionados por él mismo en la estructura del Estado provincial. Pero en
política, a veces, el pragmatismo es la única forma de fidelidad posible al
ideal. Como señala Alejandro Horowicz (2012) en su análisis de los ciclos
peronistas, cada etapa del movimiento requirió figuras de transición que no
eran el ideal sino la posibilidad: el ex mandatario puede ser esa figura hoy,
aunque su relación con el saencismo sea una zona de sombra que nadie quiere
iluminar.
IV. La Memoria Como Mercancía: El Legado de Ragone
en Disputa
4.1 La foto institucional vs. el testimonio que
trasciende
Administrar el legado de
Miguel Ragone no es una tarea sencilla. Mi abuelo fue el único gobernador
democrático desaparecido durante la última dictadura argentina. Eso lo
convierte en un símbolo de primer orden —de la resistencia, de la vocación de
servicio, del precio pagado por gobernar con convicción en tiempos oscuros—
pero también en un objeto de apropiación institucional permanente. Lo que
describo a la compañera sobre la Comisión Provincial de la Memoria y el acto de
homenaje a Ragone es, en el fondo, la tensión entre dos usos posibles de la
memoria: la memoria como herramienta de transformación presente, y la memoria
como foto que legitima a quienes en la práctica no tienen ningún compromiso con
lo que esa memoria representa.
Elizabeth Jelin (2002)
distingue entre los usos políticos de la memoria —que responden a la coyuntura
y buscan legitimidad— y los trabajos de la memoria —que implican un
procesamiento colectivo del pasado traumático orientado al presente. Lo que veo
en la gestión oficial de la Comisión Provincial de la Memoria es el primero:
funcionarios que quieren la foto con el nombre de Ragone sin entender nada de
lo que ese nombre implica. "No le voy a regalar eso", le digo a la
referente, y en esa frase hay una decisión política que tiene costos
personales.
Marina Franco (2012) ha
mostrado cómo en Argentina los procesos de memorización de la represión estatal
tendieron a quedar capturados en estructuras narrativas que privilegian la
víctima inocente sobre el militante político, despolitizando así la memoria. En
el caso de Ragone, este riesgo es permanente: convertirlo en mártir aséptico,
en busto de piedra sin historia partidaria, es la mejor forma de neutralizarlo.
Por eso el libro que estoy escribiendo sobre su legado no puede ser solo
hagiografía: tiene que ser memoria política, en el sentido pleno que le da
Jelin (2002).
4.2 Los organismos de derechos humanos:
fragmentación y egos
Una de las constataciones
más dolorosas que comparto con la referente es el estado de los organismos de
derechos humanos en Salta. Los describo sin ambages: fragmentados, presos de
"luchas de ego", cada uno trabajando por su cuenta para obtener
"la miguita" estatal. Sofía Tiscornia (2004) analizó cómo los
organismos de derechos humanos en Argentina, con el tiempo y la
institucionalización, tendieron a reproducir hacia adentro algunas de las
lógicas de poder y disputa que combatían hacia afuera. No es una generalización
justa para todos, pero sí describe una tendencia real.
La pregunta que me formulo
—y que no tiene respuesta fácil— es cómo reconstruir una práctica memorialista
que sea colectiva sin ser hegemónica, plural sin ser fragmentaria. Diana Maffía
(2007) ofrece, desde su perspectiva feminista, una clave: la memoria
emancipadora requiere descentrar la autoridad epistémica, reconocer múltiples
voces sin por ello renunciar a la densidad política. En el campo de los
derechos humanos salteños, esa pluralidad existe pero no se articula. Cada
organismo habla desde su trinchera y la trinchera se convierte,
paradójicamente, en un obstáculo para la acción colectiva.
El dilema del prólogo de
mi libro —¿incluir al ex mandatario o no?— condensa esta tensión. Sé que
hacerlo generará "resistencia fortísima" en sectores que lo rechazan.
Sé también que excluirlo sería negar la realidad política que vivimos. La decisión
que tome tendrá consecuencias: algunos se me irán, otros se me acercarán. La
memoria nunca es neutral, y la gestión del legado de Ragone tampoco puede
serlo.
V. El Contexto Nacional: Milei, la Antipolítica y
la Resistencia
Todo lo que describo —el
vaciamiento del partido, la fragmentación de los organismos, la expulsión del
pequeño finquero— ocurre en un contexto nacional que la compañera y yo
nombramos repetidamente en la conversación: el gobierno de Javier Milei. La "basureada"
de Milei hacia la clase política no es solo retórica: es un programa de
demolición de la institucionalidad democrática que la referente califica de
"antidemocracia" en el diálogo.
Lo que más me preocupa,
sin embargo, no es la agresividad del discurso mileísta sino la naturalización
que describe mi interlocutora: en Salta, la gente ya no se sorprende de la
exclusión, del desmantelamiento de los comedores barriales, del vaciamiento de
los servicios de salud y discapacidad. "No hay gente, no hay consumo de
nada", dice ella describiendo una ciudad deprimida económicamente. Esa
naturalización es, en términos de Jelin (2002), una forma de desmemoria activa:
la incapacidad de comparar el presente con lo que fue conquistado en quince
años de políticas redistributivas.
