Este texto cuenta un año de mi vida junto a la escritora Raquel Espinosa. Empezó en el Bar Alta Región, cuando ella me confió una herida de los suyos: a los dieciséis años vio a la policía entrar a la finca de su familia buscando a mi abuelo. Meses después la escuché contar, en la tele, cómo convirtió ese dolor compartido en novela. Y en mayo, como presidente de la Asociación Ragone, la invité a hablarles a estudiantes secundarios sobre lo que la ficción puede hacer que ni un juicio ni un acto oficial logran del todo. Este relato en primera persona es mi devolución: cómo entendí, entre un bar, una pantalla y un patio escolar, que la memoria de mi abuelo ya no me pertenece solo a mí.
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| Fernando P. Ragon y Raquel Espinosa. Bar Alta Región, Feb 2026. |
Todo empezó, en realidad,
en una mesa del Bar Alta Región, la mañana del 13 de febrero de 2026. Yo había
pedido ese encuentro pensando en una charla de trabajo, casi protocolar: la
escritora que preparaba una novela sobre mi abuelo, el nieto que administra su
archivo. Raquel llegó, en cambio, con una herida propia. Me contó que en 1976,
cuando tenía dieciséis años, la policía irrumpió una noche en la finca familiar
de Los Álamos buscando —o simulando buscar— información sobre el secuestro de
mi abuelo; que vio a su padre pararse frente a los uniformados; que el miedo se
infiltró en cada rincón de esa casa. No hablaba como investigadora. Hablaba
desde el cuerpo, desde un recuerdo que todavía le pesaba cincuenta años
después. Ahí entendí que Raquel no había elegido a Miguel Ragone por un interés
literario abstracto: aquella noche de 1976 la policía lo metió, a la fuerza, en
la biografía de su propia familia. Salimos de ese bar con un pacto extraño y
hermoso: yo le di mi archivo —documentales, entrevistas, registros del juicio—;
ella aceptó ser lectora crítica de mis propios textos.
Meses después en la
primavera Raquel me indicó mirar una entrevista reciente que le hicieran en el
programa Gente en Casa, del canal El10, donde la periodista Susana Tesio la entrevistaba
sobre la novela que finalmente había terminado: Quizás me salve de otras
muertes. La vi entera. Y quiero contarles lo que escuché, porque ahí entendí
mejor lo que Raquel me había insinuado aquella mañana en el bar.
Tesio le preguntó por el
proceso de escritura, y Raquel habló de la investigación como de un placer, no
como una carga: ir a los repositorios, a las bibliotecas, dejarse llevar por lo
que aparece cuando uno busca sin apuro. Contó que la novela sigue a una
narradora que recuerda su infancia en la recta de Cánepa, camino de Los Álamos
—la misma zona que ella me había nombrado en el bar—, y que una noche golpean
la puerta de esa casa: es la policía, buscando a un exgobernador desaparecido.
Tesio, sin rodeos, le preguntó si ese exgobernador era mi abuelo. Y Raquel
contestó algo que se me quedó grabado: que la novela no lo nombra en ningún
momento, que habla solo de "el Doctor", pero que en la tapa hay una
fotografía suya, poco difundida, de sus años jóvenes, y que por eso es evidente
de quién se trata sin necesidad de decirlo.
Me sorprendió,
escuchándola, la delicadeza con la que evitaba los nombres propios también para
los opositores de mi abuelo: dijo que aparecen en la novela, pero disfrazados
de personajes de la mitología griega, porque lo que le importaba no era señalar
a nadie hoy, sino que se entendiera cómo una alianza que empezó siendo fiesta
popular terminó siendo tragedia. Cuando Tesio le preguntó por los detractores
actuales, Raquel esquivó la pregunta con cuidado: dijo que no los conocía, que
había trabajado con bibliografía. Ese silencio, la primera vez que lo escuché,
me generó cierto fastidio —yo, nieto de un desaparecido, a veces querría que
alguien gritara más fuerte, con nombre y apellido—. Pero después de haberla
escuchado hablar de la finca de Los Álamos aquella mañana de febrero, entendí
que no era cobardía: era una forma de desplazar la indignación a un lugar donde
pudiera durar más que la polémica de una tarde.
