lunes, 6 de julio de 2026

La posta que no alcanza: apuntes intimistas sobre Palomitas, cincuenta años después

Cincuenta años después de la Masacre de Palomitas, un militante de segunda generación se pregunta por qué le produce rechazo ver que la memoria de los crímenes de Estado se repliegue hacia el mural, el documental, el poema o el libro, mientras los tribunales federales de Salta continúan resolviendo sin interpelaciones visibles las últimas causas de lesa humanidad activas. Escrito en primera persona desde la ruta hacia el paraje donde fueron fusilados doce presos políticos en 1976, este ensayo problematiza esa incomodidad: no rechaza la obra cultural en sí, sino el pacto tácito por el cual el Estado —y también la Universidad Nacional de Salta, que acompaña con congresos y discursos pero sin capital ni cuerpo en la disputa jurídica ni en las interpelaciones necesarias al Estado— la financia a cambio de que nadie toque las estructuras reales de impunidad. Un recorrido entre el cuidado hacia "las viejas" que ya no pueden caminar la ruta y la exigencia, todavía pendiente, de justicia institucional.


Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

 

Introducción: escribir desde la ruta

Escribo esto todavía con el frío de julio metido en los huesos. El 6 de julio manejé hasta el paraje donde el aparato estatal-militar fusiló a doce presos políticos alojados en el Penal de Villa Las Rosas, sobre la Ruta Nacional 34. Ahí, en Palomitas, no hay demasiado que ver: un descampado, una placa, el viento. Y sin embargo ahí estuve, como nieto de Miguel Ragone, gobernador constitucional de Salta secuestrado y desaparecido en marzo de ese mismo 1976, y como militante de una segunda generación que ya no es tan joven. Ese día grabé unas notas de voz que después, revisadas con distancia, me devolvieron una pregunta incómoda que no había sabido formular hasta entonces: ¿por qué me produce rechazo —un rechazo casi físico— ver que la memoria de los crímenes de Estado se repliega hacia las obras culturales: el mural, el documental, el poema, el libro, la pintura?


Sintesis auditiva


No es una pregunta abstracta. La hago desde mi cuerpo de 57 años, desde mi lugar en el entorno de la Asociación Miguel Ragone, desde haber visto envejecer a "las viejas" —las Madres, las Abuelas, las y los Familiares de Salta— hasta el punto en que el frío de un 6 de julio ya no les permite caminar la ruta. La hago también desde mi formación como investigador en derechos humanos y memoria, que me obliga a no quedarme en la pura emoción y a mirar la cuestión con el instrumental teórico que la disciplina ofrece. En este ensayo intento sostener las dos cosas a la vez: la voz que tiembla frente al descampado y la voz que analiza. Voy a problematizar, y a ampliar, la pregunta que titula el apartado central de mi propio diario de investigación: ¿por qué produce rechazo el repliegue hacia las obras culturales? Para eso recorro cinco movimientos: primero, la hipótesis de la obra cultural convertida en fetiche estetizado; segundo, su contracara, la sospecha de que la obra no es la enemiga sino el síntoma de un abandono anterior; tercero, la tensión entre la ética del cuidado y la exigencia institucional; cuarto, el lugar particular —y ambiguo— de la Universidad Nacional de Salta en este esquema; y quinto, lo que llamo la provincialización del olvido.

El mural, el documental, el libro: cuando la liturgia reemplaza al litigio

Mi diagnóstico inicial —el que grabé casi sin pensarlo, manejando en la ruta— fue que la marcha anual, la placa, el mural, el documental introspectivo, el libro de poemas, corren el riesgo de convertirse en un rito vaciado de conflicto. Que anestesian en lugar de tensionar. Michael Pollak (1989, p. 85) me da el vocabulario para esto: habla de la frontera entre las memorias subterráneas, proscritas, y la memoria oficial, y advierte sobre lo que yo prefiero llamar la trampa del encapsulamiento, ese riesgo de que la memoria quede reducida a un gueto afectivo, una subcultura militante que se habla a sí misma sin tocar al resto de la sociedad.

