Camino a un acto de memoria en Palomitas, una urgencia se impone: plasmar, pasar de la teoría a los hechos concretos, a los 57 años. Este ensayo parte de un registro de diario para pensar esa urgencia como síntoma —entre el pasaje al acto lacaniano y la creación reparadora de Winnicott— y como escena generacional: las viejas que sostuvieron durante décadas el ritual de la memoria ya no pueden llegar al paraje, y esa ausencia convoca a una generación que ya no es joven a tomar la posta. Con Bourdieu, Elias y Segato como interlocutores, el texto conecta esa responsabilidad colectiva con una hipótesis personal que viene de marzo —"empezando a ser yo mismo" frente a la historia del abuelo— y la amplía: el diario como legado que no se siembra con bueyes, la escritura como forma de plasmar cuando plasmar ya no admite espera.
Palomitas, la posta y el plasmar
Salta, julio de 2026
Elijo empezar
por ahí, por el verbo. Plasmar no es simplemente hacer. Plasmar supone una
materia que resiste, una forma que se le impone, una mano que además dejará en
lo hecho la marca de haber estado ahí. Es un verbo de artesano y de escriba a
la vez. Y aparece, en el registro, pegado a otros dos: interpela y abruma. Los
tres describen menos una decisión que una presión. Algo desde afuera —la fecha,
la película, la ruta hacia el paraje— me interpela; algo desde dentro —la masa
de proyectos pendientes, la conciencia de la edad— me abruma; y entre esas dos
fuerzas, plasmar aparece no como programa sino como síntoma. En el vocabulario
que vengo usando en estos análisis, ahí hay algo del orden del pasaje al
acto: no la acción reflexiva y planificada, sino la urgencia que busca, casi
con desesperación, un lugar donde descargarse. Lacan diferenciaba el acting out
—la actuación que todavía se dirige a un Otro, que pide ser leída— del pasaje
al acto propiamente dicho, donde el sujeto se precipita fuera de la escena. Lo
que registro esa mañana está más cerca de lo primero: hay un destinatario,
aunque sea difuso —H.I.J.O.S., mi prima, quien lea algún día el diario—, y hay
una demanda de que esa urgencia sea escuchada, no solo actuada. Por eso puedo,
días después, convertirla en ensayo: porque nunca dejó de ser, también, una
palabra dirigida.
Pero conviene
no quedarse solo en el registro de la urgencia, porque hay una segunda capa,
quizás más silenciosa, que tiene que ver con la reparación en el sentido
winnicottiano. Para Winnicott la creación no es un lujo del yo sano, sino una
función vital: es el gesto por el cual el sujeto, frente a la angustia de la
desintegración o de la pérdida, construye un objeto que lo sostiene y que
sostiene, a la vez, algo del mundo compartido. La urgencia de plasmar que
registro esa mañana de julio no busca solamente producir —un texto, una obra— sino reparar una fragmentación: la que percibo entre
la teoría que manejo con soltura desde hace años y la vida hecha de
"acciones inconexas". Plasmar sería, en esa lectura, el intento de crear
un objeto transicional a gran escala: algo que una lo pensado con lo vivido,
que no sea puro discurso ni puro acontecimiento, sino la zona intermedia donde
ambos se tocan. No es casual que esa urgencia se dispare justo cuando voy hacia
un lugar de memoria: Palomitas es, en sí misma, un sitio donde el país entero
no ha terminado de tramitar la fragmentación entre lo que se sabe y lo que se
hizo con lo sabido.
Ahí empieza la
segunda capa de esta reflexión, la que mira hacia afuera de mí. Porque lo que
me interpela en la ruta no es solo mi propia productividad simbólica, sino una
escena generacional muy concreta: las viejas —las llamo así, con el cariño y la
crudeza con que las nombro en el audio— que este año no pudieron llegar.
Desistieron por el frío, mencioné, pero también, y sobre todo, porque están
viejas. Y entonces la pregunta se desplaza: ¿qué vamos a ser capaces de hacer
los que ya no somos tan jóvenes, en materia de memoria, emancipación, soberanía
y resistencia? Hay ahí una escena de transmisión generacional que Bourdieu
ayuda a leer en términos de capital militante: esas mujeres construyeron, a lo
largo de décadas de presencia corporal en los actos, en los juicios, en las
rondas, un capital simbólico específico —la autoridad de quien estuvo, de quien
puso el cuerpo cuando ponerlo costaba mucho más caro que hoy. Ese capital no se
hereda automáticamente. Se transmite, cuando se transmite, a través de una pedagogía
informal hecha de presencia compartida, de relatos repetidos, de cuerpos que
envejecen juntos yendo al mismo paraje año tras año. Y esa pedagogía, este
julio, tiene una falla: las maestras ya no pueden ir. La escena de transmisión
queda momentáneamente descubierta, y ahí es donde mi generación —la de
"los ya no tan jóvenes"— queda convocada, casi por defecto, a
sostener sola lo que antes se sostenía en compañía.
