martes, 11 de febrero de 2020

La Mesa en febrero de 2020: memoria, peronismo y una institucionalidad que no llegó a heredarse

 


Por Fernando Pequeño Ragone

Introducción

En Febrero de 2020 en una sala de reuniones de la calle San Juan casi esquina Buenos Aires, la Mesa de Derechos Humanos de Salta discute, con una intensidad que no volveré a ver, cómo poner el rostro de Miguel Ragone en un billete, cómo responder a la designación de un exmilitar al frente del Ministerio de Seguridad y cómo dotarse de reglas para sostenerse en el tiempo. Escribo como integrante de la Asociación Miguel Ragone, como nieto del gobernador desaparecido y como alguien que se sienta en esas reuniones. Narro en presente porque este es el momento fundacional de la Mesa y el de mayor empatía entre sus integrantes: nos reunimos con regularidad y buscamos un reglamento y una institucionalidad medianamente burocratizada. Con ese andamiaje, la autoridad de las mujeres de la generación militante de antes y durante la dictadura podría extenderse a nuevos actores.

Narro en presente, pero sé cómo termina. Esa posibilidad no se dio. La Mesa no logra transformar su capital moral en una estructura capaz de heredarse, y retomaré esa idea en el análisis del contexto de 2026.

El documento que me sirve de fuente principal es el análisis de seis audios de reuniones de ese mes. Desde ahí propongo seis puntos: la forma institucional de la Mesa; el peronismo de Ragone y el proyecto del billete; la consigna de federalizar la memoria; la frontera con el enemigo y los límites de mi propio pragmatismo; la disputa con el Estado burocrático y policial; y la pregunta por quién habla y quién hereda.

1. Un martes de febrero: la Mesa en su momento fundacional

Una institucionalidad en ciernes

La reunión empieza con una broma sobre quién preside. La conductora, Nenina, es "la Señora Presidenta", y cuando alguien se queja del desorden, otra voz la compara con una figura conocida de la política nacional. La risa es parte del método. Entre chanzas, Nenina ordena: "El tema ya sabemos todos de qué se trata. Ahora ordenemos". Mis notas registran, en varias sesiones, listas de oradores, llamadas al orden y hasta una "moción de orden" que obliga a esperar el turno. Lo que veo, desde adentro, es un aprendizaje colectivo de procedimientos que ninguna de nosotras aprendió en un manual.

Esa ingeniería asamblearia tiene un horizonte explícito. Canela Leonard pregunta "cuáles son los criterios de adhesión" para no ser "pronunciadores seriales", y propone que la Mesa quede instalada como "un órgano consultivo". Nenina fija el ritmo: los martes, entre las 19 y las 19:30. Para el documento sobre el billete propone una regla de autoría: la Mesa firma "nombrando sus cinco organizaciones" y las adhesiones van "al costado abajo". Son pequeñas decisiones de arquitectura: quién firma, quién adhiere, cuándo se sesiona y quién redacta.

La memoria de la Mesa vive en un teléfono

Hay una paradoja que solo el registro vuelve visible. La Mesa discute cómo institucionalizarse y su archivo es, literalmente, un teléfono celular. Lo digo sin dramatismo: "yo estoy grabando todo esto... hago una síntesis y lo hago circular". Yo mismo me ofrezco a compartir el audio en el grupo de WhatsApp. Las fuentes que hoy analizo tienen nombres como "01 Ragone Mesaddhh.mp3": la Mesa se piensa a sí misma en archivos de audio.

La informalidad es una virtud, porque produce confianza, rapidez y calidez. También es una fragilidad, porque lo que depende del teléfono y la memoria personal de una conductora se transmite mal. En ese febrero lo vivo como entusiasmo. Ya intuyo que una institución que descansa en la autoridad personal tiene un problema de sucesión, aunque todavía no lo sé decir.

2. El peronismo de Ragone: del médico del pueblo al billete

De los años cuarenta a 1973

Para entender por qué la Mesa elige apoyar la oferta de la senadora Nora Gimenez de poner a Ragone para el billete hay que volver al peronismo y a su capacidad de rearticularse. Nace en los años cuarenta como una fórmula que integra a los trabajadores a la ciudadanía mediante derechos sociales. Se vuelve proscripto y resistente después de 1955. En los años setenta se fractura entre izquierda y derecha. Ragone pertenece a esa generación del peronismo que vuelve al gobierno en 1973, con una cultura sanitaria y social que hereda de la medicina pública. Gabriela Vuistaz lo dice de otro modo en el registro, cuando lo ubica en la tradición de "Ramón Carrillo": "en dos años hizo más que otros gobernadores".