Cuando vi la película sobre Palomitas que produjo José María Martinelli en el aula de la Universidad Nacional de Salta, sentí exactamente eso: una obra densa, necesaria, pero proyectada en un ámbito de circulación de capital simbólico e intelectual, no en el ámbito donde se juega el poder real. Y ahí está mi incomodidad de fondo: mientras el Estado provincial financia con gusto murales, documentales y libros conmemorativos —porque son inocuos para el statu quo del poder económico y represivo que subsiste—, los tribunales federales de Salta continúan en soledad y sin interpelaciones, resolviendo las últimas causas —activas y casi abandonadas— de lesa humanidad. Carlos Nino (1996, p. 120; 1997, p. 210) fue tajante en esto: los juicios no son actos de retribución penal ni ejercicios estetizados, sino garantías institucionales indispensables para fundar una democracia deliberativa. Abandonar los tribunales en nombre de la producción cultural, escribió, "implica abdicar de la construcción de un estado de derecho robusto, permitiendo que las corporaciones de facto recreen sus privilegios de impunidad" (Nino, 1996, p. 121). Leído hoy, cincuenta años después del golpe, ese diagnóstico me interpela directamente: yo mismo, en mis notas de voz, hablaba de "plasmar una obra" antes que de litigar. ¿No estaba yo mismo, sin quererlo, deslizándome hacia el fetiche que denuncio?

Pero la obra cultural no es la enemiga: ampliando la pregunta

Aquí es donde quiero ampliar —y en parte corregir— mi propia problematización inicial. Porque si me quedo solo con el diagnóstico de Nino, termino condenando el mural, el documental, el poema, como si fueran ellos la causa del estancamiento judicial. Y no lo son. Ruti Teitel (2000, p. 215) me ayuda a matizar esto: la justicia transicional es inherentemente contextual, contingente a las correlaciones de poder político existentes en cada momento. El derecho, en los períodos de transición, no es neutro; es un instrumento de disputa. Si el litigio estratégico se estanca en Salta, no es porque exista un documental sobre Palomitas o un libro de poemas dedicado a los doce fusilados, sino porque el poder político local —ese conservadurismo salteño que Teitel ayudaría a nombrar como una correlación de fuerzas concreta— adopta una fachada de tolerancia cultural precisamente para no tocar las estructuras judiciales y policiales reales.

Dicho de otro modo: la obra cultural no vacía la política; es la política la que, cuando le conviene, vacía a la obra cultural y la devuelve convertida en folklore. Esa distinción me importa porque cambia el lugar de la responsabilidad. El rechazo que siento frente al "repliegue hacia las obras culturales" no debería dirigirse contra la película de Martinelli, ni contra un mural pintado por estudiantes, ni contra la Mesa de Derechos Humanos cuando organiza un acto, sino contra la posibilidad —siempre latente— de que ese mural, ese documental, ese libro, sean la única forma de justicia que el Estado esté dispuesto a costear. Elizabeth Jelin (2002, p. 48) llama a esto el trabajo de la memoria: una labor activa, no pasiva, que transforma el pasado mediante recursos y capitales simbólicos puestos en juego en el presente. El problema no es producir esas obras; el problema es cuando el emprendedor de la memoria —y aquí me incluyo— abandona el litigio y la política, cediendo el control de las instituciones al Estado, conformándose con un lugar en el "circuito cultural" (Jelin, 2002, p. 92). La posta, entonces, no se transmite completa si solo se transmite la melancolía convertida en obra; hay que transmitir también, y sobre todo, la exigencia jurídica.

