domingo, 20 de septiembre de 2026

Dos ríos, un mismo cauce: crónica de un año con Raquel Espinosa

Este texto cuenta un año de mi vida junto a la escritora Raquel Espinosa. Empezó en el Bar Alta Región, cuando ella me confió una herida de los suyos: a los dieciséis años vio a la policía entrar a la finca de su familia buscando a mi abuelo. Meses después la escuché contar, en la tele, cómo convirtió ese dolor compartido en novela. Y en mayo, como presidente de la Asociación Ragone, la invité a hablarles a estudiantes secundarios sobre lo que la ficción puede hacer que ni un juicio ni un acto oficial logran del todo. Este relato en primera persona es mi devolución: cómo entendí, entre un bar, una pantalla y un patio escolar, que la memoria de mi abuelo ya no me pertenece solo a mí.

 

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA

 Revisar también, 

Fernando P. Ragon y Raquel Espinosa. Bar Alta Región, Feb 2026.


Todo empezó, en realidad, en una mesa del Bar Alta Región, la mañana del 13 de febrero de 2026. Yo había pedido ese encuentro pensando en una charla de trabajo, casi protocolar: la escritora que preparaba una novela sobre mi abuelo, el nieto que administra su archivo. Raquel llegó, en cambio, con una herida propia. Me contó que en 1976, cuando tenía dieciséis años, la policía irrumpió una noche en la finca familiar de Los Álamos buscando —o simulando buscar— información sobre el secuestro de mi abuelo; que vio a su padre pararse frente a los uniformados; que el miedo se infiltró en cada rincón de esa casa. No hablaba como investigadora. Hablaba desde el cuerpo, desde un recuerdo que todavía le pesaba cincuenta años después. Ahí entendí que Raquel no había elegido a Miguel Ragone por un interés literario abstracto: aquella noche de 1976 la policía lo metió, a la fuerza, en la biografía de su propia familia. Salimos de ese bar con un pacto extraño y hermoso: yo le di mi archivo —documentales, entrevistas, registros del juicio—; ella aceptó ser lectora crítica de mis propios textos.

Meses después en la primavera Raquel me indicó mirar una entrevista reciente que le hicieran en el programa Gente en Casa, del canal El10, donde la periodista Susana Tesio la entrevistaba sobre la novela que finalmente había terminado: Quizás me salve de otras muertes. La vi entera. Y quiero contarles lo que escuché, porque ahí entendí mejor lo que Raquel me había insinuado aquella mañana en el bar.

Tesio le preguntó por el proceso de escritura, y Raquel habló de la investigación como de un placer, no como una carga: ir a los repositorios, a las bibliotecas, dejarse llevar por lo que aparece cuando uno busca sin apuro. Contó que la novela sigue a una narradora que recuerda su infancia en la recta de Cánepa, camino de Los Álamos —la misma zona que ella me había nombrado en el bar—, y que una noche golpean la puerta de esa casa: es la policía, buscando a un exgobernador desaparecido. Tesio, sin rodeos, le preguntó si ese exgobernador era mi abuelo. Y Raquel contestó algo que se me quedó grabado: que la novela no lo nombra en ningún momento, que habla solo de "el Doctor", pero que en la tapa hay una fotografía suya, poco difundida, de sus años jóvenes, y que por eso es evidente de quién se trata sin necesidad de decirlo.

Me sorprendió, escuchándola, la delicadeza con la que evitaba los nombres propios también para los opositores de mi abuelo: dijo que aparecen en la novela, pero disfrazados de personajes de la mitología griega, porque lo que le importaba no era señalar a nadie hoy, sino que se entendiera cómo una alianza que empezó siendo fiesta popular terminó siendo tragedia. Cuando Tesio le preguntó por los detractores actuales, Raquel esquivó la pregunta con cuidado: dijo que no los conocía, que había trabajado con bibliografía. Ese silencio, la primera vez que lo escuché, me generó cierto fastidio —yo, nieto de un desaparecido, a veces querría que alguien gritara más fuerte, con nombre y apellido—. Pero después de haberla escuchado hablar de la finca de Los Álamos aquella mañana de febrero, entendí que no era cobardía: era una forma de desplazar la indignación a un lugar donde pudiera durar más que la polémica de una tarde.