Yo repito en la reunión la fórmula que mi familia reconoce: "el médico del pueblo, el tipo humilde". Esa humildad no es una pose. Habla de un modo de hacer política que el peronismo originario instaló en las provincias y que, en Salta, convivió con élites que nunca lo perdonaron.

Vivos y desaparecidos

Gabriela abre la discusión más fina de la sesión. Propone que el billete no consagre solo a la víctima: "me parece interesante la otra vertiente de vivos... toda la obra que hicieron". Cita a "Mendoza, Cepernic, Ragone", gobernadores que "gobernaban para el pueblo". El discurrir de la conversación propone ahí una negociación entre dos Ragone, el desaparecido y el gobernante, y registra que se logra una "síntesis inclusiva".

Esa síntesis importa más allá del billete. Si una memoria solo recuerda a las víctimas, termina narrando únicamente la muerte. Si recupera también la obra de gobierno, devuelve a los desaparecidos su condición de sujetos políticos. Ragone no es un mártir abstracto: es un gobernador peronista que intentó otra provincia y por eso fue eliminado.

El billete como pedagogía

La Mesa llama a su desaparición un "crimen pedagógico", pensado "para paralizar a la sociedad" en la antesala del golpe. Es el único gobernador constitucional desaparecido, hecho que Elia Fernández amplía al decir que es "el único mandatario latinoamericano desaparecido". El billete sería, entonces, un contra-discurso: una pedagogía que circula de mano en mano y que, como se pide en la reunión, reemplaza "los animales por próceres".

La vía es concreta. Yo hablo con la senadora Nora Jiménez, que nos transmite que el Senado "está de vacaciones" hasta la semana siguiente y que avancemos. Blanca Lezcano dice que la CTA ya autorizó a poner su adhesión. Se trata de una política pública de memoria que busca entrar por la puerta de la soberanía monetaria y no por la de los museos. Si el billete circula, la memoria deja de ser un asunto de especialistas.

3. Federalizar la memoria: Salta frente a Buenos Aires

Soledad Romero aporta la categoría que la Mesa adopta como eje: "federalizar la memoria", que para ella es "marcar el territorio". Su argumento es simple y duro: en los juicios "se le da mayor relevancia" a los que se hacen en Buenos Aires. Yo lo reformulo con mi propia experiencia: "las que tienen relevancia son las que están en Buenos Aires... nosotros también tenemos que levantar que en esta provincia se luchó".

Hay una geografía simbólica en juego. La política de memoria argentina nació y se consolidó en Buenos Aires, con sus sitios, sus museos y sus rostros mediáticos. Salta se pensó, durante años, como periferia receptora de ese relato. Desde mi lugar veo lo contrario: aquí hubo desapariciones tempranas, intervención federal, una dinámica de poder local con familias, jueces y policías que tienen nombre. Cuando recorro la ciudad, con el Cerro San Bernardo mirando desde arriba y la plaza donde se cruzan los poderes de siempre, sé que esa historia no es una réplica de la porteña. Es otra.

Elia FErnández lleva el argumento a una escala mayor al plantear "un marco mucho más amplio que nacional". La federalización funciona entonces en dos direcciones: hacia adentro del país, contra el centralismo, y hacia afuera, ubicando el caso Ragone en el mapa latinoamericano de la violencia estatal. El documento advierte además un patrón retórico recurrente, la oposición centro-periferia, que organiza buena parte de la autoimagen de la Mesa.

4. La frontera del enemigo y los límites de mi pragmatismo

El caso Pulleiro

La designación de un exmilitar, Juan Manuel Pulleiro, al frente del Ministerio de Seguridad provincial reordena la agenda. La Mesa lo caracteriza como "negacionista" y como "militar al frente" de un área con prácticas de gatillo fácil, hostigamiento y purgas internas. Silvina Ruiz, que conoce el ministerio desde adentro, sostiene que "Pulleiro está guardado adentro. El que toma el mando es Jorge Salgado". La "doctrina Chocobar" aparece como horizonte de sentido común punitivo.

Frente a eso defiendo una línea que genera fricción. Digo que la Mesa tiene "el apoyo de la mitad de la población" y que a mí me interesa "la otra mitad". Propongo pedirle una entrevista al ministro para "que el tipo se defienda" y plantear la crítica en términos de políticas públicas, sin personalizar al adversario, para no "alimentarlo".