Las viejas, el frío y la ética del cuidado

Hay, sin embargo, una dimensión que ni Nino ni Teitel alcanzan a nombrar del todo, y que a mí me atraviesa el cuerpo cada 6 de julio: el tiempo biológico. Las Madres, las Abuelas, las y los Familiares que durante décadas caminaron la ruta hasta Palomitas hoy desisten, y no por falta de convicción sino por el frío, por la edad, por cuerpos que ya no responden. Ese agotamiento biológico de los testigos directos no es un detalle sentimental; es una condición material que reconfigura toda la discusión sobre obra cultural versus litigio. Diana Maffía (2008, p. 112) me da las herramientas para pensar esto sin caer en el heroísmo épico que históricamente estructuró la narrativa militante: la masculinidad hegemónica exigía neutralidad afectiva, dogma, un "héroe del relato" que no mostraba cansancio. Yo, en cambio, escribo desde la vulnerabilidad, desde la duda existencial, desde una ética del cuidado hacia esas viejas que ya no pueden caminar. Esa es, creo, una masculinidad poshegemónica: no la que reclama tribunales gritando consignas, sino la que se pregunta, en voz baja y grabada en un audio de celular, si seré capaz de sostener algo de lo que ellas sostuvieron, y si un poema o un documental alcanzan para eso.

Y aquí aparece la tercera de mis proposiciones abiertas: ¿es posible reconciliar esa introspección, esa "obra personal", con la toma de posiciones agresivas e institucionales que exige la disputa jurídica? Mi respuesta provisoria es que no hay reconciliación automática, sino tensión productiva. La ética del cuidado no reemplaza al litigio; lo funda. Cuido la memoria de las viejas precisamente para no dejarla morir en el archivo, y esa misma urgencia de cuidado es la que debería empujarme —empujarnos, a la generación intermedia que ya no es tan joven— a exigir en los tribunales y en todos los dispositivos del Estado, lo que ellas ya no tienen fuerzas para exigir en la ruta.

La UNSa: acompañar sin poner el cuerpo

Hay un actor que hasta acá dejé en un segundo plano y que, mirado de cerca, complejiza todo lo anterior: la Universidad Nacional de Salta. La UNSa acompaña. Organiza congresos sobre memoria, sostiene programas de investigación, cede sus aulas para proyectar documentales como el de Martinelli, pronuncia discursos en los actos del 6 de julio y del 24 de marzo. Y sin embargo, cuando pienso en esa presencia constante, no puedo dejar de notar que es una presencia sin riesgo. La Universidad pone la palabra, el paper, el auditorio; no pone capital para sostener querellas, no pone cuerpo en las audiencias, no pone estrategia institucional en acciones concretas de resistencia frente al aparato judicial y policial que sigue intacto.

En eso, la UNSa se parece más al Estado provincial que a un actor de la sociedad civil comprometido con la justicia transicional. Como el Estado, financia gustosamente el arte de la memoria —una jornada, un simposio, una publicación académica— porque le resulta inocuo, incluso prestigioso, mientras no altera ninguna estructura de poder real. La diferencia con el Estado es de grado, no de naturaleza: la Universidad no reprime ni encubre directamente, pero tampoco litiga, no financia peritajes, no acompaña querellantes, no presiona por la reapertura de causas estancadas. Retomando a Jelin (2002, p. 92), la UNSa podría ser un emprendedor de la memoria de primer orden —tiene el capital simbólico, la legitimidad académica, los recursos humanos formados—; sin embargo, se conforma con administrar el circuito cultural de la conmemoración. Siguiendo a Nino (1996, p. 121), esa función de acompañamiento discursivo, sin compromiso material ni corporal en la disputa jurídica, termina cumpliendo la misma función que él denuncia en las corporaciones de facto: permite que la impunidad estructural siga intacta detrás de una fachada de sensibilidad institucional hacia los derechos humanos.

