domingo, 5 de julio de 2026

Palomitas, la posta y el plasmar

 Camino a un acto de memoria en Palomitas, una urgencia se impone: plasmar, pasar de la teoría a los hechos concretos, a los 57 años. Este ensayo parte de un registro de diario para pensar esa urgencia como síntoma —entre el pasaje al acto lacaniano y la creación reparadora de Winnicott— y como escena generacional: las viejas que sostuvieron durante décadas el ritual de la memoria ya no pueden llegar al paraje, y esa ausencia convoca a una generación que ya no es joven a tomar la posta. Con Bourdieu, Elias y Segato como interlocutores, el texto conecta esa responsabilidad colectiva con una hipótesis personal que viene de marzo —"empezando a ser yo mismo" frente a la historia del abuelo— y la amplía: el diario como legado que no se siembra con bueyes, la escritura como forma de plasmar cuando plasmar ya no admite espera.

Palomitas, la posta y el plasmar

Salta, julio de 2026


Voy camino al parque. Es el punto de encuentro antes de salir a la ruta, hacia el paraje donde hace décadas fusilaron a los expresos políticos de Palomitas. Voy a encontrarme con H.I.J.O.S., con mi prima Elia hija de "La Chicha", con una fecha que cada año vuelve a poner el cuerpo en movimiento hacia el mismo lugar. Y sin embargo lo que registran mis palabras grabadas en audo esa mañana no es únicamente la crónica del trayecto: es una urgencia que me atraviesa mientras manejo hacia el lugar de encuentro en el Parque San Martin, una necesidad de hacer, de plasmar, de pasar de la teoría a los hechos concretos, en un momento —mis 57 años— que ya no admite postergaciones. Me abruma, dije, la cantidad de información inconexa del mundo en que vivimos. Y en esa abrumación se cuela una pregunta que no es nueva pero que ese día adquiere un timbre distinto: qué voy a hacer yo, en mi propia vida, para completarme.

Elijo empezar por ahí, por el verbo. Plasmar no es simplemente hacer. Plasmar supone una materia que resiste, una forma que se le impone, una mano que además dejará en lo hecho la marca de haber estado ahí. Es un verbo de artesano y de escriba a la vez. Y aparece, en el registro, pegado a otros dos: interpela y abruma. Los tres describen menos una decisión que una presión. Algo desde afuera —la fecha, la película, la ruta hacia el paraje— me interpela; algo desde dentro —la masa de proyectos pendientes, la conciencia de la edad— me abruma; y entre esas dos fuerzas, plasmar aparece no como programa sino como síntoma. En el vocabulario que vengo usando en estos análisis, ahí hay algo del orden del pasaje al acto: no la acción reflexiva y planificada, sino la urgencia que busca, casi con desesperación, un lugar donde descargarse. Lacan diferenciaba el acting out —la actuación que todavía se dirige a un Otro, que pide ser leída— del pasaje al acto propiamente dicho, donde el sujeto se precipita fuera de la escena. Lo que registro esa mañana está más cerca de lo primero: hay un destinatario, aunque sea difuso —H.I.J.O.S., mi prima, quien lea algún día el diario—, y hay una demanda de que esa urgencia sea escuchada, no solo actuada. Por eso puedo, días después, convertirla en ensayo: porque nunca dejó de ser, también, una palabra dirigida.

Pero conviene no quedarse solo en el registro de la urgencia, porque hay una segunda capa, quizás más silenciosa, que tiene que ver con la reparación en el sentido winnicottiano. Para Winnicott la creación no es un lujo del yo sano, sino una función vital: es el gesto por el cual el sujeto, frente a la angustia de la desintegración o de la pérdida, construye un objeto que lo sostiene y que sostiene, a la vez, algo del mundo compartido. La urgencia de plasmar que registro esa mañana de julio no busca solamente producir —un texto, una obra— sino reparar una fragmentación: la que percibo entre la teoría que manejo con soltura desde hace años y la vida hecha de "acciones inconexas". Plasmar sería, en esa lectura, el intento de crear un objeto transicional a gran escala: algo que una lo pensado con lo vivido, que no sea puro discurso ni puro acontecimiento, sino la zona intermedia donde ambos se tocan. No es casual que esa urgencia se dispare justo cuando voy hacia un lugar de memoria: Palomitas es, en sí misma, un sitio donde el país entero no ha terminado de tramitar la fragmentación entre lo que se sabe y lo que se hizo con lo sabido.