"Desde esta mesa no hay buen[o]"

Gabriela responde con claridad: "Ni siquiera tenemos nada que hablar con Puleiro... pedir que lo saque nada más". Más tarde Eloísa cierra el asunto con una intervención que recuerdo palabra por palabra: "nosotros tenemos la práctica de haber vivido en la casa del enemigo y saber cuándo el enemigo es enemigo". Y agrega que nadie puede presentarse como "buenito" sin que se revise su legajo.

Acepto. Lo hago con respeto, porque entiendo ese límite como una forma de saber que se ganó con el cuerpo. Es una hegemonía ética de los sobrevivientes sobre las posiciones pragmáticas, y creo que acierta. Pero conviene mirar lo que ese veto produce hacia adelante. Una frontera de antagonismo puro protege a la Mesa de la cooptación y, a la vez, estrecha su capacidad de disputar a esa otra mitad de la sociedad que me interesaba. El problema es de método más que de moral: no sabemos cómo conciliar la pureza que da autoridad con la persuasión que da alcance.

5. Estado, policía y archivo: la burocracia como campo de disputa

Si algo enseña febrero de 2020 es que el Estado provincial se defiende mejor con trámites que con discursos. Elia Fernández y Cristina Cobos lo describen: pedimos audiencia y nos derivaron "a la secretaría de derechos humanos... no tiene decisión". De ahí la consigna de Nenina de exigir una entrevista "intransferible" con el gobernador Gustavo Sáenz: "los ministros, según se está viendo, no definen nada". La derivación sistemática a mandos medios es una técnica de neutralización que desgasta sin decir nunca que no.

El Archivo de la Memoria -creado en el ámbito de la Secretaría de Derechos Humanos de Salta- concentra la tensión. Se discurre sobre la denuncia de abandono, acefalía y robos, y el pedido de que lo conduzca "un familiar de víctima de este terrorismo de Estado". Cristina Cobos precisa que el cuadro de cargos "está aprobado" y que "lo que tiene que existir es la voluntad política". También reclama que "no se meta nadie más ahí, que siga siendo de los organismos, pero está pendiente que sea ley". Esa frase tiene dos mitades que se tironean. Una defiende la propiedad moral de los organismos sobre el archivo y la otra reclama una norma que lo vuelva independiente de las personas.

La disputa se extiende a la policía. Cristina recuerda que el Comité contra la Tortura tiene "facultades para intervenir" en ascensos y designaciones cuando hay antecedentes. Silvina advierte que la técnica habitual es trasladar al comisario denunciado en vez de sancionarlo. Otra integrante denuncia que la formación de ingresantes depende del Ministerio de Educación y de convenios universitarios que seleccionan: "menos derechos humanos, más religión". Yo señalo que el nudo está en la figura del jefe de comisaría y propongo crear órganos de contralor, además de cuestionar el desempeño de las fiscalías especializadas. Todo esto sucede en una sola tarde. La Mesa pasa del Archivo al instituto policial y de ahí al Senado, intentando cubrir con pocas manos un frente enorme.

6. Quiénes hablan y quiénes heredan

Una conducción de mujeres con saber testimonial

Quien lea mi registro de las reuniones de la mesa durante febrero del 2020 con atención, nota que casi todas las voces con autoridad son femeninas: Nenina, Eloísa, Cristina, Elia, Gabriela, Soledad, Silvina, Canela. Yo soy una de las pocas voces masculinas. La autoridad no se funda en cargos sino en un saber de experiencia: haber militado, haber sobrevivido o haber buscado. Cuando Eloísa habla de "la casa del enemigo", ningún argumento abstracto compite.

Ese liderazgo es también una forma de poder bien administrado. Nenina conduce y sintetiza. Canela reorienta la comunicación y la ética colectiva. Cristina es quien "trae la nota". Es una generación que sabe qué hacer y cómo hacerlo, y que está inventando, además, un lenguaje institucional.

La comunicación como política

Canela advierte que "somos tardíos en la respuesta" y que "nos podemos volver pronunciadores seriales". Propone que el sitio web sea una "base de información... que después nos sirve para hacer memoria", y observa que Instagram es "más una imagen y poco texto". También rechaza que integrantes de la Mesa ocupen cargos individuales en gobiernos no afines: "vamos apoyados por un colectivo... ser amplio y generoso".

Aquí aparece, casi sin nombrarlo, el problema de la transmisión. Se discute qué publicar, con qué criterio y con qué formato, pero no cómo se renueva una conducción. Queda en mis registros que la Mesa piensa su crecimiento en términos de adhesiones, alianzas con gremios y jornadas intensivas ("nos juntamos en un lugar y no nos levantamos hasta que salga"). No consigno ningún pasaje donde se discuta cómo se incorporan nuevos actores a la toma de decisiones. La ampliación es hacia afuera, en redes y firmas, y no hacia adentro, en autoridad compartida. La institucionalidad que se esboza, con reglamento, criterios de adhesión y órgano consultivo, es la herramienta que podría haber habilitado esa herencia. En febrero de 2020 todavía es posible.