Esto no significa que la Universidad deba dejar de investigar o de conmemorar —sería absurdo pedirle que renuncie a lo que sabe hacer—, sino que su acompañamiento actual es insuficiente si se lo compara con lo que estaría en condiciones de aportar: financiamiento para peritajes forenses, equipos jurídicos de apoyo a las querellas, incidencia institucional ante el Poder Judicial provincial, acompañamiento sostenido a  a los organismos de derechos humanos que litigan. Mientras eso no ocurra, la UNSa seguirá siendo, en los términos de este ensayo, otra instancia que transforma la exigencia de justicia en obra cultural consumible, sin asumir el costo político de disputar el poder real.

Salta 2026: la provincialización del olvido

Termino este recorrido con lo que más me preocupa como salteño. En esta provincia conviven élites tradicionalistas, impermeables, con un movimiento de derechos humanos fragmentado, y ahora también con una universidad pública que acompaña sin arriesgar. El riesgo que anticipé en mis notas de voz —y que ahora quiero nombrar con precisión— es el de la provincialización del olvido: que la causa de los derechos humanos se retire de la disputa jurídica en los tribunales federales de Salta y de los organismos estatales que requieren inervención y quede confinada a la exhibición universitaria de documentales, a los congresos académicos, a los murales pintados en fechas conmemorativas. Cuando eso ocurre, la memoria pierde, como escribí entonces, su colmillo instituyente. El Estado provincial celebra, y la Universidad, sin proponérselo del todo, lo acompaña en esa celebración: ambos financian el arte de la memoria a cambio de que nadie les toque sus estructuras de impunidad judicial y policial, o su propia comodidad institucional.

Conclusión: la posta que falta reclamar

Cincuenta años después del golpe que se llevó a mi abuelo y a los doce fusilados de Palomitas, creo que la pregunta bien formulada no es "obra cultural o tribunal", sino qué hacemos para que la obra cultural deje de ser la excusa institucional —también universitaria— para no ir al tribunal o interpelar al Estado en los sitios necesarios. Siguiendo a Nino (1996, p. 128) y a Teitel (2000, p. 220), la eficacia de la justicia transicional no se mide por la cantidad de murales, documentales o libros, ni por la emotividad de los actos y congresos, sino por su capacidad de alterar relaciones de poder y quebrar la impunidad estructural. Pollak (1989) me recuerda el riesgo del encapsulamiento; Jelin (2002), que la memoria es un trabajo, no una herencia pasiva, y que ese trabajo puede ser traicionado por quienes deberían sostenerlo con más que discursos; Maffía (2008), que ese trabajo puede y debe hacerse desde el cuidado y no desde el heroísmo. Y yo, desde mi ruta particular hacia Palomitas, entiendo por fin que "plasmar una obra" —esa urgencia que me interpelaba a los 57 años— solo tiene sentido político si es, además, un modo de volver a exigir en los tribunales y al Estado en casa organismo necesario, lo que las viejas ya no pueden caminar a reclamar, y de exigirle a instituciones como la Universidad que acompañen con algo más que su palabra. La verdadera posta no consiste en heredar la melancolía de los mártires para plasmarla en obras contemplativas, sino en reclamar el espacio público, el capital institucional y la técnica jurídica como herramientas innegociables contra la impunidad.


Referencias

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.

Maffía, D. (2008). Contra las dicotomías: feminismo y epistemología crítica. En D. Maffía (Comp.), Sexualidades migrantes: género y transgénero (pp. 108-120). Feminaria Editora.

Nino, C. S. (1996). Juicio al mal absoluto. Ariel.

Nino, C. S. (1997). La constitución de la democracia deliberativa. Gedisa.

Pollak, M. (1989). Memoria, olvido, silencio. Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, 3(9), 3-15.

Teitel, R. G. (2000). Transitional justice. Oxford University Press.