Ahí empieza la segunda capa de esta reflexión, la que mira hacia afuera de mí. Porque lo que me interpela en la ruta no es solo mi propia productividad simbólica, sino una escena generacional muy concreta: las viejas —las llamo así, con el cariño y la crudeza con que las nombro en el audio— que este año no pudieron llegar. Desistieron por el frío, mencioné, pero también, y sobre todo, porque están viejas. Y entonces la pregunta se desplaza: ¿qué vamos a ser capaces de hacer los que ya no somos tan jóvenes, en materia de memoria, emancipación, soberanía y resistencia? Hay ahí una escena de transmisión generacional que Bourdieu ayuda a leer en términos de capital militante: esas mujeres construyeron, a lo largo de décadas de presencia corporal en los actos, en los juicios, en las rondas, un capital simbólico específico —la autoridad de quien estuvo, de quien puso el cuerpo cuando ponerlo costaba mucho más caro que hoy. Ese capital no se hereda automáticamente. Se transmite, cuando se transmite, a través de una pedagogía informal hecha de presencia compartida, de relatos repetidos, de cuerpos que envejecen juntos yendo al mismo paraje año tras año. Y esa pedagogía, este julio, tiene una falla: las maestras ya no pueden ir. La escena de transmisión queda momentáneamente descubierta, y ahí es donde mi generación —la de "los ya no tan jóvenes"— queda convocada, casi por defecto, a sostener sola lo que antes se sostenía en compañía.

Norbert Elias hablaría aquí de cadenas de interdependencia que atraviesan generaciones: nadie construye memoria, soberanía o resistencia en soledad ni en un solo tiempo; se trata de procesos de larguísima duración donde cada generación recibe una configuración ya en marcha y la modifica apenas, antes de entregarla a la siguiente. Lo que yo vivo como una responsabilidad personal y urgente —"plasmar ya, a los 57 años"— es, mirado desde ese ángulo, un eslabón más de una cadena que empezó mucho antes que yo y que seguirá después. La angustia individual (la mía, la de esa mañana en la ruta) es también, sin dejar de ser mía, el modo en que un proceso colectivo se hace sentir en un cuerpo particular. Rita Segato agregaría algo importante: la memoria de las violencias políticas no se transmite como información neutra, sino como una pedagogía de la crueldad invertida, un contra-relato que insiste en nombrar los cuerpos, los nombres, los lugares, precisamente porque el poder que produjo esas muertes se sostuvo también en el silenciamiento y en la despersonalización de las víctimas. Cada vez que un grupo llega al paraje de Palomitas y dice los nombres, está deshaciendo un poco esa pedagogía de la crueldad. Que las fundadoras de ese ritual ya no puedan hacerlo con el cuerpo presente no es un detalle logístico: es el momento en que la generación siguiente debe decidir si sostiene el ritual o lo deja apagarse.

Esa misma noche, un día después, veo la película sobre Palomitas que produjo Martinelli en la sede de la universidad. La registro como "densa", y anoto que las únicas protagonistas son... y ahí el audio se corta, se pierde el final de la frase. Me interesa justamente ese corte, porque es elocuente sin proponérselo: en una película sobre una masacre de hombres y mujeres—los/las expresos políticos fusilados—, lo que se me queda grabado, lo que alcanzo a nombrar antes de que la oración se disuelva, es la centralidad de esos protagonistas. Probablemente las mismas viejas que ya no pueden caminar hasta el paraje: las madres, las compañeras, las hijas que sostuvieron durante décadas el relato cuando el Estado prefería el olvido. El corte de la frase no es un simple problema técnico del audio: es también la forma en que mi propio registro empieza a intuir, sin todavía poder nombrarlo del todo, que la pregunta por el relevo generacional en Palomitas es, además, una pregunta sobre quién sostiene el cuidado de la memoria cuando los cuerpos que la sostuvieron durante medio siglo empiezan a fallar.