Conclusión: lo que la teoría ayuda a ver

Leo el momento fundacional de la Mesa con ayuda de varias lecturas. Elizabeth Jelin (2002) enseña que la memoria es un trabajo, hecho por emprendedores de la memoria que disputan sentidos y los transmiten, con conflictos y pérdidas. Eso describe a la Mesa. El mismo marco ilumina el riesgo de que el trabajo dependa de quienes lo iniciaron. Marina Franco (2018) muestra que el movimiento de derechos humanos se constituyó como actor público en el final de la dictadura y la transición, y que su autoridad deriva de aquel aprendizaje social. Esa genealogía explica por qué Eloísa habla desde un lugar que no se discute.

Sofía Tiscornia (2008) analiza cómo el activismo de derechos humanos interactúa con las burocracias estatales, y cómo estas lo absorben, lo demoran o lo reconocen. Las derivaciones a secretarías, la acefalía del Archivo y la discrecionalidad policial son ejemplos de manual. Diana Maffía (2007), desde la epistemología feminista, critica el sujeto universal neutro del conocimiento y reivindica los saberes situados. La Mesa de mujeres lo practica, porque "vivir en la casa del enemigo" es un conocimiento situado con rigor propio. Pilar Calveiro (2005) invita a pensar críticamente las lógicas binarias y verticales de la política de los años setenta. No me sirve para cuestionar a Eloísa, cuyo antagonismo se funda en una experiencia real, pero sí para preguntarme qué ocurre cuando una frontera deja de ser una vivencia y pasa a ser una regla heredada por quienes no la vivieron.

Alejandro Grimson (2019) lee el peronismo como identidad política capaz de rearticularse y estudia la polarización de la "grieta" como lógica que organiza el espacio público en dos campos. Mi frase sobre "la otra mitad" apunta justamente a esa lógica. Alejandro Horowicz (2005) propone entender el peronismo como una sucesión de configuraciones históricas, de su origen en los años cuarenta a sus reconfiguraciones posteriores; Ragone pertenece a una de ellas y su rostro en un billete sería la manera de inscribir esa genealogía en la vida cotidiana. Luis Alberto Romero (2001) ubica la dictadura como punto de quiebre de la Argentina contemporánea y la democracia de 1983 como un horizonte de expectativas altas, que explica la fuerza de las demandas que la Mesa sostiene. Guillermo O'Donnell (1972) ayuda a entender el Estado burocrático-autoritario como régimen que excluye al sector popular y lo disciplina con tecnocracia y coerción. El "crimen pedagógico" contra Ragone puede leerse en esa clave. Beatriz Sarlo (1994) describe una cultura de imágenes y mercados que reorganiza la política, y la preocupación de Canela por Instagram y el interés por un billete son dos maneras de pensar cómo circulan los símbolos en esa cultura.

De todo eso saco una conclusión provisoria. En febrero de 2020 la Mesa tiene un capital moral, un saber situado, una agenda y un ritual de trabajo. Le falta la pieza que los autores citados señalan, de maneras distintas, como condición de continuidad: una institucionalidad que permita que la autoridad se transmita sin perder su fuerza.

El contexto de 2026: la disolución paulatina

Un momento fundacional que no se hereda

Escribo ahora desde 2026, y el presente es otro. Mi lectura, y la subrayo como lectura, es que la Mesa no se disuelve en un acto. Se disuelve de a poco, desde aquel momento fundacional. El reglamento que se buscaba no se consolida. Los criterios de adhesión y la figura del órgano consultivo quedan como intenciones. La autoridad de las mujeres de la generación militante, que en 2020 es el principal activo de la Mesa, no se extiende a nuevos actores con mecanismos que permitan compartirla, y el espacio pierde frecuencia, densidad y poder de convocatoria. Un mes después de esas reuniones llega el aislamiento por la pandemia. No alcanza para explicar lo que pasa, pero acelera una dinámica que ya estaba latente: cuando la sociabilidad se vuelve virtual, las instituciones que dependen de la presencia y del vínculo personal son las primeras en quedar expuestas.

Hay una ironía en esto. La Mesa había discutido con lucidez los riesgos de la informalidad, la comunicación dispersa y la dependencia de personas concretas. Aun así, no logra cerrar el círculo. El proyecto del billete tampoco: el rostro de Ragone no circula en ningún billete. Cumple cincuenta años de su desaparición (el 11 de marzo de 2026 se cumple el aniversario del secuestro) sin que la política simbólica que imaginamos se haya concretado.