 

domingo, 5 de julio de 2026

Palomitas, la posta y el plasmar

 Camino a un acto de memoria en Palomitas, una urgencia se impone: plasmar, pasar de la teoría a los hechos concretos, a los 57 años. Este ensayo parte de un registro de diario para pensar esa urgencia como síntoma —entre el pasaje al acto lacaniano y la creación reparadora de Winnicott— y como escena generacional: las viejas que sostuvieron durante décadas el ritual de la memoria ya no pueden llegar al paraje, y esa ausencia convoca a una generación que ya no es joven a tomar la posta. Con Bourdieu, Elias y Segato como interlocutores, el texto conecta esa responsabilidad colectiva con una hipótesis personal que viene de marzo —"empezando a ser yo mismo" frente a la historia del abuelo— y la amplía: el diario como legado que no se siembra con bueyes, la escritura como forma de plasmar cuando plasmar ya no admite espera.

Palomitas, la posta y el plasmar

Salta, julio de 2026


Voy camino al parque. Es el punto de encuentro antes de salir a la ruta, hacia el paraje donde hace décadas fusilaron a los expresos políticos de Palomitas. Voy a encontrarme con H.I.J.O.S., con mi prima Elia hija de "La Chicha", con una fecha que cada año vuelve a poner el cuerpo en movimiento hacia el mismo lugar. Y sin embargo lo que registran mis palabras grabadas en audo esa mañana no es únicamente la crónica del trayecto: es una urgencia que me atraviesa mientras manejo hacia el lugar de encuentro en el Parque San Martin, una necesidad de hacer, de plasmar, de pasar de la teoría a los hechos concretos, en un momento —mis 57 años— que ya no admite postergaciones. Me abruma, dije, la cantidad de información inconexa del mundo en que vivimos. Y en esa abrumación se cuela una pregunta que no es nueva pero que ese día adquiere un timbre distinto: qué voy a hacer yo, en mi propia vida, para completarme.

Elijo empezar por ahí, por el verbo. Plasmar no es simplemente hacer. Plasmar supone una materia que resiste, una forma que se le impone, una mano que además dejará en lo hecho la marca de haber estado ahí. Es un verbo de artesano y de escriba a la vez. Y aparece, en el registro, pegado a otros dos: interpela y abruma. Los tres describen menos una decisión que una presión. Algo desde afuera —la fecha, la película, la ruta hacia el paraje— me interpela; algo desde dentro —la masa de proyectos pendientes, la conciencia de la edad— me abruma; y entre esas dos fuerzas, plasmar aparece no como programa sino como síntoma. En el vocabulario que vengo usando en estos análisis, ahí hay algo del orden del pasaje al acto: no la acción reflexiva y planificada, sino la urgencia que busca, casi con desesperación, un lugar donde descargarse. Lacan diferenciaba el acting out —la actuación que todavía se dirige a un Otro, que pide ser leída— del pasaje al acto propiamente dicho, donde el sujeto se precipita fuera de la escena. Lo que registro esa mañana está más cerca de lo primero: hay un destinatario, aunque sea difuso —H.I.J.O.S., mi prima, quien lea algún día el diario—, y hay una demanda de que esa urgencia sea escuchada, no solo actuada. Por eso puedo, días después, convertirla en ensayo: porque nunca dejó de ser, también, una palabra dirigida.

Pero conviene no quedarse solo en el registro de la urgencia, porque hay una segunda capa, quizás más silenciosa, que tiene que ver con la reparación en el sentido winnicottiano. Para Winnicott la creación no es un lujo del yo sano, sino una función vital: es el gesto por el cual el sujeto, frente a la angustia de la desintegración o de la pérdida, construye un objeto que lo sostiene y que sostiene, a la vez, algo del mundo compartido. La urgencia de plasmar que registro esa mañana de julio no busca solamente producir —un texto, una obra— sino reparar una fragmentación: la que percibo entre la teoría que manejo con soltura desde hace años y la vida hecha de "acciones inconexas". Plasmar sería, en esa lectura, el intento de crear un objeto transicional a gran escala: algo que una lo pensado con lo vivido, que no sea puro discurso ni puro acontecimiento, sino la zona intermedia donde ambos se tocan. No es casual que esa urgencia se dispare justo cuando voy hacia un lugar de memoria: Palomitas es, en sí misma, un sitio donde el país entero no ha terminado de tramitar la fragmentación entre lo que se sabe y lo que se hizo con lo sabido.