Y aquí conecto con algo que vengo trabajando desde marzo, cuando registré en el diario que estaba "empezando a ser yo mismo" frente a la historia de mi abuelo. En aquel momento la fórmula todavía tenía la textura de un hallazgo tímido, casi una hipótesis sobre mí mismo formulada en voz baja. Cuatro meses después, en la ruta hacia Palomitas, esa hipótesis se ha vuelto exigencia: ya no se trata solo de empezar a ser yo mismo frente a la herencia familiar, sino de plasmar algo propio frente a una herencia colectiva, la de la memoria política de mi provincia. El desplazamiento no es menor. Pasé de pensarme como heredero de una historia familiar —el abuelo, la finca, los Pozos, mi lugar en esa genealogía— a pensarme como uno de los responsables de sostener una historia que excede ampliamente a mi familia y que, sin embargo, también me constituye. Ambas herencias, la doméstica y la política, convergen en el mismo verbo: plasmar. Y convergen, también, en la misma tesis que vengo sosteniendo hace tiempo sobre mi propio proyecto vital: que el diario —estas cuatro décadas de escritura personalísima— es un legado que no se siembra con vacas y toros, una forma de transcendencia tan legítima como la tierra que mi hermano trabaja o como los actos que cada aniversario se repiten en el paraje. Si la finca es el lugar donde se cultiva lo que se puede tocar y cosechar, el diario —y ahora, quizás, cualquier obra que logre plasmar a partir de él— es el lugar donde se cultiva lo que no se puede tocar pero que igual alimenta: la continuidad de un sentido.

Hay, sin embargo, un riesgo que no quiero pasar por alto, y que la propia palabra "abrumar" ya anuncia. La urgencia de plasmar, si se vuelve exigencia perentoria, puede convertirse en una nueva forma de la hiperresponsabilidad que vengo identificando en mí desde hace tiempo: ese mecanismo por el cual me ocluyo detrás de la tarea, detrás del deber de hacer, y termino sin lugar para simplemente estar, para simplemente ir al acto de Palomitas sin que ese ir se transforme de inmediato en material, en insumo, en próximo proyecto. Winnicott advertía sobre la diferencia entre el verdadero self, capaz de jugar y de crear libremente, y el falso self, organizado alrededor del cumplimiento y de la respuesta anticipada a una demanda externa. Necesito sostener la pregunta —¿plasmo desde el deseo o plasmo para acallar la angustia de la desconexión?— sin necesidad de responderla de una vez y para siempre. Probablemente sea, como casi todo en mi vida, las dos cosas a la vez, en proporciones que van a seguir cambiando.

Lo que sí puedo decir, cerrando esta reflexión, es que a los 57 años el tiempo ya no funciona como en la juventud, cuando la posta parecía algo que se recibiría en un futuro indefinido. Este julio aprendí, en el cuerpo, que la posta no se recibe: se toma, muchas veces antes de sentirse preparado, en el mismo momento en que uno advierte que quienes la sostenían ya no pueden seguir sosteniéndola solas. No soy joven y ya no puedo escudarme en esa palabra para demorar la responsabilidad; tampoco soy tan viejo como las fundadoras del ritual de Palomitas, y esa posición intermedia —incómoda, dije, pero vital— es exactamente el lugar desde donde toca actuar. Plasmar, entonces, no es un capricho de mitad de vida ni una crisis pasajera: es la forma que toma, en mí, la responsabilidad histórica de sostener una memoria que otros empezaron a construir con sus cuerpos y que ahora me pide sostenerla, también, con la escritura y habra que ver, con qué más!.


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