Norbert Elias
hablaría aquí de cadenas de interdependencia que atraviesan generaciones: nadie
construye memoria, soberanía o resistencia en soledad ni en un solo tiempo; se
trata de procesos de larguísima duración donde cada generación recibe una
configuración ya en marcha y la modifica apenas, antes de entregarla a la
siguiente. Lo que yo vivo como una responsabilidad personal y urgente
—"plasmar ya, a los 57 años"— es, mirado desde ese ángulo, un eslabón
más de una cadena que empezó mucho antes que yo y que seguirá después. La
angustia individual (la mía, la de esa mañana en la ruta) es también, sin dejar
de ser mía, el modo en que un proceso colectivo se hace sentir en un cuerpo
particular. Rita Segato agregaría algo importante: la memoria de las violencias
políticas no se transmite como información neutra, sino como una pedagogía de
la crueldad invertida, un contra-relato que insiste en nombrar los cuerpos, los
nombres, los lugares, precisamente porque el poder que produjo esas muertes se
sostuvo también en el silenciamiento y en la despersonalización de las
víctimas. Cada vez que un grupo llega al paraje de Palomitas y dice los
nombres, está deshaciendo un poco esa pedagogía de la crueldad. Que las
fundadoras de ese ritual ya no puedan hacerlo con el cuerpo presente no es un
detalle logístico: es el momento en que la generación siguiente debe decidir si
sostiene el ritual o lo deja apagarse.
Esa misma
noche, un día después, veo la película sobre Palomitas que produjo Martinelli
en la sede de la universidad. La registro como "densa", y anoto que
las únicas protagonistas son... y ahí el audio se corta, se pierde el final de
la frase. Me interesa justamente ese corte, porque es elocuente sin
proponérselo: en una película sobre una masacre de hombres y mujeres—los/las expresos
políticos fusilados—, lo que se me queda grabado, lo que alcanzo a nombrar
antes de que la oración se disuelva, es la centralidad de esos protagonistas.
Probablemente las mismas viejas que ya no pueden caminar hasta el paraje: las
madres, las compañeras, las hijas que sostuvieron durante décadas el relato
cuando el Estado prefería el olvido. El corte de la frase no es un simple
problema técnico del audio: es también la forma en que mi propio registro
empieza a intuir, sin todavía poder nombrarlo del todo, que la pregunta por el
relevo generacional en Palomitas es, además, una pregunta sobre quién sostiene
el cuidado de la memoria cuando los cuerpos que la sostuvieron durante medio
siglo empiezan a fallar.
Y aquí conecto
con algo que vengo trabajando desde marzo, cuando registré en el diario que
estaba "empezando a ser yo mismo" frente a la historia de mi abuelo.
En aquel momento la fórmula todavía tenía la textura de un hallazgo tímido,
casi una hipótesis sobre mí mismo formulada en voz baja. Cuatro meses después,
en la ruta hacia Palomitas, esa hipótesis se ha vuelto exigencia: ya no se
trata solo de empezar a ser yo mismo frente a la herencia familiar, sino de
plasmar algo propio frente a una herencia colectiva, la de la memoria política
de mi provincia. El desplazamiento no es menor. Pasé de pensarme como heredero
de una historia familiar —el abuelo, la finca, los Pozos, mi lugar en esa
genealogía— a pensarme como uno de los responsables de sostener una historia
que excede ampliamente a mi familia y que, sin embargo, también me constituye.
Ambas herencias, la doméstica y la política, convergen en el mismo verbo:
plasmar. Y convergen, también, en la misma tesis que vengo sosteniendo hace
tiempo sobre mi propio proyecto vital: que el diario —estas cuatro décadas de
escritura personalísima— es un legado que no se siembra con vacas y toros, una forma
de transcendencia tan legítima como la tierra que mi hermano trabaja o como los
actos que cada aniversario se repiten en el paraje. Si la finca es el lugar
donde se cultiva lo que se puede tocar y cosechar, el diario —y ahora, quizás,
cualquier obra que logre plasmar a partir de él— es el lugar donde se cultiva
lo que no se puede tocar pero que igual alimenta: la continuidad de un sentido.
Hay, sin
embargo, un riesgo que no quiero pasar por alto, y que la propia palabra
"abrumar" ya anuncia. La urgencia de plasmar, si se vuelve exigencia
perentoria, puede convertirse en una nueva forma de la hiperresponsabilidad que
vengo identificando en mí desde hace tiempo: ese mecanismo por el cual me
ocluyo detrás de la tarea, detrás del deber de hacer, y termino sin lugar para
simplemente estar, para simplemente ir al acto de Palomitas sin que ese ir se
transforme de inmediato en material, en insumo, en próximo proyecto. Winnicott
advertía sobre la diferencia entre el verdadero self, capaz de jugar y de crear
libremente, y el falso self, organizado alrededor del cumplimiento y de la
respuesta anticipada a una demanda externa. Necesito sostener la pregunta
—¿plasmo desde el deseo o plasmo para acallar la angustia de la desconexión?—
sin necesidad de responderla de una vez y para siempre. Probablemente sea, como
casi todo en mi vida, las dos cosas a la vez, en proporciones que van a seguir
cambiando.
Lo que sí puedo
decir, cerrando esta reflexión, es que a los 57 años el tiempo ya no funciona
como en la juventud, cuando la posta parecía algo que se recibiría en un futuro
indefinido. Este julio aprendí, en el cuerpo, que la posta no se recibe: se
toma, muchas veces antes de sentirse preparado, en el mismo momento en que uno
advierte que quienes la sostenían ya no pueden seguir sosteniéndola solas. No
soy joven y ya no puedo escudarme en esa palabra para demorar la
responsabilidad; tampoco soy tan viejo como las fundadoras del ritual de
Palomitas, y esa posición intermedia —incómoda, dije, pero vital— es
exactamente el lugar desde donde toca actuar. Plasmar, entonces, no es un
capricho de mitad de vida ni una crisis pasajera: es la forma que toma, en mí,
la responsabilidad histórica de sostener una memoria que otros empezaron a
construir con sus cuerpos y que ahora me pide sostenerla, también, con la
escritura y habra que ver, con qué más!.

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