Ahí empieza la segunda capa de esta reflexión, la que mira hacia afuera de mí. Porque lo que me interpela en la ruta no es solo mi propia productividad simbólica, sino una escena generacional muy concreta: las viejas —las llamo así, con el cariño y la crudeza con que las nombro en el audio— que este año no pudieron llegar. Desistieron por el frío, mencioné, pero también, y sobre todo, porque están viejas. Y entonces la pregunta se desplaza: ¿qué vamos a ser capaces de hacer los que ya no somos tan jóvenes, en materia de memoria, emancipación, soberanía y resistencia? Hay ahí una escena de transmisión generacional que Bourdieu ayuda a leer en términos de capital militante: esas mujeres construyeron, a lo largo de décadas de presencia corporal en los actos, en los juicios, en las rondas, un capital simbólico específico —la autoridad de quien estuvo, de quien puso el cuerpo cuando ponerlo costaba mucho más caro que hoy. Ese capital no se hereda automáticamente. Se transmite, cuando se transmite, a través de una pedagogía informal hecha de presencia compartida, de relatos repetidos, de cuerpos que envejecen juntos yendo al mismo paraje año tras año. Y esa pedagogía, este julio, tiene una falla: las maestras ya no pueden ir. La escena de transmisión queda momentáneamente descubierta, y ahí es donde mi generación —la de "los ya no tan jóvenes"— queda convocada, casi por defecto, a sostener sola lo que antes se sostenía en compañía.

Norbert Elias hablaría aquí de cadenas de interdependencia que atraviesan generaciones: nadie construye memoria, soberanía o resistencia en soledad ni en un solo tiempo; se trata de procesos de larguísima duración donde cada generación recibe una configuración ya en marcha y la modifica apenas, antes de entregarla a la siguiente. Lo que yo vivo como una responsabilidad personal y urgente —"plasmar ya, a los 57 años"— es, mirado desde ese ángulo, un eslabón más de una cadena que empezó mucho antes que yo y que seguirá después. La angustia individual (la mía, la de esa mañana en la ruta) es también, sin dejar de ser mía, el modo en que un proceso colectivo se hace sentir en un cuerpo particular. Rita Segato agregaría algo importante: la memoria de las violencias políticas no se transmite como información neutra, sino como una pedagogía de la crueldad invertida, un contra-relato que insiste en nombrar los cuerpos, los nombres, los lugares, precisamente porque el poder que produjo esas muertes se sostuvo también en el silenciamiento y en la despersonalización de las víctimas. Cada vez que un grupo llega al paraje de Palomitas y dice los nombres, está deshaciendo un poco esa pedagogía de la crueldad. Que las fundadoras de ese ritual ya no puedan hacerlo con el cuerpo presente no es un detalle logístico: es el momento en que la generación siguiente debe decidir si sostiene el ritual o lo deja apagarse.

Esa misma noche, un día después, veo la película sobre Palomitas que produjo Martinelli en la sede de la universidad. La registro como "densa", y anoto que las únicas protagonistas son... y ahí el audio se corta, se pierde el final de la frase. Me interesa justamente ese corte, porque es elocuente sin proponérselo: en una película sobre una masacre de hombres y mujeres—los/las expresos políticos fusilados—, lo que se me queda grabado, lo que alcanzo a nombrar antes de que la oración se disuelva, es la centralidad de esos protagonistas. Probablemente las mismas viejas que ya no pueden caminar hasta el paraje: las madres, las compañeras, las hijas que sostuvieron durante décadas el relato cuando el Estado prefería el olvido. El corte de la frase no es un simple problema técnico del audio: es también la forma en que mi propio registro empieza a intuir, sin todavía poder nombrarlo del todo, que la pregunta por el relevo generacional en Palomitas es, además, una pregunta sobre quién sostiene el cuidado de la memoria cuando los cuerpos que la sostuvieron durante medio siglo empiezan a fallar.