Lo que más me quedó de esa entrevista fue el título. Raquel explicó que lo tomó de un verso salteño, después de escribir, cuando ya sabía de qué quería salvarse su narradora: no de la muerte inevitable, la de todos, sino de esa otra, la del olvido, la de la indiferencia. Dijo algo que anoté textual, rebobinando el video dos veces: "hay que reflotar el pasado e incorporarlo al presente". Y agregó que no existía, hasta ese libro, ninguna novela sobre mi abuelo —había artículos, historia, alguna historieta, alguna canción—, pero nunca una ficción entera. Cerró diciendo que no quería que el lector se quedara con la imagen triste de su final, sino con la de un hombre que caminaba cinco cuadras en una hora porque todos querían saludarlo.

Apague mi computadora esa noche pensando que esa entrevista, liviana en apariencia, de sábado a la mañana con el perro Coco dando vueltas por el estudio, decía en realidad lo mismo que Raquel me había dicho en el Bar Alta Región, solo que en otro registro: que la memoria de mi abuelo no le pertenece a mi familia en exclusiva, que también le pertenece a quien fue una adolescente aterrada en una finca, y ahora a cualquiera que abra ese libro sin saber nada de él.

Esa comprensión se volvió carne el 18 de mayo, en el patio del Colegio Betania del Sagrado Corazón, en Villa 20 de Junio, donde el Profesor Vargas apoyándose en documentos de la Asociación Dr. Miguel Ragone que presido, organizó institucionalmente para el Colegio una jornada pedagógica: seis stands de estudiantes investigando la vida de mi abuelo, y un panel en el salón de usos múltiples donde se invitó a participar, entre otros, a la propia Raquel Espinosa. Quería que los chicos que habían pasado la mañana armando trivias con caramelos y restaurando fotografías con inteligencia artificial escucharan, también, la voz de alguien que hace literatura con esa historia.

Raquel habló de un modo que no había escuchado antes, ni en el bar ni en la tele. Dijo que la ficción no se opone a la verdad histórica, sino que se nutre de la inmersión subjetiva de quien investiga —puso como ejemplo al historiador Daniel Escotorín, que le había contado que llegó a soñar en blanco y negro de tanto trabajar con los periódicos de 1976—. Sostuvo que la literatura permite que el pasado, el presente y el futuro se reflejen en un presente continuo, para que hechos de 1973 o de 1976 no queden relegados a un archivo muerto. Y ahí, frente a esos adolescentes de tercero, cuarto y quinto año, compartió otra vez su propia memoria: a los quince o dieciséis años, en Cerrillos, había presenciado los operativos policiales nocturnos que buscaban a un gobernador que el propio Estado ya había desaparecido. Dijo una frase que los chicos anotaron en sus cuadernos: "nadie desaparece totalmente sin dejar huellas". Y cerró explicando que la literatura aporta una dimensión afectiva que el dato historiográfico, solo, no logra transmitir: un antídoto contra la monumentalización, una pedagogía de la esperanza frente al duelo social.

Mirando esa escena —Raquel de pie frente a chicos que hasta esa mañana solo asociaban el apellido Ragone a un hospital o a una desaparición— entendí del todo el sentido del pacto que habíamos hecho meses antes en el Bar Alta Región. Yo puedo dar documentos, fechas, sentencias judiciales, actas de juicio. Eso es necesario, pero no alcanza: un expediente no se lee por placer, no se recomienda entre amigas, no entra a un aula de secundaria un martes cualquiera de mayo. La ficción de Raquel sí. Su libro puede llegar a un lector que jamás abrirá una causa penal, y hacer que ese lector sienta, aunque sea por un momento, que Miguel Ragone fue un hombre y no solo una fecha.

Por eso creo que la obra ficcional no es un adorno de la memoria ni un sustituto de la justicia: es su otra pierna. La condena judicial —tardía, incompleta, como toda justicia transicional argentina— dice quiénes fueron responsables. La novela de Raquel dice, en cambio, quién fue mi abuelo antes de que lo volvieran una fecha. Ninguna de las dos alcanza sola. Pero juntas, como los dos ríos que aquella mañana de febrero confluyeron en una mesa del Bar Alta Región, sostienen algo que ni los tribunales ni los actos oficiales pueden sostener solos: que cincuenta años después, alguien —un adolescente en un patio escolar, un lector que nunca oyó hablar de él, un nieto que todavía junta los pedazos— siga preguntando quién era. Y que esa pregunta, mientras siga viva, le siga ganando al olvido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL PAÍS Edición América: el periódico global