La transformación del Estado y de la política de memoria

La disolución no se explica solo por la dinámica interna. Desde diciembre de 2023, el gobierno nacional sostiene un discurso de "memoria completa" que equipara responsabilidades, y una política concreta de recortes y despidos en la Secretaría de Derechos Humanos, con impacto sobre sitios de memoria, archivos y equipos que sostenían los juicios. Para organizaciones como el CELS, esto es un desmantelamiento. Más allá del juicio político, el efecto es claro: la Mesa había construido su estrategia sobre la premisa de que el Estado era un interlocutor, a veces reticente y burocrático, pero interlocutor. Reclamaba audiencias, leyes, nombramientos en el Archivo, contralor sobre la policía. Esa estrategia presupone un Estado que escucha o al menos que responde.

Cuando el Estado deja de ser interlocutor, ese repertorio se vacía. Tiscornia (2008) permite pensar el mecanismo: el activismo se había hecho fuerte dentro de las burocracias, y cuando las burocracias se reconfiguran, el activismo pierde terreno. El "órgano consultivo" de Canela, la audiencia "intransferible" de Nenina y la ley para el Archivo de Cristina eran, en el fondo, formas de institucionalizar la relación con un Estado que ya no tiene interés en ella.

El agotamiento del paradigma de la justicia transicional

Hay un tercer plano, más amplio. El paradigma de la justicia transicional que organizó la política de derechos humanos en América Latina después de las dictaduras (verdad, justicia, reparación, memoria y garantías de no repetición) funcionó como un lenguaje compartido entre Estados, organismos y academia. Ruti Teitel (2000) lo describe como una sucesión de fases que, con el tiempo, tiende a normalizarse y a convertirse en una gramática estable. Jelin (2017) advierte que las luchas por el pasado no tienen un punto final y que cada generación reabre las preguntas con otras condiciones.

En 2026, ese paradigma muestra sus límites. Los juicios avanzan con lentitud y los acusados envejecen. La transmisión generacional se ha vuelto más difícil. La derecha política ya no se limita a callar los crímenes: los discute, los relativiza y construye su propio relato. Y los organismos, que nacieron como movimientos de víctimas, tienen que decidir si se reinventan como actores culturales y políticos de largo plazo o si se repliegan. La Mesa de Derechos Humanos de Salta, con su estructura personalista y su agenda anclada en el reclamo al Estado, queda atrapada entre ambos horizontes.

Lo que queda de aquel febrero

No quiero cerrar con nostalgia. Releo el registro de 2020 y encuentro, sobre todo, una pregunta abierta. Esas mujeres, con su autoridad ganada, sus procedimientos inventados y su ética sin concesiones, mostraron que es posible construir una institución de memoria desde el territorio. Lo que no logramos fue la parte más difícil, que es convertir esa autoridad en algo que otros puedan asumir sin que se rompa.

Si hay una enseñanza para 2026, es que ninguna política de memoria sobrevive solo con la fuerza moral de sus fundadores ni con la buena voluntad de un Estado. Necesita reglas y relevos, y necesita saber hablar a esa otra mitad de la sociedad. Desde Salta, con el recuerdo de Ragone y de esas tardes de martes cuadno se hacían las primeras reuniones de la Mesa, sigo creyendo que vale la pena intentarlo de nuevo, con otras manos y otros nombres, pero con el mismo cuidado por no dejar la memoria en un teléfono.

Referencias

Calveiro, P. (2005). Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Norma.

Franco, M. (2018). El final del silencio: Dictadura, sociedad y derechos humanos en la transición (Argentina, 1979-1983). Fondo de Cultura Económica.

Grimson, A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover la política argentina. Siglo XXI Editores.

Horowicz, A. (2005). Los cuatro peronismos. Edhasa.

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.

Jelin, E. (2017). La lucha por el pasado: Cómo construimos la memoria social. Siglo XXI Editores.

Maffía, D. (2007). Epistemología feminista: La subversión semiótica de las mujeres en la ciencia. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, 12(28), 63-98.

O'Donnell, G. (1972). Modernización y autoritarismo. Paidós.

Romero, L. A. (2001). Breve historia contemporánea de la Argentina. Fondo de Cultura Económica.

Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Ariel.

Teitel, R. G. (2000). Transitional justice. Oxford University Press.

Tiscornia, S. (2008). Activismo de los derechos humanos y burocracias estatales: El caso Walter Bulacio. Del Puerto / CELS.

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