Carlos Sarlo (1994),
analizando las transformaciones culturales del neoliberalismo en Argentina,
identificó el proceso por el cual la vida cotidiana queda colonizada por la
lógica del mercado hasta el punto de volver impensable cualquier alternativa.
En el contexto salteño actual, esa colonización se expresa en la
"depresión" que la compañera describe: no solo económica sino
política, una derrota del deseo colectivo de cambio. Frente a eso, la apuesta
de sembrar conversatorios, de publicar el libro sobre Ragone, de resistir la
apropiación de la memoria, puede parecer pequeña. Pero como le digo a la
compañera, es la apuesta que tengo. Y la hago en soledad.
VI. Conclusión: La Apuesta en Soledad y la Densidad
de lo Que Persiste
Llego al final de este
ensayo con la misma incomodidad con que inicio cada conversación sobre estos
temas: la sensación de que el análisis, por más preciso que sea, no alcanza a
capturar la densidad de lo que está en juego. Hablar de fragmentación institucional,
de vaciamiento partidario, de disputas de memoria, es necesario pero
insuficiente si no se nombra también la dimensión existencial: la soledad de
quien sigue apostando cuando el partido no lo registra, cuando la familia no lo
entiende y cuando los organismos que deberían ser aliados están fragmentados en
sus propias guerras de ego.
Desde mi experiencia en la
Asociación Miguel Ragone, sé que la memoria no se administra: se construye, se
disputa y se pierde. Jelin (2002) tiene razón cuando insiste en que los
trabajos de la memoria son procesos, no productos: requieren tiempo, articulación
colectiva y disposición a la conflictividad. Grimson (2019) tiene razón cuando
señala que la grieta no es solo política sino cultural: atraviesa familias,
instituciones y territorios. Calveiro (2005) tiene razón cuando advierte que
las organizaciones políticas pueden reproducir hacia adentro las lógicas de
poder que dicen combatir. Franco (2012) tiene razón cuando muestra que la
despolitización de la memoria es siempre una operación política.
Pero ninguna de estas
lucideces académicas resuelve la pregunta práctica que me formulo cada mañana:
¿cómo hacer que el nombre de Miguel Ragone sea una interpelación viva y no una
foto de ocasión? ¿Cómo reconstruir un partido que sea herramienta de cambio y
no apenas maquinaria electoral? ¿Cómo resistir la expulsión del territorio sin
reproducir el victimismo que paraliza? Horowicz (2012) diría que el peronismo
siempre encontró, en sus momentos de mayor crisis, figuras y gestos capaces de
reagrupar. O'Donnell (1972) advertiría que la modernización autoritaria —en
todas sus versiones— genera siempre una resistencia que no se ve hasta que se
ve. Romero (2001) recordaría que la historia argentina es, entre otras cosas,
la historia de una recuperación permanente.
Maffía (2007) me recuerda
que la emancipación requiere reconocer las voces que el relato dominante
silencia: las mujeres, los jóvenes, la diversidad que los caciques no
registraron en el Congreso. Tiscornia (2004) me recuerda que la memoria
política es siempre un campo de disputa donde los más fuertes intentan capturar
los símbolos de los más débiles. Sarlo (1994) me recuerda que resistir la
colonización cultural del neoliberalismo requiere reconstruir los lazos de lo
común antes que el mercado los disuelva definitivamente.
Lo que persiste, al final
del análisis y de la conversación con la referente histórica del peronismo
salteño, es una convicción que no es académica sino ética: mientras haya una
persona dispuesta a sembrar —un conversatorio, un libro, una discusión incómoda
sobre el prólogo— la memoria no está muerta. Está, como siempre, en disputa. Y
esa disputa es la política misma.
Referencias
Bleger, J. (1966).
Psicohigiene y psicología institucional. Paidós.
Calveiro, P. (2005).
Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Norma.
Fernández, L. (1994).
Instituciones educativas. Dinámicas institucionales en situaciones críticas.
Paidós.
Franco, M. (2012). Un
enemigo para la nación: Orden interno, violencia y subversión, 1973-1976. Fondo
de Cultura Económica.
Grimson, A. (2019). ¿Qué
es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover
a la Argentina. Siglo XXI.
Horowicz, A. (2012). Los
cuatro peronismos. Edhasa.
Jelin, E. (2002). Los
trabajos de la memoria. Siglo XXI.
Maffía, D. (2007).
Epistemología feminista: La subversión semiótica de las mujeres en la ciencia.
Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, 12(28), 63–98.
O'Donnell, G. (1972).
Modernización y autoritarismo. Paidós.
Romero, L. A. (2001).
Breve historia contemporánea de la Argentina (2.ª ed.). Fondo de Cultura
Económica.
Sarlo, B. (1994). Escenas
de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina.
Ariel.
Tiscornia, S. (2004).
Entre el honor y los derechos humanos. Discursos y prácticas de la seguridad
ciudadana. En S. Tiscornia (Comp.), Burocracias y violencia: Estudios de
antropología jurídica (pp. 15–44). Antropofagia.

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