Y aquí conecto con algo que vengo trabajando desde marzo, cuando registré en el diario que estaba "empezando a ser yo mismo" frente a la historia de mi abuelo. En aquel momento la fórmula todavía tenía la textura de un hallazgo tímido, casi una hipótesis sobre mí mismo formulada en voz baja. Cuatro meses después, en la ruta hacia Palomitas, esa hipótesis se ha vuelto exigencia: ya no se trata solo de empezar a ser yo mismo frente a la herencia familiar, sino de plasmar algo propio frente a una herencia colectiva, la de la memoria política de mi provincia. El desplazamiento no es menor. Pasé de pensarme como heredero de una historia familiar —el abuelo, la finca, los Pozos, mi lugar en esa genealogía— a pensarme como uno de los responsables de sostener una historia que excede ampliamente a mi familia y que, sin embargo, también me constituye. Ambas herencias, la doméstica y la política, convergen en el mismo verbo: plasmar. Y convergen, también, en la misma tesis que vengo sosteniendo hace tiempo sobre mi propio proyecto vital: que el diario —estas cuatro décadas de escritura personalísima— es un legado que no se siembra con vacas y toros, una forma de transcendencia tan legítima como la tierra que mi hermano trabaja o como los actos que cada aniversario se repiten en el paraje. Si la finca es el lugar donde se cultiva lo que se puede tocar y cosechar, el diario —y ahora, quizás, cualquier obra que logre plasmar a partir de él— es el lugar donde se cultiva lo que no se puede tocar pero que igual alimenta: la continuidad de un sentido.

Hay, sin embargo, un riesgo que no quiero pasar por alto, y que la propia palabra "abrumar" ya anuncia. La urgencia de plasmar, si se vuelve exigencia perentoria, puede convertirse en una nueva forma de la hiperresponsabilidad que vengo identificando en mí desde hace tiempo: ese mecanismo por el cual me ocluyo detrás de la tarea, detrás del deber de hacer, y termino sin lugar para simplemente estar, para simplemente ir al acto de Palomitas sin que ese ir se transforme de inmediato en material, en insumo, en próximo proyecto. Winnicott advertía sobre la diferencia entre el verdadero self, capaz de jugar y de crear libremente, y el falso self, organizado alrededor del cumplimiento y de la respuesta anticipada a una demanda externa. Necesito sostener la pregunta —¿plasmo desde el deseo o plasmo para acallar la angustia de la desconexión?— sin necesidad de responderla de una vez y para siempre. Probablemente sea, como casi todo en mi vida, las dos cosas a la vez, en proporciones que van a seguir cambiando.

Lo que sí puedo decir, cerrando esta reflexión, es que a los 57 años el tiempo ya no funciona como en la juventud, cuando la posta parecía algo que se recibiría en un futuro indefinido. Este julio aprendí, en el cuerpo, que la posta no se recibe: se toma, muchas veces antes de sentirse preparado, en el mismo momento en que uno advierte que quienes la sostenían ya no pueden seguir sosteniéndola solas. No soy joven y ya no puedo escudarme en esa palabra para demorar la responsabilidad; tampoco soy tan viejo como las fundadoras del ritual de Palomitas, y esa posición intermedia —incómoda, dije, pero vital— es exactamente el lugar desde donde toca actuar. Plasmar, entonces, no es un capricho de mitad de vida ni una crisis pasajera: es la forma que toma, en mí, la responsabilidad histórica de sostener una memoria que otros empezaron a construir con sus cuerpos y que ahora me pide sostenerla, también, con la escritura y habra que ver, con qué más!.


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