Lo que más me quedó de
esa entrevista fue el título. Raquel explicó que lo tomó de un verso salteño,
después de escribir, cuando ya sabía de qué quería salvarse su narradora: no de
la muerte inevitable, la de todos, sino de esa otra, la del olvido, la de la
indiferencia. Dijo algo que anoté textual, rebobinando el video dos veces:
"hay que reflotar el pasado e incorporarlo al presente". Y agregó que
no existía, hasta ese libro, ninguna novela sobre mi abuelo —había artículos,
historia, alguna historieta, alguna canción—, pero nunca una ficción entera.
Cerró diciendo que no quería que el lector se quedara con la imagen triste de
su final, sino con la de un hombre que caminaba cinco cuadras en una hora
porque todos querían saludarlo.
Apague mi computadora esa
noche pensando que esa entrevista, liviana en apariencia, de sábado a la mañana
con el perro Coco dando vueltas por el estudio, decía en realidad lo mismo que
Raquel me había dicho en el Bar Alta Región, solo que en otro registro: que la
memoria de mi abuelo no le pertenece a mi familia en exclusiva, que también le
pertenece a quien fue una adolescente aterrada en una finca, y ahora a
cualquiera que abra ese libro sin saber nada de él.
Esa comprensión se volvió
carne el 18 de mayo, en el patio del Colegio Betania del Sagrado Corazón, en
Villa 20 de Junio, donde el Profesor Vargas apoyándose en documentos de la
Asociación Dr. Miguel Ragone que presido, organizó institucionalmente para el
Colegio una jornada pedagógica: seis stands de estudiantes investigando la vida
de mi abuelo, y un panel en el salón de usos múltiples donde se invitó a
participar, entre otros, a la propia Raquel Espinosa. Quería que los chicos que
habían pasado la mañana armando trivias con caramelos y restaurando fotografías
con inteligencia artificial escucharan, también, la voz de alguien que hace
literatura con esa historia.
Raquel habló de un modo
que no había escuchado antes, ni en el bar ni en la tele. Dijo que la ficción
no se opone a la verdad histórica, sino que se nutre de la inmersión subjetiva
de quien investiga —puso como ejemplo al historiador Daniel Escotorín, que le
había contado que llegó a soñar en blanco y negro de tanto trabajar con los
periódicos de 1976—. Sostuvo que la literatura permite que el pasado, el
presente y el futuro se reflejen en un presente continuo, para que hechos de
1973 o de 1976 no queden relegados a un archivo muerto. Y ahí, frente a esos
adolescentes de tercero, cuarto y quinto año, compartió otra vez su propia
memoria: a los quince o dieciséis años, en Cerrillos, había presenciado los
operativos policiales nocturnos que buscaban a un gobernador que el propio
Estado ya había desaparecido. Dijo una frase que los chicos anotaron en sus
cuadernos: "nadie desaparece totalmente sin dejar huellas". Y cerró
explicando que la literatura aporta una dimensión afectiva que el dato historiográfico,
solo, no logra transmitir: un antídoto contra la monumentalización, una
pedagogía de la esperanza frente al duelo social.
Mirando esa escena
—Raquel de pie frente a chicos que hasta esa mañana solo asociaban el apellido
Ragone a un hospital o a una desaparición— entendí del todo el sentido del
pacto que habíamos hecho meses antes en el Bar Alta Región. Yo puedo dar
documentos, fechas, sentencias judiciales, actas de juicio. Eso es necesario,
pero no alcanza: un expediente no se lee por placer, no se recomienda entre
amigas, no entra a un aula de secundaria un martes cualquiera de mayo. La
ficción de Raquel sí. Su libro puede llegar a un lector que jamás abrirá una
causa penal, y hacer que ese lector sienta, aunque sea por un momento, que
Miguel Ragone fue un hombre y no solo una fecha.
Por eso creo que la obra
ficcional no es un adorno de la memoria ni un sustituto de la justicia: es su
otra pierna. La condena judicial —tardía, incompleta, como toda justicia
transicional argentina— dice quiénes fueron responsables. La novela de Raquel
dice, en cambio, quién fue mi abuelo antes de que lo volvieran una fecha.
Ninguna de las dos alcanza sola. Pero juntas, como los dos ríos que aquella
mañana de febrero confluyeron en una mesa del Bar Alta Región, sostienen algo
que ni los tribunales ni los actos oficiales pueden sostener solos: que
cincuenta años después, alguien —un adolescente en un patio escolar, un lector
que nunca oyó hablar de él, un nieto que todavía junta los pedazos— siga
preguntando quién era. Y que esa pregunta, mientras siga viva, le siga ganando
al olvido.
